Las Mesas y las Cavernas

La pantalla del ordenador llevaba horas encendida y tenía que teclear mi primera columna periodística. Daba vueltas y más vueltas a mi cabeza. Estaba convencido (por una acusada falta de práctica) de que dar con algo interesante, pasable, entretenido, era muy difícil. Pasaban los minutos del reloj digital. Hasta que recordé la vieja fórmula (más vieja que todos nosotros) inventada por la troupe dadaísta: abrir el diccionario al azar, dar con la primera palabra y, a continuación, ponerse a escribir. El término que hallé fue mesa.

A primera vista, me pareció un significante anodino. ¿Cuántos referentes recordaba? ¿Cuántas connotaciones podía añadir al papel? Poco a poco, fueron despertando en mí, lejos de la pantalla del ordenador, de mi habitación, incluso de mi barrio, a través del tiempo y del espacio, experiencias de vida. Caí en la cuenta, por primera vez, de que las mesas, como las libretas de espiral, los bolígrafos Bic y los estuches de latón, habían sido imprescindibles para mí, a la par que cualquier otro estudiante. Seguramente, jamás hubiera escrito una sola línea de no haber tenido una mesa sólida, parte integrante del oficio de escritor, producto de su disciplina, donde arranca y donde termina todo acto de escritura.

Ernest Hemingway
Ernest Hemigway

No es lo mismo escribir como Hemingway en Les Deux Magots, me dije, con las migas del croissant en el plato y la taza de café humeante, que en el salón de tu casa, junto a la mesa camilla, dueño del espacio, recibiendo o cerrando la puerta a visitas inesperadas. El tiempo se estira, indolente, sin horarios, acogido en tu trinchera. Sería diferente si recalara en una biblioteca pública, donde no puedes llenar de libros y papeles más que un rincón y debes mantener un silencio monástico. Alguien, en su liviandad pasajera, dejará constancia y grabará su nombre en la madera desbastada de las mesas. Cada persona, en fin, según su carácter.

Las mesas no son, en ninguno de estos casos, personajes secundarios; son imprescindibles en el acto intelectual y social. Mediante sus voces cálidas conversan con nosotros y nos permiten ordenar el caos; son la llamada de los artistas. Su belleza arquitectónica, y a veces mastodóntica, nos completa, domestica nuestros hábitos. Nos sentiríamos más y más imperfectos, seguramente volveríamos a las cavernas (Hemingway no estaría allí), si abandonáramos el clima de comodidad que aportan a una casa. El arte escrito, básicamente, empieza con un papel, un lápiz y una mesa, la imaginación añade el resto.