VIAJES Y AZAR

Nunca le ha gustado demasiado viajar pero, para cambiar de aires, a un hombre de mediana edad se le ocurre comprar un billete de autocar para ir de Barcelona a Madrid. Nada más subir, muy animado, encuentra sitio junto a la ventanilla. Es de noche y el único paisaje observable es la oscuridad, con las luces deslumbrantes de los coches en dirección contraria. Para no aburrirse, empieza a hablar con su compañera de asiento, una chica joven con mochila. Están así, charlando sobre el tiempo, sobre el devenir del mundo, sobre el mismo viaje. Pasan Lleida y el conductor para el vehículo. Todos los viajeros se sorprenden; no se encuentran en un área de servicio, sino parados en una cuneta. ¿Qué ha sucedido?, se preguntan con cierta inquietud.

Son las tres de la madrugada y apenas han llegado a Zaragoza. El conductor dice que una de las ruedas delanteras se ha pinchado; nadie de la compañía lo había previsto. El conductor anuncia que han de esperar a que vengan los de emergencias; él, por lo visto, no sabe poner la rueda de recambio. El hombre que subió dos horas antes al autocar desearía huir de allí, del malhumor de algunos viajeros quejicas e impacientes que insultan al conductor. Y recuerda algo que leyó en no sé qué periódico acerca de un tal Douglas Corrigan, un piloto de avión que, aparentemente por error, recorrió el Atlántico, de Nueva York a Dublín, cuando se le esperaba en California, achacándolo todo a la niebla. Un desafío, semejante al de Cristóbal Colón, que acabó, sin proponérselo, en un lugar opuesto al previsto.

Viaje en autocarHarto de la espera, el hombre que dos horas antes subió al autocar se despide de la amable compañera de asiento, pide al conductor que abra el compartimento de equipajes y se va de allí, algo desilusionado, con su maleta de ruedas. Se dirige al motel más cercano y alquila una habitación para el resto de la noche. Al día siguiente, se acerca a la capital aragonesa. Se queda un día más, otra noche más, y se olvida de Madrid. Quién sabe, si no, si hubiera podido nunca admirar de cerca El Pilar, ni las casas al borde del Ebro, ni haber disfrutado de la amabilidad de la recepcionista. Si no se hubiera pinchado la rueda del autobús, él no habría visto nada de todo esto, igual que Douglas Corrigan no habría conocido Dublín. Afortunadamente, no lo tomarán por loco ni preguntarán por lo inexplicable. Porque el azar, lo misterioso, es decisivo: se entra y sale del mundo hasta dar con el milagro fortuito. Porque los viajes fascinan por su azar.

EROTISMO NIPÓN

Historias de la pama de la mano
Historias de la pama de la mano

Historias de la palma de la mano. YASUNARI KAWABATA. (Emecé). 308 páginas. Barcelona, 2007.

Quienes ya conozcan el universo de Yasunari Kawabata (Premio Nobel de Literatura 1968, mentor de Mishima y uno de los máximos exponentes literarios japoneses de todos los tiempos), el de sus símbolos preciosistas, el gusto por el detalle y el hallazgo poético, este libro de relatos les robará el corazón. Verdaderas miniaturas de las vidas que se tornan grandes, cada uno de estos cuentos recoge la esencia del mundo y nos la trasplanta a nuestro presente, otorgando actualidad porque su sencillez y su verdad humana se aproximan hasta llegar a cualquier persona de cualquier época y lugar.

No hay ningún cuento que desmerezca del resto. Más bien es una cuestión de gustos: podríamos discutir sobre si nos ha gustado más, si nos ha impactado más, pero nunca dudar de sus indiscutibles méritos literarios. Todos los relatos seleccionados pasan la prueba del fuego. En el mapa o constelación de obras maestras de la brevedad, citaré, como ejemplos: Zapatos de verano: el viaje en carromato, a lomos de un caballo viejo, de una niña de un reformatorio, que lleva puestos unos zapatos ligeros en pleno invierno; La ladrona de bayas: el periplo de una chiquilla pobre en su regreso de la escuela; Truenos en otoño: la muerte de un joven abrazado a una lápida, fulminado por un rayo; El hombre que no sonreía: el juego de máscaras en un set de cine; o Nieve, para mi gusto el más perfecto, el sueño hipnótico de un octogenario que siempre acude en Año Nuevo a un hotel y se ve envuelto por las montañas nevadas que imagina en las paredes de su habitación.

Estrellas efímeras que hacen grandes a los personajes que las habitan. Tantos cuentos y todos tan admirables; no tengo palabras suficientes para describir el poso que dejan tras su lectura. Sabemos perfectamente que sin la dimensión poética, sin el gusto de la modernidad por la poesía como aventura de conocimiento de la realidad, con sus símbolos de amor y muerte, no podríamos soportar nuestra existencia. Aquí se nos muestra a través del erotismo contenido: el cuerpo escultural, esbelto y elegante de las muchachas, el sabor embriagador del sake, la sombra bajo las hojas de bambú. Se respira una delicadeza, una dulzura tales, ya sea en los primeros relatos de los años mozos o a las puertas de la vejez, da igual. Es el amo de la concisión, de las distancias cortas.

Yasunari Kawabata
Yasunari Kawabata

Desearía que esta fuera una invitación, no solo para la lectura de este libro, sino para el resto de la producción de Kawabata, que Emecé, en los últimos tiempos, se ha prestado muy bien en traducir para el lector español. Quien no lo conozca, lo puede degustar en la justa medida que siempre otorgaba a sus narraciones. El universo nipón nos es más cercano, gracias a la maestría y solvencia de autores como él y Mishima, Kenzaburo Oé o Haruki Murakami. Japón está más cerca, más que nunca; solo es cuestión de alargar la mano y palpar la textura de esos cuerpos de muchachas, que viven y sueñan igual que nosotros: su erotismo es nuestro erotismo también. La condición universal es consustancial a estas historias que caben en la palma de la mano, compilación de un peculiar credo estético y literario.

SANGRE AFRICANA

Hoy mismo, yendo por los pasillos del metro, como cada día, he detenido la marcha ante un mendigo de color, descalzo, “uno más”. No tocaba ningún instrumento ni vociferaba; estaba quieto, hecho un ovillo, con la mirada perdida, ebria, sonámbula, al suelo. Solo en el mundo, presuntamente, en una ciudad extranjera. No nos entendíamos: hablábamos lenguas extrañas. Nos hemos escuchado y con eso parecía suficiente.

En esa franja de tiempo entre el sueño y la vigilia de por la mañana, he recordado la exposición de Kerry James Marshall en la Fundació Tàpies que fui a ver la semana pasada. La muestra recoge fotografías, cómics y pinturas en el que la representación del cuerpo humano se basa en el tema de la “negritud”, el de las gentes de color: seres casi invisibles en nuestra sociedad occidental, pero que se empeñan en no perder, aun así, ni las tradiciones ni la lengua que dejaron allí, en sus tierras.

serengetiCon Marshall, he rebuscado en mi biblioteca y he vuelto a leer a Léopold Sédar Senghor, el mejor poeta negro en francés, junto a Aimé Césaire. Senghor participó activamente en la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi y fue, además, el primer presidente de Senegal, su país. Sus palabras describen un mundo de hechizos, de desiertos, cocodrilos, hipopótamos y leones, de sol y de mar. Aunque no solo eso.

Él dijo, en uno de sus poemas más alucinatorios, navegar entre “l’angoisse des ténèbres, cette passion de mort et de lumière”; así puede resumirse “su” vida en África, su lirismo; una geografía que no pierde el gusto por los colores. No he estado allí físicamente, pero puedo decir que “he estado” allí sentimentalmente, viendo como el barro de los ríos se enquista en la quilla de los barcos que surcan el Congo. Lo que sorprende, lo que es de alabar, tanto de él como de Kerry James Marshall, es el hecho de “completarnos”, de “dotarnos” de un espacio de reflexión antes inexistente.

¿Tienen los hijos del África poscolonial el trato que merecen o aún son tildados de pedigüeños? ¿Somos conscientes de su identidad o son “uno más” en nuestras vidas? El legado que nos dejan, ¿se comprende más allá de las fronteras africanas? Injustamente reconocidos fuera de sus límites geográficos, es hora de sonreírles, de confraternizar, de entender su aventura. Porque sí, detrás de estos artistas hay un mundo por descubrir. Como este mendigo, con la mirada sabia, perdida, ligada a los recuerdos de su querido río Congo; ligada a la selva, a la luz y al mar de sangre africana.

EL FANTASMA DE LA FAMA

A menudo me he representado yo solo, en flashes de imágenes, mi futuro como novelista y el salto que seguramente tendré que dar desde el anonimato hasta la popularidad. Este es el riesgo que entraña el querer ser reconocido, el riesgo especialmente si eres novelista y deseas llegar a un público amplio. ¿Debería, por ello, rechazar la publicidad con que me puedan acoger los medios y aislarme, sin que me hagan fotos ni entrevistas ni videos promocionales y adscribirme así a la categoría de ermitaño? ¿No es mejor el destino del poeta del que sabemos que solo llega a “la inmensa minoría”, sin que apenas un humilde recital o una sola presentación empañen su tranquila existencia?

Por supuesto, esto no debería plantearlo así: ser poeta o novelista  (o convivir con ambas dotes artísticas) es, por encima de todo, convicción. Es absurdo que una persona se levante un día y diga: quiero ser poeta. Tampoco, por otro lado, nadie elige una carrera por sus ventajas sino por méritos propios. Desde luego, quien elige solo por las ventajas que se le ofrecen está condenado a ser un pésimo artista. Al arte hay que tratarlo con mucho mimo. Las veleidades artísticas (que no la auténtica vocación) jamás han engendrado arte en mayúsculas.

Cela recogiendo el premio Nobel 1989
Cela  recogiendo el premio Nobel de Literatura 1989

Preguntándome todo esto, no consigo sino aumentar mis temores ante ese futuro incierto como escritor. ¿Perderé así ese resquicio de privacidad, cuando vaya a comprar el supermercado, o vaya por la calle y me haya dejado las gafas de sol en casa? ¿Estaré condenado a la hecatombe de la fama? Un cúmulo de sentimientos encontrados se agolpan en mí: desearía difundir mi voz para que los demás la acojan favorablemente y, al mismo tiempo, desearía no matar del todo la tranquilidad, sin la nostalgia de recordar tiempos mejores en que, recluido en mi piso, el silencio solo era enturbiado por el reloj de péndulo del comedor.

Da miedo y respeto. Supongo que el escritor tiene que encontrar la manera de lidiar con el problema; desde luego, no es tarea fácil. Si se concentra en el marketing, dedicará más horas a la promoción. Si, en cambio, se aísla “del mundanal ruido” para producir su obra, corre el peligro de perder a su público y de caer en el olvido. ¿Qué hacer, pues? Todo un reto: no perder del todo la privacidad. Un desafío difícil de afrontar. Aún no estoy capacitado para dar con la solución. Estad atentos por si veis a un escritor a la vuelta de la esquina o en el supermercado; si no se escabulle podrá daros la respuesta a tanta pregunta, ¿o no?