MI QUERIDA BICICLETA

En otra época, más inconsciente, más cándida, solía coger la bicicleta, al caer la tarde, cuando el calor del verano daba su tregua. Mi querida bicicleta azul cromada, símbolo de la pérdida de la inocencia: también tú tienes derecho a cobrar vida ahora, al ritmo bamboleante de mis pies y manos, qué recuerdos allí, por el paseo marítimo de Sitges. Me encajaba subido al asiento, sostenía el manillar y empezaba a pedalear, dejando que las ruedas, piedras preciosas cruelmente estrujadas, echaran chispas sobre el asfalto, levantando arena, siempre bajo el auspicio de las altas palmeras. Era la oportunidad de dejar volar la imaginación; vivir en un mundo alternativo, en las antípodas del desusado ciclista en que me he convertido hoy. Esta oda a la bicicleta debería servir de excusa para animarme a utilizarla de nuevo.

Bicicleta
Bicicleta

Sí, hace ya mucho tiempo que no monto en bicicleta; algún día de estos tendré que venderla o regalársela a alguien, porque se muere de risa, arrellanada junto a la pared en el sótano de nuestro edificio. No hay forma de subirse a ella, desde que leí, un verano de hace cinco años, Ella, tan amada, de Melania Mazzucco, la vida novelada de Anne-Marie Schwarzenbach, escritora suiza en la Europa de entreguerras. Ane-Marie murió en trágicas circunstancias, cayéndose de su bicicleta, cuando paseaba por el campo. Algo, por otra parte, si bien se mira, nada tan extraordinario, ya que podría pasarle a cualquiera.

Eso me lleva a la certeza de que todavía hoy los motoristas, los ciclistas, no menos los peatones, tienen dificultades de maniobra en cualquier gran urbe del planeta. En el mundo urbano, somos seres, ciudadanos en movimiento. Apenas si existen los derechos del peatón, más allá de la salvaguardia del semáforo en verde. Por ello, parece una buena iniciativa reducir el tráfico o eliminarlo de raíz, como ocurrirá pronto en el centro histórico de Madrid.

Nadie olvida que, hoy por hoy, vivir sin respirar el humo de los coches es del todo imposible; si se restringen, acaso podamos recobrar el aliento por minutos. Parece como si nos hubiéramos conformado con que los coches sigan circulando; admitimos que puede reducirse su uso pero no su total eliminación. Puedo decir a mi favor, a mi descargo, que utilizo el transporte público en mis desplazamientos, nunca el coche. Tenemos derecho a un cielo incontaminado, y este solo acaecerá cuando gentes como yo le perdamos miedo al tráfico y desfilemos por el carril bici como si fuéramos los amos de la ciudad. Sin duda.

JOHN CAGE O EL SILENCIO IMPOSIBLE

Aún recuerdo la exposición antológica, hace ya algunos años en el MACBA, sobre la obra de John Cage, especialmente 4´33´´, una pieza muda de piano que respiraba con las cuerdas del aire. El artista, con ella, fracasó en el intento de aprehender el silencio, tan escurridizo. Investigó el espacio de la no-música, el no-ruido y se alejó y rompió con las convenciones musicales. El ruido al desnudo y su imperfección, su imposibilidad. El ruido, también como lenguaje, creando más allá de los límites.

La humanidad, así, está desnuda: nada la protege ni la ampara. Allá donde vaya: al bosque más solitario, bajo la sombra de un roble, a un museo perdido a una hora intempestiva, o a una biblioteca vacía donde solo se escucha el tic desnudo del reloj. Da igual, el ruido le sigue siempre. Su imposibilidad puede resultar del todo traumática, aunque al final el oído se acostumbre a ese gorjeo interminable de cláxones, coches en movimiento y tubos de escape, de aviones surcando el cielo o de trino de molestas cotorras.

John Cage
John Cage

Cada vez que leo el cartel “respetad el silencio de los demás”, esa mujer que adelanta un dedo y lo cruza en la boca para avisarnos, me río por dentro; inmediatamente pienso que es una situación ideal, utópica y que, quienes creyeron en ella, eran ingenuos. Hasta un caracol cuando se mueve por el suelo produce ruido, o una planta buscando la luz, en su fotosíntesis. Qué decir de los perros, que oyen los sonidos más allá del alcance humano. Incluso aquellos que deben recurrir a un lenguaje de signos tienen su propia gramática en el cerebro. Dentro, más profundo, más allá del silencio, se escucha el sonido de las cosas, ya desde el principio de los tiempos, desde los albores de la civilización. Parece mentira que un descubrimiento tan evidente tardara tanto tiempo en ser desentrañado.

Me digo todo esto pero sin renunciar a él. Soy hijo del caos original; el resto es convención. Ser consciente de ello me violenta, me remueve, sin remedio. El silencio solo existe como símbolo, con su propio universo sonoro. Sin embargo, aun en mi escepticismo, necesito creer en él; necesito habilitar un espacio imposible para defenderlo, permeable solo a mis pensamientos, centro de quietud, centro de inspiración. Un diálogo con los otros seres, sin desesperar. Querría tener un espacio para la contemplación del universo con los ojos cerrados, con el silencio como cetro. A pesar de todo, sé que solo la muerte es el silencio último. La muerte: la no-música eterna, el no-ruido final.

OBRAS INCOMPLETAS

He cogido el autobús para venir hasta esta biblioteca. Me dispongo a pasar otro día aquí, para devorar montañas de libros. Selecciono unos cuantos, los llevo a la mesa para consultarlos; inspirado por ellos, me dispongo a escribir. Mi mano empieza a teclear en el ordenador,  el antídoto perfecto a la monotonía cotidiana. El tema ha surgido a raíz de observar reunidas tantas obras completas, en un intento por abarcarlas. La libertad que respiro me hace reflexionar: he llegado a la conclusión de que, si algún día publico las mías serán, por defecto, obras incompletas.

¿Por qué incompletas? Porque no sé si sobreviviré a la muerte, si habré escrito suficiente, tanto como quisiera, ni si la fatiga de la existencia y, sobre todo, si la guadaña mortal segará las ideas que solo podrán ser publicadas póstumamente. Mis poemas, mis novelas, mis cuentos no son ni serán más que la suma imperfecta de una vida dedicada a los libros: imperfecto el tono, imperfecto el alcance.

Pío Baroja
Pío Baroja

Así, he llegado a la conclusión de que el arte solo es importante, necesario, precisamente gracias a esa finitud, a esa imperfección, a la muerte, no a pesar de ella. La muerte llama a la misma vida; solo su límite nos completa, nos transforma. El tema de la vida es infinito y ningún artista puede agotarlo ni contenerlo totalmente, lo que lo hace grande, porque se mueve en las aguas del misterio, en la música de la ensoñación. Las desavenencias que al artista le tocaron en suerte le sirven para sobrepasar los límites de su precaria existencia, difícil, inevitable. No basta con un solo sujeto: el mundo está hecho de siglos, de milenios, de vidas pequeñas. El gesto del artista es el testimonio frágil, poderoso que apresa las migajas esparcidas inútilmente por el viento.

El conocimiento está por encima de él, muy arriba, le sobrepasa; solo si escribe, si crea, se siente abarcando, por instantes, el mundo que observa desde el balcón al despertarse por la mañana. Como las ideas platónicas, la totalidad se encuentra en alguna parte: el artista lo único que puede hacer es siquiera nombrarla, sugerirla, vislumbrarla. Eso es a lo que aspira: a convocar a sus lectores alrededor de esas palabras que surgieron misteriosas, opacas, pero que, sin embargo, le identifican. Que sobrevivan no es tema para esta columna, ni es importante para mí. Solo aspirando a cosas mortales, puedo crear obras maestras, grandes en su finitud, como el claroscuro de un dibujo al carboncillo, el fragmento de otra obra mayor, la vida.

DEFENSA DE LA LITERATURA

Voy a explicaros por qué me parece útil la literatura, por qué leer y escribir son actividades tan importantes. Cuando leemos o escribimos, frente a la página atiborrada de letras que, a simple vista, puede provocarnos un empacho, permitimos que se desarrolle nuestra imaginación. Accedemos a otros mundos, vivimos otras vidas, pasadas, presentes, futuras, que nos liberan del aburrimiento y la rutina. Podemos entrar en la cabeza de un arquitecto de las pirámides egipcias y saber lo que hablaba con sus subordinados; de un esclavo mestizo en una galera, que en tiempos de Colón escribía un diario; o asistir a la muerte de María Antonieta en la guillotina… Los ejemplos son miles. Se nos ofrece la posibilidad de viajar sin movernos de casa y cuando queramos, sin colas en el aeropuerto, ni empujones en el avión, sin hacer escala en ningún sitio, a los países remotos que aún no conocemos o bien a los que queremos volver a visitar.

Todos sabemos que ampliamos y alimentamos nuestro conocimiento; nuestra conversación se hace más fluida y amena si leemos, subrayamos o memorizamos pasajes enteros. Leer o escribir, a la larga, nos ayuda a recordar las tareas que ha mandado el profesor para el lunes próximo, a organizar los pensamientos en nuestra cabeza y hablar claro, sin titubeos. No solo es necesaria la literatura para escribir una novela o hablar ante el tribunal de la tesis doctoral. No solo desarrollamos las capacidades intelectuales. Las actividades que mejoran son también las físicas, de las que nunca o casi nunca nadie habla, las que ayudan a prevenir o postergar enfermedades degenerativas; ayudan a mejorar la salud de nuestro corazón.

Johannes Gutenberg
Johannes Gutenberg

Vosotros, los descreídos, que echáis pullas contra la literatura: ni Internet ni los videojuegos, ni la tele, ni el cine, ni los Smartphones. Hay un antes y un después con la invención de la imprenta por Gutenberg hacia 1440. La aparición de los libros electrónicos, recientemente, es verdad, nos ofrece herramientas que no debemos desaprovechar. Las nuevas tecnologías no necesariamente van reñidas con los libros. Algunas veces, sin embargo, nos facilitan tanto las tareas que nos vuelven, en consecuencia, más incultos y estúpidos. La cultura del esfuerzo es necesaria: leer para aprender, para atrapar el mundo, para conocernos más y conocer al otro. Leer un libro como un privilegio y desafío, no como una maldición divina: una llamada a ampliar nuestros horizontes, a mirar más allá, a elevarnos, a ver el mundo desde el cielo.