LITERATURA Y COMPROMISO

Si alguien me encargara impartir una conferencia, esta versaría sobre literatura y compromiso, asunto siempre de actualidad. Querría mover a la reflexión, encontrar a alguien que me dijese dónde ha ido a parar el ardor por la renovación de la vida ciudadana. Ese testimonio pasaría por reconocer a nuestros coetáneos, a todas y cada una de las personas que forman parte del grueso social; reconocer nuestra corresponsabilidad ética de cuanto sucede alrededor, aun en la lejanía, cuestión que el filósofo Jean-Paul Sartre tan bien supo  reflejar en su pieza teatral Muertos sin sepultura. Delatar o callar: no existe la ingenuidad. Los conflictos armados no son una mera explosión de fuegos artificiales. Vivimos en una sociedad fuertemente imbricada; cuando alguien opta por no actuar también participa del mal del mundo. Porque cada uno de nosotros somos corresponsables de todas las guerras.

Jean-Paul Sartre
Jean-Paul Sartre

La escritura está íntimamente ligada con la interpretación relativa del bien y del mal en la sociedad. El escritor debe dejar constancia de ello con su mirada. Lejos de la ingenuidad realista de retratar el mundo tal cual, el escepticismo posmoderno demostró que hay una intención detrás de cada obra, una traducción interior y exterior de las cosas. Nuestro estilo nos separa del mundo objetivo y al mismo tiempo nos hace interpretarlo bajo una luz distinta, original, turbadora. El mal y el bien son un constructo, una decodificación subjetiva pero necesaria. Debemos enterrar toda desesperación y fracaso de no poder acceder a lo universal y cosmológico, pese a todo. El testimonio como mirada personal no debe impedir que sea una visión más, una visión tan válida como el resto de miradas.

El escritor no debe limitarse a escribir, a urdir historias por amor a la belleza artística; es evidente que fondo y forma de la obra de un creador tienen que contar, al menos en parte, con un compromiso: ver la sociedad y a los que la componen desde otra perspectiva; que en su terrible esfuerzo, aspire a ser vista por otros ojos, los ojos de los demás. No es una ilusión, no es un juego de niños, si nos empeñamos en esta fascinante empresa. La obra artística no es solo armonía; debe conmover, contribuir al debate. Debe apelar a la ética a la par que a la estética. No se pueden contar las cosas siempre desde el equilibrio, desde la poesía; a veces hay que subvertir el orden. Lo más importante es que debe aspirar a una multiplicidad de lecturas y que el lector encuentre siempre aspectos nuevos que lo muevan a vivir más intensamente.