LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.