EXILIO INTERIOR

Mis primeros y únicos escarceos en un grupo de teatro amateur, de eso hará ya más de diez años, darían para mucho más que una columna. Son un amalgama de protagonistas y secundarios, de folletos con tinta azul, de directores y de vodeviles. También los nervios, un cúmulo de burbujas estallando bajo la lengua; el olor a sótano de aquel viejo pantalón marrón; aquella camisa que nadie se molestó en planchar; y hasta el ardor del rímel en los  ojos, soportado estoicamente, de principio a fin del espectáculo. Ya no soy el que era antes, para bien o para mal, pero aún hoy puedo reproducir, sin demasiado esfuerzo, los latidos desacompasados en el pecho y luego la presión de los focos y la sempiterna presencia del público en la platea. Aunque estuviera en el camerino, podía escuchar su rumor, antes de empezar la función, antes de salir a escena.

teatroSin embargo, a pesar de que la sala estuviera llena, experimentaba la soledad una vez alzado el telón; soledad solo interrumpida por la entrada del compañero de reparto. En esos instantes, eran peligrosas las miradas de los espectadores, como dolorosas también podían ser posteriormente las opiniones de los críticos. Este no fue mi caso: no tuve nunca ningún problema con el público ni con los críticos, siempre generosos y entregados.

El actor parece como si estuviera totalmente expuesto a la gente, a mucha gente, pero no es del todo cierto. No se desnuda completamente y conserva una parte para sí: el inquieto león que anida bajo su piel. Se abstrae y se refugia en su pilosa coraza. Eso pertenece, tal vez, a un orden superior, está más allá de la sociedad; al final, se acaba convirtiendo en una especie de exilio interior, silencioso, pacífico.

Hay un instante en que el actor se desgaja por breves momentos de los demás y se olvida de que es el centro de la obra. Está ahí, pero también está más allá, en otro lugar: a la vez espacio interior y exterior, un abrirse tímidamente y un encerrarse en el misterio de su representación. Guarda consigo aquello que nadie nunca ha logrado usurparle, ya sean sueños o pensamientos, deseos o juicios, palabras o secretos. La aventura del artista es aquella porción de sí que silencia. La aventura es cerrar los ojos y abstraerse del mundo; mirar hacia dentro para no escuchar el martilleo de fuera. ¿No es todo ello el milagro, lo que constituye y define a todo cómico y por ende a todo ser, que lo dota de entidad, más allá de los demás, en un diálogo constante consigo mismo? Todos necesitamos, como en la vida, de ese exilio para seguir siendo, sin duda, nuestros mejores amigos.