EL FULGOR DE LOS OTROS

felicesLos otros son más felices. LAURA FREIXAS (Editorial Destino). 255 páginas. Barcelona, 2011.

De mi reciente viaje a Madrid en noviembre pasado, me quedo con mi encuentro con Laura Freixas, mi amiga en lo personal y en lo literario, en un bar restaurante de Chueca. Nada más sentarnos a una de sus mesas, me regala un libro escrito y dedicado por ella, que aún no había leído. Vaya por delante mi agradecimiento. ¿Y con qué me he encontrado? Pues con un Bildungsroman en toda regla: una novela de formación, que bien podría conformar un continuum, un díptico con su maravillosa Autobiografía en Barcelona hacia 1970.

Mientras espera al tren en la estación y charla con una amiga inglesa, Áurea Moreno recuerda cómo conoció a los “primos” catalanes, los Soley, en unas vacaciones de verano que la marcaron para siempre. Y al hacerlo, va dibujando un microcosmos, el de la finca de la Costa Brava del pintor Soley, de su mujer y de sus hijos Marina y Salvador. En torno a ellos, va configurándose la personalidad de la adolescente en sus múltiples descubrimientos, la riqueza de la pintura, del mar: el despertar a los secretos de la existencia.

Conforme vamos leyendo, nos acercamos al alma de dos mujeres: la de Áurea y la de su madre. La madre de Áurea es un personaje capital para entender la novela y aun la historia reciente de nuestro país: su sombra refleja el doble destino que se vivía en la España de los 70. Por un lado, la España del terruño: la de las mujeres que no van a la Universidad y cuya sola ensoñación consiste en admirar las páginas del Diez Minutos mientras descansan de sus labores. En su casa solo hay un libro: el Larousse. Toda la satisfacción de la madre consiste en enseñarle a su hija a planchar una camisa o a guisar unas migas de pastor. Por otro, la vida de Áurea, radiografía de un mundo que se libera de esas cadenas, que empieza por aprender costumbres más cosmopolitas, que viaja al extranjero y ya no depende (o no quiere depender) emocional ni sexualmente de los hombres. La España de la posguerra frente a la España de la transición y la democracia. Una primera sensación de orfandad ante el fin de la dictadura, ante un futuro incierto aunque prometedor y fascinante: Pero un día me encontré con que me había hecho mayor y la dictadura había acabado, y yo creo que en ese momento (…), en ese momento me pregunté, nos preguntamos un poco todos: ¿y ahora qué? (pág. 159), dice la protagonista.

La escritora Laura Freixas
La escritora Laura Freixas

Es, al final, el proceso de imitatio a los demás (o quizás debería decir distantia de los demás) una transformación, una metamorfosis. Uno ya no es lo que era antes, aunque tampoco sepa muy bien quién es ahora: tal podría ser la estructura profunda, el iceberg de esta novela. Los otros del título se desdibujan tras la máscara, bajo el poder de lo escondido; su existencia es inalcanzable: no los conocemos ni los conoceremos nunca. Cada uno es como una isla, y es imposible captar, aprehender, entrar en la materia viviente, en el corazón de los amigos o enemigos con que nos vamos encontrando.

Y deviene así casi como un tratado filosófico, reminiscente del credo existencialista. Como dice Áurea al final de su larga y fructífera conversación: …Sí…Quizá tienes razón…Como tú dices…O sea, quieres decir que para mí Marina, los Soley… ¿Así en abstracto: “los otros”? Que más que conocer, imaginamos, y como tú dices, siempre creemos que son más felices que nosotros (…) Al fin y al cabo, ¿qué sabemos de los otros? Retrato del paso de la adolescencia a la madurez, Los otros son más felices es el testamento vital de una generación que necesitaba desprenderse de los valores de sus padres para encontrar su propio centro. ¿Cuál es esa identidad? ¿Podemos definirla? Podría ser tan evanescente como las anteriores pero, al menos, nos hace vivir con la sensación de ser más autónomos y mejores “conductores” (aunque nunca del todo) de nuestras existencias.

 

CORAZÓN INDÓMITO

efímerasLas efímeras. PILAR ADÓN (Galaxia Gutenberg). 238 páginas. Barcelona, 2015.

Anoto en mi diario: “Esconderse, ¿de quién? Los mosquitos y los chopos fabrican el nimbo perfecto. Siempre acompañan. Sus ojos conocen y sus cuerpos requieren de alguna forma a los demás habitantes del bosque, excepto a los humanos, que huyen de la ciudad. Los humanos que, en contacto con ese bosque, al vivir en soledad, apartados, devienen fuerzas brutas”. Tal es la imagen que me ha sugerido la lectura de esta novela. Pilar Adón (Madrid, 1971) ha fusionado de manera muy acertada fuerzas naturales y fuerzas interiores; escribe con una envolvente prosa poética y va al centro de nuestras preocupaciones básicas, la de la identidad y del individuo: lo que somos en relación con los demás y lo que los demás nos usurpan.

Dora y Violeta Oliver viven en torno a La Ruche, una comunidad en el campo. Dora, la mayor, la jardinera o guarda forestal particular, cuida y bautiza árboles y vive con sus perros. Su hermana Violeta, más guapa y de carácter más impulsivo, vive encerrada y sometida por aquella en régimen de pan y agua para que no vea a Denis, un hombre que arrastra la historia oscura de sus antepasados: una casa incendiada y una niña enferma. Es Denis o el patito feo, Denis o el proscrito. Y un día Violeta desaparece. Y así vamos descubriendo cómo Violeta ha sufrido y sufre por partida doble: huyendo de una dominación, cae sometida a otra, metida en una espiral de la que no es plenamente consciente hasta que queda empantanada por ella; el personaje frágil, que atraviesa los ritos de paso de la sexualidad y de la muerte. Prefiero detectar algún descuido. Alguna flaqueza. Los cuerpos impecables no han vivido (pág 206), dice uno de los personajes. Y es verdad. Los seres que más nos atraen son vulnerables, poseen máculas. La perfección es falsa; no es verdadera belleza. La belleza está en lo secreto, en lo más humano, en el ir ahondando hasta descubrir su flaqueza.

La escriotra madrileña Pilar Adón
La escritora madrileña PIlar Adón

Y sí: el aislamiento sin excepción de todos los personajes de estas páginas me ha recordado al tono seco y rotundo, al lirismo visual de El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice. La vida de las abejas. La vida dura en el campo. El bosque como centro gravitatorio, como un personaje más. Novela, ante todo, sobre la rabia como impulso vital, sobre el lado salvaje de la naturaleza (el corazón indómito del bosque) que se proyecta hacia afuera, hasta llegar al interior de los individuos. Como dicen las palabras finales: …lo único verdadero seguía siendo el inofensivo y firme esplendor del verde (pág. 238). La naturaleza, en esa guerra o lucha que establece en el bosque, es, al final, la misma vida de los humanos, al menos las de los corazones atormentados de los artistas, solos en su estudio, ante su creación.

Hay, ciertamente, una coherencia de tono y de forma, una elaboración artesanal. En una historia como esta de resonancias góticas la creación atmosférica había de ser muy importante; esas malas hierbas nos alcanzan como tentáculos vivos. La naturaleza nos domina como unos seres dominan a otros en la vida. La imagen, pues, de esa naturaleza invasora casa muy bien con los meandros de la sangre que palpita con intensidad; el fuego de una violencia latente, que espera el momento de saltar sobre la presa.

EL SOL SE HA LEVANTADO SOBRE EL MUNDO

Me despierto con la luz matinal que atraviesa la persiana del dormitorio. El sol camina hacia su cenit con sus matices diferentes de luz; yo me acomodo al nuevo día, después del recogimiento nocturno, y me abro al mundo, a lo bueno y a lo malo que pueda ofrecerme, sin apenas sentir el desgarro de hace unos días, mi mal de amores, mi decepción.

solEn mi itinerario hasta el baño, tarareo Volver. La melodía resuena en mi cabeza; no puedo ignorarla. E inmediatamente después medito en torno a esta canción: pisar las mismas baldosas devuelven un eco diferente. Lo mismo ocurre con las calles, con los museos, con las tiendas, con los jardines que visito: Como un lobo de Miguel Bosé de viaje en AVE a Madrid o el Everything de Michael Bublé cuando volaba hacia Nueva York son distintas si las escucho ahora, en casa. Cada canción ofrece una visión nueva: una ciudad, un mismo lugar es muchas ciudades, muchos lugares.

Más allá de la compañía de la música, cuando la soledad teje muros de araña triste en torno a mí, cuando podría compartir lo que veo y escucho con alguien más, si viajo al extranjero, suelo alojarme con familias autóctonas, y si es por España suelo ir adonde tenga amistades. No se me ocurre ir a Toledo o a Salamanca, hoy por hoy, aunque me encantaría, pues allí no conozco a nadie, y no quisiera sumirme en un estado melancólico. La soledad solo es buena en tanto pueda transformarse en creación, en tanto que reflexión: solo cuando el escritor se aísla para convertir sus aventuras en materia novelable. Yo, como artista, necesito ese resquicio para construirme, para saber hacia adónde voy.

Quizá eso tenga que ver con lo que decía Susan Sontag en una entrevista: un escritor es alguien que presta atención al mundo y escribir es una vocación heroica. Al final, un escritor, y por ende un artista, el verdadero artista, no es más que alguien un poco más sensible que el resto, que se preocupa por entender la vida, analizarla y exprimir todo su jugo para después transformarla en arte. Esa vocación es “heroica”, en tanto en cuanto debe aceptar el dolor o la tristeza y reconvertirlas: observar el itinerario del sol sobre el cielo, captar su esencia y corresponder a ella. Transcribirla, aun a riesgo de idealizarla. Es, en el fondo, la razón de tanto viaje y tantos caminos transitados: dar testimonio de ese día que empieza, de que nosotros estábamos ahí, todavía en el mundo, en ese dejar de estar solos, justo cuando se levantaba el sol.