UNA VENTANA ABIERTA AL MUNDO

Son las ocho de la mañana. Desde aquí, con las persianas subidas, sin los visillos, parcelo el entorno. Solo veo, como el fotograma de una película, el pedazo que me asigna esta magnífica atalaya. Ante mis ojos todo se confabula, todo es una estampa viva en este día de febrero: observo las hojas de los pinos de la plaza por acción del viento; a las gaviotas chillonas planeando en el cielo, buscando el mar; imagino, a través del cristal, el incesante arrullo de las palomas. ¿Qué decir de los gorros de punto de esos niños que son gemelos, vestidos igual y con botas de agua; de esa mujer abrigada hasta las cejas con pieles sintéticas, baratas, que les coge de la mano, uno a cada lado? ¿Y ese señor, ya muy anciano, con un bastón espantando a la gente, que sale a bajar la basura camino del contenedor?

ventanaSé y me digo con honda tristeza que  este espectáculo maravilloso, celebración de las cosas pequeñas, se diluirá, se acabará enseguida. No será hasta las cinco de la tarde que el día se animará, prometerá algo más, un bis, una propina; la hora en que los escolares vienen hasta la plaza y se ponen a jugar al tobogán y a los columpios. Para ellos, todo es una fiesta. No conocen el aburrimiento, ¿o acaso sí? En cualquier caso, solo observadores curiosos, padres o madres, o vecinos como yo, pueden acceder a sus aventuras, cada vez que nos asomamos y fijamos la vista en estos pequeños, inconscientes e incontinentes en su alegría.

Como se habrá podido colegir, hoy escribo, o lo intento, sobre el muy noble arte de asomarse a la ventana. Un arte no inventado, se diría, o no evocado, ni recordado lo suficiente, en nuestro cotidano deambular. Y solo se me ocurre, valga el narcisismo, la escena inicial de El sueño de la sibila, el guion cinematográfico que escribí hará cosa de quince años para mi Proyecto Final de Carrera. En él, Ina, su protagonista, un ama de casa de unos cincuenta años, vive con Iván, su marido, el poder supremo de la casa, que nunca ha querido tener hijos. Por lo cual ella, un poco por cobardía y otro poco por intimidación, por imposibilidad de cambiar las cosas, acaba sometida a él: su deseo de tener descendencia queda frustrado, sin posibilidad siquiera de adoptar o de dar a luz mediante reproducción asistida.

En la escena inicial, Ina se asoma a la ventana y se fija detenidamente en los escolares que van al colegio de la mano de sus padres y madres. Y por los primeros planos de Ina, fijando su mirada más allá del cristal, se transmite toda su angustia, toda su inútil, su larga melancolía. Como si se desligara del entorno, como si no le perteneciera nada de lo que ve con sus ojos, como si estuviera ya muerta y nadie se dirigiera a ella, invisible. Esa tristeza se desliza ante mí un instante como un ciempiés lento y fatigoso, y luego desaparece.

Y ese es el ejercicio mental y físico que hago hoy: fijarme en los detalles que, de otra forma, podrían pasarme desapercibidos. Saber mirar es la enseñanza más valiosa que aprendí cuando estudié Historia del Arte en el instituto. La profesora siempre nos lo decía: tenéis que observar lo que hay delante. Fijarse en los ropajes, en las caladas tracerías, en el sfumato en torno a la Gioconda. No solo se necesita estudiar, decía ella, sino también mirar, sobre todo mirar. Así que yo, como Ina, miro por la ventana del comedor en un intento de conocer un poco más a la humanidad, de aprehenderla, de formar parte de su universo. ¿Qué más puedo pedirle a la vida que este avanzar sigilosa pero inevitablemente por los caminos de la observación? Sí: le diría que, por favor, algunas veces yo dejara de ser un mero espectador, traspasara el cristal y pudiera participar del cuadro. Participar de esa ventana abierta al mundo, como se decía y aún se dice del que fue el cine clásico de Hollywood. ¡Qué privilegio!

PERDER LA INOCENCIA

Madrid, 14 de noviembre de 2015

Se dice, corre el rumor que, para escribir una buena novela, además de ser muy paciente y de entregarte al  futuro lector con generosidad (de dejarte la piel en su acometida), primero uno debe perder la inocencia. Y luego, si uno desea seguir provocando la ilusión con alguna que otra obra maestra, convivir con esa pérdida el resto de la vida. Algunos ponen un límite: hasta los cuarenta no la escribas: necesitas experiencia. Y haber viajado mucho. Al menos, ser fiel a unos pocos lugares (míticos, como los enamoramientos en el arte de la memoria). Escribir lugares y redescubrirlos cada vez; reescribiendo los ya antiguos y lejanos.

retiroEsto es lo que me digo hoy, un sábado de noviembre a las diez de la mañana, sentado en uno de los bancos del Parque del Retiro madrileño. Me he venido aquí (estoy entre estas ramas que amortiguan el ruido de los coches) para reflexionar y hacer un alto en el camino, huyendo del caos urbano, del laberinto de calles y avenidas.

Estoy en una zona umbría, completamente cubierta por olmos y castaños, matojos y arbustos. Para mí,  la jungla del asfalto me es necesaria. Sé que no podría vivir en plena naturaleza. Pero, de vez en cuando, también necesito estar solo, necesito  descansar del barullo de la ciudad. ¿Y qué hago, pues? Refugiarme, como aquí, entre pedazos de cielo azul cubiertos de verde (parcelas de mundo que me hacen vivir mejor) y fantasear, creer que estoy en el bosque, entre jilgueros, estorninos y palomas.

¿Es que odio pasar las horas en el hotel de la plaza del Callao, o merodear por las zonas turísticas, o bien olfateando zapaterías y tiendas de ropa? ¿Odio ir a ver un espectáculo, ser asiduo al teatro? No, nada de eso. Si he venido aquí es para explicarlo todo y explicarme, de principio a fin (¿qué es lo que me une a Madrid?, alguien se preguntará). Hacía casi ocho años que no venía por estos mundos de Dios. Tenía que volver: somos lo que hemos visitado, lo que ahora mismo ya visitamos se queda, acaba siendo parte de nosotros, parte de ese corazón escindido, que siempre busca asideros.  Para dar fe de este humilde vagabundeo de mortal que no ha recorrido todos los caminos, sino solo unos cuantos (con el espíritu de trotamundos, aunque quizás sin su misma audacia, sin su misma fidelidad a la geografía), me compré esta libreta, un simple cuaderno a rayas, reconvertido (hasta la fecha) en mi más querido diario.

Sí, este viaje valió la pena, porque estoy convencido de que todos (o casi todos) los testimonios, ya sean hablados, filmados o escritos, nos son valiosos. Todos tenemos historias que relatarnos y lugares  en los que reconocernos, ya sean de primera o de segunda mano, al hilo de los otros. La vida es un melocotón, y de él nos comemos la pulpa; como si fuera un cadáver, dejamos el hueso para la posteridad. Esa pulpa que desaparece la conservamos en nuestro relato; hablamos de su textura, de su sabor, de su aroma, para que no perezca del todo. Eso es perder la infancia: revivirla, dotarla de experiencia. Un alto que nos lleva, defiitivamente, a la edad adulta.