HACIA UN PASADO CHINO

Cuando me he levantado esta mañana a las siete, como de costumbre, aún me roía la mala conciencia de no haber sido capaz de escribir nada ayer. Aún más: a pesar de mis muchos esfuerzos mentales, no había podido pensar en nada bueno durante el resto de la semana. Solo ha sido con ayuda de un café entre las manos, con la vista fija en el ordenador, como he podido verme a mí mismo, “vislumbrarme” entre el espíritu magmático de las palabras. Hay columnas que se resisten, y esta era una de ellas. Son las columnas “regurgitadas”, concebidas tras partos dolorosos, recuperando lentamente los recuerdos, trenzando las frases. Solo de esta manera son posibles de criar, de amamantar. De darles vida: con las imágenes propias de un pasado ahora más nítido, amas y señoras de una futura autobiografía.

chinoMediadas las horas de esta nueva jornada, sobrevenida finalmente la chispa, el arcoiris a través del terrón de azúcar, compruebo el resultado, más bien modesto: una sinfonía sin concierto ni concertistas, venida de un lejano país, del País de la Memoria. Y digo modesto porque el recuerdo siempre lo es: nunca conseguimos explicarlo todo, explicarnos a nosotros mismos, especialmente si aquello que recordamos pertenece a otra época, con un rostro en gran medida desfigurado; solo nos son fieles las fotografías que conservamos, lo que vemos más que lo que sentimos. Mi botín, mi modesto botín es una fotografía de carnaval a mis cuatro años, disfrazado de chino: un quimono de dos piezas, con estampados en la tela (siluetas de pagodas y de árboles milenarios), con la coleta postiza colgando de un gorro. Aún hoy, el cuerpo “recuerda” y parece impregnarse del tacto fino, suave, agradable del traje de seda roja; el único disfraz que sobresale del batiburrillo, más o menos desordenado, de personajes dispares que he encarnado en años sucesivos: cowboy, gnomo, payaso o monstruo de las galletas.

Poco a poco, se despierta en mí el olor a lejía de las aulas recién fregadas, y el olor dulzón de chocolate a la taza, y los restos de tiza, de lápices de colores, de rotuladores permanentes, inundando para regocijo de la vista y del olfato cada uno de los rincones de la guardería. Apenas importa si llovió o hizo sol. Apenas recuerdo nada más: se me difumina el día. No importa: ese “eslabón perdido” me lo invento si es necesario. Tengo la sonrisa perfecta. Y me siento alrededor de mis compañeros de aula, con una sonrisa perfecta también, vestidos de hada, de capitán, de mosquetero, de juglar. Podría decirse que encarnan la ingenua fragilidad de los pequeños hombrecitos.

Es la época en que vivía mi abuela, la época en la que creía que los únicos que morían eran los personajes famosos, y el mundo todavía estaba por escribirse, por explicarse. Vulgar y anodinamente, sin poner ningún sentimiento, era la tan manida y manoseada “tierna infancia”. ¿Cómo me sentía entonces? Ahora miro con otros lentes, empañados de melancolía. Quizás sea verdad que no era tan feliz: a pesar de esa sonrisa perfecta en esa tarde perfecta de carnaval, recuerdo que era solitario, terriblemente solitario; aunque con deseos gregarios, sin muchos amigos.

Probablemente por eso, por anhelar las futuras tardes de silencio, la soledad ya conquistada y degustada, me convertí más adelante en novelista, cuentista, columnista. Entiéndase: el ser solitario sin convicción, más tarde por vocación. Y me digo que son nuestras vidas, las que decidimos vivir con todo el arrojo y el tesón por mucha desesperación que experimentemos. Escribir a pesar nuestro. Respiro hondo y me observo en el ordenador, el espejo de mis emociones; terminado el café que me ha “despertado”, me imagino ese traje de chino rozando mi piel, ese pasado. Eso sucedió hace mucho tiempo. Lo dejo atrás, abandono definitivamente aquel disfraz, ahora convertido en escritor.