LA PARÁBOLA DE LA COCINA

cocinaKitchen. BANANA YOSHIMOTO.(Editorial Tusquets). 208 páginas. Barcelona, 2013.

Sigo abriendo las puertas a la psicología nipona. Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) ha ido escribiendo una serie de historias vertebradas por personajes solitarios y melancólicos, muy en la onda de su compatriota Murakami, desde una perspectiva femenina. Sueño profundo, Tsugumi y Amrita son algunas de sus novelas. Confieso que solo leí Kitchen. Hace años me sumergí en este libro bello y sencillo, contenido, pequeño. Cuál fue mi sorpresa ya entonces, al leer con fruición los dos relatos ─“Kitchen” y “Moonlight shadow”─ y descubrir una voz fresca y directa, que busca su lugar en el mundo. Alguien que ha leído más que yo de ella me explica que es su marca distintiva.

Yoshimoto escribió dos entrañables fábulas, teñidas de soledad y de vacío. Sus dos protagonistas, la joven Mikage y Satsuki, hablan desde la pérdida. El epicentro de acción, el péndulo a través del cual se expande la imagen fantasmal, fatídica y a vueltas como un manual de supervivencia, es la muerte, a la que los protagonistas intentan sobreponerse. En el caso de Mikage su refugio es la cocina:

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.

Incluso las cocinas sucísimas me encantan.

Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada. Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.

Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en este mundo estoy yo sola (pág. 11).

Mikage, tras la muerte de su abuela, acepta la idea del joven Yuichi y de su madre de ir a vivir a su piso. La abuela de Mikage compraba flores en la floristería de Yuichi, eslabón que une casi inevitablemente a los dos muchachos. Conforme vamos avanzando en el relato, vamos descubriendo quién es Eriko, la madre de Yuichi. Le apasiona, como a su hijo, comprar electrodomésticos y cuidar y regar plantas. Tiene una cocina y un sofá que deslumbran a Mikage. Eriko trabaja todas las noches en un bar. Durante el medio año que la protagonista pasa en esa casa, mientras se traslada a otro apartamento, descubre un mundo nuevo de fascinación y encanto. La amistad entre Mikage y Yuichi, que parece que puede desembocar en amor, es celebrada a través de la comida. Mikage hace poco que trabaja para una profesora de cocina y ese día cocina empanadas, croquetas, cerdo agridulce y otros platos típicos nipones. O toman el té. La ceremonia está servida.

En la segunda nouvelle, Satsuki pierde a Hitoshi, tras cuatro años de noviazgo, en un accidente de coche. Satsuki, al igual que Mikage, sucumbe ante un vacío que debe llenar como sea. El recurso de Satsuki para hacer frente a la muerte de Hitoshi es ir a hacer jogging cada día al amanecer hasta llegar al puente:

Dos meses después de la muerte de Hitoshi, cada mañana me apoyaba en la barandilla del puente que colgaba sobre el río y bebía té caliente. Casi no podía dormir, por eso empecé a hacer jogging al amanecer y aquél era el lugar donde daba la vuelta y regresaba (pág. 150).

Y enseguida aparece Urara, una misteriosa turista que ha venido a la ciudad para vivir una experiencia única, que sólo pasa una vez cada cien años. La del encuentro con la persona amada que ha muerto. Satsuki y Urara quedan un día antes de amanecer en el río y allí, cada una, llega a ver a su amado que está en la otra orilla durante unos instantes. La imagen de Hitoshi se desvanece y volvemos a la realidad. La descripción vívida de esta aparición es, cuando menos, alucinante:

Si no era un sueño ni una quimera, la figura que estaba en la otra orilla del río, de pie y mirando hacia aquí, era la de Hitoshi. El río estaba entre él y yo… Sentí una oleada de añoranza, su figura se sobrepuso a la imagen del recuerdo que guardaba en mi corazón y ambas se fundieron hasta convertirse en una (pág. 194).

Esta segunda novela corta debería haberse titulado algo así como “Desde el río del amor”, puesto que es allí donde ha tenido lugar la relación amorosa entre Satsuki e Hitoshi:

Para mí, el río era la frontera entre Hitoshi y yo. Cuando imagino el puente, Hitoshi está allí. Yo siempre llegaba tarde y él estaba esperándome en aquel lugar. Cuando íbamos a alguna parte, siempre nos separábamos allí, él iba hacia un lado y yo hacia el otro. También fue así la última vez (pág. 176).

La escritora nipona Banana Yoshimoto
La escritora nipona Banana Yoshimoto

Abandonarse a estas dos nouvelles, retratos de la contemporaneidad, de la búsqueda de asideros, de raíces de árboles que alimenten con su savia a los humanos, es una experiencia estética sin igual. Una y otra vez me doy cuenta de que Japón es parte de mí, es un lugar al que, si bien no he pisado nunca, retorno en forma de viaje literario cada vez que me aventuro por él, como un experimento, como una salida ante la monotonía, al encuentro de personajes que me hagan vivir otra situación, como si fuera la mía propia. Y el resultado es un libro ameno y lírico, el libro con el que Yoshimoto debutó en la literatura. ¡Larga vida, Banana!

UNAS PALABRAS ACERCA DE LA SOLEDAD

La soledad total, uno podría decir, no existe, es un constructo, surge de una invención. Como miembros del universo estamos conectados con los demás átomos; se diría que solo se materializa cuando fallan, cuando terminan las fuerzas humanas, cósmicas. Y, sin embargo, como el rocío sobre la hierba, aunque lo barra el viento y el calor, existe en algún lugar mientras discurre nuestra aventura.

viento¿Acaso no habita dentro de cada uno, por más que la azoten las tinieblas, por más que la tierra nos acabe engullendo? Somos fruto de las circunstancias, pero también fruto de una victoria, si bien frágil y efímera, vital, libre de la esclavitud del cuerpo. Unas notas al pie o unas apostillas modestas, conmocionadas por la asfixia, por la angustia que sufre, en medio de una sociedad aniquiladora. Una sociedad que prefiere llenarse de cháchara contaminante para marearnos. Nos niega un espacio de reflexión, desdibujando nuestra única certitud, la muerte, a través de la cual podríamos mejorar nuestras ya poliédricas personalidades.

Bien es cierto que el diálogo artístico, la filosofía, nos ayudan a su encuentro. Son posibles otros mundos dentro de este, más allá del espacio por el que se mueven los hilos de nuestra cotidianidad. Podemos ampliar el círculo, sobrepasar los anillos y vencer la oscuridad, el sueño profundo del milagro interior. Como la amapola que no cortamos para no dañar el prado, de alguna forma, esa soledad, esa reflexión necesaria, pararse a pensar qué queremos, no debería arrancársenos, negársenos nunca.

Como la belleza de unos cuerpos que danzan sin tocarse, sin más música que el hálito de su respiración, que pueblan la escena sin hablar: acaso por instantes, esa soledad es posible y aún valiosa. Así me imagino yo mi vida, libre de ataduras. El “infierno” ya no son los otros. Yo soy otro ya, sin que nada me aniquile, sin despojarme en absoluto de la certeza de la disolución final de mi cuerpo. Es el “eterno” diálogo con la muerte: me sé como hombre un ente débil, no puedo obviarlo, si bien queda reforzado si dejo que el contacto lábil de los demás desaparezca. Mi vida es una lucha sentimental por un territorio escindido, en ocasiones. Sin embargo, al final, como el bailarín, ya no deseo abandonarlo; desearía quedarme en él toda la eternidad.

La noche profunda, el hueco en el corazón, la cicatriz en el cuerpo aún virgen por inexplorado, son intentos de recomponer lo que parecía imposible. Hay una capacidad casi ilimitada en la propia finitud y no lo sabemos; merodeamos siempre por caminos trillados, nauseabundos, por miedo a caer en el abismo. Es una ficción o probatura: aunque la verdad no exista, deberíamos apuntar a nuestra única forma de trascendencia sin una vida eterna. Nuestros experimentos eróticos con las palabras, con los demás, no debería obviar nunca ese espacio de reflexión; la espada que, lejos de herir, o además de herir, sea la caricia, la estrella terrena.