DE FILOSOFÍAS Y FOTOGRAFÍAS

Esta tarde tuve un rapto de nostalgia, de querer hacer perdurable lo efímero, y me vino a la cabeza una exposición del fotógrafo mallorquín Toni Catany que recientemente visité en La Pedrera de Barcelona. Tres años después de su muerte, sus fotografías lo sobreviven y no envejecen, como sucede a menudo con nuestras creaciones, las de nosotros, los artistas (mientras los críticos, aquellos que escribirán los prólogos o epílogos de nuestra obra, no nos releguen a la fosa común del olvido).

bodegónReza la muestra que Catany se colocaba enseguida frente a frente a los fotografiados, hacía tratos con ellos (como si se les apareciera el genio de la lámpara maravillosa), y los convencía para que posaran. Vivía sin prisas, aprendiendo. La visión intuitiva (la intuición, también) era el tranquilo avizorar con ojos y alma de brujo. Sabía que necesitaba poco para hacer grande el universo: las loas al Mediterráneo son celebración de la vida, del acontecer diario. En la superficie de las placas fotográficas refulge la intrahistoria: la armónica serenidad de los retratados, el equilibrio perfecto de los bodegones, acariciando el ojo de quien los admire. Su obra fue oficio y ahora es arte, por gracia de sus cualidades pictóricas que trascienden el instante del trabajo artesano y lo eternizan.

Da la casualidad de que yo he andado leyendo muy recientemente a Séneca, y puedo, sin apenas dificultad, trasponer una analogía entre esa filosofía y la  obra de Catany. Quizás sea la mezcla de clásico y de contemporáneo, algo del éxtasis ante el Carpe diem. Esas mujeres y esos hombres (como distraídamente, desviando la mirada, porque no miran a nadie, solo al fotógrafo que captó lo mejor de sí mismos, por efecto del azar), quizás ni siquiera han oído hablar de él y, sin ser lectores del sabio latino, lo reflejan.  O tal vez sea la captación del instante inefable. Los dioses se los llevaron a ambos lejos, al Olimpo. Lejos únicamente de renunciar al fuego de la pasión y del placer, sublimaron el momento y los hicieron acaparadores del pacífico y resistente dominio de los sentidos.

La costumbre de contemplar tantos nacimientos y tantos decesos en mi vida diaria podría tornarme impasible, si no fuera por el arte y la literatura; por la obra de artistas como Toni Catany, que me detienen por un momento a reflexionar. Probablemente, los acontecimientos más importantes de nuestra existencia giren en torno a esta mirada que huye hacia el horizonte sin apenas apercibirse. Los dioses nos son propicios, para bendición de los artistas y maldición de los agoreros, cuando contemplamos el mundo y proyectamos sobre el paisaje una ventana que ordene los objetos y las miradas.

EL CAMINO HACIA GRINDA

Esta mañana encontré, revolviendo en uno de los cajones de mi mesa de estudio, un folleto escrito en inglés, cuya primera cara reza: “Grinda, una isla llena de atractivos”. Ya me gusta un poco más esto del vagabundeo. Mi ligero desapasionamiento a contar mis periplos o a andar y desandar los caminos una vez que estos ya han sido recorridos, se torna cariño, afecto y pasión hacia la travesía que realicé alrededor del archipiélago de Estocolmo. Las pupilas de mi alma aún se regocijan con el trayecto de dos horas en ferry hasta Grinda, a mitad de camino entre la ciudad y el mar abierto. Sucedió uno de los cuatro días en que visité la capital sueca, viaje organizado por el Instituto Nórdico de Barcelona, donde tomé clases durante algunos años.

La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo
La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo

Fui solo, nadie quiso acompañarme. Los demás se lo perdieron; tanto rondar aquí y allá, visitando los museos, los majestuosos edificios del centro, los lugares comunes y, del relajado paseo por mar, lo que estaba más a trasmano, se olvidaron. No exagero si digo que fue hallar el paraíso en la tierra o la tierra  en el paraíso, tanto da. La huella honda: el embarcadero, las casitas de madera, las aguas cristalinas y frías, el bosque. El puerto con cien barcazas, las gaviotas, las culebrillas. Es como si ahora estuviera alojado en una cabaña trasnochando, en esta diminuta isla que los dioses (que hoy, que ayer, fueron benévolos conmigo)  tuvieron a bien regalar a los suecos.

No es lo mismo escribir una columna como esta que un libro dedicado por entero a las conquistas, un diario de bitácora a la manera de Cristóbal Colón, lo sé, …pero uno intenta, con su mejor voluntad, trazar ni que sea un ínfimo y somero itinerario sobre la página. Ya nada puede ser igual: hay un antes y un después de Grinda, un desasirse de la realidad, bañándome en el pasado que es presente en las mismas orillas del recuerdo. Rememoro Un verano con Mónica. Doble deuda: con el país septentrional y con el cine de Bergman. Años después, la visión de esos pacíficos horizontes (lo que significó curtirse los cueros con otros soles) habita en algún lugar remoto de mí mismo.

Lo enterrado en el alma flota, como el corcho, a la superficie. Eso es resolver el viejo enigma de la memoria, tan antiguo como el invento de la rueda o el descubrimiento del fuego que Prometeo robó y entregó a los demás hombres un día mientras habitaba en las cavernas y su imaginación era más bien escasa. ¿No es acaso cierto que estas playas, estos embarcaderos, son el descanso, el refugio, cuando la pena nos apesadumbra? Grinda: te quedas ya en mí, bien adentro, para que su sueño revitalizante me descargue en un futuro de las penas acumuladas por el trajín diario.

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¿LETARGO O RENACER INTELECTUAL?

Fueron las clases de filosofía y, más concretamente, las de Nietzsche, las que me abrieron los ojos. Al menos, no sé de ninguna otra materia de estudio que me sacudiera con tanta inusitada fuerza en mi primera juventud. Apenas tengo dudas sobre ello: durante aquel curso preuniversitario, como consecuencia de semejante desasosiego y confusión, dejé de creer en Dios. Así, literalmente, como suena. No sentía ganas de estudiar, y los dedos me pesaban, entumecidos, al intentar sostener el bolígrafo mientras el profesor dictaba en clase. Me había quedado a la intemperie, y ahora sé que lo que yo había creído durante tantos años, que la fe, la confianza en un ser superior, se debilitaba para ir desapareciendo, poco a poco. Ya nada sería igual. Entonces aún no entendía qué significaba una vida seglar sin creencias espirituales; ni me lo planteaba siquiera. Fue un poco más adelante que me di cuenta de ya no soportaba la idea de vivir sin el asidero de la religión. La terrible carcoma del principiante descreído, sin yo advertirlo, me iba royendo por dentro: ya todo estaba perdiendo su cariz de descubrimiento, de frescura y de gracia. Ello me condujo, inevitablemente, a plantearme también si tendría que escribir, no ya para Dios sino, como única alternativa, para la sociedad. No tener miedo a alzar la voz, si hacía falta.

Un niño, posible futuro intelectual
Un niño, posible futuro intelectual

Tal vez pueda parecer algo ingenuo aquel planteamiento ─¿no es quizá impensable el cambio para algunas mentes de nuestro país o aun del mundo?─ pero era así cómo resultó ser a la larga: al final, me di cuenta de que el escritor ha de dirigirse a alguien, aunque solo sea a sí mismo, a su conciencia. Y es ahí, con ese pensamiento puesto en el cambio, cómo hace un alto en el camino, cómo se resitúa para encontrar un lugar donde vivir.

Creo necesario manifestarme ahora, con sinceridad, aun a riesgo de parecer intempestivo, para no ser cómplice del silencio. Y aunar dos opuestos, dos preocupaciones: el compromiso del intelectual para los demás, y sus propios intereses, intransferibles. No sabía ni aun hoy sé ─y este es mi dilema─ si la alta literatura se construye solo a partir del instinto de supervivencia en sociedad, con las posibles o imposibles bondades del ángel y los malos instintos del demonio, o en la segura, espiritual y acendrada torre de marfil, protegida de todo y de todos. Quizás lo sensato sería una sabia mezcla, el término medio aristotélico.

¿La literatura ha de combatir al poder político cuando se equivoca ─y la estructura de la sociedad en general─ o ha de permanecer al margen y no inmiscuirse, dejarlo todo igual de desordenado y caótico? ¿Debe disociarse del poder para combatirlo? ¿O construirse, no por la acción, sino por la contemplación? Estas preguntas parecen remitir a otra época, a los actores barojianos y a los espectadores azorinianos, y puede que nos resulten hoy hasta ridículas. Pero son inevitables.

Ciertos escritores del pasado se inclinaban ─¡qué pocos, muchos menos, que asoman ahora, instalados en la comodidad!─ hacia el mencionado compromiso. Quien más quien menos conoce el Manifiesto comunista, la postura antibeligerante de Camus frente a la guerra de Argelia, el teatro social brechtiano, la algazara estudiantil de Mayo del 68 o incluso las huelgas obreras capitaneadas por Sartre. Estos se acercaban a los universos utópicos, en fin, que han obnubilado y nos obnubilan, tomando como base la Utopía de Tomás Moro.

Otros consideraban y consideran que la literatura ha de verse libre de mensajes propagandísticos y de críticas al poder ─sea este político, eclesiástico, económico o social─; incluso, estirando más el chicle, ha de venir condicionada solo, por encima de cualquier otra consideración, por la belleza del texto y por el yo que escribe. El mejor ejemplo sería, sin duda, D’Annunzio, pasando por la Obra juanramoniana y por mucha de la poesía pura, desligada de la mera contingencia. Esta literatura, que puedo valorar aun así muy encarecidamente ─pero que hoy me parece muy por debajo en méritos de la que propugna los debidos cambios en la sociedad─, le tenía sorbido el seso a los autores esteticistas que, lejos de participar y bregar en la arena, se parapetaban huyendo de lo real.

Una parte de mí todavía conserva el regusto amargo de que si solo se escribe para producir belleza ─sin olvidar también el humor por el humor, la intriga y el clímax o, un poco más allá, la locura del absurdo─, la literatura no es más que un farragoso armatoste sin apenas sentido; para que sea perdurable ha de contener, además, alegatos en favor o en contra, “acciones” visibles por parte de quien la escribe. Sé bien que así puedo parecer antediluviano, poco más, arguyendo que eso de engagé es un tostón, que para algunos está pasado de moda. Que ahora, con el imperio de la televisión y los medios de masas, incluso de las recientes redes sociales, existen otros patrones que inhabilitan o desacreditan la función que otrora tenían los intelectuales. Las malas lenguas crecen por todas partes y no hay que darles pábulo ni hacerles el más mínimo caso. Yo sigo creyendo en el cambio, y sé que mucha otra gente, como yo, también.

Algunos intelectuales, Sartre y Camus entre ellos, deseaban cambiar la humanidad y aprovechaban cualquier oportunidad para manifestarse públicamente. Llenaban plazas y también titulares y páginas del periódico: se “mojaban”, como se dice hoy vulgarmente. Estaban convencidos, alejándose del engranaje de la rutina, de que las cosas podían evolucionar; de que la humanidad, dentro de sus ciclos naturales de vida y muerte, no era ni es ni será nunca una piedra inamovible en la entrada de una cueva que obstruye el paso de la luz.

Que cada uno decida y juzgue por sí mismo. Espero que los que pensamos así seamos mayoría, que la nueva generación a la que pertenecemos sea más valiente, entregada y sabia: la literatura que solo es papel mojado, que solo es espiritual, apenas sirve. Nuestra generación y las venideras sabrán aprender de los errores del pasado ─de quienes vivieron en carne viva la guerra, la dictadura y la primera democracia─, y que sepan recoger los frutos de esa lucha, a veces callada, a veces invisible, aunque sentida. Que sepamos modelar con la arcilla, primero, los personajillos que son lo mejor de nosotros mismos; y vender al mejor postor, después, nuestra pieza de artesanía, la creación que supere el letargo intelectual, y que haga renacer con fuerza el compromiso con los demás. No podemos detener la marcha de la historia, pero sí podemos reflejar la infinitud de intrahistorias que se agazapan en el interior de tantos, sin más gloria que el cotidiano subsistir. Como decía Freddie Mercury en una canción de Queen: The show must go on.

PLAYA DE LAS PIEDRAS

Mongofra Nou (Menorca), 28 de abril de 2016

Pertenece a la prehistoria: para los que nacieron con el nuevo siglo nunca existió. Era el Sitges, el Aiguadolç, sin tanto hotel ni apartamento. En aquella playa, adonde nosotros, individuos de otra época, íbamos en son de exploradores, ahora no hay más que una mastodóntica urbanización. Aún recuerdo cómo mis primos y yo descendíamos por el camino de mar en busca de piedras desbastadas (con motas grises en la superficie como los restos de un naufragio), que luego enterrábamos en el fondo de un jarrón de cristal. La Playa de las Piedras ha quedado muy lejos; su belleza, dilapidada y vencida, encerrada en sí misma, patrimonio del tiempo detenido. Prueba de ello es que nadie se inquieta si ya no aparece en el mapa; si se cambian, en definitiva, guijarros por arena, rocas por cemento. Los constructores sin escrúpulos existen en cualquier lugar. Solo podía recuperarla frente a esta cala de Menorca, Sivinar de Mongofre, entre colinas verdes, salinas y pequeños bosques, con el mar de fondo, a ratos amable, por momentos embravecido. Y me digo una y otra vez cómo me gustaría contemplar este mismo paisaje todo el verano, para consolarme en la distancia de lo que ya no existe, para inaugurar una nueva etapa aquí, lejos del despropósito arquitectónico urbanizado y urbanizable.

piedrasLas horas son idílicas, fluyen lentamente, sin que suenen los cláxones, sin ver anuncios de Coca-Cola, sin el marasmo de neones incendiando la ciudad. Contemplando esta cala, estas dunas de arena fina, siento cómo un minuto se alarga y ocupa milagrosamente el terreno. Caigo en la cuenta, y me duele aun hoy, de que mi vida no esté anclada en aguas tranquilas; podría vivir aquí, sin que mi vida fuera el despojo de nubes de polvo con que acostumbro a dejar pasar los días, en comparación con el mundo cerrado y protegido de los isleños menorquines; y acto seguido me viene un rapto de envidia. No soy todo lo valiente como para dejarlo todo y quedarme en el paraíso.

Con el sinsabor de la distancia, voy impregnándome de nuevo del salitre en la piel, sintiendo el tacto de la arena fina, el color dulce del agua incontaminada. Avanzo primero casi a tientas, casi desnudo. ¿No soy consciente de que esto también me será arrebatado con mi muerte? Desearía que mis ojos recordaran la luz de aquellas piedras, las de la infancia, que proyectaran dentro de mí una fotografía, si no feliz, tampoco demasiado melancólica. Un resto de luz, el de otras civilizaciones que vieron este mismo mar, que escribieron sobre él mientras oteaban el horizonte en días de tormenta. La brisa marina me sugiere que esta cala menorquina, en que mis ojos descansan la mirada, son todas las playas que he vivido, que otros han vivido antes que yo. Vuelve la Playa de las Piedras a poseerme. El contacto al recuperar un solo grano de arena es el momento de la efímera celebración.

Y concluyo que todo es infancia, lo que perdimos y aun así no hemos olvidado: el hálito al hilo del recuerdo. Lo que en verdad importa siempre queda atrás. La infancia, tan irrecuperable como ver volar por encima de ti no estas, sino las golondrinas de otros veranos, muy distintos. La infancia no podía volver sino en ráfagas de tramontana. ¿Es que nadie, excepto unos pocos como yo, se molesta por salvaguardar lo que creía seguro? Los límites naturales del santuario del pasado, el de la Playa de las Piedras, se van desdibujando. Y constato que ningún fajo de billetes de quinientos euros podría comprar este recuerdo: ningún otro privilegio sería mayor que el de volver a nacer.

FÀVARITX Y LAS TORTUGAS

¿Quién me lo iba a decir a mí? Surgió como mejor salen las cosas, sin apenas planificación. Debía escoger una semana antes de la fiesta del trabajo; no podía tomar vacaciones en temporada alta. Había pensado, en un principio, visitar a una amiga en Suecia. Pero una mañana, yendo a la Fundació Tàpies, topé con un folleto sobre estancias de cuatro días en Menorca. La eminente profesora Victòria Camps impartía un cursillo de ética a finales del mes de abril. Aparté la idea de ir al extranjero, y me dije: “tienes que ir, no busques ninguna otra excusa”. Sin pensármelo mucho, escribí a Mariona y a su socio Josep Maria, que se encargan de montar estos talleres. Nunca había estado en la isla y por amigos sabía que era quizás el mejor viaje que pudiera hacer nunca, inolvidable.

La cala de Menorca en el paruqe natural S'Albufera des Grau
La cala de Menorca en el parque natural de S’Albufera des Grau

Esto que cuento puede parecer del todo intrascendente; pero no lo es. Sumergirse en las aguas apacibles y tenebrosas, a un tiempo, de la filosofía, es una manera de aprender, y mucho, de las relaciones humanas; de cuestionarte la realidad a través de preguntas sobre el mundo que no siempre tienen feliz respuesta. Ha sido la segunda vez, contando unos cursos de crecimiento personal que realicé hace ya más dos décadas, en que se me ha brindado la oportunidad de convivir en grupo, y de crear vínculos, amistades en ciernes, complicidades, rodeados por el verde de las colinas y el olor a salitre. Mientras nos íbamos conociendo, hemos hecho una inmersión total en el espacio y en el tiempo: ha sido como si ese trozo de Menorca, esa masía, fuera nuestra; toda, para nosotros. No hace falta morir para conocer el paraíso; a veces, se encuentra muy cerca.

Este mediodía hemos comido una fideuá y el salón se ha llenado de buen humor; de las bromas surgidas de las pequeñas charlas en torno a la mesa. Poco después, nos hemos despedido. Mariona y su socio han llevado en coche a algunos asistentes del taller al aeropuerto. Ahora que estoy solo aprovecho para escribir estas líneas; me gusta, en el silencio, irme llenando de palabras, irlas escogiendo y coleccionarlas en mi cerebro. Me quedo con el ruido del viento, en esta mesa sin recoger, con copas, esparcidas aquí y allá, botellas de vino tinto, “Mala vida” como dice su etiqueta, cafeteras, tazas vacías, cucharitas y pastelitos de manteca. La casa, sin nadie más, solo con el eco de las animadas conversaciones que hemos mantenido. Solo por un rato, hasta las diez, con el reloj de péndulo sonando a mis espaldas. Esta noche vuelo a Barcelona; mañana tengo que trabajar. Siempre se hace cuesta arriba volver a tu piso de urbanita, a tu terruño de asfalto.

Recuerdo, entre tramontana y llovizna, las tortugas del camino, enterradas entre la pinaza; hasta diez he contado en nuestro jardín. No será fácil olvidarlas, tan tímidas y apocadas, escondidas tras su caparazón, resguardándose. O el terreno algo accidentado, sembrado de baches y pedruscos, de la masía hasta Fàvaritx, el paseo hasta el faro, a veinte minutos. Tampoco olvidaré el caminito por el bosque hasta el embarcadero, o la barca solitaria en medio de las salinas. He sido testigo de sol y tormenta, de frío y calor, de viento y de calma. Me reservo, en algún lugar interior, para épocas posiblemente peores, todo lo mucho que he aprendido. Como si hubiera viajado por medio continente, por todas las estaciones. Por los caminos de la vida, en fin.