EL BUFÓN DE LA TRISTE SONRISA

 

osamuIndigno de ser humano, OSAMU DAZAI (Sajalín Editores). 124 páginas. Barcelona, 2013. Traducción de Montse Watkins.

Puede parecer que mi predilección por el país nipón sea un capricho de escritorzuelo que dedica su tiempo libre a leer cuanto cae en sus manos, de manera caótica y desordenada, pero, (y ese es el dato más importante) que prefiere que la acción suceda en las Antípodas (por aquello de la maravillosa fantasía) que aquí,  a la vuelta de la esquina. Y, sin embargo, alguien me preguntará: “¿Cómo puedes amar un país sin haberlo pisado nunca?”, lo cual  muestra signos de ignorancia y estupidez. Porque no es necesario visitar un país para estimarlo (y lo digo, aun a riesgo de que esto suene a perogrullada).  Mi respuesta no es muy original: todos necesitamos un espejo en que reconocernos, y a veces, cuanto más lejanos, mejor: encontramos “un alma gemela”, no contaminada por la cotidianidad, ni por la costumbre. No tenemos un solo país, sino varios; todo es, al fin y al cabo, universal y local. Esto es lo que me ha sugerido al leer a Osamu Dazai (1909-1948), el autor que tengo a bien glosar en esta columna hoy.

Vida y obra se entremezclan, son vasos comunicantes en Dazai. Una existencia turbulenta, de salud precaria, en el refugio del alcohol, las mujeres y la morfina, se refleja con la exuberancia de la frase certera y afilada,  en Indigno de ser humano. La historia empieza cuando un desconocido recibe unos cuadernos escritos por un tal Yozo, joven  que malvive como dibujante de historietas en Tokio, prematuramente envejecido, que esconde su naturaleza sombría a través de bromas y bufonadas ante la familia y los compañeros de escuela. Así, consigue ganarse su aprecio, no exponerse completamente a los demás y guardar para sí un resquicio de libertad y de intimidad, pues teme que los “otros” descubran sus artimañas por hacerse querer. Como dice en un pasaje del libro: Pero,  ¿y la escuela? Parecía que me estaba ganando el respeto de todos. Aunque el hecho  de que me respetaran me causaba un cierto pánico (…) y cuando les contara a los demás el engaño, entonces la ira de los humanos daría lugar a alguna horrible venganza (pág. 21). Cree que, si se descubre su fragilidad, será más fácilmente herido, menospreciado, apartado del grupo.

Además de Yozo, desfilan por la novela algunos otros personajes memorables, que ayudan a completar su retrato: el padre y la madre, que pronto se desentienden de él, tras su primer intento de suicidio; Takeichi, el compañero de escuela, que le pronostica un enorme éxito con las mujeres (¿trágico?, ¿bonancible?, eso no lo especifica); Horiki, el “amigo” que lo lleva a la perdición prostibularia y alcohólica; y finalmente Tsuneko, el gran amor de su vida.

Osamu DazaI en un bar en 1946
Osamu Dazai en un bar en 1946

Esta reseña podría haberse titulado muy bien “Los mil disfraces de Yozo”. Tohoku, Asakusa o Kamakura son los lugares que marcan su periplo en busca de la ¿felicidad?, (¿o tal vez de la infelicidad?), por los que ventila su enigmática y sombría personalidad. La bebida para olvidar, o para evadirse: Bebe, que es el tiempo enemigo implacable y no es fácil que goces de otro día tan tuyo (pág. 88).  Más adelante, confiesa: Mi infelicidad procedía por completo de mis pecados (…)  Qué soy, ¿un egoísta? ¿O quizás, al contrario, demasiado débil? No lo sé, pero como soy un pecador redomado, estoy condenado a ser cada vez más infeliz sin saber cómo evitarlo (pág. 110). Estos son los límites de la oscuridad.

 Yozo se parapeta tras una sonrisa, pero esta es trágica, es fingida; y tras de ella, late la vida, con su dolor. Le pasa a menudo al humano: quiere “disfrazarse”, y no puede sonreír mejor de como lo hace. Esa es la temible lección: que al final, acaba aflorando nuestro verdadero yo, que el infierno está en nosotros y, a veces, lo desconocemos. Publicada poco después de la Segunda Guerra Mundial, es un esbozo, un pequeño retrato de la psicología humana, el tormento interior, sin falsos maniqueísmos, sin caer en la caricatura. Herencia de la modernidad literaria, puede leerse también como un grito desesperado en pos de lo espiritual, con la terrible paradoja de acabar encontrando, en esa búsqueda, la perdición. No en vano los cobardes temen hasta la felicidad (pág. 55). Yozo es valiente, al fin, (¿o cobarde?), pero no halla la alegría de vivir.

ALMODÓVAR, ESE DIOS PAGANO

Hoy le toca el turno al cine, el río más caudaloso de nuestro siglo pasado; el arte que, quizás, más haya dado de qué hablar y acaso de comer. El corro de la patata de los mediocres queda, lógicamente, muy lejos del director que hoy nos ocupa.  Afinando: gran parte de cuanto sucede hoy en este mundillo, al menos en el panorama español, se lo debemos a Pedro Almodóvar. Vadeando el río, alcanzando casi todas las otras orillas, las de terrenos aún no inventados ni frecuentados, mezclados con sabiduría: lo kitsch de Fassbinder y lo sublime-grotesco de Fellini; el elogio de la palabrota y de la hibris, ya en los inicios de nuestra joven democracia. Así, floreció y sobresalió, de entre sus coetáneos, el genio de la “movida madrileña”.

Cartel de la película Hable con ella (2002)
Cartel de la película Hable con ella (2002)

Su ya extensa filmografía (veinte películas hasta la fecha), podría dividirse en tres etapas, del todo aleatorias, alguien podría discutir; sin embargo, son necesarias si queremos ahondar en sus justos términos. Empezaría por la de los años primerizos, desde Pepi, Luci… hasta Átame, sin mucha pena ni gloria: tugurios, un lagarto, un capote, una sala de doblaje y unas cuerdas atadas al cuerpo; el tablao primitivo. en definitiva, de una matinée algo caótica. Artista o bailaor, su obra está aún en ciernes, ni vocea ni baila bien del todo.

Una segunda etapa quedaría reservada a películas que van curtiendo al director para llegar a alcanzar la cima de su estilo: Tacones lejanos, Kika, La flor de mi secreto y Carne trémula. Son el ensayo, la mesa de disección de cadáveres, el castillo de artificios posterior, el de la plena madurez.

La última etapa, la que considero más acabada, más perfecta, se compone de cuatro obras maestras, los cuatro caballos de batalla del auriga (el mismo Almodóvar) que suben hasta el cielo y se confunden, finalmente, con la Osa Mayor: Todo sobre mi madre, Hable con ella, Volver y Los abrazos rotos. El cineasta manchego decide, a partir de un cierto día, iluminado o bien aconsejado, ir a buscar la miel de las abejas obreras que liban la flor: la exquisitez. En estas cuatro películas, consigue la perfección, que los diversos elementos de su estética (esto es, a parte de la interpretación: la música, el decorado, el vestuario, el maquillaje, la fotografía…) conjuntaran como un pijama multicolor para el ritual nocturno de los sueños (era inevitable que la palabra “sueño” volviera a aparecer).

Quizás, alguien le daría un consejo de amigo: le daría una palmada en la espalda, animándolo, convenciéndolo de que sus películas debían ir más allá del mero oficio, más allá de lo popular, para convertirse en el retrato más o menos fiel, más o menos libre, de la gente, de las mujeres, sobre todo; de nuestra sociedad, ¿por qué no? Todo para que llegara a captar, dentro de lo local, lo más universal y fuera del tiempo: el regusto amargo del vivir. ¿Qué seriamos nosotros sin el espejo fidedigno, reflejo directo de nuestros kilos de más, de nuestra flaccidez? Entenderlo es entendernos.

No quisiera abandonar esta columna sin dejar de decidirme por una de sus obras, la que justamente le dio su primer Oscar: Todo sobre mi madre. La he visto en DVD una infinidad de veces, y no creo que me canse jamás. Los dioses paganos descienden entonces a la Tierra (quizá alguien se exclame: ¡qué exagerado!, pero es cierto), o, a lo mejor, este buen director es un dios pagano, es Cupido, y va asestando saetas (o bofetadas, da igual) a diestro y siniestro; y así da en reflejar los aspavientos y la sinrazón de la vida amorosa, y la evitable o inevitable búsqueda de la felicidad. Vaya aquí mi pequeña contribución a uno de los mejores rejoneadores de nuestra cultura.

 

PEQUEÑO AUTORRETRATO

Recuerdo el famoso soneto de don Francisco de Quevedo y Villegas, repetido a machamartillo en la escuela elemental, que empieza diciendo Érase un hombre a una nariz pegado…. El poeta madrileño ridiculizaba así a su coetáneo don Luis de Góngora y Argote, el “personajillo” enemigo en lo literario y en lo privado. Salvando las distancias y los siglos ya transcurridos, podría decirse de mí: Érase un hombre a un físico mediocre pegado, siguiendo el vano o no tan vano ritual de mofa satirizante.

El poeta Luis de Góngora, por Velázquez
El poeta Luis de Góngora, por Velázquez

¿Qué os diré? Soy del montón, y de ello ni me escondo ni me avergüenzo. Si bien mido 1,80, a nadie voy a ocultar que vivo con unos ligeros kilos de más; hasta tal punto que alguien dice o dirá (si ya no lo ha dicho) que estoy “rellenito”. Para contrarrestar, me mantengo en forma mediante el ejercicio: voy al gimnasio dos días por semana y hago unas cuantas piscinas cada vez.  A parte de esto, no soy nada del otro jueves: ojos castaños claros, pómulos y mentón sin pronunciar, cabello castaño corto. ¡La genética, la dichosa genética!

Estos rasgos me alejan, seguro, de los primeros puestos en el podio de la belleza. No soy ningún ligón ni ningún “chulopiscinas”, y lo digo por si no había quedado suficientemente claro. Ni lo soy ni lo seré ni nunca lo desearía; confío en que mis cualidades sean otras, las de la sabiduría lectora y escritora, las de la razón y el pensamiento. No sé si estoy del todo de acuerdo con la máxima Mens sana in corpore sano: Hemos de estar sanos y tener cuerpos saludables, ¿quién lo duda? Pero la obsesión hoy en día de ser musculoso, fibrado y atlético; esa obsesión por conquistar a todos y siempre, no es una didáctica precisamente “aconsejable”. ¡Qué queréis que os diga!: yo preferiría atrofiarme pero conservar la mente bien amueblada y lúcida hasta el aliento final.

Dicho lo dicho, he de confesaros una cosa: no me gustaría ser objeto de deseo a lo Brad Pitt o Antonio Banderas; que todos los ojos me  miraran a mí pero no por mis cualidades interiores, por mi riqueza interior, sino por mi físico, por mis encantos lozanos. No: preferiría pasar desapercibido, y no juntarme con aquellas personas que se mueren por mis huesos y nada más. No. No, me  niego a  ser la cobaya humana al más genuino estilo de glorias universales de misses y místers. Sin llegar al “vitriolo puro” del soneto de Quevedo, querría que de mí, a modo de epitafio, con más modestia que presunción, se dijera: “He aquí un hombre que solo destacó en una cosa: en escribir medianamente bien, en ensayar una y otra vez, con resultados no del todo brillantes, el más difícil de los dones: el de la imaginación”.