DOS VERSIONES DE MÍ MISMO

Ir al teatro supone siempre una relectura. El mismo texto se convierte, de forma casi totalmente insospechada, en varias, en múltiples, versiones de nosotros mismos. 1994 y 2016: yo, a mis quince años y, ahora, con treinta y siete, como espectador de El zoo de cristal, de Tennessee Williams. ¿Qué mejor excusa que reencontrarme con esos individuos que han ido configurándose, “sendereando” en mi interior, durante estas dos décadas largas? Han madurado conmigo: ahora entiendo mejor sus motivaciones.

Tennessee Williams
Tennessee Williams

¿Con cuál de los directores comulgo más? ¿Con Mario Gas o con Boris Rotenstein? ¿Con Amanda, la madre, interpretada en su día por una espléndida Amparo Soler Leal o, ahora, por Mercè Managuerra? ¿Amanda, Laura, Tom y Jim del ayer o del hoy? Entonces, fui a la sala Villarroel con mi tía M. Ayer, último día de las representaciones en el Teatre Akadèmia, con C., una compañera del trabajo. Entonces, cursaba segundo de Bachillerato del antiguo plan educativo, era tímido e ingenuo, solitario y vergonzoso. Ahora trabajo en el comedor y en la recepción de un hotel, y soy más hablador y desenvuelto. Entonces, recuerdo que se me resistían la gramática latina, la Geografía y las leyes de la Física; había mucho que estudiar y apenas hacía vida social. Ir a ver El zoo era poco menos que una excentricidad, una rareza. Era igual de apocado que Laura, la hija. Ahora, en cambio, mi carácter se asemeja más a Tom, el hijo y narrador. Posee mi mirada muchos más matices; soy más consciente de la realidad que me rodea. ¿Dentro de veinte años me pareceré a Amanda, seré parte de su mente retorcida, egoísta y manipuladora? Quién sabe.

Estuve tentado de titular esta columna, aunque al final me contuve,   Todos somos animalillos frágiles, aludiendo al unicornio de cristal que Laura colecciona. A mí, no solo Laura me parece digna de lástima. La desgracia o la gracia de vivir de Amanda, a veces nuestra propia madre, la que acapara toda nuestra atención, es no ser capaz de detener los relojes e intentar, por todos los medios, no perder el tren; conmovedora en su narcisismo y en su triste verborrea. Sí, ayer pude ver cómo planeaba, como una gaviota hambrienta por el cielo del escenario, el gran tema de la familia. Después de ver El tranvía y La gata,  advierto unas coordenadas comunes: seres atormentados en sus grandes peleas verbales, encapsulados en su propia dialéctica.

Cuando nos observamos a nosotros en dos momentos diversos, entre el espacio de dos exposiciones, dos películas, dos obras de teatro, dos conciertos, siempre distintos, hacemos una prospección y nos damos cuenta de la multiplicidad de yos que almacenamos; quiénes somos y qué hacíamos antes, en la inercia del limbo, cuando nos elevamos por encima del tiempo y del espacio. Nunca acabaremos de conocernos, pero aun así lo intentamos, puesto que es lo que más nos preocupa y atañe: la persona que fue y ya no es, la que no sabemos cómo será en un futuro. Detenemos nuestros pasos y observamos cómo ha cambiado todo con el ojo de la mente. Compartimos nuestra soledad, aunque solo sea con nosotros mismos, para que sea menor, más llevadera. Nuestro corazón se habrá debilitado; será, sin duda, mucho más inestable, pero lo queremos con locura porque, al fin y al cabo, pese a sus imperfecciones, es nuestro.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO (Y 2)

En el artículo anterior, hablé largo y tendido sobre la crueldad. Ahora trataré de mostrar la otra cara de la moneda: la violencia,  la tendencia de los Estados a ejercerla y, al individuo, de soportarla, siempre, en prácticamente cada momento histórico. Walter Benjamin ya escribió un breve ensayo titulado Para una crítica de la violencia donde diserta sobre la sempiterna falta de libertad del individuo cuando los Estados pretenden controlarlo, y a él me remito. Y pone dos ejemplos: la  violencia ejercida contra la “huelga general” o en la “pena capital”, las dos situaciones máximas en que el ciudadano es el consorte de la muerte, en la lucha por sus intereses o como mero acto de autodefensa.

Walter Benjamin
Walter Benjamin

Así, la violencia, que es gratuita, porque debería eliminarse y podrían utilizarse otras vías para solventarla, se institucionaliza. El Estado posee en la ley y en el derecho la capacidad de atacar al ciudadano. Es más, toda ley es, a fin de cuentas, violenta, insostenible, contradictoria, en contra de su propia lógica: aquello que defiende es igual o más sangriento que aquello que ataca. El Estado ejerce un poder casi infinito sobre los ciudadanos, y utiliza los mismos recursos que las personas que delinquen o agreden. Nadie en sus justos cabales podrá rebatir que la ley de nuestras democracias es violenta.

La Revolución Francesa, el revulsivo político quizá mayor de la Historia y, después, las teorías darwinianas, se encargaron de establecer y justificar esa violencia en nombre de la seguridad, de la continuación de la especie. Yo, válgame el Cielo, no soy ni moralista ni estudioso del derecho y puede que estas y otras leyes caprichosas escapen a mi comprensión; pero también pienso, como ciudadano, que el diablo pretende justificarse aun cuando no tiene razón.

Porque aquí es adonde quería llegar: uno se da cuenta de que el diablo deja de ser privado, constreñido a un ámbito familiar, y se vuelve público.  En las dictaduras, básicamente, pero también en democracias sólidas y bien constituidas, el diablo campa a sus anchas; podemos personificarlo, sin duda, como el mismo Estado, en su intento de “controlar” a los individuos violentos. Eso justifica sus acciones; hay algunos ciudadanos de la polis moderna, algo ingenuos y desprevenidos, quizá, que ven con buenos ojos la usurpación del Estado. Si acaso, sus acciones combativas pasan más desapercibidas. Es entonces cuando todo el mundo se admira de los pliegues morales del diablo, que adquiere, más bien, carta de naturaleza para seguir actuando y forzando a los individuos en ese orden establecido. Su fuerza es vista como necesaria, y su condición más como ángel que como diablo.

Así son las cosas: sean el arte, la política o el ciudadano crueles, siempre debe asomar su lado más beatífico, como justificación de ese Estado “criminal”, al final. Ese estado al que todos pertenecemos, esa falsa democracia, al final. ¿Qué es el ciudadano si no un mero eslabón de la cadena, a merced de la ley, de la sinrazón? El castigo que recibe a diario: la violencia se vuelve habitual, normal. Quizá no de la misma forma que en tiempos de guerra, este ciudadano de la contemporaneidad sigue siendo un títere mecido por los aires violentos de la Historia, cuya desorientación posibilita la victoria los gobernantes, que una vez se alzan en el poder, se vuelven casi invulnerables.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

LOGOMAQUIA Y FAMA BARATA

No hace falta ser muy inteligente para cerciorarse del estado cadavérico de la sociedad, vayamos donde vayamos. Es un muro, levantado piedra a piedra, en una espiración, más rápidamente de lo que creemos. Hasta aquí no he dicho nada nuevo: únicamente constato el empeoramiento de la cuestión.

sensacionalismo ¿Quiénes son esos monigotes, esos fantoches malvados que nos controlan o que dejamos que nos controlen? Pues la gente que pretende ganarse fama barata. Los charlatanes al uso, directamente. Nuestro pan de cada día son las fotografías y los titulares sensacionalistas, como si nadie se lo planteara, como si ya se hubiera superado el horror al vacío informativo. No sabemos muy bien en qué tiempo vivimos y, si alguno de nosotros lo sabe, aprovecha todo el cinismo y caradura de que es capaz para “venderse” o “alquilarse”. La posmodernidad ya está obsoleta, ya queda lejos, y vamos a la deriva, sin saber muy bien hacia dónde. Ese es nuestro pecado mayor.

Lo cual me lleva a una lectura reciente: el lingüista y filósofo francés Tzvetan Todorov, en su breve pero magnífico ensayo La literatura en peligro, se lamenta de los nuevos planes de estudio en las aulas universitarias y de bachillerato, en que las humanidades se han convertido en continentes y no en contenidos. Me explico: Todorov vuelve con cierta nostalgia a los años sesenta, cuando las aulas se llenaban de alumnos entregados y de profesores que iban al meollo, al fondo, en lugar de esta logomaquia: hablar de metáforas, de comparaciones y analogías y dejar de lado el mensaje, la tesis, o aquello que el autor de la obra deseaba y consiguió o bien se quedó a las puertas de conseguirlo. En definitiva, el debate, en torno, la discusión de valores, categorías, aciertos y desaciertos humanos. No: ahora la “entelequia”, la cortina de humo que nos sirven en bandeja, es contemplar y analizar el exterior, la “carcasa”, y así olvidar esos significados profundos que desvelan todas las grandes obras.

No sucede como mucho antes, con la   Modernidad, o aun antes, con el Romanticismo, cuando la soledad del artista era un espacio de reflexión y convivían entre sí lenguajes diversos, diversos mundos, todos a favor de la curiosidad, conscientes de su terrible ignorancia frente a la vastedad del Universo. Aquel era el arte al servicio de los hombres, no como el actual escaparate de aire viciado, vanidad y sinsubstancia.

La vida es un viaje, no solo físico o erótico, sino también intelectual, y eso parece que nadie lo recuerde, o lo recuerde mal, o ni siquiera se lo plantee. Ante la ausencia de unas élites, tendemos a frecuentar, sin saber que frecuentamos, el vulgar antro de los mediocres. El desánimo general aprovechado por esos que desean mostrar el escándalo. Es evidente el desprestigio de las humanidades y de la universidad, del estudio en general. Vivimos una crisis económica, pero también, y eso es mucho más flagrante, crisis moral; no soy el primero ni el último que lo descubra.

Necesitamos, ahora más que nunca, la rebeldía de los intelectuales. Todavía podrían opinar si se les diera espacio en los medios. No quiero pecar de ingenuo; sé de las enormes dificultades que debe afrontar cada uno de ellos, la marginación en la televisión, en los medios. Durante muchos años, sus espacios literarios o de divulgación se han programado a horas bien intempestivas. A los gobiernos ya les va bien: individuos que no piensen. Es verdad: no podemos repetir el pasado tal y como lo vivieron nuestros ancestros, pero podemos y debemos ser capaces de construir nuestro futuro; a falta de “gurús”, por nosotros mismos, a partir de nuestras opiniones y conclusiones. No deberíamos renunciar a nosotros mismos.

Para terminar, desearía abundar en la lógica y el sentido común. Sabemos que la educación se basa en el gusto, en el gesto, en la gesta intelectual de cada uno, que no se consigue sino con esfuerzo y perseverancia. Hay vida más allá de las nociones elementales con que desean recortar las clases en las aulas, de las cuatro reglas básicas con que nos insisten para borrar todo lo demás. El antólogo debería ampliar el margen de visión en pro del estudiante, del curioso y del sabio. Hay vida más allá de El grito de Edvard Munch; muchos otros cuadros. Vida más allá de El lago de Innisfree de Yeats; muchos otros poemas. Hemos de ampliar el horizonte, la luz con que percibimos la realidad, la capacidad de análisis, relación y discusión. A ver si escarmentamos de una vez.