ALMA CANARIA (Y 3)

Vengo de nuevo a decir unas palabras sobre las Canarias; no puedo callarme. Aún recuerdo la primera vez que aprendí, en la escuela primaria, cómo era el famoso silbo de La Gomera, ese tesoro escondido, antiguo. Ese grito de una loma a otra, medio de comunicación rudimentario pero muy eficaz, especialmente en épocas alejadas a la nuestra, cuando ni el correo electrónico ni los móviles estaban a la orden del día. Eran, son aún, el eco en sordina de costumbres ancestrales.

A los diez, once años de edad, ese mundo era poco más que inalcanzable. Las Canarias estaban en el otro lado del Paraíso, en un lugar lejanísimo. Y hete aquí que, ahora que he perdido el miedo a los aviones, que ya he hecho algunos viajes por el continente, las Canarias están, para mí, a un tiro de piedra. Me he familiarizado con la cercanía de esas gentes tan auténticas, en claro contraste con la rusticidad del mar atlántico, con sus volcanes nada amables, sin vegetación y sin más habitantes que la lava, abandonada allá arriba de la mano de Dios. Se ha obrado la metamorfosis hasta convertirse, hasta ser un trozo más de mí.

La semana pasada, cuando ascendí al Teide, tuve una segunda iluminación; un éxtasis que también tuve, un mes atrás, en la playa de Morro Jable, en Fuerteventura. Ante la inmensidad del terreno, en las alturas, sentí que formaba parte de un todo, parte de la naturaleza, no desligado de la llama ígnea terrenal. Mi cuerpo ansiaba algo más que la belleza de pinturas y esculturas en museos florentinos; no solo de duomos ni catedrales vive el hombre, ni de calles enjalbegadas, con los ventanos pintados de colores y tiestos de gardenias y narcisos. Mi alma reivindicaba también el dolce far niente, lo que no he podido hacer hasta ahora, superado por el estrés de las fechas de exámenes y entrega de trabajos de clase. Otros viajeros habrán experimentado pareja sensación: un ajuste de cuentas con uno mismo. Una redención, en fin, por lo malo vivido y lo bueno por descubrir.

Uno puede llegar a enamorarse de un paisaje, hasta el punto de obsesionarse, tanto como de una persona. Esto es, poco más o menos, lo que me ha sucedido con las Canarias, algo semejante al descubrimiento de las Américas por Colón en este par de iluminaciones. Me sobran los motivos: es el amor a esa tierra de palmerales removida por el viento, a esas montañas que se elevan como pilares de la sabiduría hasta los confines de la Vía Láctea; lo que sucede cuando necesito llenar el vacío del corazón, a falta de alguien de carne y hueso. He trasladado mi amor a esos lugares nuevos que mis ojos, en la distancia, gracias al recuerdo, no pueden dejar de admirar. La memoria hace verdaderos milagros a la chita callando, engrandece los rostros grabados en la arena o en los acantilados de piedra.

Otra cosa distinta es la pasión, el grado de intensidad con que testimoniarlo. Podría estar un día en la Gomera y ver lo más destacado de la isla. O quedarme cinco jornadas como hice, disfrutando de las múltiples rutas que ofrece el Parque Nacional de Garajonay y avistando delfines, a bordo de un catamarán, por la costa sur. Sucede como con un buen libro: puedo leer de corrido, saltándome párrafos si no me gustan, con una velocidad de lectura que muchos envidiarían; o, por el contrario, recrearme en su léxico, en su estilo, en el ritmo de las frases. La velocidad no tiene que ver con el amor: no por leer más despacio amo más a ese volumen que tengo entre las manos. Tiene que ver con la calidad, con la pureza de esa mirada que ansía la belleza. Y esa huella tranquila, esa pisada de lagarto en mí, se cierne como la noche más oscura o como la llama de sol más fulminante. Espero compartir esos momentos con quien bien se preste a la aventura. ¿Alguien se apunta para acompañarme en mi próximo viaje a las Canarias?

ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.

TRAICIÓN AL DESCONOCIDO

Desconozco su nombre, pero es igual: para escribir esta columna no hará falta saberlo.  Incluso saldré ganando, porque podré usar mi imaginación con más libertad que si pergeñara una crónica periodística. Para empezar mi relato, diré que casi cada mañana me lo encuentro en este bar, adonde acude, a la misma hora que yo, para hacer su descanso de las once. Se sienta en la mesa del fondo, la más apartada del mostrador, y se toma un cruasán y un café muy cargado y humeante (que intuyo que es ya el segundo del día) abstraído por las imágenes de la telenovela venezolana de la pantalla de televisión, encendida, casi perpetuamente, desde que el local abre hasta que cierra.  Allí, aislado de los demás, ni siquiera se percata de que lo observo. Yo no llamo jamás la atención, apoltronado, leyendo el periódico, como quien no quiere la cosa, en el rincón opuesto a él.

Trabaja como recepcionista en el hotel de la calle próxima al bar, a dos minutos de Las Ramblas, en pleno corazón de la ciudad. Lo he visto dirigirse a él, sin prisas, de vuelta de su descanso, en infinidad de ocasiones; lo he visto de pie, en la recepción, hablando con los nuevos clientes, las veces que paso por esa calle camino del metro, si tengo que hacer algún recado por el barrio. Intuyo que se gana bien sus honorarios. Quizá me esté precipitando: el que vaya bien mudado no signifique más que la obligación que le imponen sus superiores.

cafeLe noto un aire relajado en la mirada; parece sereno, feliz, mientras contempla la caja tonta. ¿Acaso se ha enamorado de la infeliz protagonista? Tiene un algo reservado, por debajo de su afabilidad, su sonrisa. Me hago infinidad de preguntas; tal es el defecto de que adolezco por ser periodista: ¿Vive cerca del hotel? ¿Está casado o está soltero? ¿Tiene un perro o un gato que lo espera, paciente, en su casa? ¿Viaja mucho? ¿Sale de fiesta por las noches y se llega hasta el Jamboree? A lo mejor esa sonrisa amable que muestra esconda más de un secreto que se irá con él a la tumba. No conozco apenas nada de su vida, más que lo que aparenta. No poseo ninguna certeza de cómo es su interior: por ello, invento, queriendo saciar mi  apetito y el del curioso que leyere.

Justo esta mañana, cuando se ha levantado, puntual, para pagar en la barra, no he podido contenerme. Me he acercado a él, como si fuera mi entrevistado, y le he dicho, con aplomo, con sutil fingimiento: “Sé quién es usted; lo conozco”. Él ni se ha inmutado y ha contestado: “Sí, lo sé”. Me he quedado sorprendido por la respuesta, altanera, soberbia. ¿Percibía él que lo observaba? ¿Intuye cuál es mi profesión?

Conjeturando, he llegado al meollo del tema: ¿y si todo esto no fuera más que un subterfugio para hablar de mí? Yo me comportaría, reaccionaría, como él, si trabajara de recepcionista en un tres estrellas. No deja de recordarme a mí: primero ligeramente, mientras asoma un rictus apacible en la cara, mientras sus ojos vidriosos se regocijan con la telenovela; luego, más profundamente, pronosticando, desprendiéndolo de las múltiples y deleznables capas de cebolla, y descubriendo, quizás, una ligera, imposible verdad. Ese egocentrismo es el mío, al fin y al cabo: el que observándolo, me esté hablando a mí. La única certeza de que dispongo es que soy incapaz de dejar de lado mi yo, incluso cuando observo al Otro.

Nunca acabaré de conocerme, ni acabaré  tampoco de conocerlo. No sabré de él ni de mí, porque todo esto, este tinglado llamado vida, en el fondo, es un verdadero misterio.  Y, a pesar de todo, lo reconozco: esto que hago puede tomarse por una traición a la verdad, o aun tener todos los visos de una venganza. ¿Contra quién? Una traición al desconocido. Lo traiciono cuando lo juzgo: me vengo de él, mientras invento. ¿Acaso tengo derecho a juzgarlo, a recomponer su figura mediante las piezas que vuelan por el aire? ¿Quién es él, en realidad? Le fabrico un mundo a mi medida (quizá no a la suya) que bien seguro  no le pertenece, porque me conviene, porque así descargo mis debilidades, mis miedos, mis inseguridades, observando al mismo tiempo los suyos, esos de que se compone pero que tanto esconde. Me identifico con él para no medir mi insignificancia, para ocultar por instantes mi pequeñez; como si, cuando me viera reflejado en él, mi desdicha, la tristeza de esta mañana gris y otoñal, fuera menor; como si, por instantes, dejara de sufrir. Todo lo proyecto en ese cuerpo ajeno a mí, que se vuelve más cercano, incluso, que la propia sombra. Él es mi espejo: soy él, al tiempo que soy yo. Lo traiciono o me vengo de él, una acción recíproca, finalmente.