TODO EL DOLOR DEL UNIVERSO

Recuerdas aquel viaje infausto que no debieras haber realizado nunca. (Yo ahora soy el Otro). Me miras, con la distancia de los años, inocente y casi despreocupado desde aquel ayer  en que aún no te enterabas de la película, ¿qué podías hacer? (Eras barbilampiño, algo más seco de carnes que ahora y poco bregado en el mundo). En definitiva, no sabías diferenciar ni apreciar los detalles, los matices. ¿Qué era para ti un tono de voz demasiado ronco, enfático, cínico? ¿Y uno agudo, reposado, bondadoso?

Ya no te sirve edulcorar la historia pasada. ¿Por qué, aun así, te lamentas? Nunca más vas a hacer lo que hiciste, y eso es nunca, y eso debería bastarte para no ahondar en el pasado, tu pasado, al escribir esta columna. Por fin has escarmentado, abierto los ojos, descubierto las vendas. Los viajes organizados no estaban entonces ni incluso ahora están hechos para ti. ¿A quién se le ocurre? Ir sin conocer a nadie, por la maldita aventura de explorar, es como jugar a la lotería. Puede salir bien como puede salir mal. Dudabas: por un lado deseabas fervientemente conocer Oporto, Coimbra, Lisboa. Por otro lado, te aterrorizaba lo desconocido. Estuviste reconcomiéndote, indeciso entre ir y no ir, hasta la misma salida del autocar. ¡Más te hubiera valido seguir el consejo de tu madre que te prevenía, y con razón!

Solo, arrojado al viaje como a la vida sartriana, no pudiste, no soportaste la sensación de falta de libertad, allá donde ibas, con la guía tontaina de directora, cuando sentarte a la mesa, codo con codo con el compañero más sarcástico o, aún peor, compartir habitación en hoteles de mala muerte con seres del todo misteriosos que no van a sacarse la máscara. ¡Claro que podría haber huido, volver a casa! No te atreviste, fuiste cobarde y preferiste sonreír, aparentar buena cara. Fue en Portugal, pero podría haber ocurrido en cualquier otro sitio.

No fuiste nada y no eres nada ahora, y el espíritu del tiempo pulula por esta vieja alcoba del castillo de tu vida, que deja de ser un palacio para convertirse en monstruosa caverna cuando piensas que te falta valentía suficiente para encajar su derrota. Ahora por lo menos respiras más tranquilo cuando descubres que lo malo puede transformarse en cuento o novela o, más modestamente, en un post de tu blog, que publicas puntualmente cada semana; un espacio donde cabe tu opinión, quizás una entre muchas en el laberinto de palabras de Internet, pero tuya, al fin y al cabo.

Por fortuna, nuestras circunstancias desfavorables nos permiten esculpir, escribir, pintar.  Es suficiente con que los recuerdos, en ocasiones, luchando para que no los entierres, te ganen la partida, y aparezcan en medio de un sueño. Las espinas del pasado, y no sus rosas rojas, son mortales, y nadie te preparó para que no te hirieran. No puedes sonreír, es imposible, mientras sigas aferrándote a un pasado al que solo puedes vencer mediante la literatura de la paciencia. Confórmate con escribirlo y  exorcizarlo así, y transforma, si es necesario, el recuerdo para poder vivir, de ahora en adelante.  Nulla dies sine linea, como dijo Plinio el Viejo. Nunca dejes de escribir si no puedes olvidar, aunque seas un ángel que padece todo el dolor del universo.

 

ANÀVEM CANTANT PEL CAMÍ

Fa cosa d’un mes, mentre caminava pel Parc Nacional de Garajonay de l’ illa canària de la Gomera, de forma inusitada, com de les cavernes ben fondes de mi mateix, vaig començar a taral·lejar la cançó d’en Billy Magee Magar: Quan resplendeix la lluna plena… i el vent guareix la teva pena… i el foc canta i dansa i riu, oh Billy Magee Magar… Vaig recular, vaig alliberar-me de la càrrega feixuga del present gris i monòton, evocant les colònies d’estiu.

Tornava la nostàlgia d’antany, mentre trepitjava les fulles dels arbres, mentre sentia la fressa del rierol i les meves ulleres reflectien el sol enmig de la clariana. I amb la cançó, va venir l’atmosfera que hi respirava aleshores; la reproducció prou fidel d’una edat anterior, menys enterrada del que em pensava. Em semblava que podia dibuixar, amb no poca exactitud, com en un full de paper, els rostres dels monitors, i de nosaltres, la mainada, cantant la tornada. Recordava perfectament la casa de pagès, l’olor de pinassa, els tallers, les gimcanes, la guerra de bombardes, les guitarres a la vora del foc… Podria estar-m’hi hores, pensant en allò que va ser i ja no és: una pel·lícula en blanc i negre, passada al tecnicolor. Tantes tardes idíl·liques, tants monitors, tants companys de lleure.

Cada estiu, la meva mare m’obligava a anar de colònies: deia que havia de fer amics i que la millor manera era seguir les activitats que programava l’esplai del meu barri. No em podia permetre el luxe d’entaforar-me nit i dia dins del cau de la meva habitació sense veure ningú. Jo no era un nen solitari, o almenys no ho volia ser: eren les circumstàncies, ser fill únic, potser, que em provocaven l’aïllament. Ara sé que no seria el mateix si no hagués passat les vacances allí, a la muntanya.

El temps present són les escorrialles de l’alegria del passat; a vegades, sento com si ja no tingués dret a gaudir de tanta felicitat. Quan miro enrere, esmolo la meva veu interior, feta d’encenalls. La fusta són els trossos de memòria passada: els que configuren el meu estil literari, la meva capacitat de seduir a través de les paraules. Transformo, sense a penes adonar-me’n, tot allò viscut amb el viu sedàs dels cinc sentits. El vent es regira i mou les fulles, i sóc jo, el meu esperit, reproduint l’esperit de la natura, dels “altres”, els arbres, que em parlen; agafant una sendera equivocada i girant cua, sorprenent-me contínuament. Mentre feia via pel Garajonay, mirant de no ensopegar amb cap branca o pedra del camí, feia meva una cançó oblidada, que fins aquell moment no havia considerat mai que fos tan important. I, així, el temps d’ahir ha esdevingut una cançó alegre, l’emblema d’un temps feliç.

És aquesta la veu personal i literària que avui reivindico, enmig del silenci enterbolit pel brunzir d’una mosca enmig del bosc, descobrint vells amagatalls. Qui sap si no és la mateixa veu de foll que em xiuxiuejava a l’hora de dormir a la casa de colònies del parc del Cadí. Sóc aquí, davant del meu ordinador, bevent d’antigues fonts, aquest matí d’hivern, mentre el sol s’aixeca. Així és com vull que siguin les meves jornades: empeltades de literatura, amb la solitud necessària per escriure i fer revifar la memòria en algun racó del cos, capriciosa i aleatòria. M’endinso dins del mur protector de la meva infantesa, el món de les colònies d’estiu, quan anàvem d’excursió i cantàvem pel camí.

EL DESEO SUBJUNTIVO

Todos sabemos (o deberíamos saber) que el subjuntivo verbal es el tiempo gramatical del deseo, de los miedos y de la duda. Por desgracia, tal y como está constituida nuestra sociedad, hecha de extrañas servidumbres, de falsa seguridad, de hechos solo verificables, se hace prácticamente imposible recordarlo o tenerlo en cuenta. En el intento de borrar toda incertidumbre, los hombres y mujeres echamos más mano del indicativo: soy, era, seré, sea, habré sido. Es, sin duda, lo peor que nos podría haber ocurrido, porque necesitamos medir nuestros sueños, porque son nuestras ansias, nuestros anhelos, los que nos configuran como personas.

La persistencia de la memoria (1931), óleo de Salvador Dalí

Pocos como los surrealistas, y aun los dadaístas como predecesores, sabían del amor en subjuntivo y, de cruzar, de romper, las fronteras del lenguaje en busca de libertad. Sí, fueron Breton, Éluard, Dalí o Tristan Tzara quienes democratizaron o intentaron democratizar las palabras, y “desaburguesarlas”, así, de forma radical. Los surrealistas hicieron  del mundo onírico su elemento; su prisión, pero también su catedral. Convencidos de la existencia de otra realidad, posibilitaron que el surrealismo fuera el arte vanguardista, el ismo más influyente, duradero y poderoso del siglo XX.

Requirieron, para ello, de una ética, de una moral, de la que carecieron a la sazón los dadaístas. Presentaron el vivir, nuestro vivir, como un contínuum lleno de fantasías; permitieron que el chiquillo, que sopla todas y cada una de las velas de su cumpleaños, o que el ciudadano de a pie, que come sin rechistar las doce uvas en Año Nuevo, vieran por fin cumplidas sus peticiones. Fueron capaces de llevar a la acción nuestros deseos, porque tenían fe, llegando al límite de las fuerzas y acaparando la máxima felicidad posible. Vivieron en el fuego del amor, entronizaron a la amada: un cuerpo soldado a otro cuerpo.  Todos habríamos de considerar su legado, dedicar siquiera un instante a recorrer ese refugio interior, íntimo, antes de que la realidad exterior nos aniquile; considerar la pasión, el principio motor y rector de nuestros actos. Borrar los límites entre la vigilia y el suelo, entre el espíritu y la materia.

Si leemos atentamente los poemas de Paul Éluard lo veremos: el poder de la escritura desatada, automática; el tema de la amada como el puntal de sus versos; el goce último del poeta sin principio ni final, parte infinita de cuanto ve y siente, de cuanto observa. Amo los poemas de Éluard por su rotundidad: su libre asociación de ideas me lleva a olvidar cuanto creemos sensato, obvio; a viajar por un presente indefinido y sumirme en el agua oscura de un lago espeso y profundo. Es entonces cuando puedo, cuando podríamos adquirir conciencia de que formamos parte de nuestro alrededor, de que no hay confines inescrutables y alcanzar, así, una verdadera experiencia terrena y sobrenatural.

En la misma estela de Éluard, encontramos a Dalí y a Gala, su mujer, como la diosa de sí mismo. El pintor ampurdanés la convirtió en virgen o en ser mitológico en sus lienzos. Al hacerlo, consiguió que el  mundo afluyera de sus límites, que se angostara primero y luego estallara en mil delicados relojes, luces, sombras, joyas, espejos y mares. Dalí llegó a reinar en su entorno sin complejos, allá por donde fuera, creyéndose un superhombre pero, al mismo tiempo, hizo algo que a menudo olvidamos hacer nosotros: hacer partícipes a los demás de sus dudas, de sus deseos; interpelarlos como interlocutores vivos, válidos. Gracias a la magia de su arte, estos se tornaron experiencia pura, auténtica, vivida. Deberíamos contemplar más a menudo estos poemas, estos cuadros, “vivirlos por dentro” y sumergirnos así de lleno en sus palabras, en sus pinceladas; disfrutar del festín de la existencia. Ser, en definitiva, “surrealistas”, siquiera por un día, siquiera por instantes, decantar  nuestras copas en el paladar y beber más intensamente el vino de la vida.

CANJE DE ILUSIONES

Rubiela: ella, la mujer que cada día me encuentro en la parada del autobús cuando voy a trabajar, se llama Rubiela, y es peruana, madre de tres hijas y sin nietos todavía, viuda, y ama, eso sí, de un gato. Nació en Lima, y se vino para aquí ya hace muchas lunas. Lleva quince  trabajando de camarera de pisos en un hotel próximo a la plaza Urquinaona. Es una mujer de conversación generosa, como si pretendiera, con las palabras, cubrir vacíos. Llevo coincidiendo con ella mucho tiempo.

Ello me lleva a reflexionar y a pensar que muchos de nosotros no tenemos derecho a quejarnos. Apenas hemos padecido la crisis económica; Rubiela, desde chica. Las injusticias no son para mí; es más, me indignan, no las soporto. Ya llevo incubando la idea de hacer algo con todo esto. En una de esas, me reafirmo en que creo que ha llegado la hora. Una de estas mañanas frías de invierno incipiente de finales de año le digo que quiero escribir un ensayo, un libro con los testimonios de tanta gente ―estudiantes, parados, mendigos, pensionistas― que han visto peligrar su mundo, su existencia, cuando sus ingresos estaban por debajo de la media y no subían a pesar de la carestía de la vida. Rubiela se muestra encantada con mi proyecto, piensa que por fin dará voz a los “desheredados”.

Enseguida me habla de su única hermana, como si ya ella no tuviera más cuerda y ya no pudiera contarme nada más. Débora, su hermana ―este nombre y no Deborah, con el que le nacería seguramente un halo cinematográfico en torno al rostro―. La suerte quiso que también se viniera a España. Me dice que quizá Débora me ayudará a completar esta crónica de desamparados. Débora trabaja en un quiosco del Raval, y con lo que gana no llega apenas para pagar los gastos de la tienda y del piso contiguo. Pero ahí sigue, me dice, “sin pestañear”.

Rubiela me dice que tanto ella como Débora se vinieron a Cataluña “para que nuestras hijas y sus futuros hijos ―porque no ha nacido de ellas, cosa curiosa, ningún hombrecillo― pudieran celebrar las Navidades y tuvieran cada año los regalos de Reyes”. Un día de estos, después de mi jornada laboral, con mi grabadora en ristre, me llego al quiosco de Débora y su marido, no muy lejos del hotel en que trabajo. Accedo a visitarla, movido por algo más que la curiosidad: por la compasión.

Nada más trasponer el umbral de la tienda, observo cómo ella, Débora, hojea el Nuevo Estilo. Suena la campanita de la puerta al cerrarse y ella deja de un lado la revista de decoración y alza los ojos hacia mí, como si fuera un pasante fortuito, de esos que quieren comprar prensa deportiva. Le digo que conozco  a su hermana y que estoy preparando un libro. Sus ojos se vuelven achispados, (“¿acaso es usted escritor o periodista?”), llama a su marido, que refunfuña, para que la reemplace, y acto seguido me hace pasar a la rebotica. Enseguida, el tema de la charla pierde todo el peso muerto de las entrevistas, diciéndome que desearía tener una de esas casas que aparecen en esas fotografías a todo color y llenan una página entera. Su  mayor sueño sería  tener una casa con parquet y todos esos espejos de plata y esas camas con dosel y esas estanterías de caoba y esas bañeras con patas de león. Me doy cuenta de que también son mis deseos, los de muchos de nosotros. “Soñar”, me dice, “es gratis, ¿a quién le hace daño fantasear para olvidar, por instantes, la realidad?”

Y me parece, no se lo digo, saliendo del quiosco, una vez saciada mi hambre de verdad o tan solo realidad, que todo consiste en un canje de ilusiones: dejar a los padres y familia cercana en Perú y venirse para la Península, en pos de un billete para la estabilidad. Es un canje porque dejan el mundo precario pero feliz de su lugar de nacimiento: el seguro útero de la madre y la blandura del padre campesino, al que las labores del campo le encallecieron las manos, pero lo cual nunca fue una excusa para no abrazar a sus hijas.

Rubiela/Débora. Las dos hermanas de Perú que, a pesar de no cobrar lo que deberían, lo que es de justicia, sonríen. Esas dos mujeres de apariencia frágil a las que, sin embargo, el corazón les late con fuerza y no se encogen ante el trabajo duro; antes bien, lo reciben con muchas dosis de serenidad y no poca resignación.

Este libro no verá nunca la luz. No lo escribiré más que nada por falta de ganas. Siento que mi cuerpo no dispone del aliento necesario para sostenerme, elevarme a las alturas, luego bajar a los infiernos y redactarlo. La idea es buena: hablar del contraste entre  las personas valientes, fuertes, dúctiles en el trabajo, y aquellas tocadas con la mala suerte de la debilidad, los que no consiguen salir adelante, sean los obstáculos grandes o menudos. Rubiela/Débora son como Hércules: siempre en la arena de los gladiadores. Me sorprendió su fuerza de voluntad, sus esperanzas en que el futuro de las hijas sea algo mejor. Quizá, me digo, podrían haber aspirado a ser otra cosa que camarera o quiosquera, pero hoy en día no se puede escalar la montaña mucho más. Hay luz más allá del horizonte: tal vez su descendencia sea algo más afortunada. Ellas dos se mantienen enteras dentro del iris de mis ojos. Dejo a Débora que siga leyendo y que Rubiela vaya a fregar suelos y embadurnarse con lejía. Tal vez este torpe homenaje sirva para avivar su esperanza, que sepan que no están solas y que la lucha por la vida al final puede triunfar sobre la incertidumbre y le mal de vivre. Que así sea.