TÀPIES Y EL FONDO DE ARMARIO

Todo lo que hagamos por el arte y, entiéndase bien, no por el falso artisteo, nunca será suficiente. Vamos por el mundo tan ajetreados que apenas si le dedicamos tiempo, ni nos quedan fuerzas ni ganas, a visitar galerías y museos, de aquí o de fuera. Tampoco nos detenemos a reflexionar después sobre qué es lo que pretendían explicarnos esos artistas que rompen el hilo de los siglos; que brincan, como pequeños saltamontes, de su época a la nuestra, para mostrarnos el pathos en todo su esplendor. Así que, una vez más, me veo en la obligación de reivindicarlos en este país de absurdas troneras, de esfinges maragatas y de seres alucinados.

Esta tarde, se cuela por un resquicio de mi memoria,  por entre la cotidianidad de mi escritura, mi visita reciente a la Fundació Antoni Tàpies. Y, muy especialmente, la escultura-objeto Armario, de 1973. La exposición rinde un sincero homenaje a los objetos que este artista catalán hizo suyos: un montón de platos de porcelana blanca, un sinfín de ropa sobre una silla, unas alpargatas, un ejemplar de La Vanguardia encima de una huevera, o el ensamblaje de una persiana y un violín: la esencia del arte povera catalán.

A través de todos estos objetos que Tàpies puso a disposición pública, convirtió lo pequeño, lo nimio, en sumo valor artístico. Su voz, la de esos años tan difíciles, el final de la dictadura franquista, se oye, como en sordina: esas existencias, pequeñas y pacíficas, eran valiosas y, aun tímidamente, se hacían notar. Precisamente, marcando una cruz, la típica inscripción de Tàpies en la obra, posibilitaba que fuera divulgada en toda su sacralidad. La cruz significa el binomio vida y muerte, un intento de confesar que estaban pasándolo muy mal pero que, a pesar de todo, todavía podía confiarse en las cosas de los humanos, las del pueblo llano. Ese fondo de armario, esa ropa que sobresale como el cauce de un río y llega hasta el suelo y más allá, representa el Tàpies que quiere sincerarse, dar voz a sus piezas, como si tratara de un misteriosísimo, de un cercanísimo autorretrato. Esos pantalones, camisas y corbatas son lo más íntimo del pintor y, a medida que pasan los años, se expande, se fragua e imbrica en la persona de un autor profundo y coherente. Tàpies evolucionó: pasó de la figuración a la abstracción y dejó en el camino lo que todos le pedimos, o deberíamos pedir, a los pintores y toda suerte de artistas: lo más personal.

No deberíamos aspirar ni a ser presidentes de la nación,  ni a malquistarnos con el prójimo para lucrarnos, ni a vender libros, con tiradas a ritmo de bestseller; en definitiva, no pedir a la vida aquello que esta no nos concede: paraísos artificiales. Es cuestión del lento pero firme aprendizaje y del bagaje del ciudadano de a pie  observar qué hicieron esos artistas en su momento: y al hacerlo, tendemos puentes entre pasado y presente e, incluso, futuro. Entender qué es lo que pretenden decirnos ahora esos seres, algo más sensibles que el resto, que parecen más extravagantes y egocéntricos de lo que eran, de lo que son hoy en verdad. No hace falta ser carne de museo para darse cuenta: ellos encarnan la propia verdad en la oscuridad. Nos devuelven el aliento y la mirada serena.

Ese es nuestro fondo de armario que, de vez en cuando, hemos de airear para presumir y así mostrar nuestro carácter y personalidad. Bienvenidos al club cuantos  quieran unirse a la troupe de arqueólogos de museos y raras avis, ajenos a las modas precipitadas y espurias. ¡Quién sabe!, tal vez algún día yo mismo mostraré todo el vestuario que no siempre, o en muy contadas ocasiones, llevo puesto, junto al de a diario. O tal vez, ¿por qué no?, pintaré una cruz en mi armario y lo convertiré en objeto sagrado y, así, de paso, espantaré los demonios cotidianos de mi vista, pecados capitales de la contemporaneidad: la avaricia, la envidia, la lujuria.

FOTOGRAFÍAS SECRETAS

Escribo aún convaleciente, tres días después de haber asistido a la visita guiada a la exposición del fotógrafo norteamericano Duane Michals en la Fundación Mapfre de Barcelona.  Y justo un día después de haber husmeado en la biblioteca de la Fundació Tàpies, y dado con un artículo de Jean Baudrillard titulado El arte de la desaparición, de 1997, que, como se verá, guarda más de una similitud con la susodicha exposición.

Vayamos al grano. La guía turística remachó durante la visita que, Michals, en su obra, trata de mostrar, no lo que sucede en ese momento en que fotografía, sino lo que acontecerá. A Michals nunca le ha interesado representar el “momento decisivo” de Cartier-Bresson, el azar como detonante  de la toma, sino más bien coquetear con una puesta en escena, con una planificación estudiada que,  no por ello, desmerezca ni deje de ser fresca y poderosa y que avance lo que ocurrirá, o al menos deje vía libre a la imaginación del espectador. Algo así como el París desierto de Atget es el Nueva York que “diseña” o reinventa Michals.

En las fotografías de una barbería vacía, por ejemplo, hay un correlato que va a la par de los ojos de quien observa: la cita ulterior de los parroquianos con el peluquero, el sonsonete de las tijeras y las navajas… Material literario donde los haya. El silencio y el bullicio; la tristeza y la alegría; la soledad y luego la compañía. La suma de contrarios.

Baudrillard reflexiona, igualmente, sobre el arte fotográfico.  Para él, y a diferencia de las demás artes como la pintura, lo real no ha desparecido completamente, sino que es pillado in fraganti en el instante de desaparecer. La fotografía es diferente, así, del objeto real: es una ilusión. Ilusión de que ese ser fotografiado está dejando de ser, se metamorfosea, se diluye su fuerza. Afirma, también, que hay una identidad o alteridad secreta detrás; el enigma, lo no dicho, lo que se agazapa. La fotografía es “instantánea”, “tangible”, “irreversible”. Claro que esa imagen fotográfica podría retocarse con Photoshop si fuera el caso, pero entraríamos entonces en el terreno de lo “abominable”. Queremos arte lo más sincero posible, no enmascarado.

Y he llegado a la conclusión de que tanto Michals como Baudrillard vienen a decir lo mismo; beben de la misma fuente prístina, sonora, envolvente. Y es ella la que me permite constatar que hay algo que pide ser celebrado: el vacío, lo que hay más allá, bajo la piel de los modelos, los hombres y mujeres, los chiquillos y los ancianos que, de pronto, parecen regalarnos partes de sus vidas antes o después de los pequeños acontecimientos: la intrahistoria, en fin.

Hacía mucho que no visitaba una exposición de fotografía. Se conoce que ahora que me ha dado con estudiar Historia del Arte, ningún evento es suficientemente insaciable para colmar la sed que me embriaga; necesito contemplar objetos artísticos para sublimar el sujeto presente en mí que quiere ser protagonista de lo que observa, aun a miles de kilómetros de distancia de aquello relatado en las fotografías.

Es curioso ver esas imbricaciones entre artista y teórico del arte. Confluyen en el mismo discurso. Michals, el creador de la secuencia y del fototexto, parece guiarnos y decirnos: “Yo seré vuestro Dante particular en vuestra particular visita al Infierno, Purgatorio y Paraíso”. Me he visto subyugado por estos poderes sobrenaturales. Y tengo que afirmar que me costó digerir y entender el a veces oscuro discurso de Baudrillard. Pero como buen Capricornio que soy, mi testarudez me llevó a leerlo tres, cuatro, hasta cinco veces, para captar el mensaje central. Y hete aquí que he encontrado la clave, la horma de mi zapato: hay que abrir el corazón todo lo que se pueda, para celebrar la comunión con los demás seres, para intentar adivinar lo que ocultan los fotografiados; la piel que esconde los secretos no revelará los taimados tejemanejes y, si lo hace, saldrán desfigurados en boca de los emisarios.

Que el espectador capte la enigmática visión  que los artistas tenemos cuando creamos, ya sea a partir de papel fotosensible o de Din-A4 y estilográfica, para acabar intuyendo el misterio, sin hallarlo nunca del todo.  En literatura, en la pintura se ha opacado ya. Para eso tenemos la fotografía: para que nos  alimente  en ese instante antes de la “desaparición”. Un arca navegando a flote contra la marea, y detrás de esa área podría existir Dios, y el Diablo, o el mismo pintor que cuando compuso el cuadro se burló de los dioses, de los mortales, y creó la venganza de las fuerzas físicas, la tormenta. A lo mejor, en última instancia, el objeto artístico es un ajuste de cuentas con la sociedad, o más aún, un ajuste de cuentas del mismísimo creador. Mientras existan fotografías y fotógrafos, el mundo podrá seguir soñando en atrapar ese mensaje oculto, sobrevivirá y aun resucitará.

FANTASIA EN EL METRO

No puc viatjar a l’estranger, si més no, tant com voldria; em conformo a anar amunt i avall fent servir el metro. El moviment em fa estar ben espavilat, ben creatiu. Aprofito, això sí, per llegir llibres o escoltar cançons (què faria jo sense una novel·la sota la màniga? I sense Roxette o Cindy Lauper a l’Spotify?)

Aquest migdia, però, de tornada cap a  casa, per a la meva sort, he deixat de banda la música dels auriculars.  Tot esperant a l’estació de Diagonal de la línia blava, com faig sempre, he coincidit amb una dona de Zàmbia; no deuria tenir més de trenta-cinc anys, vestida amb una brusa florejada i una faldilla llarga i esponerosa. Tenia un magnetisme irradiant de tota la seva persona. M’hi he apropat. Portaria una bona estona allí, asseguda al banc amb la canalla, un dels nens encara en cotxet, l’altre arrepenjat del braç, atès que avui hi hagut vaga i el servei de metro s’ha vist greument afectat.

Fetes les presentacions, m’ha dit que treballa de netejadora  en una gran multinacional, des de les sis del matí fins a les dues del migdia. “Embrutar-me les mans de lleixiu és el pa de cada dia”, m’ha confessat. Està colrada pel sol quotidià, per un foc abismal, lligada de peus i mans per pujar els seus fills (perquè, m’he preguntat sense atrevir-me a vocalitzar-ho: el seu home també treballa?) . Així, tal qual, en només cinc minuts, hem fet coneixença. Crec que tinc aptituds per parlar i aconseguir establir una conversa interessant; ficar-me la gent a la butxaca, com si fos un periodista, o un reporter, o un simple mag que parla amb les paraules justes, ja sigui amb amics, o bé amb autèntics desconeguts. Això és així, crec, d’ençà que treballo a l’hotel.

De sobte, com si volgués trencar l’encanteri de la conversa un pèl informal, el nen més petit, mentre donava cops al cotxet, ha començat a cridar i cridar, cada vegada més fort. El so s’ha expandit, entre les anades dels viatgers, per tota l’estació, com si fos un miracle de focs d’artifici,  arrissant-se en l’aire calent que ens mig agombolava. Aquest crit m’ha fet recordar les veus amagades de la infantesa. Era el crit del noi africà, però també el meu, enmig de la felicitat.

“Què em feia feliç aleshores?”, m’he preguntat. Doncs sí: llegir, sentir i dialogar amb la família Robinson, amb el Tom Sawyer, amb en Pinotxo, amb en Peter Pan: els meus herois, ara emissaris d’un món inconegut, misteriós, de l’altra banda del mirall. Tots ells, continguts en aquest crit amorf, estrident, viu, cada cop més irreal a mesura que transcorrien els minuts. Quan ha arribat el comboi, ens hem acomiadat; la dona de Zàmbia ha anat de dret a un altre vagó. M’ha deixat ben pensarós! No hi ha res més terrible que recordar aquell que vas ser un dia, enfrontar-se amb l’inevitable del pas esvalotador dels anys.

Fet i fet, tots, o quasi tots, diria jo, hem tingut referents que han anant sorgint i canviant a mesura que passava el temps (alguns i tot continuen igual, gravats amb foc).  Som qui som a còpia de crear-nos, de reinventar-nos. Potser, el nen del cotxet no ha sentit mai a parlar del conill blanc de l’Alícia, d’en Huckleberry Finn, d’en Geppetto, de la Wendy. Potser, la meva infantesa va ser més afortunada gràcies als llibres i als dibuixos animats de la tele; no ho sé. El cas és que tornar enrere no sempre és un mer viatge i prou. Lluny ja d’aquests herois, són alguna cosa més: retrobar les paraules que ens guiaran, i em guariran d’alguna manera, en un futur, emmagatzemades al cervell, travessant les neurones.

Dono molta importància a aquestes travesses en metro: m’ajuden a establir vincles amb els altres, amb mi mateix. Són els ponts cap a un passat que semblava oblidat, però que et xiuxiueja a l’oïda mentre acotes el cap i caus en el seu reialme. El més misteriós de mi s’arrecera a un racó del meu cos; és la raó de ser d’escriure i de reflexionar. La dona de Zàmbia m’ha mostrat, sota la capa habitual del dia a dia, un toll d’on treure l’aigua bruta i deixar brollar la fantasia, sempre a l’encalç de la vida somorta, a punt de ressuscitar.