EL ARTE DE VIAJAR

Algunas personas, a diferencia del vino añejo, ni en la enfermedad ni aun previendo su propia muerte mejoran. A menudo, ni muy viajados ni poco o nada leídos, durante años y años se mantienen recluidos dentro de su fárfara y no admiten a discusión ninguna de sus ideas. No salen de su propia mediocridad. Son esos enemigos que uno tiene y que jamás buscó, pero que están ahí, y que solo se dinamitan huyendo  de su estúpida uniformidad. Como el lector avispado sabrá, una de las mejores maneras de expandirse, de huir de esas gentes y de su cerrazón, sea viajando.

Viajar, porque lo extranjerizante, quiérase o no, es precisamente lo que se lleva. Somos carne de televisión, de Internet, de redes sociales. Vivimos inmersos en el mercado de la globalización. A veces, todo esto se pervierte: saber inglés deja de ser una afición jocosa ante todo, un diletantismo agradable, para convertirse en una imposición. Ante eso, yo jamás me he peleado. Me gusta aprender inglés, igual que si se me ordenara jugar al parchís. Pero me pongo en la piel de aquellos que nunca disfrutaron de las becas Erasmus ni salieron más allá de las fronteras. Esto es impensable hoy en día.

Recuerdo lo extraño que me resultaba escuchar en italiano doblado a la actriz Angela Lansbury en televisión. O de hojear un diccionario para principiantes en alemán, a mis diez, doce años, antes de estudiarlo de verdad. Me he ido habituando y, ahora, estoy completamente familiarizado, no solo con sus palabras, también con la dicción de otros acentos, de otra gestualidad. Como el vino añejo, conocer otros idiomas me ha hecho madurar. No hace falta estar en guerra para salir de lo mediocre, de lo cursi y de lo banal. De las ideas preconcebidas y del cinismo más abyecto. Ahora, claro está, no escucho de igual manera Candle in the Wind, de Elton John, que cuando la escuché por primera vez hará ya veinticinco años, como tampoco hubiera podido entablar hace tiempo una conversación con una pareja francesa en el hotel que me pregunta sobre las bondades arquitectónicas de mi ciudad.

Los viajeros amamos lo desconocido, la aventura, ir más allá de nosotros mismos; amamos “mimetizarnos” con el entorno. Ahí es donde es útil el vademécum del vagabundo, para superar los aspavientos. Como el que tiene miedo a las arañas: sin duda, si no relativiza las cosas y se deshace de esta fobia cargante; si no trata de reírse de la sombra de este insecto en la pared como si de un chascarrillo se tratara, nunca podrá visitar países tropicales.

Dejemos de lado la mitología preconcebida y adentrémonos por la selva, por la tundra, por cualquier sendero lejano que antes fuera inalcanzable. Si se nos ha allanado el camino ha sido gracias al cine o a la televisión, que nos acercan a esos lugares y a su gente. La diplopía es ver lo propio y lo ajeno, lo gaucho, lo indio, lo oriental. Que en las comisuras de la boca se dibuje la sonrisa del que aprende siempre, del inquieto. Coexiste en nosotros, o al  menos así me lo parece, la máscara de lo cotidiano y también la máscara de la fiesta, del viaje, del descubrimiento. Si  no se nos ofrecen oportunidades por sí mismas, es bueno perseguirlas, crearlas, ir a su encuentro. Quizá, viajar sea, en definitiva, la otra cara de la moneda. Todo parece menos gris si se fomenta el arte de viajar, no extrañamente emparejado con el arte de conversar o de amar. Viajar, hacer amigos de otros países es una de las maneras de revocar todo intento de provincianismo. Reivindicar lo extranjero y hacerlo propio.