INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!

EL CASETE DE MI ABUELA

El otro día, haciendo limpieza, rebuscando por casualidad entre mis muchos casetes, hoy prácticamente inservibles, que almaceno bajo el somier de mi cama, di con uno, especialmente valioso (aunque a primera vista pareciera que los CDs, más nuevos, apilados en las estanterías, le hicieran la competencia. Pero eso es igual ahora. Soy melancólico pero no me arrepiento de ello, a pesar de que, para algunos, peque de cursi, en un mundo, como el actual, poco dado a la tristeza.) Lo escuché en mi pequeña grabadora Sanyo, reliquia de otros tiempos, el único dispositivo de que dispongo para escuchar casetes. Los escasos diez minutos de la entrevista que grabé a mi abuela (cuando yo contaba trece años y ella, ochenta, antes de su terrible demencia, que la separó definitivamente de nosotros, de los demás), son una especie de testamento: se reavivan sus buenos modales, su labia, su simpatía. En resumen: su valiosa personalidad, su persona. Su ciudad: Zaragoza. En esta conversación (me hubiera gustado haber grabado mucho más, pero ¿quién podía prever su muerte, especialmente un niño que nada sabía de la vida, que creía que los miembros de su familia eran inmortales solo porque aún no habían muerto?) se recopila el encuentro con la pintura, el arte de sus mayores.

Dejemos que hablen sus mismas palabras que la hicieron remontarse, por momentos, al río de la infancia: Todos estos dibujos y pinturas son de cuando yo era muy pequeña; tendría nueve años, estábamos pasando el verano en la Torre. Eso mío que hay por aquí, en el cuarto de tu madre, ese cuadro me lo hizo el tío Benito en la Torre. Mi padre dibujaba y mi tío Benito dibujaba y pintaba mucho. Lo hacían como un pasatiempo. Mi padre y mi tío Benito. Mi tío Benito, el padre de los Benitines. Vio mi uniforme con la caperuza blanca, ese gorrito como holandés, que llevábamos en el colegio para salir al jardín, le hizo mucha gracia, y una mañana me lo hizo poner. Me dijo: “venga, Anita, estate ahí sentada que voy a hacerte un apunte”.  En otras ocasiones, mi padre me enseñaba a dibujar bien, pero yo lo hacía fatal; una vez estaba dibujando un racimo de uvas y me dijo: “¡estos granos de uva son melones…!” Y tantos otros óleos y dibujos: a mí me gustaría que vieras esas pinturas, ¡pero sabe Dios dónde estarán!

La ternura, a través de sus palabras. De hecho, esta conversación la había escuchado, después de su muerte, algunas otras veces; incluso en la carrera de Comunicación Audiovisual reproduje en un video de cuatro minutos la historia de un pintor y su modelo, al estilo de El retrato de Jennie (la famosa película de William Dieterle, protagonizada por Jennifer Jones y Joseph Cotten), con el cuadro de la caperuza holandesa ¡llevado hasta el estudio de grabación en taxi! Pero eso es arena de otro costal, que quizás, ¿por qué no?, algún día explique más en profundidad…

Intento trasladar al papel la cadencia de su voz, como si fuera una obra de teatro y yo un dramaturgo que caracterizara pacientemente a cada uno de los actores y actrices. Y pasa a ser un personaje más de mi vida, de mi ficción, de mis libros. Mi abuela y su pasado. Mi abuela, y mis bisabuelos, que nunca conocí. Fue testimonio de una vida dura, marcada por el temprano fallecimiento de su madre, de su padre y luego de su hermano y de su marido; atravesada por un siglo tan innoblemente sangriento y despiadado, con dos Guerras Mundiales y la Guerra del 36 en España. Mi abuela Ana María, a pesar de todo, nunca dejó de sonreír, a pesar de quedar viuda muy pronto, con seis hijos que cuidar, con mi madre como la benjamina de la familia. Eso sí, de vez en vez le venían lloreras como ella decía: le hubiera gustado volver a Zaragoza con el resto de su parentela, pero se quedó ya hasta su muerte en Barcelona.

Todo esto que yo creía enterrado en el fondo del saco de la memoria, que pensé que había muerto definitivamente con mi abuela en la cama del hospital, ente sus sábanas blancas desapacibles, revive ahora gracias a este casete y a su pequeñísimo discurso grabado, y vuelve el cariño y la estima que todos le profesábamos. Me digo que haré lo mismo con mi madre, que la grabaré para cuando ya no esté, presente en mí cuando vengan otros tiempos y sea necesario echar mano de las grabaciones, hasta mi final. Sé que, gracias a ello, ahora puedo recordar mejor a mi abuela; puedo reproducir fácilmente su voz en mi cerebro y  hacer que se expanda como en ondas por un riachuelo virgen; que permanezca en el aire de esta habitación. Y, entonces, es posible que otras palabras del pasado algo remoto, de otros momentos de mi vida con ella, reaparezcan dentro de mí.

Sus bromas, entre burlas y veras: ¿Me quieres ni que sea un poquito? ¡Qué arisco que eres, no te gustan mis besos! Por una vez en la vida, la melancolía ha servido para algo. Sí, normalmente es cosa de viejos ponerse a pensar en estos términos. Pero, ¿quién no desearía albergar para sí toda esta poesía? Más que en recitales, los rapsodas son los recuerdos de las abuelas de este mundo que, sin saberlo, fueron poetas por días, horas, minutos. Ese es el mejor regalo: saber que otros te recordarán y te inmortalizarán, como aquí, en esta columna. A lo mejor este recuerdo se extenderá por Internet y quién sabe si llegará a la otra punta del planeta, donde entiendan el español o lo quieran traducir en el Google Translator. Alguien más podrá saber someramente quién era mi abuela, y cuánto amor le debía a sus mayores y a su infancia en el colegio de monjas. Allí aprendió francés, sin sospechar que un día su nieto lo hablaría con la misma fluidez y la misma soltura que ella, que no se cansaba de repetir, sin embargo, que lo había olvidado casi por completo. Ningún otro de sus nietos pudo disfrutar tantísimo de su compañía ni compartir tantos buenos momentos juntos. Quede este casete como remedio a la pena y a la desmemoria.

OTRO INVIERNO EN MI ESCRITURA

El invierno, más allá del frío, es la metáfora del abandono, del dolor, del final de la vida. Hoy, en la estación del año más rigurosa, en el mes más gélido, me dispongo a llevar a cabo un exhaustivo examen de conciencia, y hacerme preguntas: ¿Es posible que el escritor retome su arte tras múltiples renuncias? ¿Cuánto debe escribir para contentarse, para que no se resienta su ego? En todo caso, ¿es realmente este un nuevo invierno en mi escritura?  Atravieso el páramo, los temores ante la página vacía, el no saber qué decir, la falta de constancia. Pero ahí sigo. Porque escribir no solo significa inventar, fantasear, crear mundos paralelos. Escribir es una actitud moral, vital.

¿Qué hace un escritor con sus bloqueos? ¿Cómo consigue un novelista acabar su volumen sin demasiadas injerencias del exterior? Confieso que soy un pequeño artista rodeado, subsumido por miedos e incertidumbres. A veces, me da por pensar que cuando escribo estoy perdiendo el tiempo y que más me valdría leer, escuchar música o irme a pasear por el parque  si hace sol y olvidar por un momento mi despacho, mis papeles y mis personajes; tarea completamente vana porque ya es imposible dar un paso sin su presencia.

Ha habido circunstancias que me han distanciado de las palabras, pero el deseo ha estado siempre ahí. Ha habido momentos de decaimiento, de pereza. A veces me abruma encender el ordenador, mirar fijamente la pantalla y, tras ello, trasladar unas cuantas líneas de texto desde mi cerebro a mis manos; tener el hábito de escribir todos y cada uno de los días del calendario. Reconozco que he pasado por la “flojera” de decir: no, soy ambicioso pero creo que el proyecto de una novela es superior a mis fuerzas. A menudo, he pensado en tirar la toalla. Pero entonces me digo: no, llevo desde los nueve años escribiendo; te has pasado media vida con la lícita y sabia intención de convertirte en narrador al servicio de la comunidad, para los que apuesten por ti.  Sé que esa afición me viene de lejos y que ahora no puedo echarme atrás. Debo continuar, me repito. Es necesario que haya escritores como tú, que aspiren a contribuir al establecimiento mínimo del orden público. Cuanto más tiempo ha pasado sin trazar letras en el cuaderno, más se ha acrecentado mi pasión.

En muchas épocas he leído más que escrito; aun así, he procurado tomar notas cuando viajaba, mientras cocinaba o veía la televisión. Leer, estudiar, meditar, para volcarlo luego en mis libros. Si solo leyera, no tendría donde trasladar lo aprendido; no podría “conocerme a mí mismo”. Cada palabra leída tiene un trasvase en mi estilo. De igual forma, si solo escribiera, me sentiría mucho más expuesto al escrutinio de los lectores: sería como lanzarme  a una piscina sin agua. El escritor, como el músico, como el bailarín, se lo juega todo en su arte. Se nota cuando el escritor es pobre en lecturas; cuando se ha precipitado con el final o en las páginas en que ha escrito con desgana. De todas formas, un narrador se salva, aunque haya leído poco y mal, aunque su estilo sea pobre, si en su obra se esconden verdades humanas. Eso es más importante que el estilo que pueda desarrollar. Lo mejor, con todo, es llegar a una cierta armonía.

No desearía desanimar al futuro escritor. No está de más repetir que sí, que se trata de un oficio fascinante, pero que es duro: requiere esfuerzo incontable, tesón; no se escribe solo del aire, o alimentado por los vientos de la fama y del dinero. Por eso es bueno meditar, de cuando en cuando, en tiempos difíciles, en el invierno que parece que no vaya a acabar nunca. Nosotros, los amanuenses recluidos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, dejamos de anotar, hacemos un alto en el camino y decimos: ya llegó otro invierno más; la sola estación del año, la más propicia para desbloquear la mente de falsas creencias: escribir es saludable.  Debemos advertir, también, nuestra responsabilidad. Escribir es un arte elevado. Con las palabras no se juega ni se regalan al mejor postor. No sé de los demás, pero yo sé que jamás venderé mis palabras a nadie por ningún plato de lentejas.