NOVELAS NADA ESOTÉRICAS

Hoy ha sido Sant Jordi; ya se fue la jornada… Sentado en mi diván particular, escribiendo frente al ordenador, recorro con la memoria la alegría antigua y presente, y me sale la vena nostálgica. Anteayer leí El primer amor, la célebre novela corta de Turguéniev, comprada hace algún tiempo, precisamente por estas mismas fechas. Había invernado doce meses. Mucho hay en ella de deslumbramiento ante el mundo. De nuestros primeros amores, además de ingenuos, frescos, vivos (nos emocionábamos más; ignorábamos qué hay más allá, al final del laberinto).  El azar me ha hecho ahora atraerme a su fuente, al triángulo amoroso entre Vladímir, el narrador que echa la mirada atrás, a sus dieciséis primaveras; la princesita Zinaída; y el padre del muchacho. Apenas si sabemos hacia dónde nos conducirá la historia; el golpe maestro del corazón (ayudado por la cabeza) puede, si bien a trancas y a barrancas, darnos pistas, tendernos el hilo de Ariadna.

Esta columna debería haberse titulado El laberinto de la lectura: un buen libro es siempre (o casi siempre, quiero creer) metáfora de la vida, pues no se sabe muy bien por qué vericuetos discurre ni discurrirá el alma del yo lector. También debiera titularse El laberinto de la escritura: invocar el acto de escribir es igual o más azaroso, si cabe. No se escriben nunca dos libros; ¡qué digo!, dos páginas iguales. De ello depende el cosquilleo del autor: las ganas, el arrebato, la inspiración pasional y caótica que nos permite escribir, unas veces con rapidez y, otras, las más, lentos pero certeros, como la tortuga de la fábula famosa que ganó la partida a la liebre.

Por esas mismas casualidades, a mi amiga E. le hice neófita en la empresa, a ratos tumultuaria, otras más bonancible, de los que leen buena literatura, que afortunadamente aún son legión. Primero le presté Nada, de Carmen Laforet y, luego, tras comprobar lo buena que había sido para su espíritu, se la regalé para su cumpleaños. E. la recomendó a otras personas cercanas y su resplandor alcanzó a no pocos. Entonces no lo pensé pero, ahora, en retrospectiva, me da la sensación de que parte de su hechizo estriba en el tierno e inmisericorde retrato de Andrea y su entorno, de la mirada que empieza a darse cuenta de quién es y qué circunstancias históricas vive, pronta a deshacer los nudos que va encontrando a su paso.

Hojeándola de nuevo, me doy cuenta de que el valor y la plena actualidad de Nada radica en ser sabia y sencilla a un tiempo; transparente, diáfana y profunda. Los remedios, las soluciones se encuentran en ella: yo sé que, como las grandes obras, me ofrece el cebo de la cotidianidad, lo que necesito para curar mis males sin que sea necesario recurrir a la fantasía: soluciones nada esotéricas ni impenetrables. No: el acierto de Nada es el servir de refugio para el lector, para abstraerse de sí mismo y de todo y de todos, al verse insuflado por la irresistible pulsión dramática de sus protagonistas. Yo no necesito bolas de cristal, ni varitas mágicas ni juegos de cartas con trampa ni cartón: Nada me alumbra en el pasillo estrecho, húmedo y oscuro del día a día.

Me gustaría recuperar aquella frescura de descubrir, de intuir, soslayando lo más difícil, las reglas de juego de los adultos. Tal vez maduré muy tarde, no lo sé. Entonces no fui capaz de entender todo lo que me decían…, era algo ininteligible, poco más o menos, cuando el narrador empezaba diciendo cosas por el estilo como: los primeros amores son, a menudo, los mejores o El sosiego de su corazón consistía en no pedir demasiado a cambio. ¿Cómo iba a comprender nada de eso si mis artes sociales eran tan limitadas? Acaso era una ofuscación momentánea. No: simplemente hice los deberes y el vivir me fue otorgando briznas de saber aquí y allá, en boca de todos y de ninguno, como a cualquier hijo de vecino.  Hay muchos buscarruidos en mi existencia, más de los soportables, tal vez…, pero entiendo que he de cargar con su peso para no desvariar ni desequilibrarme.

Busco la salida del laberinto, en mi despiste: aquello que ni la quiromancia es capaz de darme. Leer y escribir son ya uno solo dentro de mí. Siento una corriente, un escalofrío, una revelación interior que me sustrae de todo lo demás pero que, al volver a la realidad, me posee con otra mirada y, ¿cómo no decirlo?, con un corazón más ligero, aún incombustible. En esos instantes, sé que, más pronto que tarde, saldrá el sol. Esa es la vida que antes no veía y ahora, por instantes, se refleja certeramente en el espejo de mi lavabo cuando me arreglo; espejo de la literatura, al fin.

CONTRA TODO PRONÓSTICO

Contra todo pronóstico, de la nada nací. Antes de que mi madre me engendrara, nadie me esperó. El loco corazón, que no deja de latir hasta su propio final, contiene ahora las astillas del alma. ¿No consiste todo en un pulso vital que nos empuja, como un bajel que fondea cerca de la orilla? Han pasado muchas cosas, mientras tanto, y mucho después. Por ejemplo, tú, posible amigo, compañero y amante. Contra todo pronóstico, te perdí. Te creí cercano, y te marchaste. Tal vez seas irrecuperable. Los amores no correspondidos son los peores. No nos necesitan, no nos quieren.

He querido alimentar esta ansia mía como si escribiera una misiva, como si no pudiera abandonar estas divagaciones, como si en ello me fueran las horas… Hace un par de noches, tuve un sueño perfecto, como pocas veces he tenido. Estaba de vacaciones, en una especie de colonia, de urbanización costera, con otros chicos, todos jóvenes, algunos incluso más que yo. La idealización de mi Sitges infantil. Allí, al lado del mar, con las baldosas relucientes, espejeando el sol. Con el sonido del cortacésped y, a lo lejos, en el puerto deportivo, el rilar de los mástiles chocando contra sí. Los hombres que rumian como las vacas el mismo deseo de siempre.

 Después del beso, de la jura de amistad eterna y del amor, desperté; tan amargo como saber que aquello que viviste era virtual, irreal, ajeno. Después, la ansiosa vuelta a la rutina, a la alianza que me une a la existencia. La verdad duele: no deseamos renunciar a los deseos imposibles. Lo malo es que uno despierta y la noria sigue rodando y no se detiene jamás, pese a quien pese. Contra todo pronóstico, nada de lo que imaginé de adolescente sería como es. En el trabajo, en la familia, en las relaciones, voy descubriendo cosas que no me gustan, hasta que me acostumbre a vivir en una tormenta permanente. A contrapelo, surge la angustia. Nada de ejemplarizante hay. Somos como los frailes en una orden de clausura: nuestra desazón solitaria la llevamos a los cielos, rezando para que se vaya y no vuelva.

El consuelo es de tontos: saber que otros también han soñado con la misma intensidad que uno mismo. Los espejismos existen, en la adversidad y más allá, tras la calima del mar. Somos la intrahistoria, la de los pequeños individuos, esa que no importa más que al que la vive; fábulas de a un euro vendidas en una tómbola del tres al cuarto, las mismas del paseo junto a la playa donde, por las fiestas del patrón, descargaban los ánimos de los más pequeños. A veces, también desataban las iras de los más mayores que debían apoquinar con la plata gastada con tanta feria. Los barquines a lo lejos, el bla-bla-bla del mar contra las rocas, de la marea imperturbable a los designios humanos.

¿Nos volvemos cínicos? Tenemos una asignatura pendiente, y esta es la de mantenernos incólumes, como los estoicos. Tal vez esa sea la moraleja ante tanto resquemor. Los parámetros con los que debemos medir nuestro deambular. Es fatigoso volver la vista atrás, como el divino Orfeo, que perdió definitivamente a su Eurídice… ¿Qué dios es capaz de encañonar al suplicante y, un segundo después, perdonarle la sentencia? La utopía no pervierte si nos ayuda a avanzar hacia un futuro, si bien quimérico, algo mejor. El futuro, ¿se atreverá a trastocar nuestros nombres? ¿Trasoiremos nosotros unos nombres que nos interpelan pero que no nos pertenecen? Los dioses nos conservan alguna aventura digna, creo yo. Quiero ser, por lo menos, esperanzado. El sueño me hará, seguramente, rebuscar alguna ganga, algún objeto de valor en mi cotidianidad. Me hará ser más fuerte y me será de ayuda para hacer literatura. Los sueños, como pensaban los surrealistas o el mismo Freud, son muy productivos, y desatan nuestros interiores, tan a menudo vacíos, secretos, inexpugnables… En esto estoy: el sueño dará más calor, más sentido a los días que sigan después. Me darán un amor imaginado o real, pero en todo caso, inesperado. Contra todo pronóstico.

EMPEZAR LA CASA POR EL TEJADO

Garabateé, hace mucho, una obra de teatro cuya protagonista, una mujer ya mayor, se refugiaba en un convento. Rompía así, sin llegar a divorciarse, con un matrimonio de largo aliento, lo cual, en la actualidad, sería inverosímil. Además de estar escrito en un estilo artificial, iba en contra del signo de los tiempos, del mío; no se mantenía fiel a la sociedad y a sus preocupaciones; estaba desligada del presente.

Podría disertar, largo y tendido, tomando esta obra dramática mía como ejemplo, sobre el papel de la religión en el campo del arte, de la economía, de la literatura; sobre la influencia ejercida en las costumbres sociales de otros siglos. Podría hablar sobre nuestra actual ceguera, nuestro remoloneo y falsa conformidad de mortales, cuando desoímos su llamado. Podría llegar a escribir todo un libro solo sobre este particular. Pero no lo haré: de todos es conocida la diferencia entre las esculturas de vírgenes góticas, de los nimbos de El Greco, por un lado, y Kandinsky o el dripping de Pollock, por el otro. Quizá hoy se realizan obras artísticas espirituales, no lo negaré; lo espiritual existe, pero es evidente que ya no se pintan temas bíblicos.

Composición Ocho, (!923), Wassily Kandinsky

Es cierto que no podemos creer, con la misma mentalidad, los mismos preceptos religiosos del pasado. Este mismo sentimiento religioso, tan ausente de nuestras vidas, si se da, suele aparece con más furia al final del camino, cuando envejecemos. ¿Cuántas veces no hemos admirado a viejecitos generosos y buenos que nos abren y nos ofrecen su alma desinteresada? Recuerdo cuando he ido al hospital a ver ancianos: ellos, agradecidos, me echaban unas monedas que yo no podía aceptar. Recuerdo,  también, las ocasiones en que he visto a los mayores proteger a los más pequeños con secretos y cuchufletas. Los mayores, que nos acarician el pelo y nos motivan a crear, confían en nosotros, porque nos quieren con locura. Es el don de la sabiduría.

Estos mismos mayores, cuando traspasaron el umbral de la madurez, buscaron, casi desesperadamente, el resplandor eterno, la religión, la honda espiritualidad, para que sus ojos no se deslumbrasen con la falsa, la aparentemente viva y generosa soflama de la hoguera; para no convivir con el siempre engañoso deseo disfrazado de amor. Deberíamos tomar nota y ser, pues, más generosos, sin tener que esperar a la vejez.

¿No es más importante encontrar la virtud, un mundo rico interior y profundo en el que refugiarse, desde el principio? Nuestra debacle consiste en buscar la belleza física, la vacuidad, lo mediocre, a costa de la desvergüenza, el descrédito, la deslealtad. A eso llamo yo empezar la casa por el tejado. Damos prioridad a lo insignificante; deberíamos andar por la vida sin romper con los valores morales sólidos que nos enseñaron en la escuela, en la catequesis, antes de empezar a descreer; avanzar, poco a poco, sí y, a la par, admirar la riqueza, la diversidad del mundo, su polimorfismo, tal como pregonaba Platón: observar cuerpos bellos con vistas, para llegar, finalmente, a la Idea de belleza. La estética puede ser necesaria, pero es igual de atractiva o incluso menos que la moral.

En estas páginas raboseadas en que ahora escribo, teñidas por la mucha tinta derramada, observo el momento pendular, el golpe del destino, pero también las propiedades bonancibles de lo religioso: no basado en la curia y en el orden canónico, sino en una suerte de revelación interior. No querría caer nunca más en la futilidad. No tengo miedo a obedecer a esa luz, a esa voz que me dice: busca la mirada de los poetas, no le tengas miedo; convierte el subterfugio cruel de las horas, sus migajas de amarga soledad, en campo bien abonado, resplandeciente, eterno. Solo así dejaré de admirar la imagen, la fotografía saturada de colores falsos, la belleza efímera.

EL COLECCIONISTA DE VOCES

Hay quien sufre más de una chaladura y colecciona abrigos de piel, zapatos de tacón o CDs con carátulas estrambóticas. Por no decir de quien guarda cajas vacías de puros, con su olor penetrante aún intacto. Como en éxtasis, el coleccionista almacena cuanto su imaginación, sus ansias de devorar el mundo, de superar los horizontes pecuniarios, le dicta; sabe que es un mero capricho, que no necesita realmente nada de lo que salvaguarda con uñas y dientes, para supeditarse a esa afición envuelta en papel de seda. Su sola justificación: su felicidad megalómana. Nuestra estulticia se diría tremenda. Si acaso, habremos cometido otro pecadillo por comprar más de la cuenta.

Yo me he aficionado, diríase que debido a esa aburrida soltería que me lleva a inventar subterfugios, a coleccionar voces; las oigo reverberar en mi cabeza. Es el disfraz, el trono y la propia sepultura del señorito bien: lo que persigue durante toda su vida, lo que también le da muerte. Puedo reconocerlas cuando las leo, cuando las oigo en el autobús o el metro, cuando mi madre habla por teléfono. Supero la barrera de las palabras y aprecio el tono, el color y el timbre. Cuando leo, intento visualizar a esos personajes, cómo van vestidos, cómo gesticulan. Nada nuevo bajo el sol. Releo y siempre reconozco, a un golpe de vista, a un golpe de oído, el estilo de ese autor imprescindible. También con la mala literatura: la destreza consiste en desentrañarlas de sí mismas; destrenzarlas de la red, deshacer la capa de hielo con la que se envuelven. Yo llamo a esa afición, a ese gusto entrenado y al alcanfor algodonoso el arca de las palabras. En ella cabe desde una interjección hasta una palabrota, una acepción en desuso o una expresión de camaradería. Tal cual.

Buenas o malas, esas voces pululan por ahí afuera, lejos de mi mundo. Las cazo al vuelo: un libro mediocre puede ser excelente. Un ejemplo: yo quiero leer no solo a los clásicos, sino también a los novelistas actuales, aquellos que aún no han sido bañados por el espesor de la lava gloriosa, el oro de la fama, y están ahí, esperando a ser leídos. Los clásicos me ayudan a visualizar el habla de los siglos pretéritos. Los contemporáneos pueden ayudarme a entender cómo hablamos hoy.  Es la antropología, la sociología a la que me he referido en otra columna anterior. Todo me sirve a mí para luego escribir, para recrear esas voces en el espíritu del lector.

Escribir y cerrar el círculo. Escribo para ordenar, para entender el mundo, para deshacer el entuerto: los nudos del ovillo que se devana en mi interior. Clarifico mis ideas. Es como si viviera en un castillo de la Mancha y mi salón estuviera rodeado de retratos de viejas damas que me observaran y me guiñaran el ojo. Como si subiera al Himalaya. Como si fuera un neófito e hiciera un curso acelerado, intensivo del arte del lenguaje. La amargura de la vida, disimulada con un refrán de los de siempre.

Cuando escribo, pongo en claro, no solo mi pensamiento, sino el de los demás. Si yo no coleccionara voces, sería otro ser, completamente diferente. Busco atrapar esos gestos en la manera de hablar que me cautivan. Todo, con el solo concierto del misterio, de la sorpresa, de la bizarría de las palabras. Cristalizo en mi cerebro lo que otros escribieron. Lo que quedó registrado de un programa de televisión. Alguien me diría: sí, es verdad, pero te olvidas de los gestos corporales, del lenguaje no verbal. No todo es verborrea, una metedura de pata o una actitud demasiado reservada. Yo desconfío de la escatología libresca sin ton ni son. Pero ya no puedo ni podré desconfiar de esa voz callada, en el filo del acantilado. Si algo aprendimos con la experiencia es a no desterrar el canto de la chicharra: su voz también es válida, solo hay que escuchar y aprender de ella. El embate de las olas es una forma de sabiduría, también, como el torero que sale a la plaza y da lecciones de acrobacia a los indiferentes.