JUEVES EN EL RESTAURANTE

Llama que queda en el rescoldo de mi hogar, chispa de fuego interior: ¿adónde han ido a parar las ilusiones pasadas, que mi amiga Eva y yo compartimos en el ya desaparecido restaurante chino?  Fue importante, sí, alguna vez, sin que fuéramos conscientes del todo, ir allí y conversar, aunque lo único que nos dirigiéramos fueran palabras triviales, intrascendentes. Creamos un vínculo: el de los jueves por la noche. Ese lugar por el que pasé anteayer por la tarde, mientras hacía la ronda de la tarde, que ahora ya no existe, que derrumbaron, para convertirlo en un edificio de viviendas, sin comercios.

¿Cuál es la banda sonora de la película, alimentada por la nostalgia? Es todo lo que huye lejos, lo que se aleja de uno; lo que crea, al fin, la necesidad de escribir. El restaurante chino tenía que escribirse, aquí, en esta página. El afán de recordar me hace vomitar frase tras frase, en el rincón apartado de mi dormitorio, donde mis ansias reclaman, agostan mis sentidos, al pensar en los lugares mágicos, desaparecidos. Tan importante como los rollos de primavera, como el arroz tres delicias, o aquel retador “yo invito” de la dueña, es el recuerdo. Las pupilas iluminadas de Eva, fumando. Mi mirada perdida, hacia el fondo, hacia la cocina. Jueves desiertos, sin otros comensales a la vista.

Todo pesar quedaba atrás, mientras se resolvía la trama de mi novela. ¿La de mi vida, se resolvió? Apenas si puedo responder, cuando el afán del memorialista se hace con el poder de mis sentidos. Fueron horas de mutua confabulación. Horas en que la alucinación tomaba cuerpo, como una ensoñación de David Lynch. Mis referencias son cinematográficas. ahora, pero en aquel tiempo, eran casi siempre literarias. ¿El paredón final, frente la memoria del pasado, no es eso? ¿Recordar con películas, con novelas? Nunca, nunca más, volverá ese restaurante chino. Habrá otros, Eva y yo seremos comensales de otros comedores, pero ya nunca más aquel que alimentaba mis deseos de escribir, que me llevaba a la verdad o a la mentira de los jueves por la noche.

Es la necesidad de contar, que se alía con la tragedia. Solo la memoria es ubicua. Pero la vida en sus múltiples matices, esa no. No se puede vivir físicamente, solo en el recuerdo, en dos o más sitios a la vez. ¿Recordará Eva como recuerdo yo, ahora, esas horas compartidas, las lecciones del jueves? ¿Se habrá olvidado? No, no lo creo. Aunque haga mucho que no nos veamos, desde el entierro de su madre, hace cuatro años, ella me ha escrito que quiere volver. ¿Volver a lo mismo? Imposible. Quizás, a un simulacro de aquellos jueves, nada más. Yo pienso: ahí donde nuestro recuerdo se hizo carne, ahí, no podemos volver, nunca más. Solo la memoria, en su laberinto zigzagueante, puede visualizar esos colores: el rojo, el marrón, el ocre, el negro oscuro del fondo, el de la cocina… Los platos, uno detrás de otro, hasta descender por el declive, cuando dejamos de acudir, cuando la vida nos llevó por otros derroteros, y tuvimos que abandonar esos instantes de belleza suspendida.

Es la mirada del corazón que ahora recuerda; no es el cuerpo. El corazón graba algo que no reconoce el cuerpo. Es imposible definir esta sensación: el caos interior que hace irrespirable el cotidiano trasteo. El cuerpo querría sentir como el corazón, pero no puede. Está ocupado en colmar la guerra de los sentimientos del presente. Poco involucrado en volver a ver esos colores apagados, como la llama de un fogón, que aparece de pronto, entre la baraúnda de memoria personal. ¿Cómo no iba a ser personal?, me digo. ¿Cómo no iba a recordar, cuando me hace tanto bien? Como una sensación eléctrica, esta, la de recordar. Flechas o piezas de dominó que se superponen y van directas, al centro del cuerpo. Es entonces cuando todo mi ser revive. Acortar, podar y pulir el recuerdo a través de las frases, de las palabras.

Encaramado al árbol de la memoria, pienso en una canción que encaje, que se rinda a esas horas pasadas. Que haga frente a la necrópolis del pasado, esta de olvidar lo que fue una vez y encajarla en una tumba, para olvidar definitivamente. Solo en este momento, cuando vuelvo a pasar por delante del restaurante, puedo escuchar la sonata que amanse las horas bajas. Sí, definitivamente, el pasado no debería ser el jefe o el dueño de mi vida. Debería ser, por el contrario, acomodo para la soledad, sin que dirigiera mis pasos, más allá de lo que el corazón pueda dirigir. Escoger ese pensamiento es, sin embargo, casi imposible. La memoria, ¿cuántas veces no es involuntaria? ¿Cuántas veces no es mejor que el pasado me venga en bandeja de plata, entregado para que lo diseccione en la sala de autopsias? Podredumbre o silencio encaramado a la rama del recuerdo, tú, memoria, es lo que mejor conservo, refugio del remordimiento, calma de las ansias.  Solo hoy puedo respirar gracias al restaurante chino; quintaesencia del corazón, huida del cuerpo, letanía del alma… No hay momentos de perdición, solo el resabio de lo que no volverá que, solo revisitado, soñado de nuevo, revive ya para siempre.