TANTAS NOCHES FRÍAS

Hay un poema de Abbas Kiarostami que dice: Ya que el día ha sido tan luminoso/habrá una noche oscura por delante. Tal vez, este par de versos no signifiquen más que lo que muestran: un día luminoso y una noche oscura. Pero a mí me ha hecho pensar en los contrarios, en el ying y el yang, en el bien y en el mal, en lo bello y lo feo; en fin, en lo luminoso y lo oscuro, ejes en los que basculan nuestras vidas, asideros del poeta. ¿No decía alguien que, justamente por eso, por ser las noches frías y oscuras, las musas visitan al poeta solo entonces, y durante el día se dedican a dormir?

Una noche fría y oscura puede conducir al poeta a escribir bellos poemas, de amor o desamor, eso da igual. La llama que alumbra el camino puede ser vívida y profunda, y dejar una huella en aquel que por ella desencadena la torrentera de emociones, que estaban ahí, escondidas, enmarañadas como la hiedra. ¡Tantas noches frías, amigas de la soledad! La ausencia de luz comporta encuentros con tahúres y príncipes venidos a menos. No ha sido este mi caso: a diferencia de los bohemios y dandis, de los Oscar Wilde que aún pululan por el mundillo literario, he trasnochado muy poco a lo largo de mi existencia. Lo mío ha sido acostarme a una hora decente, antes de la medianoche, y levantarme pronto, para trabajar en el hotel o, si era fiesta, trabajar con mis papeles. Madrugar, y no trasnochar.

A lo mejor, para mí las noches nunca han sido tan desgraciadas; han sido, simplemente, para dormirlas. Nunca me ha gustado la oscuridad; odio trabajar de noche por esa misma razón. Me gusta la luz del sol, mil veces más que la de las farolas de las largas avenidas de mi ciudad. Ni estudio bien, ni escribo bien; tengo esa manía, agudizada con la edad. Uno debe conocer y respetar sus rutinas: saber cuándo escribe mejor, y cuándo es mejor cerrar el grifo de la inspiración. Si tuviera que filmar una escena nocturna de mi película, optaría por la “noche americana”, la que tan justamente Truffaut filmó. Una noche durante el día…

¡Qué peso se quita de encima el poeta cuando deja de esperar a las musas nocturnas! Así soy yo: si he de escribir sobre la noche, lo haré durante las horas luminosas del día, transfiguradas. Ese es mi premio: poder escribir.  Nunca comprometeré mi suerte ni mi salud más allá de lo estrictamente necesario. Puede que sea por eso por lo que, apenas me he aventurado a pasar noches leyendo interminablemente, como haciendo un pulso contra el sueño. Me acostaba a las seis o a las siete de la mañana, y desbarataba las rutinas horarias que me había impuesto. Eso pertenece al pasado: a las probaturas. En mi vida, hay una tienda (el día, abierto, claro, perfecto) y una trastienda (la noche, cerrada, oculta, imperfecta). Alegría y tristeza, felicidad e infelicidad. ¿La dificultad o la imposibilidad de llevar a cabo nuestros sueños, nuestras ansias, es lo que nos empuja hacia adelante?

¡Poseemos tantas noches frías y tristes en la vida, innumerables al lado de noches en compañía, noches de juventud magnánima y feliz! Lo he debido de decir antes, pero lo remacho ahora: los deseos que tenemos son insatisfactorios como las pesadillas. Sin embargo, frente a los signos ominosos del camino, tenemos que inventar una vida paralela para sobrellevarlos.  Ante la llegada del mundo nocturno, hay que actuar con la misma felicidad que cuando vino la mañana. Esa es la ignorada alegría, que reinaba en el fondo de mi corazón, y que desconocía. Es lo mejor para no criar cuervos. Ahora que declina el día, termino estas líneas para que no me pille la oscuridad.

ZANCADILLA A LA MEMORIA

He soñado que volvía a la Universidad, que estudiaba el primer año de Filosofía, como si yo fuera, sí, alumno universitario, pero no de Comunicación Audiovisual. Mientras habitaba el sueño, como si hubiera trastocado la memoria, por un instante me lo he creído: es la alquimia de los recuerdos, el enorme privilegio de transformarlos. Ya más cuerdo, tras despertar y, solo después de tomar el primer café del día, me he dicho que eso ya no será posible, que es demasiado tarde. Ya no es tiempo de volver a la Universidad: tengo que ser testigo de otras resurrecciones del espíritu. Yo tenía, por entonces (y aun ahora) múltiples y varios intereses, fraguaba o proyectaba pequeñas locuras. Eso fue lo que me perdió.

En un intento por reparar lo que yo he considerado muchas veces un error, pero que no lo fue en absoluto, durante los cuatro años de carrera, estuve continuamente peleándome por no haber cursado Filología o Psicología. Si se pudiera reconducir la memoria, ¡qué de errores no volvería a cometer! Pero eso ya no me vale. Yo soy más yo con mis errores que con mis aciertos. Mi vida no es una sinfonía, sino una mazurca de Chopin, melancólica; sombra y luz, con el silencio y el ruido. No puedo apartar mi pasado de mí, pero está bien, me digo. No soy más bizco entonces que ahora: ahora sigo “viendo”, solo que de modo diferente. A menudo pienso más en imágenes que en palabras.

Que ahora aterrice con ideas cinematográficas, pues bienvenidas sean, si parten de ese meollo interior, de las pesadillas. Debo ser obediente y transcribir esos sueños como descubrimientos en el círculo vital.  Debo vencer esos escollos que me impedían ser artista: ¡estaba tan obsesionado con escribir la gran obra maestra! Y ahora estoy mucho más sereno: reconozco al lobo y no le dejo entrar en la cueva de mis obsesiones. Me mantengo a resguardo. Solo pretendo abrazar los árboles cuando salga al bosque, y confraternizar con la voz de la naturaleza.

Encendidos destierros: arboledas con su aura, locuras de juventud, el cine abre caminos machadianos. Desgarro del ánimo, ilusión en el horizonte, espero no separarme nunca de la conciencia creadora que me identifica. No se trata tanto de tener un espíritu enciclopédico como de encontrar el espejo de mi cuerpo con el cine. La grey del séptimo arte aparece ante mí: muchos los llamados, pocos los elegidos. Y ahí reside la magia: la incertidumbre. La escorrentía de recuerdos gana terreno. Desearía rematar todos estos proyectos en ese loco torbellino, en ese veneno. Las fronteras del bosque, con sus espinas, pero también su perfume, ahora lo sé: no vale la pena maldecir la memoria, hacerle la zancadilla, y herirme. El pasado me pertenece, y en ese reconocerme está el quid de la cuestión: no es repugnancia por lo vivido, sino alegría, aun en los silencios más embarazosos. Es rehacerlos, reconvertirlos. Es coger el pasado por la cola y lanzarse al monte; volver a él con la nueva mirada, con el hambre sin saciar del cineasta que será.