LOS AMORES NO CORRESPONDIDOS

Mantengo una vieja disputa con el Tiempo, y he tenido que conjurarlo para cerrar su herida. La alegría triste es un oxímoron: el haber abandonado la juventud, los años de inexperiencia; el ya no creer sin límites en el amor. Hubo una época en mi vida demasiado crédula, pues nunca tuve los ojillos demasiado abiertos (tal vez lo descubrí muy tarde) para buscar y a continuación encontrar la verdad (mi verdad, o el sucedáneo de ella), esa doctrina vital que nadie me enseñó en el colegio, pero que estaba, que sigue ahí, me niegue a verla o no: la verdad del amor hacia el prójimo y, ella, conmigo. ¿Depende de la voluntad el ver más allá? ¿Ser capaz de no doblegarse con los años al molde de la ruindad, de la traición? ¿De que no me corroan las fuerzas, a pesar de que buena parte de ese escaparate tan atractivo (casi todo, para ser exactos), es ahora una fachada, una falsía? ¿Para qué discutirlo?

Recuerdo que me enamoré hace mucho, y luego me tuve que desenamorar. Un amor en la adolescencia, a las puertas de la mayoría de edad, cuyo objeto de deseo me sedujo solo para jugar, para nada más que experimentar dolor. Sé que esa lucha era el pulso de mí mismo más allá de mí mismo, pero también conmigo mismo, el doble que hay dentro de mí, el único gran amigo mío, en un intento de salvaguardarlo frente a la barrera de los otros. Con él podría hasta casarme: es el que da los consejos más certeros, el que me conoce más (¿o no me conoce?). Bueno, no del todo: no me conozco en mi fuero interno (menos aún el de los demás), porque no hay nada que comprender. Voy vestido como el espantapájaros camino del reino de Oz, sin posesiones, casi desnudo. Ando por un sendero pedregoso, incierto, solo con el caramelo de limón, ácido y dulce a un tiempo, en mi boca, para que me consuele de los estragos del azar.

Mi vida toda ha sido un amor no del todo correspondido. He querido a la vida más que ella a mí; he confiado sin cuento en ella. Ahora que sus enseñanzas se sellan con lacre en el sobre del porvenir, me gusta pensar que la suma de los esfuerzos con que he batallado, que los caminos emprendidos, mejores o peores, me han llevado hasta aquí, hoy; que tengo que dar gracias solo por eso. (¿A quién, si no es a Dios y no soy creyente? A la existencia, sin más.)  He sido amigo de la soledad durante muchos años, y no querría ahora, así, de repente, ser su enemigo.

No querría, sino, que no se corrompiera demasiado mi personalidad, ante la inevitable torcedura del trayecto futuro (la vida como proyecto es futuro), ante el cual yo pueda afirmar mi libertad, a la manera de Sartre. ¡Cuántas veces he querido a alguien y no he sido más que ignorado! Hay mucho no correspondido en ello: los esfuerzos que se hicieron y que no dieron fruto, más allá de fortalecerme el ánimo, ante lo cual debo aceptar mis infortunios pasados si deseo madurar. Mi libertad está en confiar en las fuerzas propias para avanzar.

El reloj es indiferente conmigo: no le importa que mis deseos sean felices o desgraciados, que caigan en el saco adecuado o bien en el saco roto: amores correspondidos o no correspondidos. Pero eso es lo de menos: mi venganza es escribirlo. Mi venganza es utilizar toda esa parafernalia para el bien de la novela, de las historias que relate que contengan grandes dosis de verdad y de humanidad, sin las cuales resultan vacías, inútiles. Son poco acogedoras esas narraciones en donde no ocurre nada, o nada que se pueda cuantificar. Los tiempos muertos de las películas de Antonioni son eso, momentos sin verdadera trascendencia, puro devenir, tal cual las tardes de domingo de la infancia. Pero, aun así, hay belleza. Belleza entre la basura, se diría. Del cineasta italiano aprendí que únicamente por narrarme a mí mismo, por colocar la cámara en un determinado ángulo, ya estoy conformándome una actitud moral, ética. Lo que en la vida se presenta como inane, en el Arte, puede “reciclarse” para el bien del artista. Los amores trágicos son materia literaria, ¡qué duda cabe!

 Por eso escribo: para espantar todos y cada uno de los demonios o vampiros que me chupan la sangre, y así, de paso, hacer literatura. Puedo dar un paso más y querer aquello que escribo, mis marionetas del azar, los temas que me interesan, incluso si rozan los límites del discurso filosófico. Eso me hace olvidar rápidamente, sumar rosas a la rosa de la vida, la rosa del desierto. La rosa infinita, la ligera caricia del viento. Esta columna podría extenderse hasta un punto de fuga muy lejano, el que atisbo con la mirada mientras lo narro, un ritual diario para mí: me siento a escribir, y pacto, consciente o inconscientemente, con los fantasmas (¿será esa mi próxima novela?). Es la canción de las pérdidas y lo registro sin ruborizarme: cuando me descargo de ella, cuando canto o escribo, ya no soy ningún juguete de alguien ajeno. Ya no sufro por amor.

ELOGIO DEL CINECLUB

Para dar sentido a mi vida, para enriquecerla y encauzarla hacia una posible dirección, escribo. Pero, además, miro con avidez, miro mucho cine y eso me divierte, también. Justamente esto (tener una cita semanal, una reunión) es lo que siempre deseé y que tan solo ahora se me ha presentado diáfano en bandeja, en mi bisoña madurez. Mis dos alegrías mayores del presente son mi gato y el cineclub. Mi cineclub, nuestro cineclub, es cifra del cinéfilo recalcitrante, la imposible conquista del infinito, encarado con temas y tramas atractivos que propician el debate; que enardecen los ánimos de desentrañar el misterio.

Absorber imágenes y, luego, disertar, ser unos charlatanes de tomo y lomo: esa es la principal ocupación de los martes de cinco a ocho de la tarde. Bendito cineclub: ponerse de acuerdo para discrepar en las reuniones; para establecer algún consenso, algo de lo que aprender y aplicar después, fuera de la sala. Los engranajes de los espíritus de la contradicción están ya listos antes de llegar al lugar de autos. Es como si un duende estuviera esperándonos en la entrada para susurrarnos al oído, muy quedo: “Sois afortunados y sabios, testigos de este milagro, el de las palabras y el de las imágenes compartidas”.

Es evidente que mis horas se colman viendo o “reviendo” películas. Yo elaboro una lista larga y se la paso al anfitrión del evento. Parte de la alegría inmensa viene de aplicar mis conocimientos cinematográficos, los aprendidos en la universidad y los ampliados más adelante (con libros sobre dirección actoral, sobre Bergman, sobre el expresionismo alemán, sobre fotografía, sobre la modernidad…), pues solo con los libros leídos en la carrera, mis aptitudes se verían considerablemente limitadas. He tenido que leer, y documentarme y, por encima de todo, ver películas, sobre todo eso: una, dos, tres, hasta diez veces, para captar los matices, para memorizar argumentos y nombres de actores y de personajes, y así ir conformando un estilo, una manera de estar, de “ver” el mundo; para poder ser un humilde tertuliano que no teme los asuntos mayúsculos, como el dolor y la muerte, la pasión o la soledad. Todo cabe en la reunión semanal, y así olvido por instantes la aburrida rutina del resto de la semana (para saberla sobrellevar, para iluminarla). Llegamos a verbalizar cosas que, de no ser por esta tesitura, la de encontramos en un cineclub, jamás saldrían a la superficie ni nos imaginaríamos capaces siquiera tener dentro del magín.

Nadie, supongo, aguanta estoico la tormenta de fotogramas: se supone que nadie hará el mal educado de marcharse de la sesión a la mitad. Que guste o no, más o menos, eso ya es otra cosa. Es bueno ir bailando las fechas y ofrecer una semana una cinta de, pongamos por caso, 1934 (Sucedió una noche), y la semana siguiente de 2008 (La duda), y darnos cuenta del enorme espectro que el cine engloba, y que suscita todo tipo de odios o adhesiones (pues el odio es fructífero, también).  Habrá unos días en que los actores hablarán poco y la fotografía sea preeminente; otras, en que la trama sea más importante y las imágenes estén supeditadas, al servicio de ese argumento.

Reconozcámoslo: el cine, aun a pesar de tener que lidiar con otras artes o invenciones del ser humano; pese a convivir en la era de las series con las plataformas digitales; pese a todo, que nos reunamos fielmente cada martes en fraterna liturgia y aportemos nuestros argumentos a favor o en contra del tema a tratar, que lo “reinterpretemos” con nuestra labia, significa que el cine sigue siendo una disciplina viva, muy viva, vivísima. A mí, desde luego, me interesa más esto que sentarme delante del televisor y asistir a un concurso o a un debate casposo en que unos se dedican a “despeinar” la cabeza de otros, como si fuera lo mejor, la única actividad que pudieran medianamente hacer. Y no: el cineclub es como el elogio de la locura; la celebración del debate sano, de la controversia sana, de la discusión sin prejuicios, sin el descaro que se da en otros pagos.

Tengo que felicitar al que inventó esto del cineclub (¿quién fue? ¿Se dio ya en el cine mudo? Seguro). Antes, hace un año, me habría parecido algo frívolo. Fue a finales de septiembre cuando lo descubrí. Y, ahora, espero al sábado o al domingo, paciente, que el “anfitrión”, el líder del grupo, anuncie la película. El sábado les escribo a mis compañeros por WhatsApp, proponiendo títulos. Luego pasan las horas, aguardando al martes, hasta que los contertulianos nos veamos las caras de nuevo. Que sea por muchos años: todas las épocas tienen sus glorias, sus pequeñas o grandes hazañas, sus buenos momentos. Por eso, aunque hayan cerrado cines, librerías, tertulias poéticas…, aunque todo eso se lo haya llevado el viento, nos queda aprovechar ahora del cineclub, mientras dure el prodigio y, claro, el cuerpo aguante.

RÍOS SIN REMANSO

Escribo sin saber hacia dónde irán mis palabras, mis frases. Como el viento, me pregunto hacia qué colina soplarán, hacia qué estrellas se dirigirán. Miles de historias fluyen en mi cabeza. Como un torrente, como las cataratas del Niágara, siguen hacia adelante, salvando cualquier escollo, sobre las piedras, sobre las riberas, sin esperar a nadie. En la liturgia del aprendiz: se mezcla lo verdadero con lo falso, hasta que ni él sabe distinguirlo. Siempre fue así y siempre será así, mientras exista en la capa de la tierra un solo narrador inquieto al que no le baste la realidad; que, si acaso no precise mundos fantásticos ni historias interminables, sino relatos cotidianos transformados en ficción para vivir la vida más profundamente.

Avanzo por una selva, sin temores, sin apenas resistencia; lo he hecho desde el principio de mi escritura, desde los primeros poemas. Hay algo en lo hondo que me impulsa a seguir, aun cuando no tenga certezas. Aun cuando vaya a ciegas, lo prefiero a no haber sido capaz o no haberlo siquiera intentado. Es la suerte del principiante, el que juega al billar sin tener muchas nociones, pero acaba haciendo carambolas. El escritor pasa por la misma situación. ¿Cuántas veces he empezado a escribir con una idea fija, o tan solo una imagen, que pensaba que iba dirigido a alguien, y al fin descubro que ese personaje esbozado era yo? O, al revés, ¿cuántas veces empiezo desde una perspectiva personal y, poco a poco, voy construyendo el edificio ajeno? Escribir es misterioso; escribir es más que una terapia. Es un conato de explicación: es el aliento de la llama en la vela de los mortales. De los mortales que tienen derecho a creerse inmortales por unas horas…

Y no sabía, no supe hasta hoy mismo (o sí, lo intuía, pero me daba manotazos en el rostro porque no quería aceptarlo), que no hay mayor gratificación que la propia tarea, que la misma escritura. Todo lo demás es superfluo. Es como el panadero, el médico, el maestro: lo más seguro es que jamás ganarán un premio, un golpe de fortuna. ¿Por qué hay tantos artesanos, que cuecen el barro o que cinchan sillas, y son felices? Precisamente por eso: porque, consciente o inconscientemente, llegaron a la conclusión de que nadie mejor que ellos mismos podría premiarles por su trabajo. Son personajillos que cargan piedras a la espalda, que van viviendo como pueden. Han de ser felices, y empiezan por no anhelar imposibles, por no desvivirse por conseguir lo inalcanzable.

Eso es a lo que yo debería aplicarme, pero, el caso es…, ¿quién no sueña? ¿Quién no proyecta futuros, ideas locas, ríos salvajes? No es tan importante lo que elijamos: en todo puede haber felicidad o desgracia. Pero la indecisión siempre conduce al fracaso. Da igual que sea pintor, novelista o cineasta. Es difícil escoger, pero una vez decidido y emprendido el camino, no hay que buscar más reconocimiento que el de la propia creación. ¿Quién no ceja en el empeño? Quizás, no, quizás nadie de nosotros será nunca un genio de su especialidad. Más bien, vivimos con la esperanza de entrever la sabiduría, la genialidad, aunque sea un solo instante. Ser permanentemente genial es, a todas luces, imposible; intuir ese resplandor al fondo de la mente sí es posible…  Lo funesto, ya lo conozco: yo voy siempre buscando la perfección sin encontrarla jamás. Todos los asuntos humanos son imperfectos, ya lo dijeron los clásicos, ya lo dramatizó Shakespeare en sus tragedias… A mí me toca aprender a no dejar pasar ninguna idea de mi mente, por muy estrafalaria que parezca; anotarlo todo porque, ¿quién sabe? Tal vez, esa frase que hilé pueda inspirar a otros, pasar de la imperfección a la perfección.

Solo dejo de asustarme si huyo de la rúa ridícula y decepcionante de los disfraces, de la mojiganga. La vida, tal vez solo conste de este presente, hecho de telarañas, pero también de sedas, de damasquinados. Necesito con urgencia la literatura, el arte, para cerrar las heridas, en medio de esta mascarada. Cada uno representa un papel, y yo aún no sé qué demonios hago aquí, (tampoco me importa demasiado) además de escribir: voy andando con mucha parsimonia mientras las agujas del reloj murmuran a mi espalda, utilizando las palabras con cuidado, frenando toda impaciencia. Escribir me hace sentir más artista de lo que me consideraría si no asumiera parte en esta obra de teatro majestuosa. Por eso, nunca pierdo la esperanza, y no me duele que de vez en cuando aparezcan en mis historias personajillos raros, absurdos, bufones de sí mismos… hasta configurar historias, ríos sin remanso posible.

EL FILÓSOFO DESPEINADO

El profesor llegaba puntual a clase con su largo gabán gris, raído en las bocamangas. Un mechón le colgaba como un ala de un cuervo por la frente. Acababa de fumar en el pasillo, y abría la ventana para tomar aire. Dejaba su cartera en la mesa y separaba la silla para sentarse: sus actos eran sagrados, idénticos. Siempre se sentaba, apenas estaba de pie, si no era para escribir el nombre de los autores que citaba; y como si fuera lo más normal del mundo, iba desgranando el discurso, “su” discurso, “su” lección, apuntando sus ojos hacia el horizonte, al fondo del aula, con sus gafas de culo de vaso. Sus alumnos atendían a sus palabras con muchísima atención, embobados, sin perder nunca el hilo de su discurso. Gracias a él, descubrieron a Hume, Kant y Nietzsche. ¿Acaso pretendían ser filósofos como ellos, como él, el filósofo despistado?

Las horas jamás eran lentas, por entretenidas. Ellos, sin duda, se dejaban llevar por el poder hipnótico de su mirada perdida, de sus ojos vagando, perdidos, más allá de los cristales de sus gafas. Él lo sabía, pero no se pavoneaba. No tenía un ego desmedido, como pudo suceder por tener una mente tan privilegiada, un aire falsamente distante, incluso con sus colegas del Instituto, porque venía solo al instituto y se iba solo, sin hablar con nadie. Sí, era un hombre solitario, superviviente en la isla del aula.

¡Qué tiempos aquellos! Eran los años jóvenes de la vida, los días en el Instituto, cuando el futuro aún estaba por escribir, cuando los profesores sabían más que nadie, más sabios incluso que el resto de los mayores. Eran los geniecillos de la botella. Él, el profesor de Filosofía, ponía buenas notas, era benévolo; en sus exámenes, todo el temario se reducía a unos pocos nombres. Para las otras asignaturas, los estudiantes se las arreglaban como podían ante aquel inmenso mar. Dormían poco: muchas pruebas y ejercicios y poco tiempo. Con él, no; no hacía mucha falta estudiar porque sus palabras se grababan en la cabeza. Bien que iban aprobando las duras pruebas… Sucedía en el despertar sexual, intelectual: ¿no era acaso pedir demasiado a aquellos mozalbetes?

¡Qué lejanos esos años adolescentes! ¡Y qué buena es la nostalgia para escribir! Ella me dicta esta columna, apuntando hacia el interior. Entonces ningún adolescente se daba mucha cuenta de la enorme ventura de saberse joven y vivaracho. De tener toda la vida aún por amar, por conocer. Ahora les duele que haya pasado el tiempo tan deprisa. Las agujas del reloj son despiadadas: no hace falta que suenen las campanas de la iglesia para que se note el paso de las horas, rápido y triste. ¡Efímera, aunque bella manera de pasar por el mundo!

El profesor de Filosofía parecía ajeno a todo eso: su juventud ya había pasado y estaba en la fase de “educar”, de “formar” y transmitir unos valores, unos conocimientos, a sus pupilos. Estaba totalmente dedicado a sus lecciones; él estaba casado con la Filosofía, eran él y ella, y lo disfrutaba. Cuando hablaba del eterno retorno o de las ideas platónicas, daba lo mismo: se entregaba con todo su cuerpo, desde las entrañas. Con posterioridad (no entonces) ellos, sus pupilos, han sabido valorar sus enseñanzas, su ímpetu lingüístico, su honesta e íntegra manera de encarar el mundo. ¿Qué habrá sido de él? ¿Se habrá jubilado? Uno se angustia no tanto porque este muñeco de guiñol pueda acusar arrugas en el rostro, sino por algo más hondo: por advertir en sus ojos vidriosos la desesperación, la locura, que antes era mera alegría, puro éxtasis. ¿Hacia qué horizonte mirará ahora?

Indelebles son sus pasos pisando fuerte arriba y abajo por la clase. Indeleble su mirada, su miopía lejana. Indeleble, en fin, su generosidad al dar las lecciones, al comentar textos…, obras y autores que no figuraban en el temario pero que él deseaba transmitir para que sus alumnos fueran más preparados a la universidad. A ellos solo les quedan buenos recuerdos de esas enseñanzas. Van pasando los años, con la pesadumbre de no haber detenido, fijado los momentos, por seguir como eran antes.

Puede que este filósofo despeinado haya existido realmente, no lo niego y que lo que yo he escrito no me lo haya inventado del todo. Pudo existir en el pasado, en mi vida; o tal vez, no, tal vez lo confunda, tal vez mi memoria me juega malas pasadas, y, al fin, sus gestos o palabras se mezclan, y pertenecen a otros profesores. Tal vez, haya leído por ahí algún relato y mi memoria se lo ha apropiado, y ahora piense que existió aquel profesor y no sepa distinguir lo verdadero de lo falso. Lo único que yo deseaba es que esta historia, totalmente cierta o no, eso da igual, saliera del pozo del silencio y viera la luz. El único remedio ante el asedio de la fantasía y la venganza del presente, que vuelve de nuevo en espiral, tal vez sea inventar, recrear y recordar los años de Instituto.

FURIA CREADORA

Observo las estanterías de mi habitación, los libros leídos, y me admiro de la cantidad de saber que hay en tan poco espacio. Los libros que han dejado su huella en mi cuerpo, en mi corazón, son filtros de amor, pasiones ignotas, paraguas sin agujerear, mantas eléctricas… Un libro lejano, allí, entre los demás, duerme agazapado, esperando ser abierto, volver a ser transitado. Está callado, ha hecho mutis por el foro hasta que mis ojos vuelvan a iluminar sus páginas; cuando las palabras de hoy sean los mismos espejos de ayer. Podría recordar cómo y en qué lugar lo leí por vez primera, si esperando al metro en la estación gris, arrellanado en el sillón verde de orejas de mi salón, o caminando, absorto, casi trastabillando, de vuelta a casa. Podría dejarme vencer por la nostalgia…, pero hoy elijo llevarme conmigo solo el placer que me reportó. Como en botica, ¡es como los frascos medicinales que aportan elixir de vida!, instrumento para la adivinación, hacia el fondo de mí, siempre al fondo, cavando un pozo desconocido que ve de pronto la luz del día.

Siempre es distinto: sería una pena que yo me privara de esa ocasión de amarlos de nuevo. No vale la pena perder las horas con otros quehaceres, como los videojuegos o la mala televisión. Para eso siempre hay tiempo… Más me valiera (más nos valiera a todos) arrimarme (arrimarnos) a buenas sombras, a buenos libros, que nos quiten el aliento. Porque sí, toda verdadera obra de arte que dejo pasar así, que leí hace siglos y ya no recuerdo, y que por pereza no me digno releer, es como una gacela corriendo campo a través, poco menos que un pecado, un sacrilegio al buen nombre de la literatura.

¡Gracias a los libros, que me conducen a lo profundo! Porque cuando leo, tengo el enorme privilegio de reescribir mi vida. Ato cabos: habría de tenerlo siempre presente. Su luz me guía hacia las estrellas del conocimiento. De pronto, mi vida cobra sentido: es más plena, más pertinente, menos artificial. Reescribo las páginas leídas en mi cabeza, como si musitara, como si respirara todas y cada una de las palabras. Aprendo más de mí: voy labrándome una personalidad. Puede ser la ficción más alejada de mí; no hace falta que yo sea idéntico al protagonista o a ese divertido secundario… Puedo pensar y sentir a través de los demás, los autores o los protagonistas de esa ficción que yo amo, mientras voy leyendo. Me sigue quedando el consuelo de amenizar la tarde con unas cuantas palabras espolvoreadas graciosamente aquí y allá, por entre las páginas.

Hay una capa fina de tierra que esconde el secreto, la tumba del pensamiento, enterrada quién sabe cuánto. Cuando cojo puñados de terruño, se hunden entre mis manos, y me reconozco. Yo soy el amo y señor de esa ficción, más propia que ajena, más allá de lo imaginable. Soy el intérprete exclusivo de lo que estoy leyendo hoy. No puedo evitarlo: el escritor que soy es el lector que fui. Soy tantos lectores como quiera; tengo la plena potestad. Es, en definitiva, como el dolor y el placer de estar vivo; una campanada que suena en sordina al fondo del estanque, que espera cauta para despertar de entre las aguas, y ser descifrada, volver a ser deletreada por mí, el músico de turno, a la sombra de un castaño. La mayoría de los libros no los escribí yo, pero también sé que yo soy parte activa en el juego: llevo también como lector la furia creadora.

TALISMANES DE PIEDRA FALSA

…pero vivo de estar en un topacio

que sin ti es una piedra desechada.

PERE GIMFERRER

Me he dejado llevar por el sentimiento y ahora anoto en mi diario cualquier cambio leve de mi humor. El hambre de escribir me domina: deseo solo que eso que llaman la “inspiración” me haga juntar cantos salvíficos en estancias bien amuebladas… Huir de los espejismos y mistificaciones. No debería buscar el mero deslumbramiento, sino el despertar intelectual y, con él, las ganas de cambiar el mundo. Rodar cine con nuevos planos allí donde los otros aún no han transitado… Poder decir: “Yo rodaría desde otro ángulo”, o bien “Desarrollaría un poco más esta escena”, para que ese personaje completara su andadura, vamos, lo que se llama atar bien una historia, no ser descuidado ni conformarme con lo primero que se me ocurra. Ir más allá de lo obvio, provocar la interrogación.

El día se acorta; es un río caudaloso, a merced de contratiempos largos e inoportunos. ¡Cuánto me gustaría seguir estudiando versos, sin interrupción! Entonces, me distancio más y más del ordenador, de mis asuntos literarios; me distancio de las palabras. Sucede que debo elegir. O ser forzado a elegir: acompañar a mi madre al médico, ir al banco para gestionar la hipoteca… Me guía la ética: cuidar a los seres queridos. Que sus ruegos sean amor encendido, que por ellos la desgracia se torne gracia… La existencia es una disyuntiva permanente, ya lo dijeron los existencialistas. Elijo ante lo mejor, ante un jardín lleno de flores venenosas, sin recordar muy bien que cuando vivía en tierra desértica también escogía entre dejarme llevar o no por el tedio.

No me gusta perder el tiempo, aparte de las puras obligaciones. Cada vez lo tengo más claro: no voy a malgastar mis horas ni escribiendo/creando secuencias soporíferas ni vacías, ni viéndolas/leyéndolas. Hay artistas que se pasan la vida construyendo artefactos infumables, y me digo yo: “¿No sería mejor, ya que hacen el esfuerzo, escribir o filmar con lo mejor de sí mismos? ¿De qué me serviría la mediocridad, añadir más de lo mismo a lo que ya hay? ¿No es mejor caminar hacia la obra maestra?” Hay demasiados libros, y yo, por lo menos, si los que escribo no me satisfacen del todo, preferiría que no vieran la luz. Luego, como ha sucedido con tantos papeles póstumos de artistas, los que me sobrevivan pueden hacer de ellos lo que quieran…, incluso pueden quemarlos…No creo demasiado en la posteridad.

¿Acaso no es la obra fallida, espuria, como esas horas desperdiciadas, sin volar? ¿No son eso: talismanes de piedra falsa? De momento, me desconciertan y me colman, pero, a la postre, me decepcionan: a veces, no he encontrado la metáfora perfecta o no he planificado bien. El arte es muy ladino: no admite subterfugios ni el remiendo imposible, la zafiedad. Esa imperfección me lleva, si acaso, a enmendar mi estilo cada vez. Mis esfuerzos no serán del todo vanos si van en esa dirección: el sol sale siempre por la mañana, si uno quiere, aun si llueve o hay nubes, aun con las ventanas cerradas. La obra bien hecha, también. Lo contrario es música de grillos.

La distancia que me separa de mis sueños es la medida de mi fracaso. Hay que tener, como un director de cine, la idea en la cabeza y perseverar: no quedar satisfecho hasta que no se haya materializado en el set de rodaje. Una revelación interior, más allá de si los demás la reconocen. Lo espiritual debería atesorarse: cortar la rosa justa, alejar la lluvia. El día es un mensaje cifrado: está formado por la quincalla que abruma al finalizar la jornada. Su fatídico y aburrido discurrir lo dice por sí solo.

TANTAS NOCHES FRÍAS

Hay un poema de Abbas Kiarostami que dice: Ya que el día ha sido tan luminoso/habrá una noche oscura por delante. Tal vez, este par de versos no signifiquen más que lo que muestran: un día luminoso y una noche oscura. Pero a mí me ha hecho pensar en los contrarios, en el ying y el yang, en el bien y en el mal, en lo bello y lo feo; en fin, en lo luminoso y lo oscuro, ejes en los que basculan nuestras vidas, asideros del poeta. ¿No decía alguien que, justamente por eso, por ser las noches frías y oscuras, las musas visitan al poeta solo entonces, y durante el día se dedican a dormir?

Una noche fría y oscura puede conducir al poeta a escribir bellos poemas, de amor o desamor, eso da igual. La llama que alumbra el camino puede ser vívida y profunda, y dejar una huella en aquel que por ella desencadena la torrentera de emociones, que estaban ahí, escondidas, enmarañadas como la hiedra. ¡Tantas noches frías, amigas de la soledad! La ausencia de luz comporta encuentros con tahúres y príncipes venidos a menos. No ha sido este mi caso: a diferencia de los bohemios y dandis, de los Oscar Wilde que aún pululan por el mundillo literario, he trasnochado muy poco a lo largo de mi existencia. Lo mío ha sido acostarme a una hora decente, antes de la medianoche, y levantarme pronto, para trabajar en el hotel o, si era fiesta, trabajar con mis papeles. Madrugar, y no trasnochar.

A lo mejor, para mí las noches nunca han sido tan desgraciadas; han sido, simplemente, para dormirlas. Nunca me ha gustado la oscuridad; odio trabajar de noche por esa misma razón. Me gusta la luz del sol, mil veces más que la de las farolas de las largas avenidas de mi ciudad. Ni estudio bien, ni escribo bien; tengo esa manía, agudizada con la edad. Uno debe conocer y respetar sus rutinas: saber cuándo escribe mejor, y cuándo es mejor cerrar el grifo de la inspiración. Si tuviera que filmar una escena nocturna de mi película, optaría por la “noche americana”, la que tan justamente Truffaut filmó. Una noche durante el día…

¡Qué peso se quita de encima el poeta cuando deja de esperar a las musas nocturnas! Así soy yo: si he de escribir sobre la noche, lo haré durante las horas luminosas del día, transfiguradas. Ese es mi premio: poder escribir.  Nunca comprometeré mi suerte ni mi salud más allá de lo estrictamente necesario. Puede que sea por eso por lo que, apenas me he aventurado a pasar noches leyendo interminablemente, como haciendo un pulso contra el sueño. Me acostaba a las seis o a las siete de la mañana, y desbarataba las rutinas horarias que me había impuesto. Eso pertenece al pasado: a las probaturas. En mi vida, hay una tienda (el día, abierto, claro, perfecto) y una trastienda (la noche, cerrada, oculta, imperfecta). Alegría y tristeza, felicidad e infelicidad. ¿La dificultad o la imposibilidad de llevar a cabo nuestros sueños, nuestras ansias, es lo que nos empuja hacia adelante?

¡Poseemos tantas noches frías y tristes en la vida, innumerables al lado de noches en compañía, noches de juventud magnánima y feliz! Lo he debido de decir antes, pero lo remacho ahora: los deseos que tenemos son insatisfactorios como las pesadillas. Sin embargo, frente a los signos ominosos del camino, tenemos que inventar una vida paralela para sobrellevarlos.  Ante la llegada del mundo nocturno, hay que actuar con la misma felicidad que cuando vino la mañana. Esa es la ignorada alegría, que reinaba en el fondo de mi corazón, y que desconocía. Es lo mejor para no criar cuervos. Ahora que declina el día, termino estas líneas para que no me pille la oscuridad.

ZANCADILLA A LA MEMORIA

He soñado que volvía a la Universidad, que estudiaba el primer año de Filosofía, como si yo fuera, sí, alumno universitario, pero no de Comunicación Audiovisual. Mientras habitaba el sueño, como si hubiera trastocado la memoria, por un instante me lo he creído: es la alquimia de los recuerdos, el enorme privilegio de transformarlos. Ya más cuerdo, tras despertar y, solo después de tomar el primer café del día, me he dicho que eso ya no será posible, que es demasiado tarde. Ya no es tiempo de volver a la Universidad: tengo que ser testigo de otras resurrecciones del espíritu. Yo tenía, por entonces (y aun ahora) múltiples y varios intereses, fraguaba o proyectaba pequeñas locuras. Eso fue lo que me perdió.

En un intento por reparar lo que yo he considerado muchas veces un error, pero que no lo fue en absoluto, durante los cuatro años de carrera, estuve continuamente peleándome por no haber cursado Filología o Psicología. Si se pudiera reconducir la memoria, ¡qué de errores no volvería a cometer! Pero eso ya no me vale. Yo soy más yo con mis errores que con mis aciertos. Mi vida no es una sinfonía, sino una mazurca de Chopin, melancólica; sombra y luz, con el silencio y el ruido. No puedo apartar mi pasado de mí, pero está bien, me digo. No soy más bizco entonces que ahora: ahora sigo “viendo”, solo que de modo diferente. A menudo pienso más en imágenes que en palabras.

Que ahora aterrice con ideas cinematográficas, pues bienvenidas sean, si parten de ese meollo interior, de las pesadillas. Debo ser obediente y transcribir esos sueños como descubrimientos en el círculo vital.  Debo vencer esos escollos que me impedían ser artista: ¡estaba tan obsesionado con escribir la gran obra maestra! Y ahora estoy mucho más sereno: reconozco al lobo y no le dejo entrar en la cueva de mis obsesiones. Me mantengo a resguardo. Solo pretendo abrazar los árboles cuando salga al bosque, y confraternizar con la voz de la naturaleza.

Encendidos destierros: arboledas con su aura, locuras de juventud, el cine abre caminos machadianos. Desgarro del ánimo, ilusión en el horizonte, espero no separarme nunca de la conciencia creadora que me identifica. No se trata tanto de tener un espíritu enciclopédico como de encontrar el espejo de mi cuerpo con el cine. La grey del séptimo arte aparece ante mí: muchos los llamados, pocos los elegidos. Y ahí reside la magia: la incertidumbre. La escorrentía de recuerdos gana terreno. Desearía rematar todos estos proyectos en ese loco torbellino, en ese veneno. Las fronteras del bosque, con sus espinas, pero también su perfume, ahora lo sé: no vale la pena maldecir la memoria, hacerle la zancadilla, y herirme. El pasado me pertenece, y en ese reconocerme está el quid de la cuestión: no es repugnancia por lo vivido, sino alegría, aun en los silencios más embarazosos. Es rehacerlos, reconvertirlos. Es coger el pasado por la cola y lanzarse al monte; volver a él con la nueva mirada, con el hambre sin saciar del cineasta que será.

 

EL ABRIGO DE DELIA MARTÍN

No habrá más realidad humana si no la crea, también, la imaginación humana.

CARLOS FUENTES

 

“Yo te presté mi abrigo. Respóndeme, eh, ¿por qué no me lo devolviste?”

*

Estaba claro: se le aparecía el fantasma de un hombre, su único hombre. Quizás, Delia Martín se había portado mal con alguien en otra vida. Quizás, tenía enemigos, y eran, esta entrega y devoción, sus mejores galas para entrar en el Paraíso. ¡Podían ser tantos los motivos!

*

Yo la conocí por casualidad. Vi un anuncio en la calle, su anuncio. Yo había venido del Este, la tierra de mis padres, y aquí me establecí. Mis dos hermanos mayores desaparecieron sin dejar rastro: nuestro padre era un maltratador, y querían estar lo más alejados de él que pudieran. Se inventaron otras identidades; hoy es imposible seguirles la pista, como no sea contratando a un detective privado. Pero a mí no me van esas cosas, prefiero no investigar.

Huí de mis padres, y ahora tampoco deseo saber nada. También yo cambié de identidad; como mis hermanos, me registré en la comisaría con otro nombre, para que fuera más difícil dar conmigo, y ahora soy Marco (no Marcos) Blues, por eso de la tristeza de los desarraigados de nacimiento.

Yo no querría haber tenido nada que ver con Delia Martín. Pero es que el azar (o simplemente la vida) me la ofreció en bandeja.

 Aún están ante mis ojos su extrema delgadez, su rostro de lechuza. Su manera delicada de coger los cubiertos. Poseía un piso enorme, se dice que de resultas de una herencia. Era dueña, desde hacía mucho, de una papelería, situada en el callejón frente al instituto de secundaria.

 Se sabía que no tenía mucho dinero, ya se lo habría gastado en decorar y modernizar el piso. Lo poco que ganaba lo dedicaba a la beneficencia:  admitía en su hogar a chicos y chicas sin hogar o que habían huido de él. Hijos de extranjeros que hablaban perfectamente el español, como yo. Adolescentes con problemas, inadaptados; estudiantes, las más de las veces, del mismo instituto que el mío. Menores que aún no podían vivir solos. Es de suponer que Delia Martín vencía, así, su aislamiento y tenía una razón más para vivir. Estoy convencido de que quería dominarnos, más allá de prepararnos para el porvenir, cosa que no podía hacer en la papelería, con los chicos que se abalanzaban en el mostrador.

Las malas lenguas decían que se enamoró de un cliente asiduo, un tipo de su edad, más o menos, y que cuando sufrió un desengaño, uno nada más, ya no quiso saber de los hombres. ¿O tal vez esperaba que alguno de nosotros se convirtiera en su nuevo amante? Iba perdiendo su antiguo atractivo mientras se le presentaba en sueños el fantasma de aquel hombre…, o eso me parecía.

El primer día que llegué, hizo gala de un protocolo generoso, el mismo, me contaron, que con el resto de estudiantes: “Toma estas sábanas limpias y este neceser con jabón; tu habitación está al fondo del pasillo, la última a la izquierda. El baño, justo a la derecha. Algún día me lo agradecerás”.

¿Qué quería decir con eso? Yo aceptaba porque no tenía otra alternativa.

Mi cuarto tenía balcón, y eso me gustaba. Me despertaba con el rumor de las palomas grises y retozonas. Mimosa, la gata de la que se enorgullecía Delia, las alejaba con sus zarpazos las contadas ocasiones que salía al balcón.

“Esta es vuestra casa; cualquier cosa que necesitéis, me lo decís. Os ayudaré, pero, por favor, no cojáis lo que no es vuestro, lo que sirve para todos, ¿me habéis entendido?”

¿Qué habría detrás de tanta filantropía?

Yo siempre había podido soportar las mentiras que me contaba a mí mismo, no las de los demás.

Aun así, la mujer parecía bondadosa, ¿de qué podía yo culparla?

 La rutina era la siguiente: Delia se levantaba a las siete. Dejaba el café y los bollos, sobre la mesa de la cocina. Desayunaba (porque la pillé un día que me desperté antes de las ocho) un horrible pan de centeno con margarina y un queso que apestaba en la nevera. Luego, a las diez, hora del descanso de los alumnos, abría la tienda, hasta las dos o las tres. Y luego, por la tarde, cuatro horas más. ¡No sé cómo no se hartaba de vender golosinas y libretas a estudiantes maleducados!

*

“Cómete todo. No tienes que dejar migas. Hay muchos chicos como tú a los que les gustaría vivir aquí, tener tu suerte”.

*

   Y, un día, sucedió…

Ocurrió una tarde. Era invierno, pronto tendríamos vacaciones en el instituto. La casa estaba caliente, estaba encendido el radiador. Mimosa revoloteaba de aquí para allá, mientras la música del tocadiscos sonaba a todo trapo. Delia Martín era una mujer de la vieja escuela, se conoce que, para rendir tributo a sus muertos, razón segura de por qué en aquel piso no había televisión, ni ordenador, ni microondas; solo radio.

Después de la cena, todos estábamos aburridos y cansados, no queríamos salir a la calle por el frío y no hacíamos nada más que eso, vagar:  estábamos (cuatro inquilinos para cuatro habitaciones) sentados en los sillones, en el sofá, en la alfombra del cuarto de estar. Pedro, tocando la guitarra; Fermín cuchicheando, en la alfombra, con Martina. Y yo, aún más abúlico que el resto, garabateando en mi libreta.

−Pandilla de holgazanes… ¿así es como queréis que sea vuestro porvenir? ¡A estudiar, vamos!

Sus palabras me hicieron sentir incómodo, y yo deseaba vivir la historia que había estado escribiendo. Quise huir de allí, huir lejos. Cogí la mochila y un abrigo, el abrigo de Delia Martín, colgado en el perchero del recibidor, y me fui sin avisar. Aquella mujer era una mujer extraña.

Mientras bajaba las escaleras, de dos en dos, oí cómo Delia abría la puerta y decía:

−¡Marco! ¿Adónde vas, corriendo? Espera… , ¡el abrigo! Te llevas mi abrigo de marta…

Yo le respondí:

−Adiós.

−¿Por qué? ¿Es que no me porto bien contigo? Vamos, dímelo…

−¡Tengo que vivir!

Y no le hice el menor caso. Me sentía poderoso. Salí y corrí, corrí, como si fuera hasta la playa y atravesara el mar, nadando con todas mis fuerzas. Lejos, donde no me alcanzara, ni Delia Martín ni su voz ni sus fantasmas, casi sin poder respirar, exhausto.

*

Pero mi huida tenía, en efecto, fecha de caducidad. No podía permanecer en la intemperie demasiado tiempo. Pasaron una, dos semanas. Había querido estar lo más lejos posible de todo y de todos. Fundirme con los pobres; experimentar su misma ansiedad, su hambruna. Me escondía, ¿de qué o de quién? ¿Lo sabía? Era un acto suicida dejar el instituto, justo antes de los exámenes. No tenía lugar dónde estudiar, la calle estaba húmeda y las noches, más frías que nunca. No fui al centro de acogida que la profesora encargada de Asuntos Sociales nos había nombrado en una charla el primer día de clase, que habría sido lo más sensato por mi parte. No quería ver a mis compañeros de instituto. Prefería dormir en la calle.

Cuando se me acabaron los ahorros, regresé a casa de Delia. Allí estaban también el resto de mis pertenencias que no me había llevado en mi huida. Entonces, nadie contestó en el interfono. Era, lo recuerdo bien, por la noche; no había luz en las ventanas. Nadie. No me atreví a llamar a los vecinos, puesto que no quería despertarlos. Entonces, me dirigí tan rápido como mis fuerzas me lo permitieron hasta la papelería.  En él, un cartel anunciaba: “Cerrado por defunción de la propietaria”.

¿Tendría el abrigo algo que ver con todo esto? ¿No tendría propiedades mágicas para todo aquel que lo llevara consigo? Aún hoy, oigo la voz imaginaria de Delia, suplicando, requiriendo su prenda de vestir: “¡Devuélvemelo! ¿Es que no sabes que mi madre me lo regaló cuando yo era una niña?”

Salí del tiempo, y yo llamaba a los hijos que nunca tuvo, para darles el pésame. Soñé que Delia me regalaba el abrigo… “¿Cómo vas a ir por la calle, con el frío que mete?” Nunca se lo devolvería. Yo sabía que era medio salvaje, como me decían a menudo los profesores. Por eso lo había robado. Había aprendido costumbres zafias, sin padre, sin madre, sin hermanos a la vista. Había aprendido a sobrevivir.

No había podido despedirme de ella. ¿Me perseguirían sus fantasmas?

A pesar de que ya era medianoche, volví al edificio de Delia y llamé, ahora sí, consciente de la gravedad, a uno de los vecinos. Era él que había colocado el anuncio en la persiana de la papelería…Me lo explicó todo, con pelos y señales. Me dijo dónde estaban los demás estudiantes, ahora que la casa estaba sin un alma: en el centro de acogida.

Todos suspendimos al menos una de las asignaturas en los exámenes de Navidad de tercer curso.

*

Volví al centro de acogida, junto a Pedro, Fermín, y Martina. Justo en la entrada, observé cómo un viejo pordiosero daba de comer una lata de atún a un gato (quise creer que era Mimosa), que sujetaba con la correa, me observaba con los ojos en blanco. Era igual que yo, unos días antes, en mis peregrinaciones nocturnas por la ciudad. Quería deshacerme del abrigo de marta, así que se lo regalé.

No fue por altruismo, sino por miedo. Miedo a caer en el hechizo, la maldición de una mujer fallecida por consecuencias inesperadas, extraordinarias. Daba mala suerte. No me gustan los fantasmas; nunca quise ser Hamlet.  El abrigo me había llevado a la autodestrucción; había desintegrado mi ser. Solo sin él, en el centro de acogida del ayuntamiento, me restablecería.

*

¿Qué pasó con el viejo pordiosero? ¿Murió por llevar el abrigo demasiado tiempo? Lo ignoro. Lo cierto es que ya no se quedó pidiendo limosna allí, junto a la entrada del centro de acogida. Tal vez sea un nuevo inquilino del cementerio.

 Que los hados me protejan: ya nunca, nunca más, robaré ni regalaré nada.

 

Barcelona, 6 de julio de 2020.

JUEVES EN EL RESTAURANTE

Llama que queda en el rescoldo de mi hogar, chispa de fuego interior: ¿adónde han ido a parar las ilusiones pasadas, que mi amiga Eva y yo compartimos en el ya desaparecido restaurante chino?  Fue importante, sí, alguna vez, sin que fuéramos conscientes del todo, ir allí y conversar, aunque lo único que nos dirigiéramos fueran palabras triviales, intrascendentes. Creamos un vínculo: el de los jueves por la noche. Ese lugar por el que pasé anteayer por la tarde, mientras hacía la ronda de la tarde, que ahora ya no existe, que derrumbaron, para convertirlo en un edificio de viviendas, sin comercios.

¿Cuál es la banda sonora de la película, alimentada por la nostalgia? Es todo lo que huye lejos, lo que se aleja de uno; lo que crea, al fin, la necesidad de escribir. El restaurante chino tenía que escribirse, aquí, en esta página. El afán de recordar me hace vomitar frase tras frase, en el rincón apartado de mi dormitorio, donde mis ansias reclaman, agostan mis sentidos, al pensar en los lugares mágicos, desaparecidos. Tan importante como los rollos de primavera, como el arroz tres delicias, o aquel retador “yo invito” de la dueña, es el recuerdo. Las pupilas iluminadas de Eva, fumando. Mi mirada perdida, hacia el fondo, hacia la cocina. Jueves desiertos, sin otros comensales a la vista.

Todo pesar quedaba atrás, mientras se resolvía la trama de mi novela. ¿La de mi vida, se resolvió? Apenas si puedo responder, cuando el afán del memorialista se hace con el poder de mis sentidos. Fueron horas de mutua confabulación. Horas en que la alucinación tomaba cuerpo, como una ensoñación de David Lynch. Mis referencias son cinematográficas. ahora, pero en aquel tiempo, eran casi siempre literarias. ¿El paredón final, frente la memoria del pasado, no es eso? ¿Recordar con películas, con novelas? Nunca, nunca más, volverá ese restaurante chino. Habrá otros, Eva y yo seremos comensales de otros comedores, pero ya nunca más aquel que alimentaba mis deseos de escribir, que me llevaba a la verdad o a la mentira de los jueves por la noche.

Es la necesidad de contar, que se alía con la tragedia. Solo la memoria es ubicua. Pero la vida en sus múltiples matices, esa no. No se puede vivir físicamente, solo en el recuerdo, en dos o más sitios a la vez. ¿Recordará Eva como recuerdo yo, ahora, esas horas compartidas, las lecciones del jueves? ¿Se habrá olvidado? No, no lo creo. Aunque haga mucho que no nos veamos, desde el entierro de su madre, hace cuatro años, ella me ha escrito que quiere volver. ¿Volver a lo mismo? Imposible. Quizás, a un simulacro de aquellos jueves, nada más. Yo pienso: ahí donde nuestro recuerdo se hizo carne, ahí, no podemos volver, nunca más. Solo la memoria, en su laberinto zigzagueante, puede visualizar esos colores: el rojo, el marrón, el ocre, el negro oscuro del fondo, el de la cocina… Los platos, uno detrás de otro, hasta descender por el declive, cuando dejamos de acudir, cuando la vida nos llevó por otros derroteros, y tuvimos que abandonar esos instantes de belleza suspendida.

Es la mirada del corazón que ahora recuerda; no es el cuerpo. El corazón graba algo que no reconoce el cuerpo. Es imposible definir esta sensación: el caos interior que hace irrespirable el cotidiano trasteo. El cuerpo querría sentir como el corazón, pero no puede. Está ocupado en colmar la guerra de los sentimientos del presente. Poco involucrado en volver a ver esos colores apagados, como la llama de un fogón, que aparece de pronto, entre la baraúnda de memoria personal. ¿Cómo no iba a ser personal?, me digo. ¿Cómo no iba a recordar, cuando me hace tanto bien? Como una sensación eléctrica, esta, la de recordar. Flechas o piezas de dominó que se superponen y van directas, al centro del cuerpo. Es entonces cuando todo mi ser revive. Acortar, podar y pulir el recuerdo a través de las frases, de las palabras.

Encaramado al árbol de la memoria, pienso en una canción que encaje, que se rinda a esas horas pasadas. Que haga frente a la necrópolis del pasado, esta de olvidar lo que fue una vez y encajarla en una tumba, para olvidar definitivamente. Solo en este momento, cuando vuelvo a pasar por delante del restaurante, puedo escuchar la sonata que amanse las horas bajas. Sí, definitivamente, el pasado no debería ser el jefe o el dueño de mi vida. Debería ser, por el contrario, acomodo para la soledad, sin que dirigiera mis pasos, más allá de lo que el corazón pueda dirigir. Escoger ese pensamiento es, sin embargo, casi imposible. La memoria, ¿cuántas veces no es involuntaria? ¿Cuántas veces no es mejor que el pasado me venga en bandeja de plata, entregado para que lo diseccione en la sala de autopsias? Podredumbre o silencio encaramado a la rama del recuerdo, tú, memoria, es lo que mejor conservo, refugio del remordimiento, calma de las ansias.  Solo hoy puedo respirar gracias al restaurante chino; quintaesencia del corazón, huida del cuerpo, letanía del alma… No hay momentos de perdición, solo el resabio de lo que no volverá que, solo revisitado, soñado de nuevo, revive ya para siempre.