OTRO INVIERNO EN MI ESCRITURA

El invierno, más allá del frío, es la metáfora del abandono, del dolor, del final de la vida. Hoy, en la estación del año más rigurosa, en el mes más gélido, me dispongo a llevar a cabo un exhaustivo examen de conciencia, y hacerme preguntas: ¿Es posible que el escritor retome su arte tras múltiples renuncias? ¿Cuánto debe escribir para contentarse, para que no se resienta su ego? En todo caso, ¿es realmente este un nuevo invierno en mi escritura?  Atravieso el páramo, los temores ante la página vacía, el no saber qué decir, la falta de constancia. Pero ahí sigo. Porque escribir no solo significa inventar, fantasear, crear mundos paralelos. Escribir es una actitud moral, vital.

¿Qué hace un escritor con sus bloqueos? ¿Cómo consigue un novelista acabar su volumen sin demasiadas injerencias del exterior? Confieso que soy un pequeño artista rodeado, subsumido por miedos e incertidumbres. A veces, me da por pensar que cuando escribo estoy perdiendo el tiempo y que más me valdría leer, escuchar música o irme a pasear por el parque  si hace sol y olvidar por un momento mi despacho, mis papeles y mis personajes; tarea completamente vana porque ya es imposible dar un paso sin su presencia.

Ha habido circunstancias que me han distanciado de las palabras, pero el deseo ha estado siempre ahí. Ha habido momentos de decaimiento, de pereza. A veces me abruma encender el ordenador, mirar fijamente la pantalla y, tras ello, trasladar unas cuantas líneas de texto desde mi cerebro a mis manos; tener el hábito de escribir todos y cada uno de los días del calendario. Reconozco que he pasado por la “flojera” de decir: no, soy ambicioso pero creo que el proyecto de una novela es superior a mis fuerzas. A menudo, he pensado en tirar la toalla. Pero entonces me digo: no, llevo desde los nueve años escribiendo; te has pasado media vida con la lícita y sabia intención de convertirte en narrador al servicio de la comunidad, para los que apuesten por ti.  Sé que esa afición me viene de lejos y que ahora no puedo echarme atrás. Debo continuar, me repito. Es necesario que haya escritores como tú, que aspiren a contribuir al establecimiento mínimo del orden público. Cuanto más tiempo ha pasado sin trazar letras en el cuaderno, más se ha acrecentado mi pasión.

En muchas épocas he leído más que escrito; aun así, he procurado tomar notas cuando viajaba, mientras cocinaba o veía la televisión. Leer, estudiar, meditar, para volcarlo luego en mis libros. Si solo leyera, no tendría donde trasladar lo aprendido; no podría “conocerme a mí mismo”. Cada palabra leída tiene un trasvase en mi estilo. De igual forma, si solo escribiera, me sentiría mucho más expuesto al escrutinio de los lectores: sería como lanzarme  a una piscina sin agua. El escritor, como el músico, como el bailarín, se lo juega todo en su arte. Se nota cuando el escritor es pobre en lecturas; cuando se ha precipitado con el final o en las páginas en que ha escrito con desgana. De todas formas, un narrador se salva, aunque haya leído poco y mal, aunque su estilo sea pobre, si en su obra se esconden verdades humanas. Eso es más importante que el estilo que pueda desarrollar. Lo mejor, con todo, es llegar a una cierta armonía.

No desearía desanimar al futuro escritor. No está de más repetir que sí, que se trata de un oficio fascinante, pero que es duro: requiere esfuerzo incontable, tesón; no se escribe solo del aire, o alimentado por los vientos de la fama y del dinero. Por eso es bueno meditar, de cuando en cuando, en tiempos difíciles, en el invierno que parece que no vaya a acabar nunca. Nosotros, los amanuenses recluidos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, dejamos de anotar, hacemos un alto en el camino y decimos: ya llegó otro invierno más; la sola estación del año, la más propicia para desbloquear la mente de falsas creencias: escribir es saludable.  Debemos advertir, también, nuestra responsabilidad. Escribir es un arte elevado. Con las palabras no se juega ni se regalan al mejor postor. No sé de los demás, pero yo sé que jamás venderé mis palabras a nadie por ningún plato de lentejas.

CULTIVANDO LA FLOR DE LA SOLEDAD

En su último libro publicado en España, Haruki Murakami afirma: Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. Así es: además de lápiz y papel, o portátil, el creador necesita toneladas de aislamiento. Aislarse, “irse a una isla”, para que nada se interponga entre él y su obra. No debería subestimarse tanto la soledad. No pertenece a un oficio subalterno, no es inferior en categoría al resto de emociones. Los escritores la provocamos, hasta nos recreamos en ella; llegamos a tener una relación obsesiva, casi enfermiza. Pero es que si, al final de nuestra vida, nos daremos de bruces con la muerte, metáfora de la soledad más grande, ¿qué mejor manera de ensayar nuestro encuentro con ella sino a través del arte y de las palabras?

A menudo, la soledad es el precio que pagamos los seres humanos por estar condenados a no entendernos, a la incomunicación. Hay personas que buscan continuamente la compañía de los demás, y que para ello las manipulan a su antojo. Otros buscan paliarla con el alcohol, con los recuerdos del pasado: todos ellos no se enfrentan a ella verdaderamente; es más, la rehúyen. En su inconsciente, detestan, tienen miedo a la soledad.

La “verdadera” soledad va por otros derroteros. Nuestra hermana soledad es ese amigo que crece en la sombra: la necesaria para la creación. Al artista no le queda más remedio (aunque luego la sarna ya no le pique, como suele decirse) que buscarse un lugar umbrío y, desde allí, dirigirse a un lector o espectador que sea, en la distancia, capaz de identificarse y de empatizar.

Ahora, esta soledad particular, “mi” soledad, es la banda sonora de mi vida. La busco y la lleno de palabras, pensamientos, poesía. Y deviene una flor natural, no artificial. No me hace falta el apoyo ni la conmiseración de nadie: soy un actor monologuista que recibe finalmente la ovación del público, pero cuya actuación es valiente porque sale al escenario sin nadie más. Solos él y el foco de luz; el resto de la sala queda en penumbra.

A mí, por así decirlo, la vida me ha otorgado muchos momentos de bonanza solitaria. Son esas pequeñas alegrías que, indefectiblemente, obtiene el creador cuando va avanzando por su obra, especialmente en su reescritura, superadas las primeras tentativas infructuosas; el camino a esa felicidad escurridiza que todos anhelamos alcanzar. Ya sea porque no tiene más remedio, el creador es uno de los seres solitarios más felices, un perfecto “lobo de mar”. Yo no deseo renunciar al placer que consigo cuando me quedo toda una tarde en casa solo y dejo desenchufado el teléfono. Mi casa, con mis libros y libretas, mis CDs y mi mini cadena, siempre me ha abierto los brazos. Ser hijo único consiste en eso, básicamente; los momentos de mayor confusión y ajetreo se dieron en mi infancia, en los recordados cumpleaños, con mis compañeros de colegio comiendo los sándwiches y bebiendo Coca-Cola en vasos de plástico transparente. O cuando mi abuela aún vivía y recibía con frecuencia al resto de la familia, y pasaban horas y horas charlando, y yo los veía, callado, en los ratos en que descansaba de estudiar y acudía al salón. No me lamento de mi suerte, puesto que, no tener hermanos, estar solo todo el tiempo, me acabó convirtiendo en escritor.

Me gustaría tener un diapasón que midiera las pulsaciones de mi soledad. Yo soy mi sombra y mi soledad, me confundo con ellas, y eso que gano cada vez que pergeño historias, artículos o novelas ante  el folio o la pantalla en blanco. Solo así, en ese refugio que tiene tanto de guarida o de cueva sagrada, puedo consagrarme a mi oficio con la devoción y la dedicación necesarias, la mayor entrega para que el futuro lector oiga mi voz y, así, establezca telepáticamente una conversación conmigo. Más allá del elogio de los críticos, atesoro esos momentos mágicos en mí que, nadie, nadie, jamás me arrebatará.

PARA CAPRICHOS, LOS MÍOS

Ayer tarde me pasé más de dos horas de reloj en la librería Jaimes. Acabé comprando la última novela de Modiano. Hasta aquí, todo parece normal.  Pero resulta que también había ido por la mañana, y también me regalé una obra de teatro de Modiano. Las dos veces, de mañana y de tarde, a la pregunta de si quería que me los envolvieran de regalo, dije que sí. Siempre me los regalo para mí, normalmente digo que no hace falta que me los envuelvan, pero en esta ocasión quise verlos con el papel de celofán y el lazo. Quise esperar: los dos paquetitos los pondré en el árbol de Navidad esta noche para el tradicional intercambio de regalos. Aunque solo sea para mí; mi madre ha dicho que este año no quiere celebrar ni el Papá Noel ni los Reyes. Me da igual: he acertado, igual que si me los hubiera traído una carroza del Círculo Polar.

Hace solo un par de días, fui al FNAC y me compré La de Bringas, de Galdós. Y también un día antes, en una librería de oportunidades, de la que soy fiel comprador, me hice con una novela de Lobo Antunes. Para muestra un botón: los libros ya forman parte de mí. Para caprichos, los míos. No me gasto el dinero ni en lotería, ni en tabaco, ni en alcohol. Puede parecer muy estrafalario que buena parte de mi sueldo sirva para engrosar mis estanterías de esas novelas, esos cuentos, esos ensayos tan necesarios para seguir viviendo. Fantaseo con la idea de seguir teniendo tiempo libre para devorarlos todos y cada uno de ellos, aunque sepa que no será posible. Es casi como la pila de folios en el maremágnum de la mesa de mi escritorio, o de los cajones, con notas, resúmenes y descripciones de personajes de novelas futuras, tantos que no podré escribir en el curso de esta vida mía.

Sé, como la canción de John Lennon, que I am not the only one. Sé que, con la utopía de los libros (que si todos los individuos de este planeta leyeran buenos libros), las guerras, las hambrunas, los conflictos armados terminarían, o si eso es exagerar, tal vez serían más cortos. Sé que hemos de seguir leyendo, como hemos de seguir escribiendo, componiendo o pintando para el bien de la Humanidad. Escribir un libro, créase o no, fomenta ese bien.

En mi interior, una llama se hace cada vez más grande; no es una ignición violenta. Alberga la esperanza ante el sinsentido, el despertar en medio de la nada. La literatura ocupa todo el espacio de mi corazón, y no es poco; es mi único amor, mi única Madame Bovary, Anna Karenina o Lolita. Es el juego de pellizcarse las manos, la pipirigaña de los libros; la varicela, el sarampión, la gripe juntos.

Digo todo esto porque estoy harto de escuchar que, en este país, o en el mundo entero, no se lee ni se escribe con calidad (excepto en lugares tan civilizados y hermosos como Islandia o Noruega, donde se becan a los escritores primerizos con una gran cuantía de dinero, y se lee al abrigo del hogar en el salón, junto al árbol navideño). Me parece que estas fechas tan señaladas gustan de mentes preclaras, de espíritus indulgentes y sensibles que entiendan las debilidades humanas. Empatía, diría yo; empatía y esperanza. Si queremos vivir, hemos de sentir. Lo único que debemos hacer es sentir y vivir.

 Mientras los demás están pendientes de los asuntos políticos, de los partidos de fútbol, de las series televisivas, yo leo; leo y escribo. Me gustaría que más de uno de mis lectores siguiera mi ejemplo, dejara la caja tonta por un rato y leyera. Solo así se prolongará la especie. Que no, que no son paparruchas. Senderear por los libros es como ir siguiendo al amante, que seguirá en nuestra biblioteca, o en la mochila o la cartera, en el punto donde lo dejamos. Que no, que el libro es tanto o más fiel que un animal doméstico, que el mejor de los amigos. Con estos podemos discutir, enfadarnos; con aquellos, si bien puede abrirse una brecha en nuestro cerebro ante una opinión o una idea contraria, en las antípodas de nuestro pensamiento, siempre podemos volver a él, ir hacia atrás y hacia adelante a nuestro antojo, comernos con los ojos las ilustraciones. Dialogo infinitamente con ellos; voy a beber en ellos y así sacio mi sed. Son mis caprichos de todo el año, mis caprichos de Navidad.

EL ARTE DE VIAJAR

Algunas personas, a diferencia del vino añejo, ni en la enfermedad ni aun previendo su propia muerte mejoran. A menudo, ni muy viajados ni poco o nada leídos, durante años y años se mantienen recluidos dentro de su fárfara y no admiten a discusión ninguna de sus ideas. No salen de su propia mediocridad. Son esos enemigos que uno tiene y que jamás buscó, pero que están ahí, y que solo se dinamitan huyendo  de su estúpida uniformidad. Como el lector avispado sabrá, una de las mejores maneras de expandirse, de huir de esas gentes y de su cerrazón, sea viajando.

Viajar, porque lo extranjerizante, quiérase o no, es precisamente lo que se lleva. Somos carne de televisión, de Internet, de redes sociales. Vivimos inmersos en el mercado de la globalización. A veces, todo esto se pervierte: saber inglés deja de ser una afición jocosa ante todo, un diletantismo agradable, para convertirse en una imposición. Ante eso, yo jamás me he peleado. Me gusta aprender inglés, igual que si se me ordenara jugar al parchís. Pero me pongo en la piel de aquellos que nunca disfrutaron de las becas Erasmus ni salieron más allá de las fronteras. Esto es impensable hoy en día.

Recuerdo lo extraño que me resultaba escuchar en italiano doblado a la actriz Angela Lansbury en televisión. O de hojear un diccionario para principiantes en alemán, a mis diez, doce años, antes de estudiarlo de verdad. Me he ido habituando y, ahora, estoy completamente familiarizado, no solo con sus palabras, también con la dicción de otros acentos, de otra gestualidad. Como el vino añejo, conocer otros idiomas me ha hecho madurar. No hace falta estar en guerra para salir de lo mediocre, de lo cursi y de lo banal. De las ideas preconcebidas y del cinismo más abyecto. Ahora, claro está, no escucho de igual manera Candle in the Wind, de Elton John, que cuando la escuché por primera vez hará ya veinticinco años, como tampoco hubiera podido entablar hace tiempo una conversación con una pareja francesa en el hotel que me pregunta sobre las bondades arquitectónicas de mi ciudad.

Los viajeros amamos lo desconocido, la aventura, ir más allá de nosotros mismos; amamos “mimetizarnos” con el entorno. Ahí es donde es útil el vademécum del vagabundo, para superar los aspavientos. Como el que tiene miedo a las arañas: sin duda, si no relativiza las cosas y se deshace de esta fobia cargante; si no trata de reírse de la sombra de este insecto en la pared como si de un chascarrillo se tratara, nunca podrá visitar países tropicales.

Dejemos de lado la mitología preconcebida y adentrémonos por la selva, por la tundra, por cualquier sendero lejano que antes fuera inalcanzable. Si se nos ha allanado el camino ha sido gracias al cine o a la televisión, que nos acercan a esos lugares y a su gente. La diplopía es ver lo propio y lo ajeno, lo gaucho, lo indio, lo oriental. Que en las comisuras de la boca se dibuje la sonrisa del que aprende siempre, del inquieto. Coexiste en nosotros, o al  menos así me lo parece, la máscara de lo cotidiano y también la máscara de la fiesta, del viaje, del descubrimiento. Si  no se nos ofrecen oportunidades por sí mismas, es bueno perseguirlas, crearlas, ir a su encuentro. Quizá, viajar sea, en definitiva, la otra cara de la moneda. Todo parece menos gris si se fomenta el arte de viajar, no extrañamente emparejado con el arte de conversar o de amar. Viajar, hacer amigos de otros países es una de las maneras de revocar todo intento de provincianismo. Reivindicar lo extranjero y hacerlo propio.

A LA SOMBRA DE LA PINTURA

En la noche de los tiempos, fui pintor diletante. Durante apenas dos años, al filo de la primera adolescencia, asistí a clases de pintura y mi sangre se llenó de colores. Bodegones, pero también marinas y paisajes, hasta un autorretrato. Con ellos pude desarrollar mi sensibilidad, sin caer en lo exacerbado. Eso sí, a través del estudio de la anatomía en el retrato, o de la perspectiva en el paisaje, se expandió mi visión, y a la vez me volví más dueño de cuanto me rodeaba: “aprehendí” las formas del mundo, o las atisbé siquiera. La sombra del árbol pictórico era hospitalaria, bonancible. Hoy no sé si sería capaz de volver, con el mismo arrebato, a cubrir de manchas enormes lienzos. ¿Óleo o acrílico? ¿Guache o acuarela? Quién sabe.

Boxeador (1982), Jean-Michel Basquiat

Las diversas creaciones artísticas son vasos comunicantes. El escritor que pinta (como el novelista danés Gjellerup, autor del magnífico El peregrino kamanita, que estudió pintura a su paso por Roma), cuando escribe sus novelas desarrolla un gusto por los detalles de manera aún más vívida; ve en su cabeza con más claridad una imagen, un paisaje. Por el contrario, el pintor que se ve transportado por la escritura (como Van Gogh con sus famosas Cartas a Theo), gana en hondura, en reflexión; le ayuda a conformar su filosofía vital. Pero comparten ambos algo en común: alcanzan a ver esa otra realidad; es más, se apoderan mágicamente de la realidad. Es fundamental conservar esta suerte de doma artística y polifacética en cualquier momento y circunstancia. No son destinos inamovibles. Pueden ser destinos distintos en cuanto a la forma, el soporte técnico o la ejecución, pero similares en cuanto a la meta, la ambición. Destinos elegidos.

La pintura me ayuda a establecer ese vínculo que todos necesitamos con los hechos de cada día: los que vemos en la televisión o la radio; los que se nos cuentan en la tertulia del bar; o los que presenciamos como testigos directos de un acontecimiento. “He de aprender a observar”, me digo a mí mismo todas las mañanas al despertar. “He de observar siempre”. Soy más diurno que nocturno, pero reconozco que la inspiración está en todo y para todo: los sueños turbios e imaginarios nos despiertan también la creatividad. No hay casualidades, como diría Freud, y lo que soñamos durante la noche puede emerger en la vigilia en forma de gigante; la piel se convierte en el muro sobre el cual inscribir esas formas desconcertantes.

Tan solo es cuestión de paciencia: encontrar un lugar común sobre el que fundar el templo, la ciudad de los sueños futuros, con y en mi creación. A la sombra de la pintura me gusta descubrir nuevas emociones, ser dueño de los restos de esos sueños, por pequeños que sean, aunque sea por momentos, tan solo. La gloria de ser humano y de compartir, susurros coloristas que, después, servirán para escribir y destilar en el papel las impresiones visuales, los juegos libres que ayudan a vivir, a hacer propios los detalles del mundo alrededor. A la sombra del pintor que todos llevamos dentro. A la sombra de la pintura.

PROCESIÓN DE DOBLES

En cualquier momento del día. En mitad de la calle, mientras espero el autobús. O en un rincón, agazapado entre las paredes solitarias de un bar: los rostros, en una suerte de carnaval invocando a Proteo, se desdoblan frente a mí. No son famosos ni figuran en las enciclopedias; solo son “famosos” para mí, fantasmas utópicos en el verdín de mi pasado, como si solamente deseara estar celebrando una misa de difuntos en vez de una ceremonia por los vivos, con los vivos. Los muertos están ahí, pero no se dan por aludidos: son apariciones retráctiles.

La primera vez fue hace escasamente un año. De improviso, tenía ante mí, en la cola de la panadería, la silueta menuda de P., la madre de mi amiga E., con su mismo gesto de la mano al recoger el cambio. Luego, en otra ocasión, en la otra punta de la ciudad, esperando el autobús fue G., mi antiguo profesor de Latín, con su misma impertinencia, con su mismo cigarrillo colgando del labio inferior. Por fin, mi tío T., con su bigote irónico, con su sonrisa socarrona, entre la muchedumbre de una calle peatonal del centro. Aún  recuerdo sus palabras, su tono de voz: “¡Qué caro eres de ver!”; “Las preguntas, escríbemelas en un papel”; “Campana… ¡eres un campana!”. Jamás han estado tan cerca de mí.

A partir de ahí, otros muchos seres ya huidos definitivamente han sido convocados por mi imaginación… De espaldas o de frente, cerca o lejos, prestos a tomar un taxi o a volver la esquina. Yo acelero el paso para adelantarlos, confuso. Cuando por fin llego a su altura, cuando giro mi cara para observarlos, descubro que no son ellos. No hay una mirada recíproca al pestañear, no hay una relación de iguales.   Ha sido un simple espejismo. O tal vez no tan simple. Como si acudieran a mí desde otras dimensiones, al menos tengo una ligera respuesta: la respuesta de los otros, del más allá.

Fenómenos del pasado, los conjuro, los honro. Lo quiera o no, son mis personajes, parte consustancial de mi ser; no importa si fueron amables o rudos conmigo. Son una procesión de dobles, entre lo real y lo irreal. Los contemplo ante mí como si aún quisiera hablarles, indefenso ante su grandeza como ante una sinfonía de Beethoven. “¿Son ellos o no?”, todavía me pregunto, esquivando una respuesta negativa. El absurdo puebla a sus anchas. Pero, y ahí quería yo llegar, la locura de todo esto, mi propia locura, es la incapacidad de cambiar las cosas: ellos no se levantarán de sus tumbas. Estaría dispuesto a hablarles. Desearía que fueran ellos, que me hablaran de nuevo. No acepto la verdad: que ya se fueron. Como si me negara a aceptar que mi propio péndulo bascula peligrosamente, por momentos, por el epicentro de la muerte.

Acabo rindiéndome a la evidencia: no son ellos. Lo fueron unos instantes tan solo. De modo inconsciente, sigo buscándoles.  No son más que dobles; si no fuera por ellos, por estas apariciones, mi imaginación acabaría desahuciada. No deseo que se pierda, que se borre ni se oxide: la imaginación es inútil si no sirve a nuestro propósito de fabular, y yo fabulo con las voces de los muertos, con sus manos tendidas hacia mí. Reconozco que la memoria es, por momentos, caprichosa y melancólica. Estoy indefenso frente a ella: aun así, no cambiaría por nada esas “iluminaciones”, su imperfección, su finitud. Escribiendo ahora a vuela pluma, pero sin dejar que la inspiración me pierda del todo, voy recordando, desastillando la memoria espuria del cerebro, en pos de un lenguaje antiguo entre líneas, entre el murmullo cotidiano de la vida. Entre los vivos.

BARRIO INOLVIDABLE

Fue un error no reformar mi piso, mi enorme piso, antiguo, algo triste, con el dinero que finalmente gasté en viajes y en libros.  Fue un error no colocar parqué ni pintarlo ni aderezarlo con puertas nuevas, ni comprar alfombras árabes o nuevas estanterías en el pasillo para mis volúmenes de poesía y de ensayo. Andando el tiempo, es inevitable cometer errores. Ahora sé que no quiero dejar de vivir en él.

La cordura me lleva a no querer moverme de aquí. El barrio es muy tranquilo; apenas pasan coches. Un piso en otro distrito, quizá en la parte alta de la ciudad, me daría más estatus, tendría más pedigrí, lo sé. Podría presumir, hacerme notar entre mis amistades. Pero bien sé que no me mudaría a cambio de perder mi tranquilidad. El centro de mi mundo es este balcón que da a dos plazas, una chica y otra grande; el verde de las palmeras, cuyas ramas son el cabello mágico del aire, cómplices  de mi rutina. Cuando me falla la inspiración o no puedo concentrarme, salgo al balcón y contemplo las vistas, y me contemplo: yo mismo acabo formando parte del paisaje.

Tengo que retrotraerme al día de la década de los cincuenta del siglo pasado en que mi abuela, viuda y con seis hijos, se trasladó de las viviendas militares de la Avenida Gaudí  a C., mi  barrio, por mediación del cardenal J., que le facilitó el alojamiento. Mi abuela Ana María había sufrido un tremendo golpe. Un ángel bajó del cielo, por así decirlo, para ayudarla. Esta ayuda fue inestimable para ella. Encontró su sitio. Recuerdo que, cuando aún vivía y tenía la cabeza lúcida, me hablaba de esos años infaustos, bien sobrellevados gracias a sus oraciones diarias de colegio de monjas al que asistió de pequeña. ¿Qué fue lo primero que pensó mi abuela Ana María el primer día que se instaló aquí? ¿Acaso veía su futuro con la misma esperanza que el resto?¿Cómo era antes de nacer yo? Su población ha envejecido. Cuando se fundó, justo un par de años antes de que mi abuela Ana María viniera para ya quedarse, llegaron matrimonios, muy  jóvenes y muy ilusionados, para ocupar las recién construidas viviendas, antes prados y solares vacíos. Por aquí han pasado ya tres generaciones: la de mi abuela, mi madre, y ahora la mía. Soy el resultado del azar, que hizo posible que llegara al mundo un día de invierno.

Barrio inolvidable: travesía por el pasado en esas fotos ahora neblinosas de mi infancia. La bicicleta por mil caminos de arena, entre la hierba; el ritmo vertiginoso de los columpios queriendo conquistar el cielo. La parroquia, al fondo, el día de mi Primera Comunión. Ahora vuelvo: el reflejo de la luz exterior en los vidrios de colores me devuelve por instantes la serenidad. Soy una hormiguita que admira la iglesia, como un outsider entre católicos fervientes; alguien que ya no reza pero, por alguna razón peregrina, desea volver a la calidez, a esa paz celestial.

Es la fisonomía de mi barrio, el único en el que he vivido, sin mudanzas. Pertenezco y perteneceré siempre al pueblo llano, trabajador. Mi barrio será siempre mi barrio, sencillo pero bullente, hermoso, a pesar de todos los problemas que se le echen encima. Su fisonomía es y será una parte consustancial de mi propio ser; un personaje más de la novela que algún día escribiré. Sus bares, sus tiendas (la relojería, el estanco, la frutería), sus rincones, encierran el sabor casi añejo del saber vivir, del buen comportarse. Mis mejores amigos son de aquí. Sus habitantes no perderán jamás la dignidad ni la lucidez. Tengo depositada la fe en las personas y en las cosas pequeñas. No desearía abandonarlo jamás.

INOCENCIA E IDENTIDAD

Llamémoslo maldición o juego del saber, según se quiera: la memoria bascula entre la consciencia y la inconsciencia de los años de colegio. Se cuela como si fuera un fantasma entrometido dentro de uno y ya no escapa jamás. A pesar de su cruel embate, me dispongo a medir, en medio de toda esa fragilidad, cuánto queda todavía de aquellas clases de matemáticas (los quebrados), de ciencias naturales (la circulación mayor y menor de la sangre), de castellano (las jarchas) o de catalán (Ramon Llull). Las palabras de mis maestros eran y son suficientes: no necesitaba ni necesito manuales de autoayuda. Constato al fin, sentado ante la pantalla del portátil, dándole vueltas a mis pensamientos, que me ayudaron a vivir.

Esta columna podría haberse titulado perfectamente ¿Quiénes somos?,¿ qué soy? El mundo de ayer informando al ser que respira hoy. El epicentro del patio de juegos, la alarma para volver a clase, las excursiones al zoo (y los dibujos de los monos)… O bien: ¿alguien de vosotros, compañeros y compañeras de fatigas, no recuerda las visitas a la biblioteca? La maestra empezaba a cantar los nombres de los libros que habíamos estado leyendo las últimas dos semanas para recolocar las fichas: Jim Botón y Lucas maquinista; Érase dos vueltas el barón Lamberto; Kim de la India; o, bien, De profesión, fantasma… Más de uno, cuando oía nombrar El zorrillo sin madre se lamentaba: “¡Ay, pobre!”. Mis vísceras no mentían ni aun ahora mienten: infancia, inocencia, despertar.

Retomo esos pasos sin melancolía edulcorada, con la elegancia (buscada o inadvertida) del paso de los años; y  escucho, en medio del silencio, los compases de otra época. Cada día, puntualmente, antes de ir a trabajar, mi madre se hacía con un ejemplar de La Vanguardia, o en su defecto iba yo, para que mi abuela pudiera leerla. En aquella ocasión, un niño de diez años (yo) comentaba la jugada con su abuela, mientras la hojeaba en la mesa  del comedor: en enero de 1989 murió Salvador Dalí. Salió en titulares, en portada. ¡Qué horror! Fue una de las primeras ocasiones en que constaté que la carne era mortal. Ahora eso ya no existe: el periódico ya no es lo que era, nosotros (mi madre y yo), ante el advenimiento de las redes sociales y de Internet, hemos dejado de comprarla. Hoy, en todo caso, antes de ir al hotel, me paso por la cafetería y echo un vistazo a sus páginas. La  muerte de Salvador Dalí, y mi abuela fisgoneando entre los titulares con las gafas de leer (aún veo la cadenita de metal sobre el pecho), sentada en el viejo sillón del amplio salón: eso ya no volverá.

A veces me digo, reconciliándome con los anillos de la memoria del caduco ciprés del colegio (ese ciprés del enorme patio, que tuvieron que talar por vetusto, para que no nos cayera encima): ya está bien, me digo, que no vuelva. Si no tuviera un ápice de esa melancolía, no podría recordar, ni mis recuerdos serían tan preciados (al menos para mí, aunque no sepa si pueden competir con los recuerdos de los demás),  ni  se me despertaría jamás (ahora caigo en la cuenta)  mi manera de ser y de estar en el mundo. Todo se lo debo al despertar y declive de la inocencia, de mi propia inocencia,  que imprime un carácter duradero, ahora y siempre, determinado por lo que fui un día y que entonces no era consciente que me cambiaría, que me señalaría el camino, trazado en el mapa de la memoria. Tal vez nadie recuerde de la misma forma que yo; tal vez, yo sea el único náufrago que se apresta a recordar. ¡Quién sabe! Solo desearía reunirme, organizar una cena con mis antiguos compañeros y adivinar cuánto de todo aquello todavía está presente en lo cotidiano, en las conversaciones de hoy que echan palabras al fuego del ayer.

¿SOY UN LECTOR PEREGRINO?

Necesito tomar la distancia adecuada, que el pasado cristalice en mí,  y volver a aquellos veranos de hace veinticinco años en Sitges, a aquel mar de tormenta que se embravecía cuando le venía en gana, a aquel sol que hacía despertar hasta las piedras. Recuerdo la calle de Sant Francesc, ya entonces abarrotada de gente, y cómo se me embriaga la vista ante el escaparate de la librería Puig, ante aquellas portadas de libros de títulos más o menos insinuantes, caudalosos.

Concretamente, me “obsesioné”, y aun hoy me “obsesiono”, con uno de esos libros: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez. Esa portada azul, con un jarrón forrado de palabras y una rosa por cuento. Sin apenas darme cuenta, todo mi ser, todo mi cuerpo, no solo la mente, el corazón o las tripas, se preguntaba qué demonios se escondía, qué se agazapaba entre sus páginas. Lo mejor de todo era, no leerlo, sino recrearlo, imaginar su contenido. No lo compré ni leí hasta mucho más adelante; eso era lo de menos. No importaba de qué trataran los cuentos. Prueba de ello es que apenas uno ha quedado fijo en la memoria: el de  María dos Prazeres, la prostituta que, ante la inminencia de la muerte, llama a un sepulturero para reservar su tumba en el cementerio de Montjuïc. El resto los inventé y ahora recuerdo no los que eran en realidad, sino los que mi imaginación me dictó.

Luego he contemplado más portadas, más fotografías. El hechizo continúa, con igual o aun mayor fervor. Me gustan los libros, y todavía más la alcoba en que recluirme. Me gusta que, cuando no hay luz, pueda encender la lámpara y seguir con la mirada el hilo de las frases, al igual que la luz de los faroles de gas proyectaba en otros siglos la sombra del sereno por las calles nocturnas. Pero mejor que eso, lo anterior: el momento antes, cuando no sabemos de qué va a ir la historia y pensamos y nos hacemos un mapa de lugar, sin más ayuda que el título.

La alucinación del libro de García Márquez en el escaparate de una librería de Sitges, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que ennegrezca como el tizón, para que desaparezca de mi visión? Conservo su calor en el rostro, su calor en los huesos: como se aprecia, el impacto es mayúsculo, hiperbólico; tardará en apagarse. Bien es cierto que yo también me recreo más allá de los límites recomendables. No es tanto el hecho concreto, lo que sucedió, sino el juego al escondite de la memoria. Ahora me doy cuenta: no recuerdo hechos pasados y aislados. En todo caso, están relacionados, concatenados con los libros que he leído y que me han marcado. ¿Qué historia se escondía en la entrada de la enciclopedia sobre un poeta andaluz que yo ávidamente consultaba en la biblioteca del colegio? ¿Acaso no leía una novela de Soledad Puértolas en el avión que me llevaba hasta Nueva York? ¿Qué catálogo me compré en el Museo Thyssen con motivo de la exposición de Edvard Munch hace dos otoños?.., y así hasta el infinito. Estoy convencido de que la huella del pasado, caprichosa como la lluvia, dadivosa como la llama de una vela encendida en honor de un familiar difunto, una pobre baratija reconvertida en diamante, solo se borrará al margen de mi voluntad, al final de mis días, con la muerte. Mientras tanto, yo escojo recordar. Libros, o títulos de libros, o simplemente ricas experiencias lectoras.

¿Se me tildará, aun así, de lector peregrino? De una cosa estoy seguro: no soy el único. Hay muchos más, atraídos igualmente por las portadas, por los escaparates, por aquello intuido o fantaseado que está ahí, esperando a ser leído. Es más importante la cábala que el resultado final; la fantasía del adolescente, frente a lo real. Nada existe per se, eso lo sabemos todos. Reinventamos las historias a fuerza de pensarlas, de contenerlas en nosotros mismos. Leemos lo que experimentamos, experimentamos lo que leemos; esto es un hecho comprobable. Literatura y realidad son dos vasos comunicantes. Sin experiencia lectora, no hay música, no hay libros, ni ensayos de libros; no hay lecturas plenas. Yo crecí con esas palabras necesarias que alimentan el espíritu. Cuanto más miraba y admiraba escaparates de libros, más precisos, más completos eran mis sueños. Como lector activo, tenía y todavía tengo visiones a cada vuelta de la esquina.

COSMOGONÍA DEL MICRORRELATO

Los comensales, antaño, se sentaban a la mesa y, mientras degustaban los manjares, escuchaban embelesados cómo el más guasón entremeseaba contando chistes o andanzas por tierras extranjeras: eso ya no existe. La irrupción de la televisión, la comida rápida, la publicidad, han acabado con esas tertulias tan locuaces y amenas que yo aún conocí de pequeño. Esa parece ser hoy la filosofía para endulzar nuestras tardes solitarias: o lo tomas o lo dejas.

El microrrelato, establecido mucho antes, parece enguantarse con los tiempos actuales. ¿Ha sustituido en la actualidad al cuento tradicional? ¿No es el subgénero literario cuya forma se solapa con el mundo caótico y apresurado de la contemporaneidad? ¿Hay vida más allá? Son preguntas que no me dejan tranquilo. Rendirse a su hermenéutica, a su interpretación, es la clave que ha movido a muchos teóricos de la literatura a hacer un punto de inflexión. Quizás, el lector no ha muerto; lo que ha muerto es la ambición de leer largo y tendido. La literatura sigue viva, sí, pero nosotros ansiamos formas cada vez más breves.

Los lectores son perezosos y quieren carne fresca, literatura “simpática”. Palabras fáciles y reconocibles, sin  verse en la necesidad de consultar un diccionario, ni mucho menos de estudiar su etimología. En los planes de estudios, se tiende a eliminar la filosofía y el latín; se simplifican los contenidos, lo cual contribuye a un serio menoscabo de las humanidades. Ya no se lleva el artista del Renacimiento. Es obvio: cuanta más estulticia haya en las aulas, más réditos obtendrán los políticos para salirse con la suya, para alimentar su mal gobierno. La literatura en peligro, el famoso libro de Todorov, hace hincapié en que deberíamos devolver al aula universitaria su lugar de reflexión y regurgitación de pensamientos, de intercambio de ideas. ¿Dónde está la Academia platónica? Vivimos en una caverna; las Ideas en mayúscula han desaparecido, nadie ve ni quiere ver más allá de la superficialidad de los anuncios publicitarios y de la idiotez propagandística de los políticos. Prevalecen las formas frente al contenido.

Que no se me malinterprete: el microrrelato puede ser complejo, hasta difícil. Puede necesitar de la complicidad del lector para su correcta comprensión. Eso no cabe duda. Pero esos lectores tienen poco tiempo para leer, y necesitan pequeñas píldoras edulcorantes; no tienen aguante para leer largas parrafadas. Los lectores actuales, como si las historias tuvieran finales abiertos, necesitan completar en su mente aquello que leyeron, pero siempre dentro de los límites de lo rápido; los novelones o ciclos novelísticos, se diría, no van con muchos de los ciudadanos de este planeta tan poblado y, sin embargo, a veces tan necio. Se precisa un mayor aguante por parte del lector llegar hasta el final de un novelón de 800 páginas. Se conforma con una idea, a lo sumo con dos buenas ideas, y ya está.

Este es el signo de los tiempos hipermodernos: el arte de la brevedad, de la impaciencia y de la dispersión. No podemos ni queremos leer como hace un siglo, como antes de la aparición de las redes sociales. Son pocos los que leemos y exigimos una cierta complejidad a los libros, que no queremos el típico producto, el hit parade de usar y tirar; que preferimos modelos con total intensidad, con la misma concentración de la poesía.

         En mi vida, no habré escrito más allá de cinco o seis microrrelatos; me interesa más estudiar y comprender su teoría, su repercusión en la sociedad, consecuencia del flujo y reflujo de fuerzas. El resultado palmario de hacer coincidir, de colisionar, mundos opuestos: la síntesis, la armonía, el término medio aristotélico. Le auguro larga vida a esta forma contemporánea que tiene tantos adeptos. No desmerece mi atención, mientras coexistan varias maneras de entender la literatura. Yo no quiero conducir solo por una carretera estrecha; reivindico el microrrelato, pero también la novela larga. Que los libros, tanto si son breves como largos, no me idioticen.