EL ABRIGO DE DELIA MARTÍN

No habrá más realidad humana si no la crea, también, la imaginación humana.

CARLOS FUENTES

 

“Yo te presté mi abrigo. Respóndeme, eh, ¿por qué no me lo devolviste?”

*

Estaba claro: se le aparecía el fantasma de un hombre, su único hombre. Quizás, Delia Martín se había portado mal con alguien en otra vida. Quizás, tenía enemigos, y eran, esta entrega y devoción, sus mejores galas para entrar en el Paraíso. ¡Podían ser tantos los motivos!

*

Yo la conocí por casualidad. Vi un anuncio en la calle, su anuncio. Yo había venido del Este, la tierra de mis padres, y aquí me establecí. Mis dos hermanos mayores desaparecieron sin dejar rastro: nuestro padre era un maltratador, y querían estar lo más alejados de él que pudieran. Se inventaron otras identidades; hoy es imposible seguirles la pista, como no sea contratando a un detective privado. Pero a mí no me van esas cosas, prefiero no investigar.

Huí de mis padres, y ahora tampoco deseo saber nada. También yo cambié de identidad; como mis hermanos, me registré en la comisaría con otro nombre, para que fuera más difícil dar conmigo, y ahora soy Marco (no Marcos) Blues, por eso de la tristeza de los desarraigados de nacimiento.

Yo no querría haber tenido nada que ver con Delia Martín. Pero es que el azar (o simplemente la vida) me la ofreció en bandeja.

 Aún están ante mis ojos su extrema delgadez, su rostro de lechuza. Su manera delicada de coger los cubiertos. Poseía un piso enorme, se dice que de resultas de una herencia. Era dueña, desde hacía mucho, de una papelería, situada en el callejón frente al instituto de secundaria.

 Se sabía que no tenía mucho dinero, ya se lo habría gastado en decorar y modernizar el piso. Lo poco que ganaba lo dedicaba a la beneficencia:  admitía en su hogar a chicos y chicas sin hogar o que habían huido de él. Hijos de extranjeros que hablaban perfectamente el español, como yo. Adolescentes con problemas, inadaptados; estudiantes, las más de las veces, del mismo instituto que el mío. Menores que aún no podían vivir solos. Es de suponer que Delia Martín vencía, así, su aislamiento y tenía una razón más para vivir. Estoy convencido de que quería dominarnos, más allá de prepararnos para el porvenir, cosa que no podía hacer en la papelería, con los chicos que se abalanzaban en el mostrador.

Las malas lenguas decían que se enamoró de un cliente asiduo, un tipo de su edad, más o menos, y que cuando sufrió un desengaño, uno nada más, ya no quiso saber de los hombres. ¿O tal vez esperaba que alguno de nosotros se convirtiera en su nuevo amante? Iba perdiendo su antiguo atractivo mientras se le presentaba en sueños el fantasma de aquel hombre…, o eso me parecía.

El primer día que llegué, hizo gala de un protocolo generoso, el mismo, me contaron, que con el resto de estudiantes: “Toma estas sábanas limpias y este neceser con jabón; tu habitación está al fondo del pasillo, la última a la izquierda. El baño, justo a la derecha. Algún día me lo agradecerás”.

¿Qué quería decir con eso? Yo aceptaba porque no tenía otra alternativa.

Mi cuarto tenía balcón, y eso me gustaba. Me despertaba con el rumor de las palomas grises y retozonas. Mimosa, la gata de la que se enorgullecía Delia, las alejaba con sus zarpazos las contadas ocasiones que salía al balcón.

“Esta es vuestra casa; cualquier cosa que necesitéis, me lo decís. Os ayudaré, pero, por favor, no cojáis lo que no es vuestro, lo que sirve para todos, ¿me habéis entendido?”

¿Qué habría detrás de tanta filantropía?

Yo siempre había podido soportar las mentiras que me contaba a mí mismo, no las de los demás.

Aun así, la mujer parecía bondadosa, ¿de qué podía yo culparla?

 La rutina era la siguiente: Delia se levantaba a las siete. Dejaba el café y los bollos, sobre la mesa de la cocina. Desayunaba (porque la pillé un día que me desperté antes de las ocho) un horrible pan de centeno con margarina y un queso que apestaba en la nevera. Luego, a las diez, hora del descanso de los alumnos, abría la tienda, hasta las dos o las tres. Y luego, por la tarde, cuatro horas más. ¡No sé cómo no se hartaba de vender golosinas y libretas a estudiantes maleducados!

*

“Cómete todo. No tienes que dejar migas. Hay muchos chicos como tú a los que les gustaría vivir aquí, tener tu suerte”.

*

   Y, un día, sucedió…

Ocurrió una tarde. Era invierno, pronto tendríamos vacaciones en el instituto. La casa estaba caliente, estaba encendido el radiador. Mimosa revoloteaba de aquí para allá, mientras la música del tocadiscos sonaba a todo trapo. Delia Martín era una mujer de la vieja escuela, se conoce que, para rendir tributo a sus muertos, razón segura de por qué en aquel piso no había televisión, ni ordenador, ni microondas; solo radio.

Después de la cena, todos estábamos aburridos y cansados, no queríamos salir a la calle por el frío y no hacíamos nada más que eso, vagar:  estábamos (cuatro inquilinos para cuatro habitaciones) sentados en los sillones, en el sofá, en la alfombra del cuarto de estar. Pedro, tocando la guitarra; Fermín cuchicheando, en la alfombra, con Martina. Y yo, aún más abúlico que el resto, garabateando en mi libreta.

−Pandilla de holgazanes… ¿así es como queréis que sea vuestro porvenir? ¡A estudiar, vamos!

Sus palabras me hicieron sentir incómodo, y yo deseaba vivir la historia que había estado escribiendo. Quise huir de allí, huir lejos. Cogí la mochila y un abrigo, el abrigo de Delia Martín, colgado en el perchero del recibidor, y me fui sin avisar. Aquella mujer era una mujer extraña.

Mientras bajaba las escaleras, de dos en dos, oí cómo Delia abría la puerta y decía:

−¡Marco! ¿Adónde vas, corriendo? Espera… , ¡el abrigo! Te llevas mi abrigo de marta…

Yo le respondí:

−Adiós.

−¿Por qué? ¿Es que no me porto bien contigo? Vamos, dímelo…

−¡Tengo que vivir!

Y no le hice el menor caso. Me sentía poderoso. Salí y corrí, corrí, como si fuera hasta la playa y atravesara el mar, nadando con todas mis fuerzas. Lejos, donde no me alcanzara, ni Delia Martín ni su voz ni sus fantasmas, casi sin poder respirar, exhausto.

*

Pero mi huida tenía, en efecto, fecha de caducidad. No podía permanecer en la intemperie demasiado tiempo. Pasaron una, dos semanas. Había querido estar lo más lejos posible de todo y de todos. Fundirme con los pobres; experimentar su misma ansiedad, su hambruna. Me escondía, ¿de qué o de quién? ¿Lo sabía? Era un acto suicida dejar el instituto, justo antes de los exámenes. No tenía lugar dónde estudiar, la calle estaba húmeda y las noches, más frías que nunca. No fui al centro de acogida que la profesora encargada de Asuntos Sociales nos había nombrado en una charla el primer día de clase, que habría sido lo más sensato por mi parte. No quería ver a mis compañeros de instituto. Prefería dormir en la calle.

Cuando se me acabaron los ahorros, regresé a casa de Delia. Allí estaban también el resto de mis pertenencias que no me había llevado en mi huida. Entonces, nadie contestó en el interfono. Era, lo recuerdo bien, por la noche; no había luz en las ventanas. Nadie. No me atreví a llamar a los vecinos, puesto que no quería despertarlos. Entonces, me dirigí tan rápido como mis fuerzas me lo permitieron hasta la papelería.  En él, un cartel anunciaba: “Cerrado por defunción de la propietaria”.

¿Tendría el abrigo algo que ver con todo esto? ¿No tendría propiedades mágicas para todo aquel que lo llevara consigo? Aún hoy, oigo la voz imaginaria de Delia, suplicando, requiriendo su prenda de vestir: “¡Devuélvemelo! ¿Es que no sabes que mi madre me lo regaló cuando yo era una niña?”

Salí del tiempo, y yo llamaba a los hijos que nunca tuvo, para darles el pésame. Soñé que Delia me regalaba el abrigo… “¿Cómo vas a ir por la calle, con el frío que mete?” Nunca se lo devolvería. Yo sabía que era medio salvaje, como me decían a menudo los profesores. Por eso lo había robado. Había aprendido costumbres zafias, sin padre, sin madre, sin hermanos a la vista. Había aprendido a sobrevivir.

No había podido despedirme de ella. ¿Me perseguirían sus fantasmas?

A pesar de que ya era medianoche, volví al edificio de Delia y llamé, ahora sí, consciente de la gravedad, a uno de los vecinos. Era él que había colocado el anuncio en la persiana de la papelería…Me lo explicó todo, con pelos y señales. Me dijo dónde estaban los demás estudiantes, ahora que la casa estaba sin un alma: en el centro de acogida.

Todos suspendimos al menos una de las asignaturas en los exámenes de Navidad de tercer curso.

*

Volví al centro de acogida, junto a Pedro, Fermín, y Martina. Justo en la entrada, observé cómo un viejo pordiosero daba de comer una lata de atún a un gato (quise creer que era Mimosa), que sujetaba con la correa, me observaba con los ojos en blanco. Era igual que yo, unos días antes, en mis peregrinaciones nocturnas por la ciudad. Quería deshacerme del abrigo de marta, así que se lo regalé.

No fue por altruismo, sino por miedo. Miedo a caer en el hechizo, la maldición de una mujer fallecida por consecuencias inesperadas, extraordinarias. Daba mala suerte. No me gustan los fantasmas; nunca quise ser Hamlet.  El abrigo me había llevado a la autodestrucción; había desintegrado mi ser. Solo sin él, en el centro de acogida del ayuntamiento, me restablecería.

*

¿Qué pasó con el viejo pordiosero? ¿Murió por llevar el abrigo demasiado tiempo? Lo ignoro. Lo cierto es que ya no se quedó pidiendo limosna allí, junto a la entrada del centro de acogida. Tal vez sea un nuevo inquilino del cementerio.

 Que los hados me protejan: ya nunca, nunca más, robaré ni regalaré nada.

 

Barcelona, 6 de julio de 2020.

JUEVES EN EL RESTAURANTE

Llama que queda en el rescoldo de mi hogar, chispa de fuego interior: ¿adónde han ido a parar las ilusiones pasadas, que mi amiga Eva y yo compartimos en el ya desaparecido restaurante chino?  Fue importante, sí, alguna vez, sin que fuéramos conscientes del todo, ir allí y conversar, aunque lo único que nos dirigiéramos fueran palabras triviales, intrascendentes. Creamos un vínculo: el de los jueves por la noche. Ese lugar por el que pasé anteayer por la tarde, mientras hacía la ronda de la tarde, que ahora ya no existe, que derrumbaron, para convertirlo en un edificio de viviendas, sin comercios.

¿Cuál es la banda sonora de la película, alimentada por la nostalgia? Es todo lo que huye lejos, lo que se aleja de uno; lo que crea, al fin, la necesidad de escribir. El restaurante chino tenía que escribirse, aquí, en esta página. El afán de recordar me hace vomitar frase tras frase, en el rincón apartado de mi dormitorio, donde mis ansias reclaman, agostan mis sentidos, al pensar en los lugares mágicos, desaparecidos. Tan importante como los rollos de primavera, como el arroz tres delicias, o aquel retador “yo invito” de la dueña, es el recuerdo. Las pupilas iluminadas de Eva, fumando. Mi mirada perdida, hacia el fondo, hacia la cocina. Jueves desiertos, sin otros comensales a la vista.

Todo pesar quedaba atrás, mientras se resolvía la trama de mi novela. ¿La de mi vida, se resolvió? Apenas si puedo responder, cuando el afán del memorialista se hace con el poder de mis sentidos. Fueron horas de mutua confabulación. Horas en que la alucinación tomaba cuerpo, como una ensoñación de David Lynch. Mis referencias son cinematográficas. ahora, pero en aquel tiempo, eran casi siempre literarias. ¿El paredón final, frente la memoria del pasado, no es eso? ¿Recordar con películas, con novelas? Nunca, nunca más, volverá ese restaurante chino. Habrá otros, Eva y yo seremos comensales de otros comedores, pero ya nunca más aquel que alimentaba mis deseos de escribir, que me llevaba a la verdad o a la mentira de los jueves por la noche.

Es la necesidad de contar, que se alía con la tragedia. Solo la memoria es ubicua. Pero la vida en sus múltiples matices, esa no. No se puede vivir físicamente, solo en el recuerdo, en dos o más sitios a la vez. ¿Recordará Eva como recuerdo yo, ahora, esas horas compartidas, las lecciones del jueves? ¿Se habrá olvidado? No, no lo creo. Aunque haga mucho que no nos veamos, desde el entierro de su madre, hace cuatro años, ella me ha escrito que quiere volver. ¿Volver a lo mismo? Imposible. Quizás, a un simulacro de aquellos jueves, nada más. Yo pienso: ahí donde nuestro recuerdo se hizo carne, ahí, no podemos volver, nunca más. Solo la memoria, en su laberinto zigzagueante, puede visualizar esos colores: el rojo, el marrón, el ocre, el negro oscuro del fondo, el de la cocina… Los platos, uno detrás de otro, hasta descender por el declive, cuando dejamos de acudir, cuando la vida nos llevó por otros derroteros, y tuvimos que abandonar esos instantes de belleza suspendida.

Es la mirada del corazón que ahora recuerda; no es el cuerpo. El corazón graba algo que no reconoce el cuerpo. Es imposible definir esta sensación: el caos interior que hace irrespirable el cotidiano trasteo. El cuerpo querría sentir como el corazón, pero no puede. Está ocupado en colmar la guerra de los sentimientos del presente. Poco involucrado en volver a ver esos colores apagados, como la llama de un fogón, que aparece de pronto, entre la baraúnda de memoria personal. ¿Cómo no iba a ser personal?, me digo. ¿Cómo no iba a recordar, cuando me hace tanto bien? Como una sensación eléctrica, esta, la de recordar. Flechas o piezas de dominó que se superponen y van directas, al centro del cuerpo. Es entonces cuando todo mi ser revive. Acortar, podar y pulir el recuerdo a través de las frases, de las palabras.

Encaramado al árbol de la memoria, pienso en una canción que encaje, que se rinda a esas horas pasadas. Que haga frente a la necrópolis del pasado, esta de olvidar lo que fue una vez y encajarla en una tumba, para olvidar definitivamente. Solo en este momento, cuando vuelvo a pasar por delante del restaurante, puedo escuchar la sonata que amanse las horas bajas. Sí, definitivamente, el pasado no debería ser el jefe o el dueño de mi vida. Debería ser, por el contrario, acomodo para la soledad, sin que dirigiera mis pasos, más allá de lo que el corazón pueda dirigir. Escoger ese pensamiento es, sin embargo, casi imposible. La memoria, ¿cuántas veces no es involuntaria? ¿Cuántas veces no es mejor que el pasado me venga en bandeja de plata, entregado para que lo diseccione en la sala de autopsias? Podredumbre o silencio encaramado a la rama del recuerdo, tú, memoria, es lo que mejor conservo, refugio del remordimiento, calma de las ansias.  Solo hoy puedo respirar gracias al restaurante chino; quintaesencia del corazón, huida del cuerpo, letanía del alma… No hay momentos de perdición, solo el resabio de lo que no volverá que, solo revisitado, soñado de nuevo, revive ya para siempre.

VIRTUDES INSÓLITAS

La filantropía es un arte nada contemplativo. Exige del que lo practica una entrega total. Ser paciente, comprensivo; deponer todas las espadas, todo litigio. ¿A quién le importa hoy ser filantrópico? ¿Quién merece el título de “ayudante del prójimo” de cuantos nos rodean? En el universo de egoísmo imperante, necesito volver, en estos días de estío, a esas personas que hicieron que fueran mejor mis horas, aquellos lejanos agostos de Sitges.

Aún pienso en gente como Doña Petra. De eso hace más de treinta años. Hace mucho que ella ha pasado a engrosar el paraíso de los artistas, lejos de todos nosotros. Era, en su diminuta, delgada y frágil estatura, en su aparente insignificancia, grande. Grandiosidad en su pequeñez. Ya habría cumplido los setenta y cinco o tal vez ya rondaba los ochenta. Vivía en un sobreático, con sus dos perros y cinco gatos, y hacía esculturas de terracota que luego vendía o regalaba. Su rostro estaba cuarteado por las mil y una exposiciones al sol, tal vez como una escultura más. Llevaba siempre una pamela, y su pareo y su falda floreada, por encima del bañador; mientras pasaba por la playa, por los jardines de la urbanización o por la piscina, dejaba a su paso una estela de perfume caro. Nos llevaba en su Citröen al pueblo y allí compraba todo lo necesario para alimentar a sus mascotas o para freír pescadito fresco. Se hablaba de ella en cualquier corrillo, su nombre siempre venía a las mientes. Doña Petra por aquí, doña Petra por allá.

Doña Petra, la tía Petra, la abuela Petra, fue la mujer más filantrópica de Sitges que yo haya conocido. La que se rumoreaba que era pariente lejana de Picasso, (¿o era de Rusiñol?), dejaba su impronta en la grava de los caminos, ante cuantos estábamos allí, fieles testigos de su presencia.  Que fuera descendiente de artistas nunca se probó, pero daba buena cuenta de su recia cuna y de su impecable educación artística. Tanto en la manera en que cogía una cuchara o un bolígrafo o una cámara de fotos (siempre estaba haciendo fotos), su delicadeza y su magia se transmitían a sus manos, al contacto con los demás.  A ella acudían hordas de niños; su hamaca en la playa pronto se rodeaba de ojos y bocas y gritos y risas. La tía Petra fue soltera toda su vida, por lo que seguramente tenía necesidad de un público joven al que dedicarle sus cuidados. A esos muchachitos imberbes les compraba helados y los invitaba a comer a su casa. Yo era muy tímido y muy chico entonces y apenas si crucé algunas palabras con ella, pero ella me regaló sonrisas y helados como al que más.

Las horas de calor son menos con estas rememoraciones. ¡Aquella colección de cromos de marcas famosas! ¡O la de caricaturas! Nos reuníamos en la sombra, junto al ruido de los aspersores de agua, mientras allá, a lo lejos, sonaban las campanas de la iglesia. Tal vez, había un cromo muy difícil de conseguir, y lo cambiábamos por un par o tres más corrientes. Pero siempre, siempre, la comidilla de esos corros era la tía Petra. ¿Dónde estará? ¿Ya te ha regalado algo, tal vez algún cromo? Ella estaba ausente y presente, a un tiempo. Nunca vi que tuviera enemigos.

Hete aquí el misterio del pasado. Dicen que lo edulcoramos, que envolvemos los recuerdos con una capa protectora. Sí, ¿y qué hay de malo en ello? El pasado está hecho a la medida de nostálgicos como nosotros. Puede ser más filantrópico, mágico y soleado que el presente, ¿por qué no? En la solana de los veranos, la terraza enjalbegada, el césped recién cortado, el olor de las piñas de los árboles, de las palmeras intentando alcanzar el cielo, todo tiene un color, ¿cómo decirlo?, dulzón, que a la vez consuela. Enajenados por la canción del momento, recurrimos a ese abismo de felicidad y completud. Definitorio de nuestro carácter, personajes como doña Petra, nos ayudan a vernos en ese pasado, a conocernos mejor a nosotros mismos, quiénes fuimos y por qué valió la pena vivir.

No me gustan los panegíricos de ninguna clase, de nada ni de nadie; me “encienden” las grandilocuencias y las expresiones vacías, falsas. Por eso vuelvo a doña Petra, vuelvo a esos veranos en los que la indolencia nos protegía de la realidad de allí fuera a los chicos y chicas de la urbanización. Los recuerdos nos retan; nunca desafinan del todo, porque los adornamos, les quitamos la pátina que la distancia de los años ha depositado en sus fotografías. Merecemos tener solo buenos recuerdos, claro. Pero es que los malos se entrometen, y hemos de huir y volver a escuchar el timbre de voz de esas personas que nos alegraron la infancia. Ya no sé si es que hoy estaba muy inspirado y todo esto del pasado es irreal. Ya no sé si nada de todo esto es inventado o casi inventado. Al fin y al cabo, la memoria nos juega, en ocasiones, malas pasadas. Sin embargo, espero que aún existan doñas Petras en el mundo, porque la filantropía es, a día de hoy, poco menos que un conjunto de virtudes insólitas.

FELICES E INDOLENTES

En aquella época, sí, también yo era más sensible y me emocionaba con mayor vehemencia viendo una película de Walt Disney, pero desconocía, ignorante de mí, los mecanismos por los que se regía y aún se rige la vida, el mundo entero. Es mucha la nostalgia y mucha también mi experiencia de los años como para hacer borrón y cuenta nueva; los recuerdos se agolpan en la presa que sojuzga la corriente impetuosa del río: sé que ese ardor infantil está ahí, y que me conformó como el escritor que soy ahora. Sin duda, los libros que he escrito, los que tecleé en la máquina de escribir eléctrica, forman parte de una historia de soledad, como una reacción connatural a mí, la de protegerme contra las tardes de tedio, abandonando todo oficio que no fuera alimentar los días de verano con palabras, frases, páginas enteras de ilusiones y de impresiones sobre mi entorno y el de las noticias de todos.

Hoy escribo a ordenador, y entonces sentía como una losa el convertirme a la tecnología. ¡Fueron tantas las veces que decliné comprarlo por miedo o por inercia! Miedo a cambiar o perder mi estilo inicial, prematuro y vocinglero. Inercia de no cambiar, a seguir siendo yo sin las nuevas tecnologías. Quería continuar siendo un amanuense tradicional, de cuartilla y de pluma, observador de las cosas bonitas y de las cosas feas, de todo cuanto mi mirada pudiera captar, de cuanto yo podía detenerme a observar, a zanjar en el recodo o río sin remanso de la imaginación.

De lo que me arrepiento, lo que más pena me da, es de no haber podido llevar a buen término la publicación y difusión de una revista propia, más allá de las que se escribían en la escuela, entre mis compañeros de clase. Estos son asuntos sencillos o graves, según se mire, que ni pueden evitarse: no cuajó aquella prensa, aquel alarde intelectual mío, para uso y disfrute propio y ajeno, y ya está. Ahora ya no vale dramatizar, o lamentarse más de lo sensato. Soñaba con revistas de moda compradas por mi madre, o periódicos con letra de molde inspiradora. Me hubiera gustado ser el director, y dirigir a los demás, ser el dueño y responsable mayor de esta empresa de altos vuelos.

No sé si fue el mismo ritmo del colegio, las labores arduas de colegial, la falta de tiempo suficiente para acometer esa empresa si uno quería pasar los exámenes con nota. Tal vez la bisoñez, la inexperiencia. Solo es un deseo retrospectivo, solo es la reminiscencia de los meses duros de invierno, en que la memoria actúa haciendo zancadillas a los recuerdos, matándolos, reduciéndolos a papilla.  ¿Quién sabe? Puedo ser yo el único nostálgico de aquella época; nadie más que yo me duelo ahora de esta aventura fallida, de los escasos números de la revista o los escasos ejemplares de periódico que yo hice por mí mismo, en casa, sin más colaboradores que el que esto escribe, el hombre orquesta que nunca pudo reinar.

Aún no me dolían prendas por la vida; tenía pocos libros leídos y comprados; apenas los había hojeado, estudiando como lo hacía casi a diario las lecciones y con los deberes correspondientes. Entonces aún éramos felices; felices e indolentes. No domados o enfundados por la existencia loca y furibunda. No habíamos puesto todavía las carnes a asar a la barbacoa; el fuego no nos chamuscaba, ni nos dejaba impronta en la piel. Yo he perdido la inocencia, y también las largas horas de no hacer nada más que contemplar las musarañas, y hartarme de observar cómo una araña iba tejiendo en una esquina del techo su red despaciosamente, sin prisas. No, eso no volverá. Podría sentarme horas y horas y no saber de qué escribir, dar rienda suelta a la melancolía. Pero no me hace ninguna falta: la nostalgia la llevo conmigo, allá donde vaya. Es parte indisociable de mí. Solo rezo a un dios inexistente para que lave mis pecados, uno de los cuales sería el que no se almibare mi prosa.

Los recuerdos voluntarios, pero mejor los involuntarios, me ayudan a trenzar y destrenzar la trama del texto, el propio y el de los otros. Solo me queda apelar a la paciencia del lector. No le escamotearé ningún recuerdo a mi espíritu. Más bien bailará al son de una balada que cubra el cielo de clamores semidivinos. No más banderas quemadas, sino la profusión pianística del viento moviendo a un lado y a otro la tela de las insignias; y por fin, el entrechocar de las copas en el aire ventisquero de un otoño o una primavera cálida. Los detalles no han de minusvalorarse. En la literatura, todo acaba comido por la morriña sentimental, puesto que los creadores no pueden ignorar el peso del pasado, todo lo que quedó atrás, ni el de la dama de negro, la muerte. Transformadas en historias presentes o futuras, no pueden evitar dejarse teñir por el fraseo de un pasado tierno o desgarrado. Pasado, al fin y al cabo, que marcó nuestra personalidad, con aquellas personas que se cruzaron en nuestros caminos y arañaron un jeroglífico como tatuaje inscrito en la espalda. No, no somos nada más que tejidos de ese remoto clamor que se oye en lontananza. Sean revistas o periódicos lo que no pude acometer o rematar la tarea del periodista precoz, lo cierto es que el horizonte queda cada vez más cerca del final, pero no por esto debe olvidarse quiénes fuimos o somos ahora, con o sin proyectos frustrados, habitando sin saber el territorio de la infancia y primera adolescencia.

TODO EMPEZÓ CON UNA CANCIÓN

 Es inevitable: todo empieza siempre con una canción.

Son las seis y cuarto de la mañana y los loros parlanchines, las cotorras o yo qué sé qué pájaro extraño se desgañitan, colgados de los plátanos de mi calle, de mi plaza, de camino al trabajo. Su estridencia contrasta con la finura, con la dulce melodía de I’m Your Baby Tonight, que a esas horas dejo que suene en mi móvil, en el Spotify, mientras mi cabeza lo va traduciendo: Desde el momento en que te vi, perdí la cabeza/ nunca creí en el amor a primera vista/ tienes una magia que apenas puedo entender… soy tu chica esta noche… Son sus frases, sus acordes, que cobran nueva dimensión en el recuerdo, ahora. Una música que se agazapa en alguna parte de tu cerebro, escondida, hasta que sale a la superficie. Sonó por primera vez al término de mi infancia, a los diez u once años. Aún iba a la escuela primaria, cuando estudiaba y escribía mis primeras letras, mis cuentos iniciales, de la misma manera que otros encuentran la inspiración escuchando las sonatas de Schubert. A partir de ese día, crecí entre el Gospel y el Guardaespaldas. Sí, podría incluso entonar una oración desacralizada: Whitney, que estás en los cielos…

Ese estribillo dispara mi imaginación, hacia la oscuridad, por entre las luces de neón y a través del derroche de energía en la pista de baile de los bares de Chicago. Mi visión cinematográfica lo resuelve, así de rápido: con un plano secuencia, donde yo me paseo a lo largo y ancho de un pub musical, entre miríadas de gente, con la Ley Seca y los trapicheos y los asuntos sucios a cuestas, entre humo estomagante de cigarrillos y parloteo animado en la barra. Lleno el vacío con palabras dentro de mí. Sitúo esta canción en 1990, en plena Barcelona preolímpica.

Sí, en esa época, escribía a diario, de seis a ocho de la mañana, antes de ir al colegio; llenaba cuadernos y cuadernos de espiral, hasta los mismos márgenes, buscando desencadenantes, aquí y allí, hojeando los libros de los “mayores”, “serios”, las conocidas como grandes novelas. Deseaba llegar a la mayoría de edad y convertirme en escritor de éxito. Un aura imposible, el regocijo en la fama, en aquellos días, es lo que me daba fuelle. Esa burbuja, como una frágil pompa de jabón, está ahí, en mi presente, desdibujada. Intuyo que mi castillo de naipes puede caer por el soplo de un mínimo percance en cualquier momento. El azar quiso que esté hoy aquí, en este blog; lo único que no cambia es que sigo dirigiéndome a ciegas, hacia un lector al que no le veo la cara.

Encadenado a esa canción y a esa disciplina, logré escribir mi primera novela, con tintes de historias leídas, en especial las de la serie roja del Barco de Vapor, o la colección juvenil de la editorial Alfaguara. Los dos novelistas fueron Gerald Durrell (Mi familia y otros animales, Los secuestradores de burros), y Roald Dahl y su Matilda, Boy (Relatos de infancia) o Mi gran amigo el Gigante. Me movía en esa euforia de querer emular a los maestros, de creerme artista sin saber nada de las dificultades inherentes al oficio, solo juntando mis fuerzas para fabricar un mundo alternativo.

Poco importa cómo comiences, lo importante es despegar. Las sensaciones de esa primera etapa cuentista son difíciles de transmitir hoy, con la distancia de los años. Eran otras las circunstancias: compaginaba EGB con los libros recomendados en clase; siempre presentes la lectura con la escritura. La creatividad debía escapar de alguna forma, y el azar quiso que fuera gracias a Whitney Houston. Fui un niño muy poco (o nada) enredón, gracias al taller de las palabras, al remanso de un río tranquilo.

Como un niño ingenuo, yo me creí (y aún hoy creo) que esos acordes estaban destinados a mí: los focos en medio de la pista señalan los signos en el suelo. Bailarín, sí, pero bailarín de las palabras: escritor. La gloria literaria no depende de uno, y no es menos cierta la estulticia de aquellos a quienes no les basta la propia estimación. No, no, señor; mis escritos serán míos, por encima de todo. Solo cultivando cuidadosamente nuestro jardín podemos hallar la felicidad, las tierras intelectuales en barbecho, conforme vamos avanzando, sin pausa ya, y nada más. El lector es libre de elegirte.

Y así, uno llega a la evidencia de que la única lucha verdadera consiste en conservar la suficiente firmeza para que la escritura no se deshilache, se deshaga de tus manos; tener un cierto estilo personal. Irlo enhebrando, hasta la misma saciedad. Aprendí a que necesito guardar para mí, y solo para mí, con el talante del buen amanuense, esas canciones, esos libros, esos relatos, tanto si se acompañan de dibujos como si son solo letra de molde. He de caminar hacia adelante y buscar un cierto acomodo para el espíritu. El azar quiso que necesitara la voz de Whitney. Ahora esa canción de las “pequeñas esferas” resuena aquí, en mi cabeza, volviendo a la pasión de la infancia, con mi habitual melancolía, sin esperar más paz que la paz misma en los momentos más difíciles.

A LOS POBRES DE ESPÍRITU

Estoy en Sitges. Son las doce de la tarde de una mañana de agosto; la playa aún no está tan llena como acostumbra. Con el sol matinal clavado como un aguijón sobre la espalda y el cogote, con infinitas ganas de refrescarme, me alejo de la orilla y, con mi bañador floreado (no demasiado estridente), nado hasta lo profundo, hacia los dos o tres yates deportivos que este domingo fondean en la lejanía. Luego de comer y descansar la comida, salgo del apartamento, cojo la bicicleta hasta el puerto para comprar una revista de moda (o de cotilleo) que sé que tanto le gustan a mamá. Por la noche, después de una cena mínima, y de leer y de no enchufar la TV ni por asomo, me pongo la escafandra (mi pijama sin gorro ni casco), pero escafandra al fin (algo artificial, un cuerpo extraño) para ir a dormir…Otro día de fiesta, se repite la melopea: dejo de tumbarme en el mar a merced de las olas, vuelvo a pisar la arena de la playa, vuelvo al apartamento con mis primos y tíos, y paso, de nuevo, a cohabitar lugares y acciones…

Todo eso que “escenifico” o “represento” no es más que el intento fallido (o no, nunca se sabe) de habitar la soledad. Mediante estos simples actos consigo, por momentos, desaparecer del blanco imprevisible y desconcertante de las miradas ajenas, de los demás, en conexión con el yo que fui y que ahora habita bajo capas y capas de piel, escondido. Son  fragmentos de mi primera adolescencia, de los largos veranos en la villa costera, similares en apariencia pero irrepetibles.

Por instantes, me sentí y todavía hoy me siento desengañado de las excelencias de estar solo. Tal vez no haya sabido saborear el silencio, ni la quietud ni la serenidad de una paz interior. No es ningún triunfo absoluto de mi persona; es, de otra forma, decepcionante, porque la libertad no siempre pasa por uno mismo, me digo, puesto que ya no me gusta estar solo. Así, podría aparentar que haya encontrado la gran felicidad viajando sin más compañía que mi equipaje mi portátil, pero no lo es…

Pronto descubro, también, que eso de cuanto más seamos, más reiremos es tan falso como el beso de Judas. No: estar acompañado no es ninguna panacea. El lenguaje está depauperado. La música de las voces es confusa y llama a error. Es la compañía solitaria. Tal vez creí que la posmodernidad estaba enterrada y bien enterrada, solo con resquicios de vida en las novelas de una época pasada. No: sigue siendo abstruso dilucidar el significado de los vocablos que utilizamos. Sigue siendo difícil la convivencia, ¡no escarmentamos!

En Barcelona, cojo el autobús V50 para ir a visitar la casa de un amigo. Es un domingo por la tarde. Renuncio así a una siesta o a escuchar música del Spotify como sesión continuada desde mi portátil. A lo mejor solo voy con intención de amistad, nada más, pero puede malinterpretarme él o aun yo; no sabemos lo que queremos casi nunca. Puede surgir, sin más, el equívoco común y moliente, el de cada jornada del año, sea ya pasado o presente.

¿Cuándo acaba el amor y empieza el desamor? ¿Cuándo el placer y el dolor? ¿Es, en realidad, ese amor verdadero, o al menos sentido por el corazón, órgano que late deprisa o despacio, según le rote? ¿O es un proyecto fallido de amistad o de pasión? La realidad y la ficción quedan, así, unidas, sin poder ya desligarse. Mi amigo no estaba; me olvidé el móvil en casa y ni siquiera lo llamé, ni antes ni después, confiado en que lo encontraría en el mismo bar, a la hora de siempre, en el bar enfrente del cine de la Gran Vía. A lo mejor estaba paseando por la ciudad en compañía de su novia. ¡Vaya! Me vuelve a resultar monótono y aburrido estar solo, como nadando en alta mar. Otro domingo más sin verlo. Lo veo cada fin de semana, o casi. Sí, ese es el precio de la soledad: no crear más equívocos que los propios, los de mi persona, los autoengaños y los miedos y las incertidumbres propias. Confío en ver a mi amigo en otra ocasión. Prefiero eso a estar solo.                                                                                                                                                                                                                                           Los videojuegos, la telebasura, las parodias de políticos, hasta las series de vecinos: un largo etcétera nos convierte en “depredadores”. Es la paranoia o la insania o la involución. Aquellos que no leen con asiduidad (una mayoría aún grande), ni van al cine, han crecido con la música (o con la caja tonta) como única educación sentimental, como único estandarte moral. ¡Y qué pobre! Que si el primer beso, que si no puedo olvidarte, que si no me importa tu dolor… El cinismo campa a sus anchas. Con todo ello, se tienen muchas menos oportunidades de frenar el mal. Es la semántica de lo cotidiano; la pura semántica, deletérea, cuando dejamos la soledad y convivimos con el otro. Las palabras se pervierten, se banalizan, pierden su inocencia y la de los hablantes que comparten el tiempo y el espacio, juntos, conforme van viviendo y usando la lengua, cualquiera que sea el registro, el idioma y la época. Siempre bebemos de la incertidumbre.

El teatro, siempre. Ha sido mi propio descubrimiento. Escribir para la escena completamente, fatídicamente. Me parece que solo a través del teatro, pieza clave para entendernos, podemos psicoanalizarnos, tomar distancia y plantearnos los pequeños grandes cambios como ciudadanos. El que no quiera pasar páginas de novelas porque le da demasiada pereza, que al menos vaya a ver montajes escénicos. ¡Es lo mínimo! Para escapar de nuestra cotidianidad, disfraz de mentiras, silencios o malentendidos. El teatro, el género artístico más cercano a la vida, antes incluso que el cine, o que los cuentos, a caballo entre la esencialidad de la poesía y la narratividad de la novela. ¿Cuándo despertaremos?

ORDENAR EL DESVÁN

Esa melancolía tan grande, de la que he escrito tantas veces, viene de lejos; es el viaje fugaz hacia aquel que fui, puesto en tela de juicio (¿fueron honestas aquellas personas con las que me crucé?,¿fui yo, a su vez, honesto con ellas?), pero no por ello más inauténtico. Hoy, recordando, ordeno mi desván, lleno de libros y de películas, de papeles mecanografiados y archivados o escritos a mano o a ordenador, ahí, durmiendo el sueño de los justos. También la música. Todo cachivaches, en fin, si bien no del todo inútiles. Y, al hacer limpieza, me digo que no puedo deshacerme de casi ningún objeto; me es necesario conservar ese engranaje de la memoria, que pertenece a lo sentimental, que pulula, silencioso, dormido. Lo guardo todo (o casi todo), salvo la colección entera de Barrio Sésamo, producto de la chifladura de mis primeros años (¿o fue la de mi madre al comprármela?) Esos libros infantiles he querido regalarlos a la hija de mi prima, Anna, que acaba de hacer la Primera Comunión y está encantada de que se acuerden de ella. Todo lo demás me pertenece: si lo perdiera, lo olvidara definitivamente o bien lo tirara a la basura, traicionaría a mi yo más profundo; al ser que es ayer, hoy y mañana, a la vez.

¿Y dar con los escritos amarilleados, abarquillados y mal editados? Son parte intrínseca de mi educación. Es como cuando me preguntan (o nos preguntan), a bocajarro, por nuestra edad, cuando los preguntadores están más aburridos, aguijoneados por el temible gusano de los curiosos y de la mala fe. Esto es igual: no me importan los años que tengan esos libros (ni mucho menos los que haya cumplido yo), extraños a mí en este presente inane, si están pasados de moda y ya ningún personajillo (ni siquiera yo) los lee. Son como el vino añejo: ganan con el paso de las horas. Pero lo mejor es que, en ese juego casi perpetuo entre recuerdo y deseo aún no satisfecho, unas novelas o unas películas me llevan a otras. Están vivas, viven conmigo.

Jerzy Grotowski (1933-1999)

Yo soy así: actúo por carambola, o tiro porque me toca. Un ejemplo interesante: viendo Mi cena con André, de Louis Malle, vi cómo el protagonista, André Gregory, el mismo en la ficción y en la realidad, nombraba uno de los talleres, impartidos por Jerzy Grotowski, en el cual había participado. Bien: fue en ese momento en que decidí leer Hacia un teatro pobre, del mismo autor polaco. Fui siguiendo las huellas de Grotowski y de su importancia y relevancia para nosotros, los que nos dedicamos al teatro, o incluso para los mismos espectadores. La labor de quienes nos han precedido, ya sea en los terrenos a veces resbaladizos de las artes escénicas, del arte en general o en cualquier otro invento de los humanos, nos han hecho “ganar” cuanto poseemos hoy; lo que han conseguido ellos es el legado, que nos otorgan, lo merezcamos o no. El teatro no se entiende sin Stanislavski, sin Tennessee Williams, ni mucho menos sin Peter Brook o aun sin Grotowski. Los que escribimos para la escena navegamos por un terreno más sólido (o tal vez más proceloso, eso ya no lo sé) para crear.

Así, lo que compré y abandoné en su día en el desván vuelve a emerger de pronto, gracias a una película. Tengo mucho que ver y que leer: solo los volúmenes de teatro de que dispongo ya ocupan un estante… Sí que esta reflexión (¿qué dejo y qué cojo del pasado, ¿qué libros guardo o tiro?, ¿he de hacer borrón y cuenta nueva de ese pasado melancólico, que ya no existe, pero que me conforma?) no quisiera que se quedara en la pura divagación estéril. De la misma forma, debo guardar el recuerdo de lo que he leído o visto y he experimentado.

Esas piezas teatrales, esos cursos de escritura a los que asistí, esos libros editados de Barrio Sésamo y compañía, tal vez no volverán, o no de la misma forma. Vendrán otros, pero ya no serán iguales: esa inflexión de voz en el profesor, esa mirada obnubilada en el Más Allá de la actriz; los compañeros o demás espectadores con quienes crucé unas palabras o una caña o refresco en el bar; esos libros, releídos ahora. Ninguna palabra será igual. Yo ya no seré el mismo, ni con el humor o la tristeza del entonces que aún resuenan en mí. Ese mundo pasado, hecho de emociones, se pierde en el tiempo, pero regresa con la voz de la conciencia que dice: “Debes emprender el camino que trazaste ayer”. Es como una paloma muerta, cuyas entrañas se ven a la luz del sol con la misma intensidad que si fueran las mías: ese es el proceso de identificación, de catarsis, con los demás y con lo que fuimos para ser hoy nosotros. Esa tienda de DVDs, esa librería, esa camisería, tal vez mañana desaparezcan sin que nada ni nadie lo anunciaran de antemano. Simplemente, desapareciendo. Tus días se van, de la misma forma, se alejan y quedan en un pasado que no es solo pasado, sino el quehacer de la nostalgia, de dejar atrás todo lo malo y todo lo bueno de la existencia.

SOL Y LUNA EN GRANADA

No podía dejar de componer un elogio a la bella Granada, que ha socavado todas mis ideas preconcebidas y pretéritas. Espero no ser rimbombante con lo que escriba hoy. Seré escrupuloso con los detalles, evocando con palabras provechosas y agradecidas los dos días con sus noches, sol y luna. Dos largas jornadas en el centro, en el Albaicín, para acabar en la Alhambra. Mi amiga Vanessa y yo recorrimos la ciudad como si cabalgáramos por entre la muchedumbre. Nuestra banda sonora fue escuchar el rumor del gentío en la Gran Vía y en Reyes Católicos, atravesando una galería de callejuelas y plazas, jardines y parques, más propia de un laberinto o del juego del escondite. Un sabor dulzón en el paladar, una flecha directa a la garganta, seguro y vivo contacto de nuestras manos terrenales con el Paraíso.

Fue como estrenar zapatos nuevos, el premio a un año entero de trabajo sostenido en el hotel barcelonés donde trabajo. Sería perverso no reflejarlo en el papel; sería un vil descuido de la memoria a lo que hay que agradecer. Hemos admirado Granada de día y de noche, con sol y luna. La temperatura en este mayo extraño, que huele a borrachera de olores y sabores, ha sido crepitante, mágica; el atabal de las horas ha sonado por entre el empedrado, mientras nosotros caminábamos, contemplando patios y casas encaladas, rincones escondidos. Nos hemos retratado con la Alhambra al fondo, con los tejados en la terraza del quinto piso del hotel. Nos hemos sentido muy queridos aquí; nos ha gustado sobremanera la cháchara distendida y cómplice de los vendedores, de los camareros, de cuantos veíamos y preguntábamos al pasar, antes de subirnos al microbús que daba vueltas y más vueltas, como una mosca alrededor. Una de las pocas veces que no me he llevado ninguna novela o libro de poemas; solo la guía turística y una revista de modas comprada allí para matar el tiempo, entre recorrido y recorrido. Vanessa compró diademas y lazos para su hija y para su madre, y una funda de móvil de Hello, Kitty. Yo compré un rosario a mi tía Ana y un sombrero canotier para mí, para desafiar al calor. No necesitamos nada más: solo los ojos para ver; el corazón, para sentir; los pies para andar. Nada más.

El regato que pasa junto al Paseo de los Tristes, el Darro. Las horas son desafiantes: te llaman a disfrutar de las vistas, no solo por mera curiosidad, sino como si nos imagináramos vivir aquí para siempre. Sí, porque no sé si le pasa también a mi amiga Vanessa, si les pasa a los demás. Soy consciente de haber dado con un amor perdurable. Granada me ha llevado y me llevará en volandas, lo sé. Igual que cuando pisé por primera vez Sevilla, hace ya tantos años. Mi asignatura pendiente es, seguramente, visitar el resto de Andalucía. No me hace falta ir a París y admirar el cancán del Moulin Rouge. Soy feliz con una fotografía en el Patio de los Leones, contemplando un atardecer con Sierra Nevada a lo lejos…Una ensalada de cosas deliciosas, no una amalgama o batiburrillo inconexo. Rodar por Granada es buscar y encontrar la propia salvación.

Volveré. Me pregunto cómo será visitar la Alhambra en otoño o aun en invierno. Una experiencia única, seguro. Es como el que va a Venecia en todas las estaciones, no solo en mayo o agosto, sino también en diciembre, evitando las aglomeraciones de los carnavales en febrero. Si te enamoras de una ciudad, la quieres igual en cualquier época, en cualquier circunstancia. La quieres porque ha acabado siendo una parte de ti, de manera insospechada e inevitable; el reflejo en el agua de tu amor centelleante, de la voluntad que desea ocultarse tras las esquinas de la catedral, de la Capilla Real, por las plazas, degustando una tapa de tortilla, que tan generosamente te han servido después de haber consumido una caña o un refresco.

Descifrar códigos escondidos; dar un rodeo por el centro, por las tiendas de ropa o de souvenirs. Encontrar lo bucólico en lo urbano. Sentirse como en el centro del mundo, allí donde sucede lo mejor, lo más auténtico. Es, tal vez, al final, cuestión de dejar las puertas abiertas a lo no planificado. El cielo, el sol, la luna, no caen como un peso muerto sobre nosotros, sino que nos impulsan a saborear lo más dulce de la tierra. Nuestro corazón no debe acusar la dejadez. Debemos senderear por caminos aún no trillados del alma. En mayo, sin más estrellas a la vista que las de la penumbra, allí, en la terraza del hotel, domesticamos el corazón, lo expandimos, lo encendimos con la llama atenta de la sangre. Nunca deberíamos dejarnos atrapar por la tristeza, ni por el rencor, ni aun por los malos sentimientos. Como dice la canción: dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada

ENTRE BAMBALINAS

Hace unos días tuviste un sueño y te despertaste con la corazonada de que querías interpretar, a toda costa, los personajes que tú mismo habías creado. Ser actor, juez y parte de tus obras. Pensaste, quizás, que eras el que mejor iba a entender los motivos del protagonista. A ti te gustaría creer que eres el actor/hipnotizador, el que lee tu texto formidablemente, mejor que nadie, con el cual te identificas: la mejor voz y la mejor dicción para tu protagonista, si las cosas fueran más sencillas. Error de fondo y de forma: ¡qué ingenuidad! Los actores y actrices ensayan y ensayan después de estar tres o cuatro años trabajando y estudiando. No actúan por ciencia infusa ni su sabiduría ni su aprendizaje ni su tesón caen directamente del cielo. Son horas y horas de esfuerzo sostenido. Aun así, tú deseas el novio perfecto para esos sábados aburridos y pegajosos de lluvia, viento y nubes como sombrajos. No eres un amante común y corriente; no te conformas con cualquier cosa.

Los cuatro años que pasaste en una compañía amateur te hicieron ser como eres hoy. Es la vida entre bambalinas, en las tinieblas del tiempo. Lo poco que ahora sabes, que intuyes o conoces o te jactas de saber, proviene de aquellos ensayos generales, de la mucha preparación corporal y vocal, de los compañeros que siempre te miraban a los ojos y te decían con elocuencia: sigue así. Quizá era todo un punto irreal: la vida allá fuera no son todo halagos; más bien son otras lindezas. La profesionalidad es dura, y no siempre hay un parapeto para la desgracia. La quimera peligrosa es quererlo ver del revés, diferente. La vida es otra cosa.

El médico de su honra, de Calderón, interpretado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, fue tu primer contacto con la escena de los adultos. Tenías dieciséis años. Luego vendrían otras obras, otros mundos. Hasta el Tenorio. Ese amor latente por el teatro bascula entre el código del honor y el amor casquivano de don Juan. El honor de ese drama calderoniano, visto hace ya casi cinco lustros; héroe (o antihéroe) que se aferra al amor, que no lo destruye con sus acciones, sino que lo guarda en lo más hondo y es capaz de retarse por defenderlo; hombre de una sola mujer. Nada que ver con ese don Juan que no quiere comprometerse, que no se enamora más de lo necesario; que cambia de papeles con asiduidad, que acumula amoríos en el llavero de las puertas terrenas.

La esencia del teatro, tu amante, tu amor entre las tinieblas del tiempo son ellos dos: los duelistas y los donjuanes. ¿Cómo puede ser? Pues así es: al dramaturgo (o al actor) le interesa defender una obra trajeado con las mejores galas. Pero también quiere escribir (o interpretar) muchos personajes; ser, en definitiva, promiscuo en escena, incordiar al público con el mayor número de piruetas, y trifulcas y discusiones con sustancia. En resumen: un sopicaldo nutritivo y gustoso. Los comensales fueron a ver, a probar y a degustar el plato principal y más tarde se relamerán recordándolo.

Ese eres tú; la fuerza motriz que te impulsó ir a ver a Calderón, que luego se aficionaría a Goldoni y a Yasmina Reza, a Marivaux y a Arthur Miller, a Albee y a Tennessee Williams… y a un largo etcétera. Este es tu vademécum, tu evangelio, tu guía de viaje portátil. La sublimación de la vida está ahí, entre bambalinas, esperando. O resplandeciendo entre candilejas. Eres así: parte cuerpo y parte espíritu y, alimentado, no con caramelos revenidos, sino con las historias de la madre Celestina. El alma es prolija y precisa explicarse y entenderse a sí misma. Sí, entre las tinieblas del tiempo, con el teatro, con el que te has comprometido y celebrado tu boda. Esperas escribir aún muchas obras. Quieres ser dramaturgo y dirigirte a un público que desee conocer cosas nuevas. Tú eres el amante entregado, preñado de ilusión hasta la hora final. Quieres ser también el escultor, el que alcance con su arte la estrella más lejana, en las horas más tristes. Todo viene de aquella velada de casi cinco lustros atrás, de aquella primera representación. Quieres decorar el salón de las ninfas de buenos propósitos, y que el público resucite. Quieres izar la bandera de la alegría, el estandarte que se dirija a todos y todas. Cuando te sientas ofuscado, recurrirás al espacio vacío, ese lugar que se ensancha entre tinieblas, y solo entonces respirarás, aliviado.

EL YO ESCINDIDO Y EL YO TRASCENDIDO

Toda fisura requiere una sutura. Esto es, más o menos, lo que sucede en la película Persona (1966), del director sueco Ingmar Bergman. Como si se tratara de teatro de cámara, el juego actoral está limitado exclusivamente a dos protagonistas, como son Liv Ullmann, en el papel de Elisabet Vogler, la actriz de teatro que se queda muda tras una representación de Electra, y Bibi Andersson, fallecida hace escasos días, que interpreta a Alma, la enfermera que se hace cargo de la primera. Hasta aquí, todo bien. Pero es que Bergman consigue fijar en su fábula a la vida y a la muerte, a la máscara. ¿Qué es ficción?, ¿qué, realidad?

El silencio de Elisabet es el resquebrajamiento, el desenmascaramiento de su propio yo. Todo esto sucede mientras Alma se psicoanaliza delante de la actriz; habla para cubrir ese silencio incómodo que Elisabet no desea romper. A medida que la historia avanza, se produce una simbiosis. Elisabet pasa a ser Alma, y Alma (nunca mejor dicho) el alma de Elisabet. No en vano, una de las últimas escenas de la película contiene la famosa imagen de las dos actrices, los dos rostros fundidos en uno.  Persona no es más que la posibilidad (fallida o no) de resarcirse mediante el diálogo, la compañía. También del poder curativo del Arte. ¿O todo es falso, ficticio, al final? Las fronteras realidad/ficción se vuelven muy finas. Se nos interpela directamente como espectadores: al final, nos acaba interesando, como a Bergman, el análisis de la representación de la realidad; nuestra relación con el mundo a través de las imágenes.

Nos lleva todo ello a reflexionar sobre el cine y la interpretación en general. Esas imágenes del bonzo quemado vivo que aparece en la televisión, del metraje que discurre rápido; las de ese niño con gafas, el hijo de Elisabet, que acaricia la pantalla donde aparece su madre, nos llevan a hurgar en las tripas del cine. Nos remiten a la ineludible relación filial con la madre, con nuestras propias madres. El pasado incómodo, nuestra propia biografía, determina, obstaculiza a veces nuestro presente, y aparece, de manera insospechada, la neurosis. Elisabet ha vivido siempre con máscaras (ante su marido, ante su hijo, ante la sociedad…) y, cuando se queda sin voz, paralizada, desea quitarse todas esas vestimentas, pero acaba convertida en otra máscara. No podemos huir, se diría. De ahí, el título de Persona, que en griego significa precisamente “máscara”.

Así, un director de cine se preguntaría: ¿qué puedo contar? ¿Puedo narrar la verdad interior? La respuesta es no. El cine ha dejado de ser realista. Pero todo sirve: si Elisabet parte de la escisión con el mundo, cuando se recupera ya no será la misma mujer. Ha establecido vínculos con la vida; la compañía de Alma la ha hecho salir de sí misma, es un yo “trascendido”, de alguna forma. Y lo escribo entre comillas porque, al final, todo es convención, disfraz, ilusorio contacto con el arte, con algo que vaya más allá de la realidad y nos preserve del mal. El gran acierto de Bergman es contarlo todo con la imagen: contarlo en medio del silencio de Elisabet y la verborrea de Alma. Sin duda, seguirá siendo indefinidamente producto de controversia y despertadora de la discusión: ¿puede el cine proclamarse el dios del mundo, sustituirlo cuando se ha proclamado la muerte de Dios?

Hay que ver y volver a ver esta película. Muchos (incluso los mismos suecos), no son muy seguidores de Bergman porque, argumentan, su arte es oscuro y dotado de una dureza inusitada. De acuerdo: a lo mejor llevan parte de razón. A veces, se aprecia más a Bergman fuera que dentro de sus fronteras. En todo caso, a aquellos que duden de su Arte les diré: la truculencia de las historias queda velada, compensada, aplacada, mediante el poder sugestivo de las imágenes, por esos primerísimos planos de las dos actrices, que nos muestran una forma de sentir y de estar del todo contemporáneas. Empezamos la película y nuestro yo está, como en el caso de Elisabet y aun el de Alma, “escindido”; a medida que avanza el metraje, y al final, nuestro yo ha “trascendido” completamente: el vía crucis nos ha permitido transitar por otros jardines. Ojalá no sea el único que. al contemplar esos planos, ese largo monólogo, reflexione de verdad, preguntándose sobre si su vida es todo lo buena que podría ser, y de si ya va siendo hora de que haya un antes y un después, un momento de iluminación que nos descubra la faz escondida, si no la verdadera (¡eso sería pecar de ingenuos!), sí la que permita una mayor amplitud, una mayor conexión, una mayor armonía con los demás.