PASEO DE LOS PINTORES

Si algo he aprendido en esta vida es que, en efecto, muchos de nosotros, sino todos, necesitamos hacer uso de nuestras habilidades y no desaprovecharlas. El estribillo que tarareamos no solo consiste en el estudio, la lectura o la contemplación, sino también en crear, en dejar algún tipo de huella. ¿De qué me serviría, al final del camino, conocer por menudo todos los libros de mis escritores favoritos si yo no hubiera sido capaz de construir algo propio? Debo demorarme en las letras del abecedario contenidas en los cuantiosos volúmenes de mi sin par biblioteca, a la vez que dedicarme enteramente a escribir o a pintar. Masticar, en fin, el sabor quemante del fuego que anida en mi corazón y mostrarlo a las claras.

He de confesar que la pintura me salvó. Me salvó contemplar las pinceladas y brochazos, las veladuras y empastes, la celebración de la línea, desde muy pequeñito, allá por las vacaciones de verano. Inquieto y voraz, visitaba todas y cada una de las galerías de arte de Sitges: la desaparecida Galería Altarriba de la Calle Mayor, la Galería Foz, las salas de la calle Parellades, el Escorxador…, como si se tratase de un largo Paseo de los Pintores, unido por hilos invisibles que yo trazaba. Me detenía por lo menos cinco minutos en los cuadros más atrayentes y, más tarde en casa, como si me hubiera bebido el elixir de la felicidad, el recuerdo de las formas y el impacto de los rojos y los amarillos y los azules permanecían en lo hondo de las pupilas; permanecen aún hoy mientras escribo esta columna. ¡Dichosos primeros años, inundados por la fuerza de la pintura! Desde que mi madre me compró un caballete y una maleta de pinturas al óleo, yo fui otro muy distinto. Me abstraje de todo y de todos.

Esta educación en el terreno artístico me ha ayudado a vivir, incluso  hoy, cuando se resiente mi espíritu. Estaba melancólico; subido a la bicicleta, en unos pocos minutos aterrizaba en una de esas galerías, en busca del color, como un paisaje nevado o un resplandor solar. Nada podía ni aun hoy puede compararse a aquello. También me encantaba ir a la tienda de pinturas y echar un vistazo a esos lienzos enormes en los que yo deseaba pintar pequeños bocetos: un bodegón, un paisaje, un cuerpo de niña. Óleos, acrílicos y barnices, espátulas, carboncillos y atriles, los útiles del artista se multiplicaban.

Voy a volver a coger los pinceles. Me gustaría ser un hombre del Renacimiento, a lo Leonardo o, imitar, en la medida de lo posible. el arte total a lo Wagner. Que la música de las palabras y de las formas triunfe en todas partes, sea por donde sea. Que coexistan dentro de mí, bajo mi piel, planetas palaciegos. Que salga victorioso tras haber perdido la partida.  Con ese porte, va el artista, saludando a conocidos y a desconocidos, portando sobre la frente el mar de sus esfuerzos, la tensión en torno a las comisuras de los labios, para anunciar el milagro, el dulce milagro que no podría ser, que no tiene que ver ni con el Bien ni con el Mal: porque el arte no entiende más que de la consigna de hacer bello lo feo, visible lo invisible, alegre lo triste.

Digo todo esto porque, precisamente, en estos días convulsos, bullangueros y caóticos, enemigos del orden y de la caballerosidad, precisamos del placer artístico en la cocina de la existencia: los cuadros propios y ajenos. Espero que la furia creadora me acompañe en el dolor, la abulia y lo amargo. A fe que es lo único que me importa: las obras que puedan brotar de mis manos, de mi inteligencia, del festival creador que aguarda el instante en que esparcirse por doquier, inundando los ojos de los que miran y que, también, algún día serán capaces de crear.

NOVELAS NADA ESOTÉRICAS

Hoy ha sido Sant Jordi; ya se fue la jornada… Sentado en mi diván particular, escribiendo frente al ordenador, recorro con la memoria la alegría antigua y presente, y me sale la vena nostálgica. Anteayer leí El primer amor, la célebre novela corta de Turguéniev, comprada hace algún tiempo, precisamente por estas mismas fechas. Había invernado doce meses. Mucho hay en ella de deslumbramiento ante el mundo. De nuestros primeros amores, además de ingenuos, frescos, vivos (nos emocionábamos más; ignorábamos qué hay más allá, al final del laberinto).  El azar me ha hecho ahora atraerme a su fuente, al triángulo amoroso entre Vladímir, el narrador que echa la mirada atrás, a sus dieciséis primaveras; la princesita Zinaída; y el padre del muchacho. Apenas si sabemos hacia dónde nos conducirá la historia; el golpe maestro del corazón (ayudado por la cabeza) puede, si bien a trancas y a barrancas, darnos pistas, tendernos el hilo de Ariadna.

Esta columna debería haberse titulado El laberinto de la lectura: un buen libro es siempre (o casi siempre, quiero creer) metáfora de la vida, pues no se sabe muy bien por qué vericuetos discurre ni discurrirá el alma del yo lector. También debiera titularse El laberinto de la escritura: invocar el acto de escribir es igual o más azaroso, si cabe. No se escriben nunca dos libros; ¡qué digo!, dos páginas iguales. De ello depende el cosquilleo del autor: las ganas, el arrebato, la inspiración pasional y caótica que nos permite escribir, unas veces con rapidez y, otras, las más, lentos pero certeros, como la tortuga de la fábula famosa que ganó la partida a la liebre.

Por esas mismas casualidades, a mi amiga E. le hice neófita en la empresa, a ratos tumultuaria, otras más bonancible, de los que leen buena literatura, que afortunadamente aún son legión. Primero le presté Nada, de Carmen Laforet y, luego, tras comprobar lo buena que había sido para su espíritu, se la regalé para su cumpleaños. E. la recomendó a otras personas cercanas y su resplandor alcanzó a no pocos. Entonces no lo pensé pero, ahora, en retrospectiva, me da la sensación de que parte de su hechizo estriba en el tierno e inmisericorde retrato de Andrea y su entorno, de la mirada que empieza a darse cuenta de quién es y qué circunstancias históricas vive, pronta a deshacer los nudos que va encontrando a su paso.

Hojeándola de nuevo, me doy cuenta de que el valor y la plena actualidad de Nada radica en ser sabia y sencilla a un tiempo; transparente, diáfana y profunda. Los remedios, las soluciones se encuentran en ella: yo sé que, como las grandes obras, me ofrece el cebo de la cotidianidad, lo que necesito para curar mis males sin que sea necesario recurrir a la fantasía: soluciones nada esotéricas ni impenetrables. No: el acierto de Nada es el servir de refugio para el lector, para abstraerse de sí mismo y de todo y de todos, al verse insuflado por la irresistible pulsión dramática de sus protagonistas. Yo no necesito bolas de cristal, ni varitas mágicas ni juegos de cartas con trampa ni cartón: Nada me alumbra en el pasillo estrecho, húmedo y oscuro del día a día.

Me gustaría recuperar aquella frescura de descubrir, de intuir, soslayando lo más difícil, las reglas de juego de los adultos. Tal vez maduré muy tarde, no lo sé. Entonces no fui capaz de entender todo lo que me decían…, era algo ininteligible, poco más o menos, cuando el narrador empezaba diciendo cosas por el estilo como: los primeros amores son, a menudo, los mejores o El sosiego de su corazón consistía en no pedir demasiado a cambio. ¿Cómo iba a comprender nada de eso si mis artes sociales eran tan limitadas? Acaso era una ofuscación momentánea. No: simplemente hice los deberes y el vivir me fue otorgando briznas de saber aquí y allá, en boca de todos y de ninguno, como a cualquier hijo de vecino.  Hay muchos buscarruidos en mi existencia, más de los soportables, tal vez…, pero entiendo que he de cargar con su peso para no desvariar ni desequilibrarme.

Busco la salida del laberinto, en mi despiste: aquello que ni la quiromancia es capaz de darme. Leer y escribir son ya uno solo dentro de mí. Siento una corriente, un escalofrío, una revelación interior que me sustrae de todo lo demás pero que, al volver a la realidad, me posee con otra mirada y, ¿cómo no decirlo?, con un corazón más ligero, aún incombustible. En esos instantes, sé que, más pronto que tarde, saldrá el sol. Esa es la vida que antes no veía y ahora, por instantes, se refleja certeramente en el espejo de mi lavabo cuando me arreglo; espejo de la literatura, al fin.

CONTRA TODO PRONÓSTICO

Contra todo pronóstico, de la nada nací. Antes de que mi madre me engendrara, nadie me esperó. El loco corazón, que no deja de latir hasta su propio final, contiene ahora las astillas del alma. ¿No consiste todo en un pulso vital que nos empuja, como un bajel que fondea cerca de la orilla? Han pasado muchas cosas, mientras tanto, y mucho después. Por ejemplo, tú, posible amigo, compañero y amante. Contra todo pronóstico, te perdí. Te creí cercano, y te marchaste. Tal vez seas irrecuperable. Los amores no correspondidos son los peores. No nos necesitan, no nos quieren.

He querido alimentar esta ansia mía como si escribiera una misiva, como si no pudiera abandonar estas divagaciones, como si en ello me fueran las horas… Hace un par de noches, tuve un sueño perfecto, como pocas veces he tenido. Estaba de vacaciones, en una especie de colonia, de urbanización costera, con otros chicos, todos jóvenes, algunos incluso más que yo. La idealización de mi Sitges infantil. Allí, al lado del mar, con las baldosas relucientes, espejeando el sol. Con el sonido del cortacésped y, a lo lejos, en el puerto deportivo, el rilar de los mástiles chocando contra sí. Los hombres que rumian como las vacas el mismo deseo de siempre.

 Después del beso, de la jura de amistad eterna y del amor, desperté; tan amargo como saber que aquello que viviste era virtual, irreal, ajeno. Después, la ansiosa vuelta a la rutina, a la alianza que me une a la existencia. La verdad duele: no deseamos renunciar a los deseos imposibles. Lo malo es que uno despierta y la noria sigue rodando y no se detiene jamás, pese a quien pese. Contra todo pronóstico, nada de lo que imaginé de adolescente sería como es. En el trabajo, en la familia, en las relaciones, voy descubriendo cosas que no me gustan, hasta que me acostumbre a vivir en una tormenta permanente. A contrapelo, surge la angustia. Nada de ejemplarizante hay. Somos como los frailes en una orden de clausura: nuestra desazón solitaria la llevamos a los cielos, rezando para que se vaya y no vuelva.

El consuelo es de tontos: saber que otros también han soñado con la misma intensidad que uno mismo. Los espejismos existen, en la adversidad y más allá, tras la calima del mar. Somos la intrahistoria, la de los pequeños individuos, esa que no importa más que al que la vive; fábulas de a un euro vendidas en una tómbola del tres al cuarto, las mismas del paseo junto a la playa donde, por las fiestas del patrón, descargaban los ánimos de los más pequeños. A veces, también desataban las iras de los más mayores que debían apoquinar con la plata gastada con tanta feria. Los barquines a lo lejos, el bla-bla-bla del mar contra las rocas, de la marea imperturbable a los designios humanos.

¿Nos volvemos cínicos? Tenemos una asignatura pendiente, y esta es la de mantenernos incólumes, como los estoicos. Tal vez esa sea la moraleja ante tanto resquemor. Los parámetros con los que debemos medir nuestro deambular. Es fatigoso volver la vista atrás, como el divino Orfeo, que perdió definitivamente a su Eurídice… ¿Qué dios es capaz de encañonar al suplicante y, un segundo después, perdonarle la sentencia? La utopía no pervierte si nos ayuda a avanzar hacia un futuro, si bien quimérico, algo mejor. El futuro, ¿se atreverá a trastocar nuestros nombres? ¿Trasoiremos nosotros unos nombres que nos interpelan pero que no nos pertenecen? Los dioses nos conservan alguna aventura digna, creo yo. Quiero ser, por lo menos, esperanzado. El sueño me hará, seguramente, rebuscar alguna ganga, algún objeto de valor en mi cotidianidad. Me hará ser más fuerte y me será de ayuda para hacer literatura. Los sueños, como pensaban los surrealistas o el mismo Freud, son muy productivos, y desatan nuestros interiores, tan a menudo vacíos, secretos, inexpugnables… En esto estoy: el sueño dará más calor, más sentido a los días que sigan después. Me darán un amor imaginado o real, pero en todo caso, inesperado. Contra todo pronóstico.

EMPEZAR LA CASA POR EL TEJADO

Garabateé, hace mucho, una obra de teatro cuya protagonista, una mujer ya mayor, se refugiaba en un convento. Rompía así, sin llegar a divorciarse, con un matrimonio de largo aliento, lo cual, en la actualidad, sería inverosímil. Además de estar escrito en un estilo artificial, iba en contra del signo de los tiempos, del mío; no se mantenía fiel a la sociedad y a sus preocupaciones; estaba desligada del presente.

Podría disertar, largo y tendido, tomando esta obra dramática mía como ejemplo, sobre el papel de la religión en el campo del arte, de la economía, de la literatura; sobre la influencia ejercida en las costumbres sociales de otros siglos. Podría hablar sobre nuestra actual ceguera, nuestro remoloneo y falsa conformidad de mortales, cuando desoímos su llamado. Podría llegar a escribir todo un libro solo sobre este particular. Pero no lo haré: de todos es conocida la diferencia entre las esculturas de vírgenes góticas, de los nimbos de El Greco, por un lado, y Kandinsky o el dripping de Pollock, por el otro. Quizá hoy se realizan obras artísticas espirituales, no lo negaré; lo espiritual existe, pero es evidente que ya no se pintan temas bíblicos.

Composición Ocho, (!923), Wassily Kandinsky

Es cierto que no podemos creer, con la misma mentalidad, los mismos preceptos religiosos del pasado. Este mismo sentimiento religioso, tan ausente de nuestras vidas, si se da, suele aparece con más furia al final del camino, cuando envejecemos. ¿Cuántas veces no hemos admirado a viejecitos generosos y buenos que nos abren y nos ofrecen su alma desinteresada? Recuerdo cuando he ido al hospital a ver ancianos: ellos, agradecidos, me echaban unas monedas que yo no podía aceptar. Recuerdo,  también, las ocasiones en que he visto a los mayores proteger a los más pequeños con secretos y cuchufletas. Los mayores, que nos acarician el pelo y nos motivan a crear, confían en nosotros, porque nos quieren con locura. Es el don de la sabiduría.

Estos mismos mayores, cuando traspasaron el umbral de la madurez, buscaron, casi desesperadamente, el resplandor eterno, la religión, la honda espiritualidad, para que sus ojos no se deslumbrasen con la falsa, la aparentemente viva y generosa soflama de la hoguera; para no convivir con el siempre engañoso deseo disfrazado de amor. Deberíamos tomar nota y ser, pues, más generosos, sin tener que esperar a la vejez.

¿No es más importante encontrar la virtud, un mundo rico interior y profundo en el que refugiarse, desde el principio? Nuestra debacle consiste en buscar la belleza física, la vacuidad, lo mediocre, a costa de la desvergüenza, el descrédito, la deslealtad. A eso llamo yo empezar la casa por el tejado. Damos prioridad a lo insignificante; deberíamos andar por la vida sin romper con los valores morales sólidos que nos enseñaron en la escuela, en la catequesis, antes de empezar a descreer; avanzar, poco a poco, sí y, a la par, admirar la riqueza, la diversidad del mundo, su polimorfismo, tal como pregonaba Platón: observar cuerpos bellos con vistas, para llegar, finalmente, a la Idea de belleza. La estética puede ser necesaria, pero es igual de atractiva o incluso menos que la moral.

En estas páginas raboseadas en que ahora escribo, teñidas por la mucha tinta derramada, observo el momento pendular, el golpe del destino, pero también las propiedades bonancibles de lo religioso: no basado en la curia y en el orden canónico, sino en una suerte de revelación interior. No querría caer nunca más en la futilidad. No tengo miedo a obedecer a esa luz, a esa voz que me dice: busca la mirada de los poetas, no le tengas miedo; convierte el subterfugio cruel de las horas, sus migajas de amarga soledad, en campo bien abonado, resplandeciente, eterno. Solo así dejaré de admirar la imagen, la fotografía saturada de colores falsos, la belleza efímera.

EL COLECCIONISTA DE VOCES

Hay quien sufre más de una chaladura y colecciona abrigos de piel, zapatos de tacón o CDs con carátulas estrambóticas. Por no decir de quien guarda cajas vacías de puros, con su olor penetrante aún intacto. Como en éxtasis, el coleccionista almacena cuanto su imaginación, sus ansias de devorar el mundo, de superar los horizontes pecuniarios, le dicta; sabe que es un mero capricho, que no necesita realmente nada de lo que salvaguarda con uñas y dientes, para supeditarse a esa afición envuelta en papel de seda. Su sola justificación: su felicidad megalómana. Nuestra estulticia se diría tremenda. Si acaso, habremos cometido otro pecadillo por comprar más de la cuenta.

Yo me he aficionado, diríase que debido a esa aburrida soltería que me lleva a inventar subterfugios, a coleccionar voces; las oigo reverberar en mi cabeza. Es el disfraz, el trono y la propia sepultura del señorito bien: lo que persigue durante toda su vida, lo que también le da muerte. Puedo reconocerlas cuando las leo, cuando las oigo en el autobús o el metro, cuando mi madre habla por teléfono. Supero la barrera de las palabras y aprecio el tono, el color y el timbre. Cuando leo, intento visualizar a esos personajes, cómo van vestidos, cómo gesticulan. Nada nuevo bajo el sol. Releo y siempre reconozco, a un golpe de vista, a un golpe de oído, el estilo de ese autor imprescindible. También con la mala literatura: la destreza consiste en desentrañarlas de sí mismas; destrenzarlas de la red, deshacer la capa de hielo con la que se envuelven. Yo llamo a esa afición, a ese gusto entrenado y al alcanfor algodonoso el arca de las palabras. En ella cabe desde una interjección hasta una palabrota, una acepción en desuso o una expresión de camaradería. Tal cual.

Buenas o malas, esas voces pululan por ahí afuera, lejos de mi mundo. Las cazo al vuelo: un libro mediocre puede ser excelente. Un ejemplo: yo quiero leer no solo a los clásicos, sino también a los novelistas actuales, aquellos que aún no han sido bañados por el espesor de la lava gloriosa, el oro de la fama, y están ahí, esperando a ser leídos. Los clásicos me ayudan a visualizar el habla de los siglos pretéritos. Los contemporáneos pueden ayudarme a entender cómo hablamos hoy.  Es la antropología, la sociología a la que me he referido en otra columna anterior. Todo me sirve a mí para luego escribir, para recrear esas voces en el espíritu del lector.

Escribir y cerrar el círculo. Escribo para ordenar, para entender el mundo, para deshacer el entuerto: los nudos del ovillo que se devana en mi interior. Clarifico mis ideas. Es como si viviera en un castillo de la Mancha y mi salón estuviera rodeado de retratos de viejas damas que me observaran y me guiñaran el ojo. Como si subiera al Himalaya. Como si fuera un neófito e hiciera un curso acelerado, intensivo del arte del lenguaje. La amargura de la vida, disimulada con un refrán de los de siempre.

Cuando escribo, pongo en claro, no solo mi pensamiento, sino el de los demás. Si yo no coleccionara voces, sería otro ser, completamente diferente. Busco atrapar esos gestos en la manera de hablar que me cautivan. Todo, con el solo concierto del misterio, de la sorpresa, de la bizarría de las palabras. Cristalizo en mi cerebro lo que otros escribieron. Lo que quedó registrado de un programa de televisión. Alguien me diría: sí, es verdad, pero te olvidas de los gestos corporales, del lenguaje no verbal. No todo es verborrea, una metedura de pata o una actitud demasiado reservada. Yo desconfío de la escatología libresca sin ton ni son. Pero ya no puedo ni podré desconfiar de esa voz callada, en el filo del acantilado. Si algo aprendimos con la experiencia es a no desterrar el canto de la chicharra: su voz también es válida, solo hay que escuchar y aprender de ella. El embate de las olas es una forma de sabiduría, también, como el torero que sale a la plaza y da lecciones de acrobacia a los indiferentes.

ALGUNAS CERTIDUMBRES

Las mil luces de los pisos de viviendas que se pueden contemplar en lontananza se encienden casi al unísono. Sentado en un banco del parque, veo anochecer. A primera hora de la tarde cuando llegué, la luz primaveral iluminaba los parterres de césped y los chorros espumosos del agua estancada brotaban como salidos del corazón de la tierra. En este momento, a excepción de un par de parejas jóvenes con sus perros, no hay nadie más. Antes, había un poco de animación, pero no mucha. El parque se parece más a un desierto que a un lugar de encuentros. ¡Ojalá mi vida se rigiera en todo momento y circunstancia por este mar de placidez!

El camino de vuelta deja de ser bonancible y se torna peligroso: es el turno de los borrachos; de los borrachos, de los tahúres y de los facinerosos. Las tabernas se van llenando de parroquianos que, tras una larga y penosa jornada laboral, desean olvidarse hasta de su sombra. Me doy prisa por salir de ahí. En el mismo anochecer, es como si habitase un macabro teatro de guiñol, con el fantasma de la guadaña y el payaso reidor que da más pena que risa. Paso por delante del garaje, ahora desmantelado, en el cual, durante más de veinte años, moraron el Renault 5 rojo, primero, y luego el Ford Fiesta blanco, conducidos en diferentes épocas por mi madre; el Renault de mi infancia y el Ford de mi adolescencia.

Una vez en casa, empieza el ejercicio: valorar lo que tengo y no lo que anhelaría, lo que me falta. Y encuentro algunas certidumbres a las que aferrarme: esta mesa, los cuadernos abiertos, la pantalla blanca del ordenador. Estos volúmenes, que me recuerdan a los colocados en las estanterías de mis amigos. La ingenuidad de saberme, ahora sí, a salvo de la noche. Hace tiempo escribí unos apuntes, lejos de casa, sin trasponer más que el umbral de la memoria, de cómo recordaba mi habitación; y, más tarde, comparé ese recuerdo con la realidad. Y observé cómo edulcoraba el espacio; cómo imaginé cosas inexistentes, tal vez aquello que deseaba tener: la estancia ideal. Los detalles de mi mundo, sobrevalorados.

¿Acaso estoy soñando todo lo que veo? ¿Acaso mi percepción de las cosas es diferente de las de los demás? ¿Acaso esto se parece al show de Truman? No es hora de hablar ni de la filosofía empirista de Hume ni de los imperativos categóricos de Kant. Aún no he cenado y necesito pequeñas certidumbres antes de ir a dormir. Me encierro en mi cuarto; nadie más me molesta. Me preparo la cena y, justo cuando oigo el chirrido de las persianas del bar de abajo, observo frente a mí, tras un traslúcido cortinaje, una figura que no logro distinguir bien. Enciende la televisión, su parpadeo me deslumbra; supongo que va y viene de la cocina hasta la sala de estar, que espera a su novio, y le sorprenderá con una ensalada de quinoa y bacalao al horno. Pequeñas certidumbres de los sentidos.

Sé que mi vida apenas me ofrece garantías; estoy en medio de la ciudad y a lo único a lo que puedo aspirar es a no soñar más de la cuenta y a pisar firme. Veré de nuevo Hannah y sus hermanas en el ordenador. Woody Allen, el maestro en describir matrimonios psicológicamente fracasados, despierta una tolvanera de emociones.  Imagino que yo soy el actor de esta película y que observo mi vida desde el otro lado. Y concluyo: no se está tan mal aquí, en mi piso, con mis trastos. Es la mejor, la más limpia y reconfortante certidumbre. Y no es poco.

EL CABALLO CANSADO

Nuestro poeta, el mismo que ha navegado por ríos y ríos de tinta, no ha sido, nunca del todo, un hombre de acción; más bien ha querido embelesarse con el espectáculo, con el casi siempre cruel panorama del mundo; empequeñecido, con el corazón en los pies. Refugiado desde niño entre los pliegues de La Vanguardia, nació así su vocación temprana: lector empedernido de periódicos a la sombra de su abuela, en aquellos tiempos de dictadura cuando la prensa era más rigurosa (como la sección de cultura, su preferida, bien surtida de entrevistas y crónicas teatrales y cinematográficas).

Emulando a los periodistas, se inventó noticias disparatadas que luego mecanografiaba y daba a leer a su mamá y a sus tías. A través de la escritura y la lectura, a veces con la traducción de los versos de otro poeta, iba abriéndose camino. Tenía prisa, quería acceder al mundo de los mayores para ver publicada su obra. Le faltaban las herramientas, los talleres, los compañeros en la escritura. Debía esperar. La impaciencia de vivir de la escritura: ¡casi nada!

Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, y que le salían las primeras canas, se fue desengañando. Nada era tan mágico como parecía: en especial, el mito del escritor feliz. El alma se convirtió en una alondra indefensa. Al fin, devino el filósofo que nadie quisiera para sí: el filósofo del aburrimiento del día a día, de las acciones más vulgares que deben alternarse con las grandes gestas.  De los caminos polvorientos al alma, vaya.

Ahora, en los estertores de la vejez, quiere aprovechar las horas al máximo; odia las distracciones, la espera en los aeropuertos. Viene a leer un libro diario; va a la biblioteca pública, porque la casa en que vive le abruma con los recuerdos: su mujer, sus hijos, los cuadernos rayados con más ripios correctos que afortunados. Se ha conformado con la media gloria de mantener el luto por necesidad. Su cabeza se va llenando de monólogos que se entrecruzan, que se entretejen entre las telarañas y el polvo de las arcas milenarias que aún conserva de sus ancestros: el fraseo de sus escritores favoritos, el ritmo de la calle, el cantar de sus amigos más íntimos.

¿Quién lo reconciliará con el vivir? Le gustó la idea de reflejar, ser el espejo de su época. Le divertía más escribir (y leer) libros contemporáneos a él; más cercanos. El poeta, ahora, con las manos callosas se resigna a pasar las páginas de sus obras completas. Ha envejecido de golpe al acumular tantas voces, tantos versos que él mismo pergeñó. Caballo soñador, caballo loco, quizás; al fin, un caballo cansado. Todos hemos tenido delirio de ser escritor alguna vez. En nuestra sociedad deshumanizada y deshumanizadora hacen falta muchos poetas como él, cansados de pasado; de pasado y de ávido futuro. El caballo al galope; el poeta está derrengado de tanto vivido, sufrido y experimentado, con las escasas fuerzas que aún tiene para su supervivencia.

EL NOVIO DEL BAILE

Fue en una velada de marzo de fin de siglo. No llovía en París; ya era momento del baile. Los amos del local encendieron los farolillos muy pronto, con la intención de emular a las estrellas, mientras las serpentinas y el confeti engalanaban el suelo de cemento.  Las parejas hacían movimientos dulces con los pies, con los brazos y, en una de esas, una mujer de negro con cofia, de la cual, diríase, que guardaba luto, dejó a su acompañante y se aproximó hasta una de las mesas con muchas botellas de vino y copas traslúcidas. Y una vez allí, la mujer le susurró al oído a su amiga, una chica ciega, de triste mirada ausente:

―¿Sabes a quién he visto delante de mí cuando bailaba con Richard?

―Pues no.

―Al fantasma. A mi primer novio.

―¿A quién?

―Al soldado que murió en acto de servicio; tú no llegaste a conocerlo.  Te lo he explicado millones de veces. El tiempo pasa pero su rostro es el mismo.

El baile del Moulin de la Galette, Pierre-Auguste Renoir (1876)

Los altavoces sonaban cada vez más, eran ensordecedores, y las piezas del repertorio, aburridísimas. Pero la gente quería divertirse, y no cejaban en el empeño de bailar, y la mujer del novio soldado, ya en su asiento, parloteaba con todo el grupo de la mesa, recordando, venciendo, por entre aquel teatro de las apariencias, el olvido:

―Prefiero vivir feliz en compañía de mi ángel, aunque sea un fantasma y nadie lo vea.  Mejor: así nadie me lo arrebatará. Es la ventaja de estar enamorada de un muerto, ¿no creéis?

Pero es así: nada es eterno, ni siquiera la felicidad. La mujer no celebró más veladas musicales, o no quiso, y eso nunca lo sabremos, porque murió aquel mismo verano, estrangulada por la memoria de su amante, por querer reunirse con él, o por causas que solo la naturaleza conoce. Familia y amigos quisieron que, igual que le había sucedido a esa mujer misteriosa, se les apareciera su fantasma, dirigiendo desde el cielo los bailes; sería la única manera de no conmemorar en vano su muerte, y serviría para despertarlos y urgirlos a vivir con más pasión…, de estar más cerca de Dios sin antes tener que morir.

¿Cuánto más hacía falta para despertar del sueño del novio soldado? Nadie lo vio, salvo la chica ciega; siguió presentándosele con asiduidad por una esquinita de su alma; se imaginaba su rostro de rasgos sencillos. Pese a que los demás solo supieran del novio soldado de oídas, ella confesaba sus visiones a diestro y siniestro. El alcalde de París, entre tanta habladuría, decidió erigir una escultura, al pie de la cual rezaba la leyenda: Los muertos necesitan a los vivos para sobrevivir, antes de ser aceptados en el cielo. Se conoce que dejó de aparecérsele a la chica cuando Dios lo aceptó, de una vez y para siempre, en el Paraíso.

GAÑANES DE ANTAÑO

Con frecuencia, como ya viene siendo habitual en mí, viajo a la infancia, al remoto pasado, tal vez debido a mi tendencia de ir hacia atrás, como los cangrejos, en lugar de hacia adelante, como a menudo aconseja el buen sentido común y la experiencia de los años. Y es en ese intersticio donde consigo atrapar los instantes del milagro, de las reminiscencias.

Patio del colegio Dr. Ferran i Clua (Congrés, Barcelona)

Enseguida, en ese espacio intermedio del cerebro, veo imágenes mentales: cómo los mayores, los profesores, o los que me doblaban la edad, o ni siquiera tanto, los que me precedían de cursos superiores, frente a la cola del patio del colegio, se me figuraban hombres distantes: gañanes. Desde una atalaya muy elevada, ellos me observaban. Les devolvía la mirada, ayer cohibido, hoy ya sereno. Porque el recuerdo está muy tamizado, es selectivo. Ya no duele. Son apariciones tardías, extemporáneas. Entonces, los veíamos más altos, más inteligentes y atrevidos, y nos asustaban las caras fantasmagóricas del matón del barrio y sus secuaces, del profesor con mostacho, de la chica más simpática que te ofrecía el desayuno para compartirlo. A menudo, me mentían disimuladamente. ¿Qué nos sucedía entonces? ¿En qué consistía ser adulto? ¿Qué escondían sus ojos? En ellos estaba el germen, el bochinche de la memoria, el ir y venir divertido y caótico. Pero la autoridad de los mayores, ¿dónde ha ido a parar? ¿Qué ha sido de todo aquello, tan aparentemente florido?

Quizás lo que suceda es que ya no nos dejamos intimidar. Los que vivimos todo aquello, o eso espero, tenemos necesidad de recuperarlo. Por fin, hemos dejado de ser ingenuos. Hemos dejado de jugar a las cocinitas, a los papás y las mamás, a las canicas. Hemos dejado atrás los juegos de los médicos, los cromos, los fastidiosos partidos de fútbol. Recordamos, sin el mismo estupor con que los vivimos, pero estimulados por su aura divina, los años de la “lambada” y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Por nuestro rostro asoma una bendita sonrisa.

Ya nada es lo mismo, nada es comparable. Nos alejamos de aquella felicidad inadvertida; de aquellas pisadas iniciales en el barro de los días de lluvia, de los charcos y las botas de agua y las bambas blancas por estrenar. El encanto de la infancia está ahí y no puede pasarse por alto; somos nosotros los niños de entonces, también ahora. Es por eso que los caminos que levantan los cangrejos entre las rocas son la mejor metáfora que resuma nuestra biografía, nuestros currículums vitae.

Me urge recrearme en todo esto, por el bien de la literatura, buena, mala o regular, que pueda aportar con mis columnas. Alternar presente con pasado. Ahora que ha pasado el tiempo, me contemplo a mí mismo, como si me entrevistara, sin micrófono y sin red, sin subterfugios, para hacerme más amigo de aquel chiquillo que escribía, pintaba y soñaba en solitario, lo que plantaba con la semilla, la primera piedra del que soy ahora. Aquí, en comunión con la vida. Acertando o equivocándome, pero salvando los puentes taimados del recuerdo.

UNA DISCOTECA EN LA COCINA

El mundo da muchas vueltas. Nadie habría pronosticado, hace ya unos años, recién terminadas las clases de la universidad, que acabaría de ayudante en el restaurante de un hotel. Educado para la industria del cine, o para labrarme un futuro en la radio o en la pequeña pantalla, los vientos soplaron en otra dirección. No encontré trabajo en las ondas. Tal vez, por eso, tengo una pesadilla recurrente casi cada noche. Es la villanía del sueño; pero la dicha de fabular, siempre, también, mientras duermo. Son las aguas turbias del pasado que vuelve: verme en el bucle de no acabar la carrera de Comunicación Audiovisual.

Sueño que me faltan tres o cuatro asignaturas por aprobar, pero nunca voy a clase, por lo que no logro licenciarme nunca. Guiado por el delirio nocturno, doy ahora con una interpretación, con la razón de los miedos, de la incómoda realidad. Si esos sueños se hacen crónicos, si no reculan y me persiguen una y otra noche, sean quizás el reverso de mis días. Tengo pavor de algo y lo proyecto en mi pasado. Tan simple como que no he podido colocarme en nada de lo que estudié.

Borrón y cuenta nueva. Mi jornada laboral hoy no tiene misterios. Me levanto a las seis, me sirvo un café justo después de asearme. Hago tiempo leyendo la novela de García Márquez que comencé la noche pasada. ¡Un poco de realismo mágico para inaugurar la jornada, señores! Después, media hora de metro. Ficho a las ocho. Son los días del congreso de móviles en Barcelona. El hotel es, entonces, un hervidero de cazuelas, de platos y de boles de yogur, de cubiertos, del ruido sordo del lavavajillas; un trajín de camareros entrando y saliendo al comedor. Los viajeros, sentados a las mesas, saborean los huevos revueltos, o al menos lo intentan, porque van muy escopeteados, o untan de mantequilla y mermelada una tostada. Y en medio del desierto, el vergel descomunal de la música: el móvil conectado a Spotify. ¡La cocina es una discoteca! Sin esos sonidos y esas voces no serían tan llevaderas las primeras horas. Bailar al ritmo de Aretha Franklin le alegra a uno el día, aunque no sean muchos los decibelios, para no espantar a nadie.

¡Pero bendita mi suerte! Trabajar aquí me curte, es caldo de cultivo para mi vocación de novelista, porque me acerca de lleno a las personas: descubro sus interioridades o, en cualquier caso, imagino sus vidas allá donde no logro trasponer las fronteras de la piel y del pensamiento. Inventar historias, contar verdades y mentiras, me ancla a la existencia. Esos instantes en que los viajeros miran el reloj o salen como un torbellino de la sala, yo imagino lo que piensan, la familia que tienen, o cuanto les depara el día aquí, en mi ciudad.

Para los deseos truncos, no hay nada que una bachata de Juan Luis Guerra no pueda subsanar. No me hace falta irme de copas; la cocina es una improvisada pista de baile, con tal de no resbalar en el suelo fregado. Las manos de la camarera india, que cortan el jamón, que reponen las tinas de zumo de piña o naranja o melocotón, que fríe croquetas; los ojos de mi jefe, que todo lo supervisan. La socarronería del viajero que pregunta cuál es el sueldo mínimo en España…: podría escribir todo un anecdotario de proezas, de dichos y sucesos y marasmo de palabras que se precipitan por la mañana en torno al buffet del desayuno… Que no haya más jugadas del destino, sino parabienes en el mundo de la hostelería, ¡larga vida a mi oficio!