VIRTUDES INSÓLITAS

La filantropía es un arte nada contemplativo. Exige del que lo practica una entrega total. Ser paciente, comprensivo; deponer todas las espadas, todo litigio. ¿A quién le importa hoy ser filantrópico? ¿Quién merece el título de “ayudante del prójimo” de cuantos nos rodean? En el universo de egoísmo imperante, necesito volver, en estos días de estío, a esas personas que hicieron que fueran mejor mis horas, aquellos lejanos agostos de Sitges.

Aún pienso en gente como Doña Petra. De eso hace más de treinta años. Hace mucho que ella ha pasado a engrosar el paraíso de los artistas, lejos de todos nosotros. Era, en su diminuta, delgada y frágil estatura, en su aparente insignificancia, grande. Grandiosidad en su pequeñez. Ya habría cumplido los setenta y cinco o tal vez ya rondaba los ochenta. Vivía en un sobreático, con sus dos perros y cinco gatos, y hacía esculturas de terracota que luego vendía o regalaba. Su rostro estaba cuarteado por las mil y una exposiciones al sol, tal vez como una escultura más. Llevaba siempre una pamela, y su pareo y su falda floreada, por encima del bañador; mientras pasaba por la playa, por los jardines de la urbanización o por la piscina, dejaba a su paso una estela de perfume caro. Nos llevaba en su Citröen al pueblo y allí compraba todo lo necesario para alimentar a sus mascotas o para freír pescadito fresco. Se hablaba de ella en cualquier corrillo, su nombre siempre venía a las mientes. Doña Petra por aquí, doña Petra por allá.

Doña Petra, la tía Petra, la abuela Petra, fue la mujer más filantrópica de Sitges que yo haya conocido. La que se rumoreaba que era pariente lejana de Picasso, (¿o era de Rusiñol?), dejaba su impronta en la grava de los caminos, ante cuantos estábamos allí, fieles testigos de su presencia.  Que fuera descendiente de artistas nunca se probó, pero daba buena cuenta de su recia cuna y de su impecable educación artística. Tanto en la manera en que cogía una cuchara o un bolígrafo o una cámara de fotos (siempre estaba haciendo fotos), su delicadeza y su magia se transmitían a sus manos, al contacto con los demás.  A ella acudían hordas de niños; su hamaca en la playa pronto se rodeaba de ojos y bocas y gritos y risas. La tía Petra fue soltera toda su vida, por lo que seguramente tenía necesidad de un público joven al que dedicarle sus cuidados. A esos muchachitos imberbes les compraba helados y los invitaba a comer a su casa. Yo era muy tímido y muy chico entonces y apenas si crucé algunas palabras con ella, pero ella me regaló sonrisas y helados como al que más.

Las horas de calor son menos con estas rememoraciones. ¡Aquella colección de cromos de marcas famosas! ¡O la de caricaturas! Nos reuníamos en la sombra, junto al ruido de los aspersores de agua, mientras allá, a lo lejos, sonaban las campanas de la iglesia. Tal vez, había un cromo muy difícil de conseguir, y lo cambiábamos por un par o tres más corrientes. Pero siempre, siempre, la comidilla de esos corros era la tía Petra. ¿Dónde estará? ¿Ya te ha regalado algo, tal vez algún cromo? Ella estaba ausente y presente, a un tiempo. Nunca vi que tuviera enemigos.

Hete aquí el misterio del pasado. Dicen que lo edulcoramos, que envolvemos los recuerdos con una capa protectora. Sí, ¿y qué hay de malo en ello? El pasado está hecho a la medida de nostálgicos como nosotros. Puede ser más filantrópico, mágico y soleado que el presente, ¿por qué no? En la solana de los veranos, la terraza enjalbegada, el césped recién cortado, el olor de las piñas de los árboles, de las palmeras intentando alcanzar el cielo, todo tiene un color, ¿cómo decirlo?, dulzón, que a la vez consuela. Enajenados por la canción del momento, recurrimos a ese abismo de felicidad y completud. Definitorio de nuestro carácter, personajes como doña Petra, nos ayudan a vernos en ese pasado, a conocernos mejor a nosotros mismos, quiénes fuimos y por qué valió la pena vivir.

No me gustan los panegíricos de ninguna clase, de nada ni de nadie; me “encienden” las grandilocuencias y las expresiones vacías, falsas. Por eso vuelvo a doña Petra, vuelvo a esos veranos en los que la indolencia nos protegía de la realidad de allí fuera a los chicos y chicas de la urbanización. Los recuerdos nos retan; nunca desafinan del todo, porque los adornamos, les quitamos la pátina que la distancia de los años ha depositado en sus fotografías. Merecemos tener solo buenos recuerdos, claro. Pero es que los malos se entrometen, y hemos de huir y volver a escuchar el timbre de voz de esas personas que nos alegraron la infancia. Ya no sé si es que hoy estaba muy inspirado y todo esto del pasado es irreal. Ya no sé si nada de todo esto es inventado o casi inventado. Al fin y al cabo, la memoria nos juega, en ocasiones, malas pasadas. Sin embargo, espero que aún existan doñas Petras en el mundo, porque la filantropía es, a día de hoy, poco menos que un conjunto de virtudes insólitas.

FELICES E INDOLENTES

En aquella época, sí, también yo era más sensible y me emocionaba con mayor vehemencia viendo una película de Walt Disney, pero desconocía, ignorante de mí, los mecanismos por los que se regía y aún se rige la vida, el mundo entero. Es mucha la nostalgia y mucha también mi experiencia de los años como para hacer borrón y cuenta nueva; los recuerdos se agolpan en la presa que sojuzga la corriente impetuosa del río: sé que ese ardor infantil está ahí, y que me conformó como el escritor que soy ahora. Sin duda, los libros que he escrito, los que tecleé en la máquina de escribir eléctrica, forman parte de una historia de soledad, como una reacción connatural a mí, la de protegerme contra las tardes de tedio, abandonando todo oficio que no fuera alimentar los días de verano con palabras, frases, páginas enteras de ilusiones y de impresiones sobre mi entorno y el de las noticias de todos.

Hoy escribo a ordenador, y entonces sentía como una losa el convertirme a la tecnología. ¡Fueron tantas las veces que decliné comprarlo por miedo o por inercia! Miedo a cambiar o perder mi estilo inicial, prematuro y vocinglero. Inercia de no cambiar, a seguir siendo yo sin las nuevas tecnologías. Quería continuar siendo un amanuense tradicional, de cuartilla y de pluma, observador de las cosas bonitas y de las cosas feas, de todo cuanto mi mirada pudiera captar, de cuanto yo podía detenerme a observar, a zanjar en el recodo o río sin remanso de la imaginación.

De lo que me arrepiento, lo que más pena me da, es de no haber podido llevar a buen término la publicación y difusión de una revista propia, más allá de las que se escribían en la escuela, entre mis compañeros de clase. Estos son asuntos sencillos o graves, según se mire, que ni pueden evitarse: no cuajó aquella prensa, aquel alarde intelectual mío, para uso y disfrute propio y ajeno, y ya está. Ahora ya no vale dramatizar, o lamentarse más de lo sensato. Soñaba con revistas de moda compradas por mi madre, o periódicos con letra de molde inspiradora. Me hubiera gustado ser el director, y dirigir a los demás, ser el dueño y responsable mayor de esta empresa de altos vuelos.

No sé si fue el mismo ritmo del colegio, las labores arduas de colegial, la falta de tiempo suficiente para acometer esa empresa si uno quería pasar los exámenes con nota. Tal vez la bisoñez, la inexperiencia. Solo es un deseo retrospectivo, solo es la reminiscencia de los meses duros de invierno, en que la memoria actúa haciendo zancadillas a los recuerdos, matándolos, reduciéndolos a papilla.  ¿Quién sabe? Puedo ser yo el único nostálgico de aquella época; nadie más que yo me duelo ahora de esta aventura fallida, de los escasos números de la revista o los escasos ejemplares de periódico que yo hice por mí mismo, en casa, sin más colaboradores que el que esto escribe, el hombre orquesta que nunca pudo reinar.

Aún no me dolían prendas por la vida; tenía pocos libros leídos y comprados; apenas los había hojeado, estudiando como lo hacía casi a diario las lecciones y con los deberes correspondientes. Entonces aún éramos felices; felices e indolentes. No domados o enfundados por la existencia loca y furibunda. No habíamos puesto todavía las carnes a asar a la barbacoa; el fuego no nos chamuscaba, ni nos dejaba impronta en la piel. Yo he perdido la inocencia, y también las largas horas de no hacer nada más que contemplar las musarañas, y hartarme de observar cómo una araña iba tejiendo en una esquina del techo su red despaciosamente, sin prisas. No, eso no volverá. Podría sentarme horas y horas y no saber de qué escribir, dar rienda suelta a la melancolía. Pero no me hace ninguna falta: la nostalgia la llevo conmigo, allá donde vaya. Es parte indisociable de mí. Solo rezo a un dios inexistente para que lave mis pecados, uno de los cuales sería el que no se almibare mi prosa.

Los recuerdos voluntarios, pero mejor los involuntarios, me ayudan a trenzar y destrenzar la trama del texto, el propio y el de los otros. Solo me queda apelar a la paciencia del lector. No le escamotearé ningún recuerdo a mi espíritu. Más bien bailará al son de una balada que cubra el cielo de clamores semidivinos. No más banderas quemadas, sino la profusión pianística del viento moviendo a un lado y a otro la tela de las insignias; y por fin, el entrechocar de las copas en el aire ventisquero de un otoño o una primavera cálida. Los detalles no han de minusvalorarse. En la literatura, todo acaba comido por la morriña sentimental, puesto que los creadores no pueden ignorar el peso del pasado, todo lo que quedó atrás, ni el de la dama de negro, la muerte. Transformadas en historias presentes o futuras, no pueden evitar dejarse teñir por el fraseo de un pasado tierno o desgarrado. Pasado, al fin y al cabo, que marcó nuestra personalidad, con aquellas personas que se cruzaron en nuestros caminos y arañaron un jeroglífico como tatuaje inscrito en la espalda. No, no somos nada más que tejidos de ese remoto clamor que se oye en lontananza. Sean revistas o periódicos lo que no pude acometer o rematar la tarea del periodista precoz, lo cierto es que el horizonte queda cada vez más cerca del final, pero no por esto debe olvidarse quiénes fuimos o somos ahora, con o sin proyectos frustrados, habitando sin saber el territorio de la infancia y primera adolescencia.

TODO EMPEZÓ CON UNA CANCIÓN

 Es inevitable: todo empieza siempre con una canción.

Son las seis y cuarto de la mañana y los loros parlanchines, las cotorras o yo qué sé qué pájaro extraño se desgañitan, colgados de los plátanos de mi calle, de mi plaza, de camino al trabajo. Su estridencia contrasta con la finura, con la dulce melodía de I’m Your Baby Tonight, que a esas horas dejo que suene en mi móvil, en el Spotify, mientras mi cabeza lo va traduciendo: Desde el momento en que te vi, perdí la cabeza/ nunca creí en el amor a primera vista/ tienes una magia que apenas puedo entender… soy tu chica esta noche… Son sus frases, sus acordes, que cobran nueva dimensión en el recuerdo, ahora. Una música que se agazapa en alguna parte de tu cerebro, escondida, hasta que sale a la superficie. Sonó por primera vez al término de mi infancia, a los diez u once años. Aún iba a la escuela primaria, cuando estudiaba y escribía mis primeras letras, mis cuentos iniciales, de la misma manera que otros encuentran la inspiración escuchando las sonatas de Schubert. A partir de ese día, crecí entre el Gospel y el Guardaespaldas. Sí, podría incluso entonar una oración desacralizada: Whitney, que estás en los cielos…

Ese estribillo dispara mi imaginación, hacia la oscuridad, por entre las luces de neón y a través del derroche de energía en la pista de baile de los bares de Chicago. Mi visión cinematográfica lo resuelve, así de rápido: con un plano secuencia, donde yo me paseo a lo largo y ancho de un pub musical, entre miríadas de gente, con la Ley Seca y los trapicheos y los asuntos sucios a cuestas, entre humo estomagante de cigarrillos y parloteo animado en la barra. Lleno el vacío con palabras dentro de mí. Sitúo esta canción en 1990, en plena Barcelona preolímpica.

Sí, en esa época, escribía a diario, de seis a ocho de la mañana, antes de ir al colegio; llenaba cuadernos y cuadernos de espiral, hasta los mismos márgenes, buscando desencadenantes, aquí y allí, hojeando los libros de los “mayores”, “serios”, las conocidas como grandes novelas. Deseaba llegar a la mayoría de edad y convertirme en escritor de éxito. Un aura imposible, el regocijo en la fama, en aquellos días, es lo que me daba fuelle. Esa burbuja, como una frágil pompa de jabón, está ahí, en mi presente, desdibujada. Intuyo que mi castillo de naipes puede caer por el soplo de un mínimo percance en cualquier momento. El azar quiso que esté hoy aquí, en este blog; lo único que no cambia es que sigo dirigiéndome a ciegas, hacia un lector al que no le veo la cara.

Encadenado a esa canción y a esa disciplina, logré escribir mi primera novela, con tintes de historias leídas, en especial las de la serie roja del Barco de Vapor, o la colección juvenil de la editorial Alfaguara. Los dos novelistas fueron Gerald Durrell (Mi familia y otros animales, Los secuestradores de burros), y Roald Dahl y su Matilda, Boy (Relatos de infancia) o Mi gran amigo el Gigante. Me movía en esa euforia de querer emular a los maestros, de creerme artista sin saber nada de las dificultades inherentes al oficio, solo juntando mis fuerzas para fabricar un mundo alternativo.

Poco importa cómo comiences, lo importante es despegar. Las sensaciones de esa primera etapa cuentista son difíciles de transmitir hoy, con la distancia de los años. Eran otras las circunstancias: compaginaba EGB con los libros recomendados en clase; siempre presentes la lectura con la escritura. La creatividad debía escapar de alguna forma, y el azar quiso que fuera gracias a Whitney Houston. Fui un niño muy poco (o nada) enredón, gracias al taller de las palabras, al remanso de un río tranquilo.

Como un niño ingenuo, yo me creí (y aún hoy creo) que esos acordes estaban destinados a mí: los focos en medio de la pista señalan los signos en el suelo. Bailarín, sí, pero bailarín de las palabras: escritor. La gloria literaria no depende de uno, y no es menos cierta la estulticia de aquellos a quienes no les basta la propia estimación. No, no, señor; mis escritos serán míos, por encima de todo. Solo cultivando cuidadosamente nuestro jardín podemos hallar la felicidad, las tierras intelectuales en barbecho, conforme vamos avanzando, sin pausa ya, y nada más. El lector es libre de elegirte.

Y así, uno llega a la evidencia de que la única lucha verdadera consiste en conservar la suficiente firmeza para que la escritura no se deshilache, se deshaga de tus manos; tener un cierto estilo personal. Irlo enhebrando, hasta la misma saciedad. Aprendí a que necesito guardar para mí, y solo para mí, con el talante del buen amanuense, esas canciones, esos libros, esos relatos, tanto si se acompañan de dibujos como si son solo letra de molde. He de caminar hacia adelante y buscar un cierto acomodo para el espíritu. El azar quiso que necesitara la voz de Whitney. Ahora esa canción de las “pequeñas esferas” resuena aquí, en mi cabeza, volviendo a la pasión de la infancia, con mi habitual melancolía, sin esperar más paz que la paz misma en los momentos más difíciles.

A LOS POBRES DE ESPÍRITU

Estoy en Sitges. Son las doce de la tarde de una mañana de agosto; la playa aún no está tan llena como acostumbra. Con el sol matinal clavado como un aguijón sobre la espalda y el cogote, con infinitas ganas de refrescarme, me alejo de la orilla y, con mi bañador floreado (no demasiado estridente), nado hasta lo profundo, hacia los dos o tres yates deportivos que este domingo fondean en la lejanía. Luego de comer y descansar la comida, salgo del apartamento, cojo la bicicleta hasta el puerto para comprar una revista de moda (o de cotilleo) que sé que tanto le gustan a mamá. Por la noche, después de una cena mínima, y de leer y de no enchufar la TV ni por asomo, me pongo la escafandra (mi pijama sin gorro ni casco), pero escafandra al fin (algo artificial, un cuerpo extraño) para ir a dormir…Otro día de fiesta, se repite la melopea: dejo de tumbarme en el mar a merced de las olas, vuelvo a pisar la arena de la playa, vuelvo al apartamento con mis primos y tíos, y paso, de nuevo, a cohabitar lugares y acciones…

Todo eso que “escenifico” o “represento” no es más que el intento fallido (o no, nunca se sabe) de habitar la soledad. Mediante estos simples actos consigo, por momentos, desaparecer del blanco imprevisible y desconcertante de las miradas ajenas, de los demás, en conexión con el yo que fui y que ahora habita bajo capas y capas de piel, escondido. Son  fragmentos de mi primera adolescencia, de los largos veranos en la villa costera, similares en apariencia pero irrepetibles.

Por instantes, me sentí y todavía hoy me siento desengañado de las excelencias de estar solo. Tal vez no haya sabido saborear el silencio, ni la quietud ni la serenidad de una paz interior. No es ningún triunfo absoluto de mi persona; es, de otra forma, decepcionante, porque la libertad no siempre pasa por uno mismo, me digo, puesto que ya no me gusta estar solo. Así, podría aparentar que haya encontrado la gran felicidad viajando sin más compañía que mi equipaje mi portátil, pero no lo es…

Pronto descubro, también, que eso de cuanto más seamos, más reiremos es tan falso como el beso de Judas. No: estar acompañado no es ninguna panacea. El lenguaje está depauperado. La música de las voces es confusa y llama a error. Es la compañía solitaria. Tal vez creí que la posmodernidad estaba enterrada y bien enterrada, solo con resquicios de vida en las novelas de una época pasada. No: sigue siendo abstruso dilucidar el significado de los vocablos que utilizamos. Sigue siendo difícil la convivencia, ¡no escarmentamos!

En Barcelona, cojo el autobús V50 para ir a visitar la casa de un amigo. Es un domingo por la tarde. Renuncio así a una siesta o a escuchar música del Spotify como sesión continuada desde mi portátil. A lo mejor solo voy con intención de amistad, nada más, pero puede malinterpretarme él o aun yo; no sabemos lo que queremos casi nunca. Puede surgir, sin más, el equívoco común y moliente, el de cada jornada del año, sea ya pasado o presente.

¿Cuándo acaba el amor y empieza el desamor? ¿Cuándo el placer y el dolor? ¿Es, en realidad, ese amor verdadero, o al menos sentido por el corazón, órgano que late deprisa o despacio, según le rote? ¿O es un proyecto fallido de amistad o de pasión? La realidad y la ficción quedan, así, unidas, sin poder ya desligarse. Mi amigo no estaba; me olvidé el móvil en casa y ni siquiera lo llamé, ni antes ni después, confiado en que lo encontraría en el mismo bar, a la hora de siempre, en el bar enfrente del cine de la Gran Vía. A lo mejor estaba paseando por la ciudad en compañía de su novia. ¡Vaya! Me vuelve a resultar monótono y aburrido estar solo, como nadando en alta mar. Otro domingo más sin verlo. Lo veo cada fin de semana, o casi. Sí, ese es el precio de la soledad: no crear más equívocos que los propios, los de mi persona, los autoengaños y los miedos y las incertidumbres propias. Confío en ver a mi amigo en otra ocasión. Prefiero eso a estar solo.                                                                                                                                                                                                                                           Los videojuegos, la telebasura, las parodias de políticos, hasta las series de vecinos: un largo etcétera nos convierte en “depredadores”. Es la paranoia o la insania o la involución. Aquellos que no leen con asiduidad (una mayoría aún grande), ni van al cine, han crecido con la música (o con la caja tonta) como única educación sentimental, como único estandarte moral. ¡Y qué pobre! Que si el primer beso, que si no puedo olvidarte, que si no me importa tu dolor… El cinismo campa a sus anchas. Con todo ello, se tienen muchas menos oportunidades de frenar el mal. Es la semántica de lo cotidiano; la pura semántica, deletérea, cuando dejamos la soledad y convivimos con el otro. Las palabras se pervierten, se banalizan, pierden su inocencia y la de los hablantes que comparten el tiempo y el espacio, juntos, conforme van viviendo y usando la lengua, cualquiera que sea el registro, el idioma y la época. Siempre bebemos de la incertidumbre.

El teatro, siempre. Ha sido mi propio descubrimiento. Escribir para la escena completamente, fatídicamente. Me parece que solo a través del teatro, pieza clave para entendernos, podemos psicoanalizarnos, tomar distancia y plantearnos los pequeños grandes cambios como ciudadanos. El que no quiera pasar páginas de novelas porque le da demasiada pereza, que al menos vaya a ver montajes escénicos. ¡Es lo mínimo! Para escapar de nuestra cotidianidad, disfraz de mentiras, silencios o malentendidos. El teatro, el género artístico más cercano a la vida, antes incluso que el cine, o que los cuentos, a caballo entre la esencialidad de la poesía y la narratividad de la novela. ¿Cuándo despertaremos?

ORDENAR EL DESVÁN

Esa melancolía tan grande, de la que he escrito tantas veces, viene de lejos; es el viaje fugaz hacia aquel que fui, puesto en tela de juicio (¿fueron honestas aquellas personas con las que me crucé?,¿fui yo, a su vez, honesto con ellas?), pero no por ello más inauténtico. Hoy, recordando, ordeno mi desván, lleno de libros y de películas, de papeles mecanografiados y archivados o escritos a mano o a ordenador, ahí, durmiendo el sueño de los justos. También la música. Todo cachivaches, en fin, si bien no del todo inútiles. Y, al hacer limpieza, me digo que no puedo deshacerme de casi ningún objeto; me es necesario conservar ese engranaje de la memoria, que pertenece a lo sentimental, que pulula, silencioso, dormido. Lo guardo todo (o casi todo), salvo la colección entera de Barrio Sésamo, producto de la chifladura de mis primeros años (¿o fue la de mi madre al comprármela?) Esos libros infantiles he querido regalarlos a la hija de mi prima, Anna, que acaba de hacer la Primera Comunión y está encantada de que se acuerden de ella. Todo lo demás me pertenece: si lo perdiera, lo olvidara definitivamente o bien lo tirara a la basura, traicionaría a mi yo más profundo; al ser que es ayer, hoy y mañana, a la vez.

¿Y dar con los escritos amarilleados, abarquillados y mal editados? Son parte intrínseca de mi educación. Es como cuando me preguntan (o nos preguntan), a bocajarro, por nuestra edad, cuando los preguntadores están más aburridos, aguijoneados por el temible gusano de los curiosos y de la mala fe. Esto es igual: no me importan los años que tengan esos libros (ni mucho menos los que haya cumplido yo), extraños a mí en este presente inane, si están pasados de moda y ya ningún personajillo (ni siquiera yo) los lee. Son como el vino añejo: ganan con el paso de las horas. Pero lo mejor es que, en ese juego casi perpetuo entre recuerdo y deseo aún no satisfecho, unas novelas o unas películas me llevan a otras. Están vivas, viven conmigo.

Jerzy Grotowski (1933-1999)

Yo soy así: actúo por carambola, o tiro porque me toca. Un ejemplo interesante: viendo Mi cena con André, de Louis Malle, vi cómo el protagonista, André Gregory, el mismo en la ficción y en la realidad, nombraba uno de los talleres, impartidos por Jerzy Grotowski, en el cual había participado. Bien: fue en ese momento en que decidí leer Hacia un teatro pobre, del mismo autor polaco. Fui siguiendo las huellas de Grotowski y de su importancia y relevancia para nosotros, los que nos dedicamos al teatro, o incluso para los mismos espectadores. La labor de quienes nos han precedido, ya sea en los terrenos a veces resbaladizos de las artes escénicas, del arte en general o en cualquier otro invento de los humanos, nos han hecho “ganar” cuanto poseemos hoy; lo que han conseguido ellos es el legado, que nos otorgan, lo merezcamos o no. El teatro no se entiende sin Stanislavski, sin Tennessee Williams, ni mucho menos sin Peter Brook o aun sin Grotowski. Los que escribimos para la escena navegamos por un terreno más sólido (o tal vez más proceloso, eso ya no lo sé) para crear.

Así, lo que compré y abandoné en su día en el desván vuelve a emerger de pronto, gracias a una película. Tengo mucho que ver y que leer: solo los volúmenes de teatro de que dispongo ya ocupan un estante… Sí que esta reflexión (¿qué dejo y qué cojo del pasado, ¿qué libros guardo o tiro?, ¿he de hacer borrón y cuenta nueva de ese pasado melancólico, que ya no existe, pero que me conforma?) no quisiera que se quedara en la pura divagación estéril. De la misma forma, debo guardar el recuerdo de lo que he leído o visto y he experimentado.

Esas piezas teatrales, esos cursos de escritura a los que asistí, esos libros editados de Barrio Sésamo y compañía, tal vez no volverán, o no de la misma forma. Vendrán otros, pero ya no serán iguales: esa inflexión de voz en el profesor, esa mirada obnubilada en el Más Allá de la actriz; los compañeros o demás espectadores con quienes crucé unas palabras o una caña o refresco en el bar; esos libros, releídos ahora. Ninguna palabra será igual. Yo ya no seré el mismo, ni con el humor o la tristeza del entonces que aún resuenan en mí. Ese mundo pasado, hecho de emociones, se pierde en el tiempo, pero regresa con la voz de la conciencia que dice: “Debes emprender el camino que trazaste ayer”. Es como una paloma muerta, cuyas entrañas se ven a la luz del sol con la misma intensidad que si fueran las mías: ese es el proceso de identificación, de catarsis, con los demás y con lo que fuimos para ser hoy nosotros. Esa tienda de DVDs, esa librería, esa camisería, tal vez mañana desaparezcan sin que nada ni nadie lo anunciaran de antemano. Simplemente, desapareciendo. Tus días se van, de la misma forma, se alejan y quedan en un pasado que no es solo pasado, sino el quehacer de la nostalgia, de dejar atrás todo lo malo y todo lo bueno de la existencia.

SOL Y LUNA EN GRANADA

No podía dejar de componer un elogio a la bella Granada, que ha socavado todas mis ideas preconcebidas y pretéritas. Espero no ser rimbombante con lo que escriba hoy. Seré escrupuloso con los detalles, evocando con palabras provechosas y agradecidas los dos días con sus noches, sol y luna. Dos largas jornadas en el centro, en el Albaicín, para acabar en la Alhambra. Mi amiga Vanessa y yo recorrimos la ciudad como si cabalgáramos por entre la muchedumbre. Nuestra banda sonora fue escuchar el rumor del gentío en la Gran Vía y en Reyes Católicos, atravesando una galería de callejuelas y plazas, jardines y parques, más propia de un laberinto o del juego del escondite. Un sabor dulzón en el paladar, una flecha directa a la garganta, seguro y vivo contacto de nuestras manos terrenales con el Paraíso.

Fue como estrenar zapatos nuevos, el premio a un año entero de trabajo sostenido en el hotel barcelonés donde trabajo. Sería perverso no reflejarlo en el papel; sería un vil descuido de la memoria a lo que hay que agradecer. Hemos admirado Granada de día y de noche, con sol y luna. La temperatura en este mayo extraño, que huele a borrachera de olores y sabores, ha sido crepitante, mágica; el atabal de las horas ha sonado por entre el empedrado, mientras nosotros caminábamos, contemplando patios y casas encaladas, rincones escondidos. Nos hemos retratado con la Alhambra al fondo, con los tejados en la terraza del quinto piso del hotel. Nos hemos sentido muy queridos aquí; nos ha gustado sobremanera la cháchara distendida y cómplice de los vendedores, de los camareros, de cuantos veíamos y preguntábamos al pasar, antes de subirnos al microbús que daba vueltas y más vueltas, como una mosca alrededor. Una de las pocas veces que no me he llevado ninguna novela o libro de poemas; solo la guía turística y una revista de modas comprada allí para matar el tiempo, entre recorrido y recorrido. Vanessa compró diademas y lazos para su hija y para su madre, y una funda de móvil de Hello, Kitty. Yo compré un rosario a mi tía Ana y un sombrero canotier para mí, para desafiar al calor. No necesitamos nada más: solo los ojos para ver; el corazón, para sentir; los pies para andar. Nada más.

El regato que pasa junto al Paseo de los Tristes, el Darro. Las horas son desafiantes: te llaman a disfrutar de las vistas, no solo por mera curiosidad, sino como si nos imagináramos vivir aquí para siempre. Sí, porque no sé si le pasa también a mi amiga Vanessa, si les pasa a los demás. Soy consciente de haber dado con un amor perdurable. Granada me ha llevado y me llevará en volandas, lo sé. Igual que cuando pisé por primera vez Sevilla, hace ya tantos años. Mi asignatura pendiente es, seguramente, visitar el resto de Andalucía. No me hace falta ir a París y admirar el cancán del Moulin Rouge. Soy feliz con una fotografía en el Patio de los Leones, contemplando un atardecer con Sierra Nevada a lo lejos…Una ensalada de cosas deliciosas, no una amalgama o batiburrillo inconexo. Rodar por Granada es buscar y encontrar la propia salvación.

Volveré. Me pregunto cómo será visitar la Alhambra en otoño o aun en invierno. Una experiencia única, seguro. Es como el que va a Venecia en todas las estaciones, no solo en mayo o agosto, sino también en diciembre, evitando las aglomeraciones de los carnavales en febrero. Si te enamoras de una ciudad, la quieres igual en cualquier época, en cualquier circunstancia. La quieres porque ha acabado siendo una parte de ti, de manera insospechada e inevitable; el reflejo en el agua de tu amor centelleante, de la voluntad que desea ocultarse tras las esquinas de la catedral, de la Capilla Real, por las plazas, degustando una tapa de tortilla, que tan generosamente te han servido después de haber consumido una caña o un refresco.

Descifrar códigos escondidos; dar un rodeo por el centro, por las tiendas de ropa o de souvenirs. Encontrar lo bucólico en lo urbano. Sentirse como en el centro del mundo, allí donde sucede lo mejor, lo más auténtico. Es, tal vez, al final, cuestión de dejar las puertas abiertas a lo no planificado. El cielo, el sol, la luna, no caen como un peso muerto sobre nosotros, sino que nos impulsan a saborear lo más dulce de la tierra. Nuestro corazón no debe acusar la dejadez. Debemos senderear por caminos aún no trillados del alma. En mayo, sin más estrellas a la vista que las de la penumbra, allí, en la terraza del hotel, domesticamos el corazón, lo expandimos, lo encendimos con la llama atenta de la sangre. Nunca deberíamos dejarnos atrapar por la tristeza, ni por el rencor, ni aun por los malos sentimientos. Como dice la canción: dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada

ENTRE BAMBALINAS

Hace unos días tuviste un sueño y te despertaste con la corazonada de que querías interpretar, a toda costa, los personajes que tú mismo habías creado. Ser actor, juez y parte de tus obras. Pensaste, quizás, que eras el que mejor iba a entender los motivos del protagonista. A ti te gustaría creer que eres el actor/hipnotizador, el que lee tu texto formidablemente, mejor que nadie, con el cual te identificas: la mejor voz y la mejor dicción para tu protagonista, si las cosas fueran más sencillas. Error de fondo y de forma: ¡qué ingenuidad! Los actores y actrices ensayan y ensayan después de estar tres o cuatro años trabajando y estudiando. No actúan por ciencia infusa ni su sabiduría ni su aprendizaje ni su tesón caen directamente del cielo. Son horas y horas de esfuerzo sostenido. Aun así, tú deseas el novio perfecto para esos sábados aburridos y pegajosos de lluvia, viento y nubes como sombrajos. No eres un amante común y corriente; no te conformas con cualquier cosa.

Los cuatro años que pasaste en una compañía amateur te hicieron ser como eres hoy. Es la vida entre bambalinas, en las tinieblas del tiempo. Lo poco que ahora sabes, que intuyes o conoces o te jactas de saber, proviene de aquellos ensayos generales, de la mucha preparación corporal y vocal, de los compañeros que siempre te miraban a los ojos y te decían con elocuencia: sigue así. Quizá era todo un punto irreal: la vida allá fuera no son todo halagos; más bien son otras lindezas. La profesionalidad es dura, y no siempre hay un parapeto para la desgracia. La quimera peligrosa es quererlo ver del revés, diferente. La vida es otra cosa.

El médico de su honra, de Calderón, interpretado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, fue tu primer contacto con la escena de los adultos. Tenías dieciséis años. Luego vendrían otras obras, otros mundos. Hasta el Tenorio. Ese amor latente por el teatro bascula entre el código del honor y el amor casquivano de don Juan. El honor de ese drama calderoniano, visto hace ya casi cinco lustros; héroe (o antihéroe) que se aferra al amor, que no lo destruye con sus acciones, sino que lo guarda en lo más hondo y es capaz de retarse por defenderlo; hombre de una sola mujer. Nada que ver con ese don Juan que no quiere comprometerse, que no se enamora más de lo necesario; que cambia de papeles con asiduidad, que acumula amoríos en el llavero de las puertas terrenas.

La esencia del teatro, tu amante, tu amor entre las tinieblas del tiempo son ellos dos: los duelistas y los donjuanes. ¿Cómo puede ser? Pues así es: al dramaturgo (o al actor) le interesa defender una obra trajeado con las mejores galas. Pero también quiere escribir (o interpretar) muchos personajes; ser, en definitiva, promiscuo en escena, incordiar al público con el mayor número de piruetas, y trifulcas y discusiones con sustancia. En resumen: un sopicaldo nutritivo y gustoso. Los comensales fueron a ver, a probar y a degustar el plato principal y más tarde se relamerán recordándolo.

Ese eres tú; la fuerza motriz que te impulsó ir a ver a Calderón, que luego se aficionaría a Goldoni y a Yasmina Reza, a Marivaux y a Arthur Miller, a Albee y a Tennessee Williams… y a un largo etcétera. Este es tu vademécum, tu evangelio, tu guía de viaje portátil. La sublimación de la vida está ahí, entre bambalinas, esperando. O resplandeciendo entre candilejas. Eres así: parte cuerpo y parte espíritu y, alimentado, no con caramelos revenidos, sino con las historias de la madre Celestina. El alma es prolija y precisa explicarse y entenderse a sí misma. Sí, entre las tinieblas del tiempo, con el teatro, con el que te has comprometido y celebrado tu boda. Esperas escribir aún muchas obras. Quieres ser dramaturgo y dirigirte a un público que desee conocer cosas nuevas. Tú eres el amante entregado, preñado de ilusión hasta la hora final. Quieres ser también el escultor, el que alcance con su arte la estrella más lejana, en las horas más tristes. Todo viene de aquella velada de casi cinco lustros atrás, de aquella primera representación. Quieres decorar el salón de las ninfas de buenos propósitos, y que el público resucite. Quieres izar la bandera de la alegría, el estandarte que se dirija a todos y todas. Cuando te sientas ofuscado, recurrirás al espacio vacío, ese lugar que se ensancha entre tinieblas, y solo entonces respirarás, aliviado.

EL YO ESCINDIDO Y EL YO TRASCENDIDO

Toda fisura requiere una sutura. Esto es, más o menos, lo que sucede en la película Persona (1966), del director sueco Ingmar Bergman. Como si se tratara de teatro de cámara, el juego actoral está limitado exclusivamente a dos protagonistas, como son Liv Ullmann, en el papel de Elisabet Vogler, la actriz de teatro que se queda muda tras una representación de Electra, y Bibi Andersson, fallecida hace escasos días, que interpreta a Alma, la enfermera que se hace cargo de la primera. Hasta aquí, todo bien. Pero es que Bergman consigue fijar en su fábula a la vida y a la muerte, a la máscara. ¿Qué es ficción?, ¿qué, realidad?

El silencio de Elisabet es el resquebrajamiento, el desenmascaramiento de su propio yo. Todo esto sucede mientras Alma se psicoanaliza delante de la actriz; habla para cubrir ese silencio incómodo que Elisabet no desea romper. A medida que la historia avanza, se produce una simbiosis. Elisabet pasa a ser Alma, y Alma (nunca mejor dicho) el alma de Elisabet. No en vano, una de las últimas escenas de la película contiene la famosa imagen de las dos actrices, los dos rostros fundidos en uno.  Persona no es más que la posibilidad (fallida o no) de resarcirse mediante el diálogo, la compañía. También del poder curativo del Arte. ¿O todo es falso, ficticio, al final? Las fronteras realidad/ficción se vuelven muy finas. Se nos interpela directamente como espectadores: al final, nos acaba interesando, como a Bergman, el análisis de la representación de la realidad; nuestra relación con el mundo a través de las imágenes.

Nos lleva todo ello a reflexionar sobre el cine y la interpretación en general. Esas imágenes del bonzo quemado vivo que aparece en la televisión, del metraje que discurre rápido; las de ese niño con gafas, el hijo de Elisabet, que acaricia la pantalla donde aparece su madre, nos llevan a hurgar en las tripas del cine. Nos remiten a la ineludible relación filial con la madre, con nuestras propias madres. El pasado incómodo, nuestra propia biografía, determina, obstaculiza a veces nuestro presente, y aparece, de manera insospechada, la neurosis. Elisabet ha vivido siempre con máscaras (ante su marido, ante su hijo, ante la sociedad…) y, cuando se queda sin voz, paralizada, desea quitarse todas esas vestimentas, pero acaba convertida en otra máscara. No podemos huir, se diría. De ahí, el título de Persona, que en griego significa precisamente “máscara”.

Así, un director de cine se preguntaría: ¿qué puedo contar? ¿Puedo narrar la verdad interior? La respuesta es no. El cine ha dejado de ser realista. Pero todo sirve: si Elisabet parte de la escisión con el mundo, cuando se recupera ya no será la misma mujer. Ha establecido vínculos con la vida; la compañía de Alma la ha hecho salir de sí misma, es un yo “trascendido”, de alguna forma. Y lo escribo entre comillas porque, al final, todo es convención, disfraz, ilusorio contacto con el arte, con algo que vaya más allá de la realidad y nos preserve del mal. El gran acierto de Bergman es contarlo todo con la imagen: contarlo en medio del silencio de Elisabet y la verborrea de Alma. Sin duda, seguirá siendo indefinidamente producto de controversia y despertadora de la discusión: ¿puede el cine proclamarse el dios del mundo, sustituirlo cuando se ha proclamado la muerte de Dios?

Hay que ver y volver a ver esta película. Muchos (incluso los mismos suecos), no son muy seguidores de Bergman porque, argumentan, su arte es oscuro y dotado de una dureza inusitada. De acuerdo: a lo mejor llevan parte de razón. A veces, se aprecia más a Bergman fuera que dentro de sus fronteras. En todo caso, a aquellos que duden de su Arte les diré: la truculencia de las historias queda velada, compensada, aplacada, mediante el poder sugestivo de las imágenes, por esos primerísimos planos de las dos actrices, que nos muestran una forma de sentir y de estar del todo contemporáneas. Empezamos la película y nuestro yo está, como en el caso de Elisabet y aun el de Alma, “escindido”; a medida que avanza el metraje, y al final, nuestro yo ha “trascendido” completamente: el vía crucis nos ha permitido transitar por otros jardines. Ojalá no sea el único que. al contemplar esos planos, ese largo monólogo, reflexione de verdad, preguntándose sobre si su vida es todo lo buena que podría ser, y de si ya va siendo hora de que haya un antes y un después, un momento de iluminación que nos descubra la faz escondida, si no la verdadera (¡eso sería pecar de ingenuos!), sí la que permita una mayor amplitud, una mayor conexión, una mayor armonía con los demás.

COMO EL QUE HACE LA LISTA DE LA COMPRA

Llevo diez años anotando, en un cuaderno de espiral, la lista (ya larga) de los libros que he ido leyendo. Título, fecha, día o días de lectura. ¡Nada menos que novecientos sesenta! Como si fuera al mercado, a la compra; es una manera de tener la mente ordenada, las ideas en su sitio, como si escribiera las entradas de un diario. Recuerdo dónde estaba cuando los leía, y qué hacía entonces. Rememoro las voces y los gestos de las personas que me rodeaban, con quienes compartía el verano o las jornadas de lluvia.  O los cambios de humor: cómo se sentían los personajes de los libros leídos, cómo me sentía yo entonces, o aun las personas de mi alrededor, las que me veían leer. Parece más bien un asunto práctico, pero esta lista es, por encima de todo, un cuaderno del corazón: lo más íntimo y personal.

La releo. Es el instante del recuento: miro hacia atrás y me enorgullezco de esas novelas, de esos poemas o cuentos o ensayos que tanto me ayudaron a superar el tedio; son el retrato vivo, el resultado de mi recogimiento, de mi recobrada salud mental. Por los intersticios de mi mente, se cuelan Frankenstein o el doctor Glas, el emperador Adriano, Bastian y su historia interminable, o nuestra Alicia en el País de las Maravillas; poemas de Umberto Saba o Sandro Penna; los relatos oscuros de Horacio Quiroga; la certera llama de Octavio Paz… Me pregunto si hay mucha gente que, como yo, hace un elenco de circunstancias lectoras. Espero, por fortuna, no ser el único. Quienes profesamos esta ciencia no estamos locos, aunque los demás quieran hacernos ver lo contrario, puesto que huimos del desorden, puesto que, bajo un barniz de supuesta locura, vivimos más y mejor. Así llegan los lectores del mundo, prestos a compartir buenos momentos. ¿Cuántas veces he accedido al interior de un libro, refugiado por instantes, como en una cuerda floja, sentado en un banco de la plaza, echado sobre una toalla en la piscina, contando los minutos, esperando en la estación?

La carnavalada de los desafueros, ¿de qué otra forma, si no, se cura? El malvivir, ¿hacia dónde nos lleva? ¿No es cierto que el mal de amor se cura con la palabra? ¿Quién puede limar la oquedad de un cuerpo lejano sobre otro cuerpo, el fuego interior que nunca se extingue, la comezón en la piel? ¿Cuántos libros les hemos leído a nuestros amigos y a familiares en voz alta, solo porque nos había emocionado un pasaje y queríamos compartirlo? Somos los que somos gracias a nuestras listas de libros: entramos por un resquicio del espejo y nos sumergimos de lleno.

Escribir sobre lo leído es escribir sobre libros ajenos que nos han emocionado (tanto o más) como si fuéramos nosotros los que los hubiésemos escrito. No hay duda de que la existencia ha de llevarse con cierto amarre. Lejos del proceso del mal, ese que nos roe, yo no escamoteo ningún libro a mi intelecto. Las ninfas literarias son especialmente benévolas conmigo: me ayudan a ascender la cuesta de Sísifo con mayor holgura, hasta que la piedra cae y debe ser otra vez empujada hacia arriba, y así, no hasta la eternidad, como dice el mito, sino hasta la muerte. Lo sé. Nadie más tiene que explicármelo. Estos han sido diez años de una verdadera educación sentimental, como lector, como ciudadano del mundo y como espíritu.

Sí, y a eso voy ahora: precisamos ser protagonistas (o copartícipes) de nuestras propias fábulas para combatir la noche, la oscuridad. No sé de otro remedio: leyendo, asimilando las historias para luego sacar las propias de la bocamanga. Tal vez la literatura suponga, para los tímidos, una salida eficaz: leer o escribir enfundando su persona en otros. Tal vez, aun así, nos expongamos al mundo, quede nuestro interior reflejado, aunque de forma mucho más comedida que la que acontece al ruborizarnos si nos denigran. Tal vez, por el alma, una inquieta melodía suena, pulula a sus anchas, y nosotros intentamos, pues eso: vivir. Elaboremos listas para superar la efímera condición humana. Alegrarse con las propias lecturas es una manera bonita de avanzar a la vanguardia, enterrando la maldad y resurgiendo con la llaneza y el brillo del espíritu quijotesco.

EN CASA DE DORIS LESSING

Ayer, 23 de abril, celebrando el Día de la Rosa y del Libro, retomé, metafóricamente hablando, el viaje que hice el año pasado a la capital británica, el de mi primera y por el momento única vez, para exorcizar el presente árido y falto de quimeras y, de paso, dejar obsoleta la columna que ya publiqué en mi blog con el muy elocuente título Yo nunca he estado en Londres. Es tal y como si la memoria me devolviera, en bucles, lo ya vivido. Todos sabemos que los meandros del recuerdo son caprichosos, pero no está de más volver a apuntarlo sobre el papel. Porque lo quebradizo se desmigaja, se pudre en algún recoveco del cerebro, y es bueno recuperarlo, sacarlo a la luz. No marearé la perdiz de lo nefasto (¿por qué habría de hacerlo?).  Eso nunca (o casi nunca) ha sido mi propósito, y menos en esta columna. Más bien se trata de volver, feliz.

Aquellos días hermosos, cinco días como cinco hermosos dedos de la mano, tuvieron un colofón. Era la última mañana antes de marcharme, y estaba convencido de que mi aventura inglesa no sería la misma si no me marcaba un hito en mi ruta literaria, añadido a las peregrinaciones por librerías y museos. Andaba a la zaga del apartamento de Doris Lessing en Hampstead, ese reducto de poetas y artistas. Mi hotel estaba cerca, muy cerca; siguiendo las indicaciones del alegre recepcionista italiano, no me costó apenas nada familiarizarme con la ruta.

Tras más de media hora caminando y preguntando puntualmente a algún peatón que confirmara que iba por buen camino, siguiendo como en romería hasta el lugar sacrosanto, llamé a la puerta de la casa. Se trataba de un apartamento (terraced house, en inglés) con jardín, luminoso, tranquilo, silencioso, lejos de la mundanidad y del ajetreo del centro londinense. Un lugar, pues, ideal para crear. Y me recibió, tras un breve silencio, en el que el sonido agudo del timbre ascendió por el cielo encapotado de Londres como en un remolino, un hombre alto y muy apuesto, el padre y amo del lugar tras la muerte de la novelista.  Acababa de desayunar y tomar café, y ni su mujer ni sus hijos estaban allí. Lo primero que hice fue pedirle por favor que me mostrara la casa. Él, para mi suerte, accedió con toda la amabilidad del mundo. Me fue llevando por las habitaciones, ahora por aquí, ahora por allá, hasta dar con lo mejor del “recorrido”: el lavabo, forrado con páginas de El cuaderno dorado; y el estudio, lleno de estanterías, y hojas, y libros… Parecía como si, Doris Lessing, en su edad provecta, hubiera resucitado y me mostrase sus rincones favoritos: el fantasma de su nombre y de su enorme valía cabían en aquel ambiente familiar y campechano, entre aquellas paredes cómplices. En esas ocasiones, el alma es un traje con costuras que no se deshilacha. Me marqué un “regate”.

Resulta, así, que las librerías de viejo de Charing Cross Road; que el mercadillo de pintores de Greenwich Village; que Piccadilly Circus y Trafalgar Square con sus estatuas; que las tiendas y fast foods bulliciosos de Oxford Street; que, en fin, el desayuno opíparo del hotel o el efímero encuentro con una pareja americana en el ferry, todo eso es humo, comparado con la alegría de haber pisado las baldosas de la casa de Doris Lessing, la que he considerado siempre, desde el primer libro que leí de ella, el lazarillo de mis horas solitarias.

Es asignatura pendiente para los estudiantes de instituto, y aun más para los universitarios (y lo digo así, tan tajante) visitar el hogar de los artistas: así rematé yo, años ha, la jugada en la casa-museo de Durero en Nuremberg, en la de Bernard Shaw en Dublín o en la de Victor Hugo en París. Eso se llama viajar a la mente de los escritores que nos precedieron, y lo demás, son cuentos. Sería una materia con que aplicarse, igual que se enseña Álgebra, Historia o Ciencias Naturales. Podría llamarse Estudio de las Casas Célebres o algo por el estilo. Los alumnos se ensimismarían como moscas a la miel, en el elemento de los creadores, quizás con la esperanza de contagiarles parte de su amor por la Literatura y el Arte. Somos cadetes en la vida y en la muerte. No hay que dilapidar tantos segundos ni agriar nuestros corazones con chácharas inútiles de programas basura de televisión, ¿no?

Ya no seguimos la estela de los mayores, sus consejos, y eso es un error. Esos personajillos que, tal vez, tardíamente, reconocen sus errores, cuando enfilan la recta final, podrían ayudar a los más jóvenes a no cometerlos. Por lo menos, a no repetir la mala pata de sus antecesores. Ellos hablaban otras jergas, jugaban a otros juegos. Y, ¿qué nos ha pasado? Que nadie (o casi nadie) se interesa por cuanto les gustaba a los niños del ayer: nadie juega a combinar los cristales de colores de los calidoscopios como hacían antaño los chiquillos. Vivimos en un tempo acelerado, de móviles, tablets y videojuegos. ¿Cuándo creceremos? Cuando nos interesemos por las Doris Lessings que aún hoy existen en el mundo, …y solo entonces.