TÀPIES Y EL FONDO DE ARMARIO

Todo lo que hagamos por el arte y, entiéndase bien, no por el falso artisteo, nunca será suficiente. Vamos por el mundo tan ajetreados que apenas si le dedicamos tiempo, ni nos quedan fuerzas ni ganas, a visitar galerías y museos, de aquí o de fuera. Tampoco nos detenemos a reflexionar después sobre qué es lo que pretendían explicarnos esos artistas que rompen el hilo de los siglos; que brincan, como pequeños saltamontes, de su época a la nuestra, para mostrarnos el pathos en todo su esplendor. Así que, una vez más, me veo en la obligación de reivindicarlos en este país de absurdas troneras, de esfinges maragatas y de seres alucinados.

Esta tarde, se cuela por un resquicio de mi memoria,  por entre la cotidianidad de mi escritura, mi visita reciente a la Fundació Antoni Tàpies. Y, muy especialmente, la escultura-objeto Armario, de 1973. La exposición rinde un sincero homenaje a los objetos que este artista catalán hizo suyos: un montón de platos de porcelana blanca, un sinfín de ropa sobre una silla, unas alpargatas, un ejemplar de La Vanguardia encima de una huevera, o el ensamblaje de una persiana y un violín: la esencia del arte povera catalán.

A través de todos estos objetos que Tàpies puso a disposición pública, convirtió lo pequeño, lo nimio, en sumo valor artístico. Su voz, la de esos años tan difíciles, el final de la dictadura franquista, se oye, como en sordina: esas existencias, pequeñas y pacíficas, eran valiosas y, aun tímidamente, se hacían notar. Precisamente, marcando una cruz, la típica inscripción de Tàpies en la obra, posibilitaba que fuera divulgada en toda su sacralidad. La cruz significa el binomio vida y muerte, un intento de confesar que estaban pasándolo muy mal pero que, a pesar de todo, todavía podía confiarse en las cosas de los humanos, las del pueblo llano. Ese fondo de armario, esa ropa que sobresale como el cauce de un río y llega hasta el suelo y más allá, representa el Tàpies que quiere sincerarse, dar voz a sus piezas, como si tratara de un misteriosísimo, de un cercanísimo autorretrato. Esos pantalones, camisas y corbatas son lo más íntimo del pintor y, a medida que pasan los años, se expande, se fragua e imbrica en la persona de un autor profundo y coherente. Tàpies evolucionó: pasó de la figuración a la abstracción y dejó en el camino lo que todos le pedimos, o deberíamos pedir, a los pintores y toda suerte de artistas: lo más personal.

No deberíamos aspirar ni a ser presidentes de la nación,  ni a malquistarnos con el prójimo para lucrarnos, ni a vender libros, con tiradas a ritmo de bestseller; en definitiva, no pedir a la vida aquello que esta no nos concede: paraísos artificiales. Es cuestión del lento pero firme aprendizaje y del bagaje del ciudadano de a pie  observar qué hicieron esos artistas en su momento: y al hacerlo, tendemos puentes entre pasado y presente e, incluso, futuro. Entender qué es lo que pretenden decirnos ahora esos seres, algo más sensibles que el resto, que parecen más extravagantes y egocéntricos de lo que eran, de lo que son hoy en verdad. No hace falta ser carne de museo para darse cuenta: ellos encarnan la propia verdad en la oscuridad. Nos devuelven el aliento y la mirada serena.

Ese es nuestro fondo de armario que, de vez en cuando, hemos de airear para presumir y así mostrar nuestro carácter y personalidad. Bienvenidos al club cuantos  quieran unirse a la troupe de arqueólogos de museos y raras avis, ajenos a las modas precipitadas y espurias. ¡Quién sabe!, tal vez algún día yo mismo mostraré todo el vestuario que no siempre, o en muy contadas ocasiones, llevo puesto, junto al de a diario. O tal vez, ¿por qué no?, pintaré una cruz en mi armario y lo convertiré en objeto sagrado y, así, de paso, espantaré los demonios cotidianos de mi vista, pecados capitales de la contemporaneidad: la avaricia, la envidia, la lujuria.

FOTOGRAFÍAS SECRETAS

Escribo aún convaleciente, tres días después de haber asistido a la visita guiada a la exposición del fotógrafo norteamericano Duane Michals en la Fundación Mapfre de Barcelona.  Y justo un día después de haber husmeado en la biblioteca de la Fundació Tàpies, y dado con un artículo de Jean Baudrillard titulado El arte de la desaparición, de 1997, que, como se verá, guarda más de una similitud con la susodicha exposición.

Vayamos al grano. La guía turística remachó durante la visita que, Michals, en su obra, trata de mostrar, no lo que sucede en ese momento en que fotografía, sino lo que acontecerá. A Michals nunca le ha interesado representar el “momento decisivo” de Cartier-Bresson, el azar como detonante  de la toma, sino más bien coquetear con una puesta en escena, con una planificación estudiada que,  no por ello, desmerezca ni deje de ser fresca y poderosa y que avance lo que ocurrirá, o al menos deje vía libre a la imaginación del espectador. Algo así como el París desierto de Atget es el Nueva York que “diseña” o reinventa Michals.

En las fotografías de una barbería vacía, por ejemplo, hay un correlato que va a la par de los ojos de quien observa: la cita ulterior de los parroquianos con el peluquero, el sonsonete de las tijeras y las navajas… Material literario donde los haya. El silencio y el bullicio; la tristeza y la alegría; la soledad y luego la compañía. La suma de contrarios.

Baudrillard reflexiona, igualmente, sobre el arte fotográfico.  Para él, y a diferencia de las demás artes como la pintura, lo real no ha desparecido completamente, sino que es pillado in fraganti en el instante de desaparecer. La fotografía es diferente, así, del objeto real: es una ilusión. Ilusión de que ese ser fotografiado está dejando de ser, se metamorfosea, se diluye su fuerza. Afirma, también, que hay una identidad o alteridad secreta detrás; el enigma, lo no dicho, lo que se agazapa. La fotografía es “instantánea”, “tangible”, “irreversible”. Claro que esa imagen fotográfica podría retocarse con Photoshop si fuera el caso, pero entraríamos entonces en el terreno de lo “abominable”. Queremos arte lo más sincero posible, no enmascarado.

Y he llegado a la conclusión de que tanto Michals como Baudrillard vienen a decir lo mismo; beben de la misma fuente prístina, sonora, envolvente. Y es ella la que me permite constatar que hay algo que pide ser celebrado: el vacío, lo que hay más allá, bajo la piel de los modelos, los hombres y mujeres, los chiquillos y los ancianos que, de pronto, parecen regalarnos partes de sus vidas antes o después de los pequeños acontecimientos: la intrahistoria, en fin.

Hacía mucho que no visitaba una exposición de fotografía. Se conoce que ahora que me ha dado con estudiar Historia del Arte, ningún evento es suficientemente insaciable para colmar la sed que me embriaga; necesito contemplar objetos artísticos para sublimar el sujeto presente en mí que quiere ser protagonista de lo que observa, aun a miles de kilómetros de distancia de aquello relatado en las fotografías.

Es curioso ver esas imbricaciones entre artista y teórico del arte. Confluyen en el mismo discurso. Michals, el creador de la secuencia y del fototexto, parece guiarnos y decirnos: “Yo seré vuestro Dante particular en vuestra particular visita al Infierno, Purgatorio y Paraíso”. Me he visto subyugado por estos poderes sobrenaturales. Y tengo que afirmar que me costó digerir y entender el a veces oscuro discurso de Baudrillard. Pero como buen Capricornio que soy, mi testarudez me llevó a leerlo tres, cuatro, hasta cinco veces, para captar el mensaje central. Y hete aquí que he encontrado la clave, la horma de mi zapato: hay que abrir el corazón todo lo que se pueda, para celebrar la comunión con los demás seres, para intentar adivinar lo que ocultan los fotografiados; la piel que esconde los secretos no revelará los taimados tejemanejes y, si lo hace, saldrán desfigurados en boca de los emisarios.

Que el espectador capte la enigmática visión  que los artistas tenemos cuando creamos, ya sea a partir de papel fotosensible o de Din-A4 y estilográfica, para acabar intuyendo el misterio, sin hallarlo nunca del todo.  En literatura, en la pintura se ha opacado ya. Para eso tenemos la fotografía: para que nos  alimente  en ese instante antes de la “desaparición”. Un arca navegando a flote contra la marea, y detrás de esa área podría existir Dios, y el Diablo, o el mismo pintor que cuando compuso el cuadro se burló de los dioses, de los mortales, y creó la venganza de las fuerzas físicas, la tormenta. A lo mejor, en última instancia, el objeto artístico es un ajuste de cuentas con la sociedad, o más aún, un ajuste de cuentas del mismísimo creador. Mientras existan fotografías y fotógrafos, el mundo podrá seguir soñando en atrapar ese mensaje oculto, sobrevivirá y aun resucitará.

FANTASIA EN EL METRO

No puc viatjar a l’estranger, si més no, tant com voldria; em conformo a anar amunt i avall fent servir el metro. El moviment em fa estar ben espavilat, ben creatiu. Aprofito, això sí, per llegir llibres o escoltar cançons (què faria jo sense una novel·la sota la màniga? I sense Roxette o Cindy Lauper a l’Spotify?)

Aquest migdia, però, de tornada cap a  casa, per a la meva sort, he deixat de banda la música dels auriculars.  Tot esperant a l’estació de Diagonal de la línia blava, com faig sempre, he coincidit amb una dona de Zàmbia; no deuria tenir més de trenta-cinc anys, vestida amb una brusa florejada i una faldilla llarga i esponerosa. Tenia un magnetisme irradiant de tota la seva persona. M’hi he apropat. Portaria una bona estona allí, asseguda al banc amb la canalla, un dels nens encara en cotxet, l’altre arrepenjat del braç, atès que avui hi hagut vaga i el servei de metro s’ha vist greument afectat.

Fetes les presentacions, m’ha dit que treballa de netejadora  en una gran multinacional, des de les sis del matí fins a les dues del migdia. “Embrutar-me les mans de lleixiu és el pa de cada dia”, m’ha confessat. Està colrada pel sol quotidià, per un foc abismal, lligada de peus i mans per pujar els seus fills (perquè, m’he preguntat sense atrevir-me a vocalitzar-ho: el seu home també treballa?) . Així, tal qual, en només cinc minuts, hem fet coneixença. Crec que tinc aptituds per parlar i aconseguir establir una conversa interessant; ficar-me la gent a la butxaca, com si fos un periodista, o un reporter, o un simple mag que parla amb les paraules justes, ja sigui amb amics, o bé amb autèntics desconeguts. Això és així, crec, d’ençà que treballo a l’hotel.

De sobte, com si volgués trencar l’encanteri de la conversa un pèl informal, el nen més petit, mentre donava cops al cotxet, ha començat a cridar i cridar, cada vegada més fort. El so s’ha expandit, entre les anades dels viatgers, per tota l’estació, com si fos un miracle de focs d’artifici,  arrissant-se en l’aire calent que ens mig agombolava. Aquest crit m’ha fet recordar les veus amagades de la infantesa. Era el crit del noi africà, però també el meu, enmig de la felicitat.

“Què em feia feliç aleshores?”, m’he preguntat. Doncs sí: llegir, sentir i dialogar amb la família Robinson, amb el Tom Sawyer, amb en Pinotxo, amb en Peter Pan: els meus herois, ara emissaris d’un món inconegut, misteriós, de l’altra banda del mirall. Tots ells, continguts en aquest crit amorf, estrident, viu, cada cop més irreal a mesura que transcorrien els minuts. Quan ha arribat el comboi, ens hem acomiadat; la dona de Zàmbia ha anat de dret a un altre vagó. M’ha deixat ben pensarós! No hi ha res més terrible que recordar aquell que vas ser un dia, enfrontar-se amb l’inevitable del pas esvalotador dels anys.

Fet i fet, tots, o quasi tots, diria jo, hem tingut referents que han anant sorgint i canviant a mesura que passava el temps (alguns i tot continuen igual, gravats amb foc).  Som qui som a còpia de crear-nos, de reinventar-nos. Potser, el nen del cotxet no ha sentit mai a parlar del conill blanc de l’Alícia, d’en Huckleberry Finn, d’en Geppetto, de la Wendy. Potser, la meva infantesa va ser més afortunada gràcies als llibres i als dibuixos animats de la tele; no ho sé. El cas és que tornar enrere no sempre és un mer viatge i prou. Lluny ja d’aquests herois, són alguna cosa més: retrobar les paraules que ens guiaran, i em guariran d’alguna manera, en un futur, emmagatzemades al cervell, travessant les neurones.

Dono molta importància a aquestes travesses en metro: m’ajuden a establir vincles amb els altres, amb mi mateix. Són els ponts cap a un passat que semblava oblidat, però que et xiuxiueja a l’oïda mentre acotes el cap i caus en el seu reialme. El més misteriós de mi s’arrecera a un racó del meu cos; és la raó de ser d’escriure i de reflexionar. La dona de Zàmbia m’ha mostrat, sota la capa habitual del dia a dia, un toll d’on treure l’aigua bruta i deixar brollar la fantasia, sempre a l’encalç de la vida somorta, a punt de ressuscitar.

 

RECORDS I TAXIDÈRMIA

El poeta que escriu sobre un amor a la lluna de València, el pintor que vol emular Picasso, la veïna que canta mentre estén la roba al celobert: com si actuessin seguint el mètode Stanislavski, aboquen a la superfície tot allò amagat. Allò que van ser es transparenta en allò que són ara, si bé hauríem d’agafar el verb “ser” amb pinces: mai no som ningú, si de cas ens vestim i guarnim i ho aparentem.

Quants cops, per dur a terme l’obra veritable, personal i intransferible, no ens cal pouar en el passat? Nostàlgica reminiscència d’un mateix o d’una situació en el temps (podria ser un pleonasme perquè, quin record no és, d’alguna forma, melangiós?), tot això que recordem (les paraules de l’amant; el quadre de museu; la cançó popular), pertany al passat, més o menys recent. Per imitar cal recordar. L’artista i, la humanitat per antonomàsia, viu i crea sobretot en el passat: no domina prou el present, perquè no té cap distància mental amb ell; el futur és inabastable (com sabem si els plans sortiran bé?)  En un diàleg continu amb els fets que ens han constituït, som i serem sempre, més que mai, el “passat”, per molt que ens pesi. Una càrrega feixuga, i tot i així, necessària.

I què no és, doncs, mirar el passat si no “dissecar” per mantenir (gran error, fal·làcia suprema) els records ben vius? És una ociositat ben absurda, no aconseguirem mai de servar-los tal i com van ser, no només per als artistes: afirmaria que és territori de qualsevol mortal. Necessitem enganyar-nos i fer veure que controlem el passat. Col·loquem els records en capsetes, els arxivem i, per acabar-ho d’adobar, els bategem, els donem noms ficticis. Com prendre aire i respirar; com quan volem que se’ns encomani l’alegria o el bon humor. Si no tothom, almenys el poeta hauria de nodrir-se sempre de la melangia per crear. Tot i la impossibilitat d’arribar a una veritat definitiva, podem  arribar a ser nosaltres, els autèntics protagonistes de les nostres vides, sense els records? Ho dubto.

Tot artista s’hauria de banyar en les aigües feréstegues del seu propi mar. Deixar de nedar en la tranquil·litat i assumir els riscos de recordar.  El reconeixement, les ganes de diferenciar-se de la massa, la recompensa a la vanitat: tot això arriba molt més tard, i no ho critico. L’artista, el que he conegut mentre vagarejava pel carrer del Pi; l’artista, apostat a la plaça de Sant Josep Oriol per vendre’t un paisatge de carrer a l’oli; aquest, dic, no necessita ni els diners, ni l’art ni l’ambició d’un Picasso. Sí que li cal, però, el passat. La humilitat dels records, al cap i a la fi,  resulta el millor antídot per viure bé, sense estar pendents dels altres, vivint dins de la nostra pell amb una certa llibertat. Només arribarà a ser gran si no prescindeix de si mateix, d’aquell que va ser: no es tracta d’oblidar, d’esborrar res. Es tracta, doncs, d’assumir qui vam ser i no escapolir-nos-en; si de cas, plantar-hi noves llavors perquè el lledoner floreixi.

El taxidermista de cossos humans, de relíquies, de flors. Els records, i amb ells, els pensaments del present; el passat, en el present de l’artista. Reescriure amb tots els detalls biogràfics i fer-ne, per últim, una ficció. És el passat i no el mer aplaudiment el que ens fa continuar. Mai no he assistit a una sessió on el taxidermista dissequi cadàvers d’animals; intueixo que pot arribar a ser una tasca repugnant. Tanmateix, si hom va estimar tantíssim aquell gos o aquell gat o aquell canari, és l’única manera a dia d’avui de conservar-los mig vius. Igualment, l’artista que es gira cap enrere descobreix que només amb les paraules, amb les pinzellades o amb la seva veu de baríton pot cristal·litzar aquests instants de glòria efímera, part fonamental de la vida i de l’art: l’ofici de taxidermista.

ABÚLIA ESTIUENCA

Si no tingués a l’abast el retruny de la ràdio, quan escolto una cançó popular fàcil de taral·lejar; si desapareguessin els titulars de la primera plana dels diaris, que m’animen a continuar llegint; si no tingués una biblioteca farcida de clàssics, tota l’energia negativa m’acabaria xuclant cap endins, fins a les clavegueres. No sobreviuria a la calor, aquesta que, diuen, és la causant de tots els nostres mals durant les vacances.

Sí, ja ho sé: és paradoxal que, a les llargues hores que ens regala l’estiu, que esperem eternament la resta de l’any, de cop i volta ens venci l’abúlia, l’absència de voluntat per fer coses… just quan més temps hi podríem esmerçar. Ironies de la vida! Per aquests camins de Déu hi hem transitat més d’una vegada cadascun de nosaltres. Tenir i no tenir ganes de fer res… on connaît la chanson…

Com se sol dir, no li desitjaria aquest mal ni al pitjor dels meus enemics. Jo m’he passat la primeria d’aquest mes de juliol enmig de la ciutat: la calor m’ofegava i m’ impedia sortir del cercle viciós. És aleshores que torno la mirada enrere, cap a les vacances d’infantesa a Sitges, arran de platja, amb la mare i amb l’àvia. Sense amics, els instants es feien lents. Escoltava els cassetes de Juan Luis Guerra i The Beach Boys. Des del balcó estant, albirava la costa i m’enlluernava el reflex diamantí del sol sobre la mar. Llegia molt a poc a poc, amb desgana. Ara fitava la contraportada, adés fullejava un volum primet… Va ser als onze anys quan, de cop, vaig passar dels llibres il·lustrats de El Vaixell de Vapor als llibres gruixuts amb molta lletra… I, tot i així, res. Res ni ningú no m’animava ni em feia tornar a la normalitat. Decididament, aquesta abúlia només l’he experimentada a l’estiu. Si algú bategés aquesta malaltia (petita, inofensiva, però a vegades malaltia virulenta) de ben segur que li donaria el nom d’ “abúlia estiuenca”, sí o no?

No és gens recomanable estar ensopit. Les ulleres, que portes des de fa molt, se t’entelen per acció de la humitat, i un es queda sense més ocupació que mirar com es mouen les busques del rellotge una i altra vegada. Prefereixo la tardor o l’hivern. Hi ha escriptors que aprofiten la treva de les vacances per escriure més i millor.  Jo dec ser un espècimen del fred: m’agraden els països nòrdics, passejar pels carrers quan plou, quedar amb els amics aixoplugat dins de les seves llars. I, en canvi, allò que diuen els  estrangers de nosaltres, allò que els fascina de Barcelona i de Catalunya en general, és que fem vida als carrers, de nit i de dia. Caminem a poc a poc, observant com cauen les fulles dels plàtans de la Rambla, fins que ensopeguem amb el bar amb les cerveses més barates de tota la ciutat. Sembla com si pintés un quadre a l’oli amb motius d’hivern.

Tornant a la realitat, sobre la tauleta de nit tinc, pendents: Aloma; El joc d’ulls, Tallats de lluna, Expiació, L’espiritual en l’art…. i una llarga tirallonga de volums meus o enduts en préstec de la biblioteca del barri. Són títols que, tard o d’hora, llegiré, perquè sé que m’esperen paraules que enamoren en comptes de ferir. Però ara no. No encara. S’escolen els minuts però no aconsegueixo que aquests autors de tanta anomenada m’interpel·lin. Llegeixo un tros i he de parar. És treballós i fatigant! L’abúlia estiuenca és dolorosa; espero sortir-ne del laberint molt aviat i tornar a ser el bon lector de costum.

BALBUCEIGS

Eren els primers anys de la nostra vida. Si volies ser un bon alumne, havies d’estudiar molt i fer força deures. Gairebé no podies escriure; disposaves del temps just per assistir a les lliçons d’anglès de l’acadèmia d’idiomes o de matar, a estones, el cuc amb una novel·la juvenil. Jo llegia sense parar, durant el descans, a la biblioteca del col·legi o a les escales del pati, mentre els altres jugaven a pilota o a fet i amagar. Cada matí, tenia al meu davant el Tom Sawyer i el Huck Finn a la vora del Mississippi, en Kim a l’Índia, en Charlie a la fàbrica de xocolata. Mai no vaig passar de l’aprovat en gimnàstica: fer tombarelles o saltar a la corda era ben avorrit! No calia: la lectura m’acompanyava, omplia els buits interiors.

M’agrada recordar les reunions, gairebé clandestines, a casa meva o a la d’algun company d’escola, a fi d’editar una revista. Com ens hi posàvem, amb quina passió, entrega i agosarament! De seguida, però, ens vam adonar que costava Déu i ajuda tirar endavant qualsevol artefacte literari o periodístic que impliqués tot un grup, si ja de per si era difícil fer-ho tot sol. Tant de bo no ens  haguéssim estimbat abans d’hora!

Aquests projectes van ser més aviat uns balbuceigs tímids, primerencs, desafortunats. On vam aconseguir treure una mica el cap va ser a les revistes del col·legi i, més tard, a les de l’institut. Els professors escollien les millors redaccions dels alumnes de la seva classe, algú les passava a net i, a la fi de curs, en fulls grapats, es repartien de manera gratuïta. Tots hi participàvem amb molta alegria, il·lusió i bona voluntat.

En aquella època, vaig guanyar alguns premis literaris, a nivell de districte, que em van esperonar a continuar escrivint. Volia ser novel·lista les vint-i-quatre hores del dia; volia, ingènuament, guanyar-me la vida escrivint. No era realista. Tanmateix, i gràcies als meus professors de primària i secundària, que em van encomanar l’afició a les lletres, ara puc afirmar que no m’importa ni poc ni gaire el reconeixement si només ve acompanyat de rebombori i d’escàs mèrit personal. No m’agrada que els escriptors que remenen les cireres pugin a la tribuna fent-se notar i que les editorials en publiquin qualsevol obra, tan sovint mediocre, només per ser autors ja consagrats.

A escola, érem ingenus però crèiem en la literatura. La idealitzàvem, la reverenciàvem; la regàvem amb gotes de suor del nostre front com si es tractés d’una planta. Com l’amor, com l’amistat. Aspiràvem a l’impossible en tots els sentits; els nostres interessos eren nobles, veritables, genuïns. Mentiria si digués que ara no vull publicar els meus llibres. El que no vull és la fama per la fama. Per mi, la literatura és un monestir sagrat. És ben fàcil saber si els altres també la respecten, si li tenen afecte: només cal que deixis un llibre a algú i comprovar que no torni rebregat. Només amb respecte s’arriba a l’Art i al Coneixement, a la Literatura: tornant al nen.

DE CÓMO ME ENAMORÉ DE VELÁZQUEZ

Me viene a la memoria uno de esos flashes que los manuales de escritura para principiantes dicen que hay que atesorar como si fueran los restos de la Torre del Oro. Deseo volver a ese pasado, aquel en que “vivía” casi por primera vez, aquel en que ni el invierno ni el verano eran tan calurosos, aquel en donde parecía que cada estación del año servía siquiera para saber qué quiero y adónde voy. Hoy en día tengo mucha más confusión: a menudo trastabillo con los términos “felicidad”, “alegría” o “encanto”.

De eso hace ya la friolera de veintisiete años. Estoy muy cerca de los exámenes finales de sexto de primaria. Un sábado acompaño a mi madre a comprar ropa o comida a unos grandes almacenes; y casi al final del recorrido, nos detenemos en la librería. Mamá sabe que me chiflan los libros, pero no es capaz de aventurar nada de lo que va a suceder. Doy un vistazo rápido al mueble dedicado a los adolescentes  y, luego, sin apenas rechistar, olfateo la sección de literatura clásica y de adultos.

Un grueso volumen acapara toda mi atención: es el catálogo de pintura de la exposición que se dedica a Diego Velázquez ese mismo año en el Prado. Mi madre, tras tironearla del brazo y decirle: “lo quiero, lo quiero, lo quiero”, accede a comprarlo. Cuesta cinco mil de las antiguas pesetas. Salgo de allí como si me hubiera tocado la lotería. Cuando llego a casa, no pierdo ni un instante. Hojeo y  hojeo, todavía más atraído por los cuadros que por las letras: observo las fotografías en detalle, en las que se aprecia con claridad meridiana el empaste, la pincelada, el trazo meticuloso del pintor. A continuación, escribo con tinta de pluma en la primera página: 1 de junio de 1990. Ahora me digo que sí, que me gustaba inscribir fechas en los espacios en blanco, sin ni siquiera adivinar que, años más tarde, aquello se convertiría en una auténtica reliquia. Cada vez me alejo más de todo ello, de los libros con ilustraciones; pertenezco a un presente infinitamente más vulgar, más ladino, menos mágico.

A partir de entonces, fui aparcando paulatinamente los libros azules, naranjas y rojos de El Barco de Vapor, los Peter Pans y los Pinochos y los coleccionables del Barrio Sésamo. Adivinaba el mundo de los adultos, más misterioso y complejo, fascinante, sin haber puesto un pie en el umbral, menos idílico de lo que parecía: mi ignorancia era (casi) total. Velázquez pasaba a ser el artista bajo cuyo mando yo iba creciendo. Emparentado con el recuerdo del pintor sevillano, pienso en todo aquello circunscrito a esa edad, a los once años. Son los tiempos en que vivía mi abuela: cuando entraba en silencio en mi estudio y me llamaba “huraño” si me zafaba de su beso. Las largas vacaciones en Sitges. Los tiempos del Ford Fiesta blanco. De la música de Tanita Tikaram, de Tracy Chapman y de Luis Cobos. De las clases de inglés en la academia. De las marinas al óleo. De las mañanas de invierno en que me despertaba a las siete y garabateaba en un cuaderno rayado de espiral palabra tras palabra hasta las nueve, hora de ir a clase. Cuanto escribí entonces fue banal y poco me ha servido después (entre otras cosas, porque mucho de todo aquel empeño acabó destruido), pero me proporcionó la disciplina, la exigencia y la lucha cotidiana contra el tedio, muy necesarias para el noble ejercicio de escritor. Las energías suficientes, en definitiva,  para escribir.

Aquellos tiempos fueron los propios de la búsqueda, de la sorpresa y del descubrimiento; la vida que se desbordaba ante los ojos de un niño. Yo quería ya, desde los nueve o diez años, convertirme en escritor. Quería crecer (como, por otra parte, quieren todos los “hombrecillos”), pero jamás caí en la cuenta de que, para ello, antes debía exprimir todo el jugo de la niñez. Apenas podía escribir nada de gran valor a esa edad, ni menos aún trazar retratos psicológicos profundos. Todo lo más, bosquejar asesinatos a lo Agatha Christie.

Por esa razón (aunque también por mi soledad intrínseca, por la falta de amistades, por mis gustos literarios) fui relegado de la compañía de los demás, de las triquiñuelas de los niños. Yo jugaba, estaba apuntado a las colonias de verano y todo eso, pero me sentía escindido, lejos de los que se divertían dando patadas a una pelota y lanzaban globos de agua, junto a las fuentes del parque, durante los primeros días de calor. De todo eso me aparté, yo creo, demasiado pronto. Luego me he dado cuenta de la infamia, de la insensatez y de la deslealtad de los adultos. Y del mundo literario: cada rincón de este planeta está lleno de envidias, y las dificultades del novelista, o del poeta o del cuentista, son varias y distintas y son por todos de sobra conocidas. Si he escrito esta columna ha sido para convocar el pasado, para encontrar una horma  a mis zapatos, para reconciliarme con mi ser interior (el producto de mi experiencia, de mis andaduras vitales). Por suerte, siempre me quedará Velázquez.

GRAMÀTICA ALEMANYA

Sovint, mentre escric aquestes columnes, mentre el nas ensuma les paraules del record, se m’entelen els ulls. Estic ben sol amb la meva tristesa, inerme a la vall de la vida, bivaquejant, admirant els estels llunyans. Tinc comprovat que, si han transcorregut més de deu anys, la ment idealitza els fets passats. La malenconia comença a envair-me, a fer-se present, a atacar-me amb el seu agulló. L’aura màgica creix i creix, mentre un garbuix de males herbes s’instal·la al meu jardí, despietadament, salvatgement.

Una altra vegada, vull fer un pas enrere en el temps, parlar, no d’un estiu qualsevol, si no de l’estiu en què vaig començar a estudiar alemany a l’Escola Oficial d’idiomes. Recordo força bé com el professor pronunciava les paraules sympathisch i unsympathisch. Un conjunt de paraules simpàtiques i, un altre, d’antipàtiques. Gemüsesuppe era simpàtica; schrecklich, antipàtica. Eren el meu pa de cada dia. Les repetia nit i dia, davant la meva mare atònita, com si fos un boig que hagués canviat repetidament de camisa.

Encara no treballava a l’hotel, però ja estava assedegat de llengües, de literatura, d’art. Les ciències no feien per a mi. Només el miracle de les paraules d’aquells que van escriure obres immortals; la comunicació des de milions de quilòmetres per mitjà d’uns llibres que parlen, respiren, canten. Encara ara els escriptors són, per a mi, mendicants a la cort del rei Artur:  jo soc l’amo del castell i ells volen accedir-hi, convèncer-me de les excel·lències de l’ idioma.

Farà deu anys, molt després del curs d’estiu, furgant llibres, per entre les parades de segona mà del Mercat de Sant Antoni, vaig ensopegar amb una gramàtica alemanya, pràcticament nova de trinca. Em molesta que els llibres estiguin rebregats i fets malbé. No suporto més subratllats que els meus, més taques olioses que les meves, més mans que caminin per les pàgines que les meves. No n’era el cas.

Aleshores no vaig ser conscient que aquest manual em salvaria. Aquests dies de calor excessiva, sense res més a fer, per combatre l’avorriment, la desempolsego, me l’enduc a totes bandes, al metro, a l’autobús, al jardí de l’Ateneu: és el meu vademècum perfecte. No necessito anar a classe, ni necessito professor, ni companys amb qui parlar. Cal, només, que estudiï tot allò que necessito per a l’hotel.

No vull defallir davant les conjugacions, les preposicions, les declinacions. De vegades, les trobo dolces; d’altres, massa fredes, dures, eixutes. A còpia, però, de llegir i llegir, puc arribar a fer meves les frases, les olors i els colors de la llengua alemanya. Tornar a Goethe, a Novalis, a Thomas Mann. No és cap condemna a mort: és revifar. L’alegria de l’arquitecte que ha dissenyat l’edifici fins a l’últim detall i, per fi, el veu erigir-se.

Tant de bo aconsegueixi amb l’alemany escriure una pàgina més, una gloriosa pàgina en la meva vida! Ningú se’n riurà, i si ho fa, amb la valentia que calgui, hom dirà: no et prenguis mai seriosament la malvolença dels altres. Enfila pel camí dret i aprèn alemany cada dia. Els missatgers de la paraula, de la comunicació estan aquí, en els llibres. No cal que el dimoni em digui: “Tibi dabo!”, prometent-me  or i diamants. Visc dins de les coordenades d’una gramàtica alemanya.

UN LLIT AL CEL

El desembre de l’any passat vaig tornar a visitar les Canàries. En un principi, només volia anar a Tenerife, a Puerto de la Cruz, i recórrer la costa nord en guagua. Una setmana abans de partir de Barcelona, però, M., una bona amiga, em va encoratjar a deixar de banda la línia de mar; a agafar el telefèric i després caminar fins al cim del Teide (“Hi has d’anar. Faràs tres hores i mitja d’avió, travessaràs molts quilòmetres. És pecat si no hi puges!”, em va dir). Així, explicat per telèfon, entre ones sonores, semblava bufar i fer ampolles; res més lluny de la realitat. Vaig fer-li’n cas, si més per vantar-me’n, després, quan ho expliqués a la resta dels meus amics.

Una vegada a l’illa, tot va començar després d’haver-me comprat un llibre, un vell exemplar de flora canària, amb la intenció de contemplar i reconèixer-la mentre hi vagaregés. Fent nit al refugi d’Altavista al Teide, li vaig donar un cop d’ull: una treva d’unes poques hores abans de conquerir la meta. Flors i matolls diversos, mai no vistos. Vaig pensar que, en un altra vida, jo havia estat biòleg, o botànic, o científic. No m’explico, si no, el vívid interès d’un urbanita per espècies difícils de trobar a la seva ciutat. Potser és que, més aviat, ens interessem per allò que desconeixem, no ho sé.

 Al refugi hi vaig entaular breus converses amb un grapat d’ aventurers com jo; entre  ells, un home rodanxó, de mitjana edat, amb el seu fill adolescent, els quals, per afegir misteri a l’aventura, no em van voler detallar ni els seus noms ni la seva nacionalitat; el seu accent em va fer sospitar que venien d’un país d’Europa de l’Est, amagat darrere d’un anglès fluid. Van ser converses disteses però (i això suposa un regust agredolç) superficials, el que menys m’agrada dels viatges: no compartir més enllà d’un seguit de compliments i bons auguris. A qui no li agradaria, en aquests breus encontres, qui no s’estimaria més trobar-hi ànimes bessones, fer-hi amistats genuïnes? Si el viatge no serveix per sentir-se menys sol, en cerca de pau, de consol, de reconciliació amb el món, aleshores ja podem plegar!

La pujada va ser lenta i difícil. Feia boira i fred. No portava sabates adequades. Trontollava entre les pedres. Vaig recordar, allà a dalt, la novel·la juvenil Si puges al Sagarmatha, que vaig llegir a l’institut. L’autor, Josep Francesc Delgado, hi relatava l’ascensió, amb l’ajuda d’uns quants xerpes, pel tombant més perillós de l’Everest (que afegia èpica a l’èpica del muntanyisme). Salvar la distància que em separava del cim del Teide no hi tenia, però, res a veure. Si més no, l’alegria de conquerir-lo; el desafiament, la ingènua intrepidesa. Enlloc més no he pogut tastar la mateixa mena de silenci, la coïssor a l’ànima per atrapar els estels, l’Óssa Menor. Em sentia eufòric. Era un autèntic privilegiat per haver tocat amb els dits el vel opac del cel. De poder, gairebé, ajaçar-me, acotxar-me entre els llençols de núvols.

Instintivament, el fet de coronar el Teide, va ser, ara ho penso, per les mateixes ànsies d’elevar-me per damunt de la grisa quotidianitat. Estic segur que tots els exploradors han pronunciat en alguna ocasió la dita anglesa The sky’s the limit. No seré jo qui desllueixi les virtuts de l’escalada, qui no reti culte a allò que se’ns esmicola a les mans: el temps durant els viatges, aquests minuts que corren veloços, com l’aigua dels rierols; l’olor de l’aventura, cada instant més llunyanes.

AMIGO DE LA VIDA, ENEMIGO DE LA MUERTE

Las últimas semanas no he escrito ni una línea; mi ordenador ha estado en barbecho, de vacaciones. Pero los pensamientos que iba almacenando en mi cabeza se han ido hilando, poco a poco, en mi interior, sin yo apenas percatarme, hasta desembocar en apuntes, luego frases y finalmente reuniendo sobre el papel las cuatro ideas esbozadas en esta columna. Contemplaba desde la ventana de mi estudio el cielo azul traspasado por nubes pasajeras que se rompían en busca de sentido, de coherencia, de claridad, y ensanchaba mi silencio en torno a las palabras salvadoras o condenatorias (sin que lo supiera nunca de antemano). Pese a mi silencio, he leído mucho, en busca de consuelo, recogiendo enseñanzas.

El escritor y Premio Nobel Elias Canetti ( 1905-1994)

En concreto, sobre el miedo y la vergüenza de existir: el aprendizaje tras una lectura atenta de la obra del escritor Elias Canetti, de sus apuntes y aforismos, en especial los de El corazón secreto del reloj.  Con un denominador común: el enemigo a batir, aun a pesar de fracasar de antemano, es la muerte. El peor y más grande enemigo. Canetti escribe para enfrentarse a él; se diría que escribir, poner sobre el papel unas cuantas palabras, lo mantenía inmortal. “Callar sobre la muerte. ─¿Cuánto tiempo serías capaz de hacerlo?” nos dice Canetti, imprecando, gastando toda su voz hasta la afonía: “Se ha refugiado en Dios. Es allí donde más le gusta sentir miedo”.

A mí me sucedió parecido. La idea de enemistarme con la muerte empezó a fraguarse en mi cabeza loca hacia mi tardía adolescencia, con las primeras desapariciones en la familia, los primeros duelos. No los aceptaba. Con ellos vinieron el desgarro, el ahogo, el socavón de la fugacidad; tratando de enmascarar la muerte, sin entender que, a veces, para renacer hay que morir primero. Y no hablo solo de escribir novelas góticas: no, hablo de la existencia corriente y moliente del que va pasando las horas como mejor puede y sabe.

Siempre he tenido la misma obsesión: siempre me he preguntado qué rostro tendré cuando muera (sereno, apacible o violento, terrible, dueño de una sonrisa irónica). Siempre me han intrigado el rostro de los muertos. Digo esto (aunque parezca mentira, aunque parezca algo cursi) amparado, ¿cómo no?, por la alegría y el festejo de la vida, compañera y amiga (si bien a veces desleal) del amor y de la amistad. Lo uno no quita lo otro, desde luego. Alguien que escribe casi a diario sabe de lo que hablo: el rastro de lo finito sobre uno mismo. Salvar el pellejo y honrar cada uno de los minutos del reloj mientras se vive.

No hace falta que recurra a la definición del “ser” del hombre en la Tierra, del “ser” de las cosas, del “ser” del lenguaje.  Superado el pesimismo inicial, mi espíritu ahora se levanta como en un acto de autoafirmación. En un abrir y cerrar de ojos morimos, así que por fuerza debemos apartar cuantas filosofías baratas, o muy sesudas e impracticables, se nos crucen en nuestro camino. Solo tengo una certeza: soy amigo de la vida, enemigo de la muerte. Podría ser este muy bien uno de mis epitafios. No pasará de ser demasiado original, ¿verdad?, pero, en fin de cuentas, ¿me importará a mí el lema que escriban sobre mí una vez que esté muerto? En todo caso, me aplicaré el cuento mientras respire aquí, amarrado a la puerta de una librería o en mi estudio, en un rincón del planeta; en las coordenadas que me marcan, en el tiempo que me ha tocado vivir. Y lo demás no importa.