PROCESIÓN DE DOBLES

En cualquier momento del día. En mitad de la calle, mientras espero el autobús. O en un rincón, agazapado entre las paredes solitarias de un bar: los rostros, en una suerte de carnaval invocando a Proteo, se desdoblan frente a mí. No son famosos ni figuran en las enciclopedias; solo son “famosos” para mí, fantasmas utópicos en el verdín de mi pasado, como si solamente deseara estar celebrando una misa de difuntos en vez de una ceremonia por los vivos, con los vivos. Los muertos están ahí, pero no se dan por aludidos: son apariciones retráctiles.

La primera vez fue hace escasamente un año. De improviso, tenía ante mí, en la cola de la panadería, la silueta menuda de P., la madre de mi amiga E., con su mismo gesto de la mano al recoger el cambio. Luego, en otra ocasión, en la otra punta de la ciudad, esperando el autobús fue G., mi antiguo profesor de Latín, con su misma impertinencia, con su mismo cigarrillo colgando del labio inferior. Por fin, mi tío T., con su bigote irónico, con su sonrisa socarrona, entre la muchedumbre de una calle peatonal del centro. Aún  recuerdo sus palabras, su tono de voz: “¡Qué caro eres de ver!”; “Las preguntas, escríbemelas en un papel”; “Campana… ¡eres un campana!”. Jamás han estado tan cerca de mí.

A partir de ahí, otros muchos seres ya huidos definitivamente han sido convocados por mi imaginación… De espaldas o de frente, cerca o lejos, prestos a tomar un taxi o a volver la esquina. Yo acelero el paso para adelantarlos, confuso. Cuando por fin llego a su altura, cuando giro mi cara para observarlos, descubro que no son ellos. No hay una mirada recíproca al pestañear, no hay una relación de iguales.   Ha sido un simple espejismo. O tal vez no tan simple. Como si acudieran a mí desde otras dimensiones, al menos tengo una ligera respuesta: la respuesta de los otros, del más allá.

Fenómenos del pasado, los conjuro, los honro. Lo quiera o no, son mis personajes, parte consustancial de mi ser; no importa si fueron amables o rudos conmigo. Son una procesión de dobles, entre lo real y lo irreal. Los contemplo ante mí como si aún quisiera hablarles, indefenso ante su grandeza como ante una sinfonía de Beethoven. “¿Son ellos o no?”, todavía me pregunto, esquivando una respuesta negativa. El absurdo puebla a sus anchas. Pero, y ahí quería yo llegar, la locura de todo esto, mi propia locura, es la incapacidad de cambiar las cosas: ellos no se levantarán de sus tumbas. Estaría dispuesto a hablarles. Desearía que fueran ellos, que me hablaran de nuevo. No acepto la verdad: que ya se fueron. Como si me negara a aceptar que mi propio péndulo bascula peligrosamente, por momentos, por el epicentro de la muerte.

Acabo rindiéndome a la evidencia: no son ellos. Lo fueron unos instantes tan solo. De modo inconsciente, sigo buscándoles.  No son más que dobles; si no fuera por ellos, por estas apariciones, mi imaginación acabaría desahuciada. No deseo que se pierda, que se borre ni se oxide: la imaginación es inútil si no sirve a nuestro propósito de fabular, y yo fabulo con las voces de los muertos, con sus manos tendidas hacia mí. Reconozco que la memoria es, por momentos, caprichosa y melancólica. Estoy indefenso frente a ella: aun así, no cambiaría por nada esas “iluminaciones”, su imperfección, su finitud. Escribiendo ahora a vuela pluma, pero sin dejar que la inspiración me pierda del todo, voy recordando, desastillando la memoria espuria del cerebro, en pos de un lenguaje antiguo entre líneas, entre el murmullo cotidiano de la vida. Entre los vivos.

BARRIO INOLVIDABLE

Fue un error no reformar mi piso, mi enorme piso, antiguo, algo triste, con el dinero que finalmente gasté en viajes y en libros.  Fue un error no colocar parqué ni pintarlo ni aderezarlo con puertas nuevas, ni comprar alfombras árabes o nuevas estanterías en el pasillo para mis volúmenes de poesía y de ensayo. Andando el tiempo, es inevitable cometer errores. Ahora sé que no quiero dejar de vivir en él.

La cordura me lleva a no querer moverme de aquí. El barrio es muy tranquilo; apenas pasan coches. Un piso en otro distrito, quizá en la parte alta de la ciudad, me daría más estatus, tendría más pedigrí, lo sé. Podría presumir, hacerme notar entre mis amistades. Pero bien sé que no me mudaría a cambio de perder mi tranquilidad. El centro de mi mundo es este balcón que da a dos plazas, una chica y otra grande; el verde de las palmeras, cuyas ramas son el cabello mágico del aire, cómplices  de mi rutina. Cuando me falla la inspiración o no puedo concentrarme, salgo al balcón y contemplo las vistas, y me contemplo: yo mismo acabo formando parte del paisaje.

Tengo que retrotraerme al día de la década de los cincuenta del siglo pasado en que mi abuela, viuda y con seis hijos, se trasladó de las viviendas militares de la Avenida Gaudí  a C., mi  barrio, por mediación del cardenal J., que le facilitó el alojamiento. Mi abuela Ana María había sufrido un tremendo golpe. Un ángel bajó del cielo, por así decirlo, para ayudarla. Esta ayuda fue inestimable para ella. Encontró su sitio. Recuerdo que, cuando aún vivía y tenía la cabeza lúcida, me hablaba de esos años infaustos, bien sobrellevados gracias a sus oraciones diarias de colegio de monjas al que asistió de pequeña. ¿Qué fue lo primero que pensó mi abuela Ana María el primer día que se instaló aquí? ¿Acaso veía su futuro con la misma esperanza que el resto?¿Cómo era antes de nacer yo? Su población ha envejecido. Cuando se fundó, justo un par de años antes de que mi abuela Ana María viniera para ya quedarse, llegaron matrimonios, muy  jóvenes y muy ilusionados, para ocupar las recién construidas viviendas, antes prados y solares vacíos. Por aquí han pasado ya tres generaciones: la de mi abuela, mi madre, y ahora la mía. Soy el resultado del azar, que hizo posible que llegara al mundo un día de invierno.

Barrio inolvidable: travesía por el pasado en esas fotos ahora neblinosas de mi infancia. La bicicleta por mil caminos de arena, entre la hierba; el ritmo vertiginoso de los columpios queriendo conquistar el cielo. La parroquia, al fondo, el día de mi Primera Comunión. Ahora vuelvo: el reflejo de la luz exterior en los vidrios de colores me devuelve por instantes la serenidad. Soy una hormiguita que admira la iglesia, como un outsider entre católicos fervientes; alguien que ya no reza pero, por alguna razón peregrina, desea volver a la calidez, a esa paz celestial.

Es la fisonomía de mi barrio, el único en el que he vivido, sin mudanzas. Pertenezco y perteneceré siempre al pueblo llano, trabajador. Mi barrio será siempre mi barrio, sencillo pero bullente, hermoso, a pesar de todos los problemas que se le echen encima. Su fisonomía es y será una parte consustancial de mi propio ser; un personaje más de la novela que algún día escribiré. Sus bares, sus tiendas (la relojería, el estanco, la frutería), sus rincones, encierran el sabor casi añejo del saber vivir, del buen comportarse. Mis mejores amigos son de aquí. Sus habitantes no perderán jamás la dignidad ni la lucidez. Tengo depositada la fe en las personas y en las cosas pequeñas. No desearía abandonarlo jamás.

INOCENCIA E IDENTIDAD

Llamémoslo maldición o juego del saber, según se quiera: la memoria bascula entre la consciencia y la inconsciencia de los años de colegio. Se cuela como si fuera un fantasma entrometido dentro de uno y ya no escapa jamás. A pesar de su cruel embate, me dispongo a medir, en medio de toda esa fragilidad, cuánto queda todavía de aquellas clases de matemáticas (los quebrados), de ciencias naturales (la circulación mayor y menor de la sangre), de castellano (las jarchas) o de catalán (Ramon Llull). Las palabras de mis maestros eran y son suficientes: no necesitaba ni necesito manuales de autoayuda. Constato al fin, sentado ante la pantalla del portátil, dándole vueltas a mis pensamientos, que me ayudaron a vivir.

Esta columna podría haberse titulado perfectamente ¿Quiénes somos?,¿ qué soy? El mundo de ayer informando al ser que respira hoy. El epicentro del patio de juegos, la alarma para volver a clase, las excursiones al zoo (y los dibujos de los monos)… O bien: ¿alguien de vosotros, compañeros y compañeras de fatigas, no recuerda las visitas a la biblioteca? La maestra empezaba a cantar los nombres de los libros que habíamos estado leyendo las últimas dos semanas para recolocar las fichas: Jim Botón y Lucas maquinista; Érase dos vueltas el barón Lamberto; Kim de la India; o, bien, De profesión, fantasma… Más de uno, cuando oía nombrar El zorrillo sin madre se lamentaba: “¡Ay, pobre!”. Mis vísceras no mentían ni aun ahora mienten: infancia, inocencia, despertar.

Retomo esos pasos sin melancolía edulcorada, con la elegancia (buscada o inadvertida) del paso de los años; y  escucho, en medio del silencio, los compases de otra época. Cada día, puntualmente, antes de ir a trabajar, mi madre se hacía con un ejemplar de La Vanguardia, o en su defecto iba yo, para que mi abuela pudiera leerla. En aquella ocasión, un niño de diez años (yo) comentaba la jugada con su abuela, mientras la hojeaba en la mesa  del comedor: en enero de 1989 murió Salvador Dalí. Salió en titulares, en portada. ¡Qué horror! Fue una de las primeras ocasiones en que constaté que la carne era mortal. Ahora eso ya no existe: el periódico ya no es lo que era, nosotros (mi madre y yo), ante el advenimiento de las redes sociales y de Internet, hemos dejado de comprarla. Hoy, en todo caso, antes de ir al hotel, me paso por la cafetería y echo un vistazo a sus páginas. La  muerte de Salvador Dalí, y mi abuela fisgoneando entre los titulares con las gafas de leer (aún veo la cadenita de metal sobre el pecho), sentada en el viejo sillón del amplio salón: eso ya no volverá.

A veces me digo, reconciliándome con los anillos de la memoria del caduco ciprés del colegio (ese ciprés del enorme patio, que tuvieron que talar por vetusto, para que no nos cayera encima): ya está bien, me digo, que no vuelva. Si no tuviera un ápice de esa melancolía, no podría recordar, ni mis recuerdos serían tan preciados (al menos para mí, aunque no sepa si pueden competir con los recuerdos de los demás),  ni  se me despertaría jamás (ahora caigo en la cuenta)  mi manera de ser y de estar en el mundo. Todo se lo debo al despertar y declive de la inocencia, de mi propia inocencia,  que imprime un carácter duradero, ahora y siempre, determinado por lo que fui un día y que entonces no era consciente que me cambiaría, que me señalaría el camino, trazado en el mapa de la memoria. Tal vez nadie recuerde de la misma forma que yo; tal vez, yo sea el único náufrago que se apresta a recordar. ¡Quién sabe! Solo desearía reunirme, organizar una cena con mis antiguos compañeros y adivinar cuánto de todo aquello todavía está presente en lo cotidiano, en las conversaciones de hoy que echan palabras al fuego del ayer.

¿SOY UN LECTOR PEREGRINO?

Necesito tomar la distancia adecuada, que el pasado cristalice en mí,  y volver a aquellos veranos de hace veinticinco años en Sitges, a aquel mar de tormenta que se embravecía cuando le venía en gana, a aquel sol que hacía despertar hasta las piedras. Recuerdo la calle de Sant Francesc, ya entonces abarrotada de gente, y cómo se me embriaga la vista ante el escaparate de la librería Puig, ante aquellas portadas de libros de títulos más o menos insinuantes, caudalosos.

Concretamente, me “obsesioné”, y aun hoy me “obsesiono”, con uno de esos libros: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez. Esa portada azul, con un jarrón forrado de palabras y una rosa por cuento. Sin apenas darme cuenta, todo mi ser, todo mi cuerpo, no solo la mente, el corazón o las tripas, se preguntaba qué demonios se escondía, qué se agazapaba entre sus páginas. Lo mejor de todo era, no leerlo, sino recrearlo, imaginar su contenido. No lo compré ni leí hasta mucho más adelante; eso era lo de menos. No importaba de qué trataran los cuentos. Prueba de ello es que apenas uno ha quedado fijo en la memoria: el de  María dos Prazeres, la prostituta que, ante la inminencia de la muerte, llama a un sepulturero para reservar su tumba en el cementerio de Montjuïc. El resto los inventé y ahora recuerdo no los que eran en realidad, sino los que mi imaginación me dictó.

Luego he contemplado más portadas, más fotografías. El hechizo continúa, con igual o aun mayor fervor. Me gustan los libros, y todavía más la alcoba en que recluirme. Me gusta que, cuando no hay luz, pueda encender la lámpara y seguir con la mirada el hilo de las frases, al igual que la luz de los faroles de gas proyectaba en otros siglos la sombra del sereno por las calles nocturnas. Pero mejor que eso, lo anterior: el momento antes, cuando no sabemos de qué va a ir la historia y pensamos y nos hacemos un mapa de lugar, sin más ayuda que el título.

La alucinación del libro de García Márquez en el escaparate de una librería de Sitges, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que ennegrezca como el tizón, para que desaparezca de mi visión? Conservo su calor en el rostro, su calor en los huesos: como se aprecia, el impacto es mayúsculo, hiperbólico; tardará en apagarse. Bien es cierto que yo también me recreo más allá de los límites recomendables. No es tanto el hecho concreto, lo que sucedió, sino el juego al escondite de la memoria. Ahora me doy cuenta: no recuerdo hechos pasados y aislados. En todo caso, están relacionados, concatenados con los libros que he leído y que me han marcado. ¿Qué historia se escondía en la entrada de la enciclopedia sobre un poeta andaluz que yo ávidamente consultaba en la biblioteca del colegio? ¿Acaso no leía una novela de Soledad Puértolas en el avión que me llevaba hasta Nueva York? ¿Qué catálogo me compré en el Museo Thyssen con motivo de la exposición de Edvard Munch hace dos otoños?.., y así hasta el infinito. Estoy convencido de que la huella del pasado, caprichosa como la lluvia, dadivosa como la llama de una vela encendida en honor de un familiar difunto, una pobre baratija reconvertida en diamante, solo se borrará al margen de mi voluntad, al final de mis días, con la muerte. Mientras tanto, yo escojo recordar. Libros, o títulos de libros, o simplemente ricas experiencias lectoras.

¿Se me tildará, aun así, de lector peregrino? De una cosa estoy seguro: no soy el único. Hay muchos más, atraídos igualmente por las portadas, por los escaparates, por aquello intuido o fantaseado que está ahí, esperando a ser leído. Es más importante la cábala que el resultado final; la fantasía del adolescente, frente a lo real. Nada existe per se, eso lo sabemos todos. Reinventamos las historias a fuerza de pensarlas, de contenerlas en nosotros mismos. Leemos lo que experimentamos, experimentamos lo que leemos; esto es un hecho comprobable. Literatura y realidad son dos vasos comunicantes. Sin experiencia lectora, no hay música, no hay libros, ni ensayos de libros; no hay lecturas plenas. Yo crecí con esas palabras necesarias que alimentan el espíritu. Cuanto más miraba y admiraba escaparates de libros, más precisos, más completos eran mis sueños. Como lector activo, tenía y todavía tengo visiones a cada vuelta de la esquina.

COSMOGONÍA DEL MICRORRELATO

Los comensales, antaño, se sentaban a la mesa y, mientras degustaban los manjares, escuchaban embelesados cómo el más guasón entremeseaba contando chistes o andanzas por tierras extranjeras: eso ya no existe. La irrupción de la televisión, la comida rápida, la publicidad, han acabado con esas tertulias tan locuaces y amenas que yo aún conocí de pequeño. Esa parece ser hoy la filosofía para endulzar nuestras tardes solitarias: o lo tomas o lo dejas.

El microrrelato, establecido mucho antes, parece enguantarse con los tiempos actuales. ¿Ha sustituido en la actualidad al cuento tradicional? ¿No es el subgénero literario cuya forma se solapa con el mundo caótico y apresurado de la contemporaneidad? ¿Hay vida más allá? Son preguntas que no me dejan tranquilo. Rendirse a su hermenéutica, a su interpretación, es la clave que ha movido a muchos teóricos de la literatura a hacer un punto de inflexión. Quizás, el lector no ha muerto; lo que ha muerto es la ambición de leer largo y tendido. La literatura sigue viva, sí, pero nosotros ansiamos formas cada vez más breves.

Los lectores son perezosos y quieren carne fresca, literatura “simpática”. Palabras fáciles y reconocibles, sin  verse en la necesidad de consultar un diccionario, ni mucho menos de estudiar su etimología. En los planes de estudios, se tiende a eliminar la filosofía y el latín; se simplifican los contenidos, lo cual contribuye a un serio menoscabo de las humanidades. Ya no se lleva el artista del Renacimiento. Es obvio: cuanta más estulticia haya en las aulas, más réditos obtendrán los políticos para salirse con la suya, para alimentar su mal gobierno. La literatura en peligro, el famoso libro de Todorov, hace hincapié en que deberíamos devolver al aula universitaria su lugar de reflexión y regurgitación de pensamientos, de intercambio de ideas. ¿Dónde está la Academia platónica? Vivimos en una caverna; las Ideas en mayúscula han desaparecido, nadie ve ni quiere ver más allá de la superficialidad de los anuncios publicitarios y de la idiotez propagandística de los políticos. Prevalecen las formas frente al contenido.

Que no se me malinterprete: el microrrelato puede ser complejo, hasta difícil. Puede necesitar de la complicidad del lector para su correcta comprensión. Eso no cabe duda. Pero esos lectores tienen poco tiempo para leer, y necesitan pequeñas píldoras edulcorantes; no tienen aguante para leer largas parrafadas. Los lectores actuales, como si las historias tuvieran finales abiertos, necesitan completar en su mente aquello que leyeron, pero siempre dentro de los límites de lo rápido; los novelones o ciclos novelísticos, se diría, no van con muchos de los ciudadanos de este planeta tan poblado y, sin embargo, a veces tan necio. Se precisa un mayor aguante por parte del lector llegar hasta el final de un novelón de 800 páginas. Se conforma con una idea, a lo sumo con dos buenas ideas, y ya está.

Este es el signo de los tiempos hipermodernos: el arte de la brevedad, de la impaciencia y de la dispersión. No podemos ni queremos leer como hace un siglo, como antes de la aparición de las redes sociales. Son pocos los que leemos y exigimos una cierta complejidad a los libros, que no queremos el típico producto, el hit parade de usar y tirar; que preferimos modelos con total intensidad, con la misma concentración de la poesía.

         En mi vida, no habré escrito más allá de cinco o seis microrrelatos; me interesa más estudiar y comprender su teoría, su repercusión en la sociedad, consecuencia del flujo y reflujo de fuerzas. El resultado palmario de hacer coincidir, de colisionar, mundos opuestos: la síntesis, la armonía, el término medio aristotélico. Le auguro larga vida a esta forma contemporánea que tiene tantos adeptos. No desmerece mi atención, mientras coexistan varias maneras de entender la literatura. Yo no quiero conducir solo por una carretera estrecha; reivindico el microrrelato, pero también la novela larga. Que los libros, tanto si son breves como largos, no me idioticen.

 

TÀPIES Y EL FONDO DE ARMARIO

Todo lo que hagamos por el arte y, entiéndase bien, no por el falso artisteo, nunca será suficiente. Vamos por el mundo tan ajetreados que apenas si le dedicamos tiempo, ni nos quedan fuerzas ni ganas, a visitar galerías y museos, de aquí o de fuera. Tampoco nos detenemos a reflexionar después sobre qué es lo que pretendían explicarnos esos artistas que rompen el hilo de los siglos; que brincan, como pequeños saltamontes, de su época a la nuestra, para mostrarnos el pathos en todo su esplendor. Así que, una vez más, me veo en la obligación de reivindicarlos en este país de absurdas troneras, de esfinges maragatas y de seres alucinados.

Esta tarde, se cuela por un resquicio de mi memoria,  por entre la cotidianidad de mi escritura, mi visita reciente a la Fundació Antoni Tàpies. Y, muy especialmente, la escultura-objeto Armario, de 1973. La exposición rinde un sincero homenaje a los objetos que este artista catalán hizo suyos: un montón de platos de porcelana blanca, un sinfín de ropa sobre una silla, unas alpargatas, un ejemplar de La Vanguardia encima de una huevera, o el ensamblaje de una persiana y un violín: la esencia del arte povera catalán.

A través de todos estos objetos que Tàpies puso a disposición pública, convirtió lo pequeño, lo nimio, en sumo valor artístico. Su voz, la de esos años tan difíciles, el final de la dictadura franquista, se oye, como en sordina: esas existencias, pequeñas y pacíficas, eran valiosas y, aun tímidamente, se hacían notar. Precisamente, marcando una cruz, la típica inscripción de Tàpies en la obra, posibilitaba que fuera divulgada en toda su sacralidad. La cruz significa el binomio vida y muerte, un intento de confesar que estaban pasándolo muy mal pero que, a pesar de todo, todavía podía confiarse en las cosas de los humanos, las del pueblo llano. Ese fondo de armario, esa ropa que sobresale como el cauce de un río y llega hasta el suelo y más allá, representa el Tàpies que quiere sincerarse, dar voz a sus piezas, como si tratara de un misteriosísimo, de un cercanísimo autorretrato. Esos pantalones, camisas y corbatas son lo más íntimo del pintor y, a medida que pasan los años, se expande, se fragua e imbrica en la persona de un autor profundo y coherente. Tàpies evolucionó: pasó de la figuración a la abstracción y dejó en el camino lo que todos le pedimos, o deberíamos pedir, a los pintores y toda suerte de artistas: lo más personal.

No deberíamos aspirar ni a ser presidentes de la nación,  ni a malquistarnos con el prójimo para lucrarnos, ni a vender libros, con tiradas a ritmo de bestseller; en definitiva, no pedir a la vida aquello que esta no nos concede: paraísos artificiales. Es cuestión del lento pero firme aprendizaje y del bagaje del ciudadano de a pie  observar qué hicieron esos artistas en su momento: y al hacerlo, tendemos puentes entre pasado y presente e, incluso, futuro. Entender qué es lo que pretenden decirnos ahora esos seres, algo más sensibles que el resto, que parecen más extravagantes y egocéntricos de lo que eran, de lo que son hoy en verdad. No hace falta ser carne de museo para darse cuenta: ellos encarnan la propia verdad en la oscuridad. Nos devuelven el aliento y la mirada serena.

Ese es nuestro fondo de armario que, de vez en cuando, hemos de airear para presumir y así mostrar nuestro carácter y personalidad. Bienvenidos al club cuantos  quieran unirse a la troupe de arqueólogos de museos y raras avis, ajenos a las modas precipitadas y espurias. ¡Quién sabe!, tal vez algún día yo mismo mostraré todo el vestuario que no siempre, o en muy contadas ocasiones, llevo puesto, junto al de a diario. O tal vez, ¿por qué no?, pintaré una cruz en mi armario y lo convertiré en objeto sagrado y, así, de paso, espantaré los demonios cotidianos de mi vista, pecados capitales de la contemporaneidad: la avaricia, la envidia, la lujuria.

FOTOGRAFÍAS SECRETAS

Escribo aún convaleciente, tres días después de haber asistido a la visita guiada a la exposición del fotógrafo norteamericano Duane Michals en la Fundación Mapfre de Barcelona.  Y justo un día después de haber husmeado en la biblioteca de la Fundació Tàpies, y dado con un artículo de Jean Baudrillard titulado El arte de la desaparición, de 1997, que, como se verá, guarda más de una similitud con la susodicha exposición.

Vayamos al grano. La guía turística remachó durante la visita que, Michals, en su obra, trata de mostrar, no lo que sucede en ese momento en que fotografía, sino lo que acontecerá. A Michals nunca le ha interesado representar el “momento decisivo” de Cartier-Bresson, el azar como detonante  de la toma, sino más bien coquetear con una puesta en escena, con una planificación estudiada que,  no por ello, desmerezca ni deje de ser fresca y poderosa y que avance lo que ocurrirá, o al menos deje vía libre a la imaginación del espectador. Algo así como el París desierto de Atget es el Nueva York que “diseña” o reinventa Michals.

En las fotografías de una barbería vacía, por ejemplo, hay un correlato que va a la par de los ojos de quien observa: la cita ulterior de los parroquianos con el peluquero, el sonsonete de las tijeras y las navajas… Material literario donde los haya. El silencio y el bullicio; la tristeza y la alegría; la soledad y luego la compañía. La suma de contrarios.

Baudrillard reflexiona, igualmente, sobre el arte fotográfico.  Para él, y a diferencia de las demás artes como la pintura, lo real no ha desparecido completamente, sino que es pillado in fraganti en el instante de desaparecer. La fotografía es diferente, así, del objeto real: es una ilusión. Ilusión de que ese ser fotografiado está dejando de ser, se metamorfosea, se diluye su fuerza. Afirma, también, que hay una identidad o alteridad secreta detrás; el enigma, lo no dicho, lo que se agazapa. La fotografía es “instantánea”, “tangible”, “irreversible”. Claro que esa imagen fotográfica podría retocarse con Photoshop si fuera el caso, pero entraríamos entonces en el terreno de lo “abominable”. Queremos arte lo más sincero posible, no enmascarado.

Y he llegado a la conclusión de que tanto Michals como Baudrillard vienen a decir lo mismo; beben de la misma fuente prístina, sonora, envolvente. Y es ella la que me permite constatar que hay algo que pide ser celebrado: el vacío, lo que hay más allá, bajo la piel de los modelos, los hombres y mujeres, los chiquillos y los ancianos que, de pronto, parecen regalarnos partes de sus vidas antes o después de los pequeños acontecimientos: la intrahistoria, en fin.

Hacía mucho que no visitaba una exposición de fotografía. Se conoce que ahora que me ha dado con estudiar Historia del Arte, ningún evento es suficientemente insaciable para colmar la sed que me embriaga; necesito contemplar objetos artísticos para sublimar el sujeto presente en mí que quiere ser protagonista de lo que observa, aun a miles de kilómetros de distancia de aquello relatado en las fotografías.

Es curioso ver esas imbricaciones entre artista y teórico del arte. Confluyen en el mismo discurso. Michals, el creador de la secuencia y del fototexto, parece guiarnos y decirnos: “Yo seré vuestro Dante particular en vuestra particular visita al Infierno, Purgatorio y Paraíso”. Me he visto subyugado por estos poderes sobrenaturales. Y tengo que afirmar que me costó digerir y entender el a veces oscuro discurso de Baudrillard. Pero como buen Capricornio que soy, mi testarudez me llevó a leerlo tres, cuatro, hasta cinco veces, para captar el mensaje central. Y hete aquí que he encontrado la clave, la horma de mi zapato: hay que abrir el corazón todo lo que se pueda, para celebrar la comunión con los demás seres, para intentar adivinar lo que ocultan los fotografiados; la piel que esconde los secretos no revelará los taimados tejemanejes y, si lo hace, saldrán desfigurados en boca de los emisarios.

Que el espectador capte la enigmática visión  que los artistas tenemos cuando creamos, ya sea a partir de papel fotosensible o de Din-A4 y estilográfica, para acabar intuyendo el misterio, sin hallarlo nunca del todo.  En literatura, en la pintura se ha opacado ya. Para eso tenemos la fotografía: para que nos  alimente  en ese instante antes de la “desaparición”. Un arca navegando a flote contra la marea, y detrás de esa área podría existir Dios, y el Diablo, o el mismo pintor que cuando compuso el cuadro se burló de los dioses, de los mortales, y creó la venganza de las fuerzas físicas, la tormenta. A lo mejor, en última instancia, el objeto artístico es un ajuste de cuentas con la sociedad, o más aún, un ajuste de cuentas del mismísimo creador. Mientras existan fotografías y fotógrafos, el mundo podrá seguir soñando en atrapar ese mensaje oculto, sobrevivirá y aun resucitará.

FANTASIA EN EL METRO

No puc viatjar a l’estranger, si més no, tant com voldria; em conformo a anar amunt i avall fent servir el metro. El moviment em fa estar ben espavilat, ben creatiu. Aprofito, això sí, per llegir llibres o escoltar cançons (què faria jo sense una novel·la sota la màniga? I sense Roxette o Cindy Lauper a l’Spotify?)

Aquest migdia, però, de tornada cap a  casa, per a la meva sort, he deixat de banda la música dels auriculars.  Tot esperant a l’estació de Diagonal de la línia blava, com faig sempre, he coincidit amb una dona de Zàmbia; no deuria tenir més de trenta-cinc anys, vestida amb una brusa florejada i una faldilla llarga i esponerosa. Tenia un magnetisme irradiant de tota la seva persona. M’hi he apropat. Portaria una bona estona allí, asseguda al banc amb la canalla, un dels nens encara en cotxet, l’altre arrepenjat del braç, atès que avui hi hagut vaga i el servei de metro s’ha vist greument afectat.

Fetes les presentacions, m’ha dit que treballa de netejadora  en una gran multinacional, des de les sis del matí fins a les dues del migdia. “Embrutar-me les mans de lleixiu és el pa de cada dia”, m’ha confessat. Està colrada pel sol quotidià, per un foc abismal, lligada de peus i mans per pujar els seus fills (perquè, m’he preguntat sense atrevir-me a vocalitzar-ho: el seu home també treballa?) . Així, tal qual, en només cinc minuts, hem fet coneixença. Crec que tinc aptituds per parlar i aconseguir establir una conversa interessant; ficar-me la gent a la butxaca, com si fos un periodista, o un reporter, o un simple mag que parla amb les paraules justes, ja sigui amb amics, o bé amb autèntics desconeguts. Això és així, crec, d’ençà que treballo a l’hotel.

De sobte, com si volgués trencar l’encanteri de la conversa un pèl informal, el nen més petit, mentre donava cops al cotxet, ha començat a cridar i cridar, cada vegada més fort. El so s’ha expandit, entre les anades dels viatgers, per tota l’estació, com si fos un miracle de focs d’artifici,  arrissant-se en l’aire calent que ens mig agombolava. Aquest crit m’ha fet recordar les veus amagades de la infantesa. Era el crit del noi africà, però també el meu, enmig de la felicitat.

“Què em feia feliç aleshores?”, m’he preguntat. Doncs sí: llegir, sentir i dialogar amb la família Robinson, amb el Tom Sawyer, amb en Pinotxo, amb en Peter Pan: els meus herois, ara emissaris d’un món inconegut, misteriós, de l’altra banda del mirall. Tots ells, continguts en aquest crit amorf, estrident, viu, cada cop més irreal a mesura que transcorrien els minuts. Quan ha arribat el comboi, ens hem acomiadat; la dona de Zàmbia ha anat de dret a un altre vagó. M’ha deixat ben pensarós! No hi ha res més terrible que recordar aquell que vas ser un dia, enfrontar-se amb l’inevitable del pas esvalotador dels anys.

Fet i fet, tots, o quasi tots, diria jo, hem tingut referents que han anant sorgint i canviant a mesura que passava el temps (alguns i tot continuen igual, gravats amb foc).  Som qui som a còpia de crear-nos, de reinventar-nos. Potser, el nen del cotxet no ha sentit mai a parlar del conill blanc de l’Alícia, d’en Huckleberry Finn, d’en Geppetto, de la Wendy. Potser, la meva infantesa va ser més afortunada gràcies als llibres i als dibuixos animats de la tele; no ho sé. El cas és que tornar enrere no sempre és un mer viatge i prou. Lluny ja d’aquests herois, són alguna cosa més: retrobar les paraules que ens guiaran, i em guariran d’alguna manera, en un futur, emmagatzemades al cervell, travessant les neurones.

Dono molta importància a aquestes travesses en metro: m’ajuden a establir vincles amb els altres, amb mi mateix. Són els ponts cap a un passat que semblava oblidat, però que et xiuxiueja a l’oïda mentre acotes el cap i caus en el seu reialme. El més misteriós de mi s’arrecera a un racó del meu cos; és la raó de ser d’escriure i de reflexionar. La dona de Zàmbia m’ha mostrat, sota la capa habitual del dia a dia, un toll d’on treure l’aigua bruta i deixar brollar la fantasia, sempre a l’encalç de la vida somorta, a punt de ressuscitar.

 

RECORDS I TAXIDÈRMIA

El poeta que escriu sobre un amor a la lluna de València, el pintor que vol emular Picasso, la veïna que canta mentre estén la roba al celobert: com si actuessin seguint el mètode Stanislavski, aboquen a la superfície tot allò amagat. Allò que van ser es transparenta en allò que són ara, si bé hauríem d’agafar el verb “ser” amb pinces: mai no som ningú, si de cas ens vestim i guarnim i ho aparentem.

Quants cops, per dur a terme l’obra veritable, personal i intransferible, no ens cal pouar en el passat? Nostàlgica reminiscència d’un mateix o d’una situació en el temps (podria ser un pleonasme perquè, quin record no és, d’alguna forma, melangiós?), tot això que recordem (les paraules de l’amant; el quadre de museu; la cançó popular), pertany al passat, més o menys recent. Per imitar cal recordar. L’artista i, la humanitat per antonomàsia, viu i crea sobretot en el passat: no domina prou el present, perquè no té cap distància mental amb ell; el futur és inabastable (com sabem si els plans sortiran bé?)  En un diàleg continu amb els fets que ens han constituït, som i serem sempre, més que mai, el “passat”, per molt que ens pesi. Una càrrega feixuga, i tot i així, necessària.

I què no és, doncs, mirar el passat si no “dissecar” per mantenir (gran error, fal·làcia suprema) els records ben vius? És una ociositat ben absurda, no aconseguirem mai de servar-los tal i com van ser, no només per als artistes: afirmaria que és territori de qualsevol mortal. Necessitem enganyar-nos i fer veure que controlem el passat. Col·loquem els records en capsetes, els arxivem i, per acabar-ho d’adobar, els bategem, els donem noms ficticis. Com prendre aire i respirar; com quan volem que se’ns encomani l’alegria o el bon humor. Si no tothom, almenys el poeta hauria de nodrir-se sempre de la melangia per crear. Tot i la impossibilitat d’arribar a una veritat definitiva, podem  arribar a ser nosaltres, els autèntics protagonistes de les nostres vides, sense els records? Ho dubto.

Tot artista s’hauria de banyar en les aigües feréstegues del seu propi mar. Deixar de nedar en la tranquil·litat i assumir els riscos de recordar.  El reconeixement, les ganes de diferenciar-se de la massa, la recompensa a la vanitat: tot això arriba molt més tard, i no ho critico. L’artista, el que he conegut mentre vagarejava pel carrer del Pi; l’artista, apostat a la plaça de Sant Josep Oriol per vendre’t un paisatge de carrer a l’oli; aquest, dic, no necessita ni els diners, ni l’art ni l’ambició d’un Picasso. Sí que li cal, però, el passat. La humilitat dels records, al cap i a la fi,  resulta el millor antídot per viure bé, sense estar pendents dels altres, vivint dins de la nostra pell amb una certa llibertat. Només arribarà a ser gran si no prescindeix de si mateix, d’aquell que va ser: no es tracta d’oblidar, d’esborrar res. Es tracta, doncs, d’assumir qui vam ser i no escapolir-nos-en; si de cas, plantar-hi noves llavors perquè el lledoner floreixi.

El taxidermista de cossos humans, de relíquies, de flors. Els records, i amb ells, els pensaments del present; el passat, en el present de l’artista. Reescriure amb tots els detalls biogràfics i fer-ne, per últim, una ficció. És el passat i no el mer aplaudiment el que ens fa continuar. Mai no he assistit a una sessió on el taxidermista dissequi cadàvers d’animals; intueixo que pot arribar a ser una tasca repugnant. Tanmateix, si hom va estimar tantíssim aquell gos o aquell gat o aquell canari, és l’única manera a dia d’avui de conservar-los mig vius. Igualment, l’artista que es gira cap enrere descobreix que només amb les paraules, amb les pinzellades o amb la seva veu de baríton pot cristal·litzar aquests instants de glòria efímera, part fonamental de la vida i de l’art: l’ofici de taxidermista.

ABÚLIA ESTIUENCA

Si no tingués a l’abast el retruny de la ràdio, quan escolto una cançó popular fàcil de taral·lejar; si desapareguessin els titulars de la primera plana dels diaris, que m’animen a continuar llegint; si no tingués una biblioteca farcida de clàssics, tota l’energia negativa m’acabaria xuclant cap endins, fins a les clavegueres. No sobreviuria a la calor, aquesta que, diuen, és la causant de tots els nostres mals durant les vacances.

Sí, ja ho sé: és paradoxal que, a les llargues hores que ens regala l’estiu, que esperem eternament la resta de l’any, de cop i volta ens venci l’abúlia, l’absència de voluntat per fer coses… just quan més temps hi podríem esmerçar. Ironies de la vida! Per aquests camins de Déu hi hem transitat més d’una vegada cadascun de nosaltres. Tenir i no tenir ganes de fer res… on connaît la chanson…

Com se sol dir, no li desitjaria aquest mal ni al pitjor dels meus enemics. Jo m’he passat la primeria d’aquest mes de juliol enmig de la ciutat: la calor m’ofegava i m’ impedia sortir del cercle viciós. És aleshores que torno la mirada enrere, cap a les vacances d’infantesa a Sitges, arran de platja, amb la mare i amb l’àvia. Sense amics, els instants es feien lents. Escoltava els cassetes de Juan Luis Guerra i The Beach Boys. Des del balcó estant, albirava la costa i m’enlluernava el reflex diamantí del sol sobre la mar. Llegia molt a poc a poc, amb desgana. Ara fitava la contraportada, adés fullejava un volum primet… Va ser als onze anys quan, de cop, vaig passar dels llibres il·lustrats de El Vaixell de Vapor als llibres gruixuts amb molta lletra… I, tot i així, res. Res ni ningú no m’animava ni em feia tornar a la normalitat. Decididament, aquesta abúlia només l’he experimentada a l’estiu. Si algú bategés aquesta malaltia (petita, inofensiva, però a vegades malaltia virulenta) de ben segur que li donaria el nom d’ “abúlia estiuenca”, sí o no?

No és gens recomanable estar ensopit. Les ulleres, que portes des de fa molt, se t’entelen per acció de la humitat, i un es queda sense més ocupació que mirar com es mouen les busques del rellotge una i altra vegada. Prefereixo la tardor o l’hivern. Hi ha escriptors que aprofiten la treva de les vacances per escriure més i millor.  Jo dec ser un espècimen del fred: m’agraden els països nòrdics, passejar pels carrers quan plou, quedar amb els amics aixoplugat dins de les seves llars. I, en canvi, allò que diuen els  estrangers de nosaltres, allò que els fascina de Barcelona i de Catalunya en general, és que fem vida als carrers, de nit i de dia. Caminem a poc a poc, observant com cauen les fulles dels plàtans de la Rambla, fins que ensopeguem amb el bar amb les cerveses més barates de tota la ciutat. Sembla com si pintés un quadre a l’oli amb motius d’hivern.

Tornant a la realitat, sobre la tauleta de nit tinc, pendents: Aloma; El joc d’ulls, Tallats de lluna, Expiació, L’espiritual en l’art…. i una llarga tirallonga de volums meus o enduts en préstec de la biblioteca del barri. Són títols que, tard o d’hora, llegiré, perquè sé que m’esperen paraules que enamoren en comptes de ferir. Però ara no. No encara. S’escolen els minuts però no aconsegueixo que aquests autors de tanta anomenada m’interpel·lin. Llegeixo un tros i he de parar. És treballós i fatigant! L’abúlia estiuenca és dolorosa; espero sortir-ne del laberint molt aviat i tornar a ser el bon lector de costum.