BUSCANDO LOS DIAMANTES

Woody Allen
Woody Allen

¿Quién dijo que Woody Allen está caduco? Acudo a un multicines de mi ciudad para ver Aprendiz de gigoló. Voy solo y eso quiere decir que no tengo con quien compartir las palomitas. Aun así, yo disfruto. Esta película, por lo demás prescindible, se construye a partir de Allen; él es su alma mater. Sin él, los casi diez euros que pagué en taquilla habrían sido un despilfarro más. Uno se siente recompensado cuando, a pesar del postulado soso de la cinta, se siente revitalizado con el refrescante humor idiosincrático de este cómico neoyorquino; para eso no hace falta correr en la cinta del gimnasio.

Siempre me atrapa el personaje en el espacio. Hoy Woody Allen me dota de una mirada, de una voz, de un estilo, de una forma de entender la vida. Me pregunto qué otros maestros he tenido. Mi imaginario físico (al margen de haber estado en Manhattan) se nutre de Paul Auster, de John Cheever, del Capote de Desayuno con diamantes (con la inolvidable Audrey Hepburn cogiendo un taxi y desayunando cada mañana ante el escaparate de Tiffany’s). Gracias a ellos, me he trasladado hasta allí sin moverme siquiera del asiento; respirando, observando y palpando su atmósfera única. Sea bienvenido.

No solo los lugares; los personajes también. No puedo separarlos unos de otros, aunque quiera. Tantos y tan inolvidables individuos nihilistas y neurasténicos, siempre interpretados por Allen. Annie Hall, Manhattan, Hannah y sus hermanas… toda su filmografía refleja una personalidad irrepetible en medio de ese mundo vibrante, sensible, único. El espacio es un personaje más, y en la piel, en la indumentaria, en los gestos de estos individuos se refleja el mismo pálpito cotidiano de la ciudad. Porque Manhattan es Allen y Allen es Manhattan.

Ahora voy a lo que en realidad más me interesa y llevo tiempo preguntándome: ¿hay una Barcelona (mi ciudad) vivida y respirada en los libros o en la pantalla? Creo que sí: lo demuestran las novelas de Narcís Oller, de la Rodoreda, de Mendoza y Marsé, incluso la Mariona Rebull de Ignacio Agustí. En películas, Bigas Luna, Ventura Pons y Cesc Gay. Son los cabeza de lanza y los Capote o los Woody Allen a la catalana. Pero aún queda mucha Barcelona por retratar; es cuestión de ir en su busca. Qué mejor que nosotros como embajadores de un mundo cuya fisonomía haga vibrar a un ciudadano de las Antípodas, que al ver la obra de arte, escrita o filmada, salte de la butaca y lleve consigo para el resto de su vida la experiencia, la vida interna de una ciudad.

EL ALIENTO DE CLARA

tenemos que vernos
tenemos que vernos

Tenemos que vernos, MARÍA TENA. (Editorial Anagrama). 176 páginas. Barcelona, 2003.

Siempre había querido reseñar una buena opera prima y ahora tengo esa oportunidad. La autora madrileña María Tena publicó hace ahora algo más de diez años su primer viaje literario sumergiéndose en las dificultades y desafíos que Clara, en la mitad de su vida, va encontrando al paso, reflexión sobre el tedio cotidiano (tras veinte años de matrimonio y dos de noviazgo), sobre la pareja y el anhelo de otros mundos.

Clara vive con Pedro y sus dos hijos en una torre residencial con piscina y jardín, en las afueras de Madrid, y trabaja en una editorial, en cuya plena reestructuración de la compañía cambian de jefe. Entre Juan, su jefe, y Pedro, su marido, fluye, pues, su existencia, apagada a veces, enardecida otras. Sus hijos cada vez están más distantes (el salto generacional parece el obligado obstáculo que Clara tiene que soslayar como pueda). Novela de personaje, de la reconstrucción o deconstrucción del yo y de sus contradicciones, la frustración y los amargos latidos de un corazón cansado de tanta monotonía, una pareja a ojos de los demás plenamente asentada. La voz de Clara (a través de monólogos dirigiéndose a su amiga, escritos probablemente en el cuaderno de hule negro que guarda en la mesilla de noche) puede perturbar su aparente tranquilidad y actuar, al final, como efecto boomerang.

María Tena
María Tena

María Tena posee la rara habilidad de hacer que el personaje de Clara siga en la memoria del lector mucho tiempo después. La autora ha publicado, posteriormente, dos novelas (Todavía tú y La fragilidad de las panteras), pero la que yo prefiero es esta (y a la que creo que María le tiene más cariño). Parece como si nos rozara el aliento de Clara. El gran acierto de la novela es, precisamente, aunar e intercalar la narración en tercera y los monólogos en primera, con lo cual fondo y forma quedan plenamente ensamblados. El título (Tenemos que vernos) nos lleva al núcleo mismo de la historia, nos da el toque coloquial, como si estuviera contenida en una gota de agua, concentrada, sencilla, transparente, que muestra más que dice. La sencillez (y aquí hay gente que discute por llevar la razón) no tiene por qué ser menos literaria. Al contrario, nos lleva hasta el interior de la trama, la hace más viva, más cercana, más directa. Se nota que María disfruta del simple hecho de contar historias.

¿Quién es el débil y quién el fuerte?, ¿quién el ganador y el perdedor? De historias de tedio matrimonial, el camino empedrado de la literatura está lleno (véase Madame Bovary o Ana Karenina), pero pocas como esta, donde la gracia está en no admitir barreras con el lector, en la proximidad. Tenemos que vernos es, sin duda alguna, fruto de los tiempos convulsos que vivimos, cuyos límites éticos se desdibujan; todos aprovechamos lo que se nos ofrece sin pensarlo dos veces. María Tena llega con esa voz hasta el ara sacrificial de la pareja, la disecciona con un bisturí sin dejar ningún resquicio, y nos la convierte en paladar exquisito para que la leamos. Gracias, María.

Las Mesas y las Cavernas

La pantalla del ordenador llevaba horas encendida y tenía que teclear mi primera columna periodística. Daba vueltas y más vueltas a mi cabeza. Estaba convencido (por una acusada falta de práctica) de que dar con algo interesante, pasable, entretenido, era muy difícil. Pasaban los minutos del reloj digital. Hasta que recordé la vieja fórmula (más vieja que todos nosotros) inventada por la troupe dadaísta: abrir el diccionario al azar, dar con la primera palabra y, a continuación, ponerse a escribir. El término que hallé fue mesa.

A primera vista, me pareció un significante anodino. ¿Cuántos referentes recordaba? ¿Cuántas connotaciones podía añadir al papel? Poco a poco, fueron despertando en mí, lejos de la pantalla del ordenador, de mi habitación, incluso de mi barrio, a través del tiempo y del espacio, experiencias de vida. Caí en la cuenta, por primera vez, de que las mesas, como las libretas de espiral, los bolígrafos Bic y los estuches de latón, habían sido imprescindibles para mí, a la par que cualquier otro estudiante. Seguramente, jamás hubiera escrito una sola línea de no haber tenido una mesa sólida, parte integrante del oficio de escritor, producto de su disciplina, donde arranca y donde termina todo acto de escritura.

Ernest Hemingway
Ernest Hemigway

No es lo mismo escribir como Hemingway en Les Deux Magots, me dije, con las migas del croissant en el plato y la taza de café humeante, que en el salón de tu casa, junto a la mesa camilla, dueño del espacio, recibiendo o cerrando la puerta a visitas inesperadas. El tiempo se estira, indolente, sin horarios, acogido en tu trinchera. Sería diferente si recalara en una biblioteca pública, donde no puedes llenar de libros y papeles más que un rincón y debes mantener un silencio monástico. Alguien, en su liviandad pasajera, dejará constancia y grabará su nombre en la madera desbastada de las mesas. Cada persona, en fin, según su carácter.

Las mesas no son, en ninguno de estos casos, personajes secundarios; son imprescindibles en el acto intelectual y social. Mediante sus voces cálidas conversan con nosotros y nos permiten ordenar el caos; son la llamada de los artistas. Su belleza arquitectónica, y a veces mastodóntica, nos completa, domestica nuestros hábitos. Nos sentiríamos más y más imperfectos, seguramente volveríamos a las cavernas (Hemingway no estaría allí), si abandonáramos el clima de comodidad que aportan a una casa. El arte escrito, básicamente, empieza con un papel, un lápiz y una mesa, la imaginación añade el resto.