EN LA INTIMIDAD DEL PARQUE

Cuando me falla la inspiración, cuando estoy bloqueado en medio de una escena de mi novela, miro entrevistas de Youtube, o leo directamente a un escritor prolífico, para que me transmita, si es posible, parte de su energía. O contemplo un Picasso del catálogo de una exposición ya lejana, que conservo en casa como oro en paño. Pero, las más de las veces, voy al parque, la salida más digna y refrescante que pueda haber.

Isla verde en el paisaje urbano, en mi día de fiesta: me llego hasta el parque por la tarde, a la salida de los colegios, para hacer algo de deporte. Las hojas crujen bajo mis pies y la suela de mis zapatos pisa la tierra, aún fría y tierna, tras las últimas lluvias. Una hora diaria caminando es lo que el médico me ha prescrito. Y yo, sin ánimo de contradicción, sigo el consejo férreamente. No más prédicas en el desierto: todos hemos de cuidar la salud y no salirnos de la vereda marcada por los entendidos, ¿sino qué? Los consejos menos caducos: ayudar y ser ayudado, la liturgia escrupulosa de la ley hipocrática. Dejar que soplen los vientos más bonancibles, en fin, para que el espíritu no se adormezca. Para dejar de hacer acrobacias, como saltarse las dietas y no hacer ejercicio, sentado ante el ordenador. No, ahora toca “desintoxicarse”.

Ir a un museo exige contemplación. Ir a una biblioteca, concentración y silencio. Ir a dar una vuelta al parque, además, exige ser consciente de que eres uno entre muchos. Veo a la mujer ciega acunada por la trabajadora social, haciendo su vida menos sola y más entretenida. Veo al grupo de madres con sus hijos y los amigos de sus hijos, con la merienda. Veo a esos jóvenes arracimados en torno a la fuente, fumando y charlando. Otros, un poco mayores, juegan con bulldogs que, como en una pelea de gallos, se ladran y muerden entre sí. O veo a aquel que practica yoga entre la sombra de los árboles, antes de que oscurezca y sea demasiado tarde. Esa es la intimidad que ofrece el parque, el momento recoleto, tú leyendo una novela o tomando apuntes, en el bloc de notas de tu móvil, preparando esta columna. Días que parecen domingo, a juzgar por la quietud isleña que se respira.

En el parque, están representados todas las edades y clases sociales, todas las modas. Bien en sabido que hay varios estratos cohabitando en nuestra sociedad, diferentes incluso dentro de una misma generación. Solo ahora soy del todo consciente, puedo aplicar la “teoría” que mis profesores me inculcaron. No es únicamente la fachada externa, el uso de un cierto vocabulario y una cierta sintaxis, ni tampoco la vestimenta; se acentúa, además, en el modo de ser. Me cruzo con un anciano con sombrero de fieltro encasquetado en su cabeza. Va solo, despacito, sin el estrés de esos jóvenes en grupo que gritan, que aspiran a comerse el mundo. Lo del anciano ya no se lleva: su pose, su distinción. Los tiempos cambian. Pero él y su sombrero tienen completo derecho a coexistir con las zapatillas Nike o con la camiseta del Barça.

Las visitas al parque, como las visitas a la biblioteca o al museo, determinan, para bien o para mal, mi vida. Los pequeños detalles diarios, los más anodinos, cuentan, pasan a la historia. Algo que hoy creemos insubstancial, mañana será grande. Como la contemplación de esta tarde: queda grabada, ya para siempre, como el valle de palmeras canario o el hojeo de novelas italianas en una librería Feltrinelli, en Roma, dos momentos clave de mis últimos viajes. Tan sencillo como impulsar el arte de mirar. Primero fueron las clases de Historia del Arte en el último año del instituto, antes de empezar Comunicación Audiovisual. Mirar me sirve para almacenar, para coleccionar momentos, la sabiduría de San Juan, el arte de la perfecta contemplación. La joie de vivre mozartiana, presente incluso en sus notas, en sus  piezas más tristes, se ha instalado dentro de mí, ya para quedarse. La que ofrece un parque a las seis de la tarde. La intimidad para crear y escribir, para vivir.

SANGRE DULCE

Se conoce que la lluvia y el frío intenso tienen parte de culpa en mi sensación de malestar presente. Media España ha amanecido con un manto de nieve y heladas temperaturas. Pero no queda la cosa ahí. Hoy no fui llamado a ser feliz, precisamente. No es ni que el ordenador se haya infectado de virus ni aun que mi estilográfica se haya entrapado. Nada de eso. No suelo pensar en la enfermedad, ni en enfermos, ni en hospitales. Suelo ser una persona de talante alegre. Sin embargo, que mi tía A., hermana mayor de mi madre, esté hospitalizada y lejos de su casa, en pleno invierno, en este momento me tiene más que preocupado: horrorizado. No fui nunca tan consciente ni de la inutilidad del dolor ni del sufrimiento, ni ya de aliviar a este familiar en las amargas circunstancias por las que está pasando.

De la relación con los demás, con los que más queremos. ¿Quién necesita de mí? ¿Quiénes ansían mi cariño? ¿Quiénes no se lo merecerán jamás? Por supuesto, este familiar merece mi respeto y mi amor. Creo que no es una parada más en una estación de servicio. No es bueno padecer si no viene acompañado de la reflexión: sobre cómo sobrellevar y descargar todo lastre en la vida que los dioses inmortales nos otorgaron hace ya muchas lunas.

Lo confieso: me creía que no, pero sí, temo la muerte, los hospitales y la sangre, un totus revolutum, una caterva de sensaciones de montaña rusa. Es un miedo cerval, lo sé. Todos tenemos, en mayor o menor medida, buena o mala estrella, una piñata caída del cielo que bastoneamos en busca de regalos. Intentamos hacernos querer y querer; y yo quiero dejar mi huella dactilar sobre las sábanas blancas de esta habitación de hospital. Todo es pasajero, me digo, y en los días lluviosos no hay nada mejor que la compañía de los demás, su amena charla; una taza de té inglés y una novela en el regazo. Tal vez, este enfermo desee que le traiga algún libro, no lo sé. La “dama” literatura tiende siempre sus garras, para que la acariciemos, para que sea nuestra amante. Los libros se cuelan incluso en instantes  así.

Leo y escribo y callo, salpimentando el silencio de deseo y sensibilidad, únicos asideros en estas horas algo amargas. No nací para regodearme en escenas sangrientas. No entiendo cómo a algunos, a veces a la mayoría, les gusta el gore o los videojuegos, ficciones inverosímiles, las más de las veces, juego de pánico sin sentido; están literalmente “hechizados”. ¿Cómo es que no tienen bastante con la visita a los hospitales? Verse atenazado por el artificio del miedo y despertar los peores instintos, el odio hacia a los demás y la muerte maquiavélica, para su propio goce, su mayor satisfacción. Todo esto nunca lo acabaré de entender.

A esto venía yo, después del cine de terror. Cuando estoy bajo los efectos contraindicados más devastadores y peligrosos, pienso en la escritura, y mi cuerpo, de pronto, sana. O al menos así le parece a mi alma. Porque no puedo evitarlo. En momentos como ahora, sueño siempre sangre. Algún día, tal vez, los médicos y enfermeros me sorberán la poca sangre dulce que me quede, y yo, como el resto de mortales, no quiero ser carne de hospital. Lo pensaba de pequeño, cuando mi madre me decía constantemente en verano: te pican los mosquitos porque les gusta tu sangre,  porque es muy dulce, es la sangre más dulce de entre todos los niños.

Imagino que hay alguien al fondo de esos pasillos interminables, blancos, solitarios; alguien que me espera para que lo cuide. Imagino una biblioteca pública, y el murmullo provocado por quien va pasando las páginas de un libro, que se inmiscuye en la historia que yo he escrito hace tiempo; y de manera compulsiva, sin ser plenamente consciente, la reescribe. Ese lenitivo sirve para desbloquearme; proyecto esa imagen de periodista del Paris Match dentro de mí, o de novelista de la Generación Perdida, pongamos por caso, sin que sea ni mucho menos uno de ellos, y salgo de casa, a investigar el terreno, en busca de indicios que me servirán para escribir nuevas columnas. Agradezco que haya personas que depositan su confianza en mis escritos, y ese es el mejor regalo: entretenerlos, hacerles reflexionar, pasar un buen rato. Iré al hospital y volveré a mi piso, pensando en la urgencia que tenemos los humanos de buscarnos con la mirada, de abrazarnos. Es así cómo conjuro mis miedos, cuando pienso que hay un interlocutor al otro lado; así me olvido por instantes del olor a sangre.

SOCIOLOGÍA Y LITERATURA

Nací hace casi cuarenta años y mi lugar en el mundo es la ciudad de Barcelona del siglo XXI. ¿Qué implica esto? Mi labor de novelista y articulista, casi por deformación profesional, me obliga a mirar a mi alrededor, a fijarme en las palabras que oigo por casualidad en el autobús o mientras hago cola en el cine. Palabras que, de otra forma, se las llevaría el viento, las comparo con aquellas que aparecen en mis libros favoritos, escritos mucho antes, y se vuelven palabras valiosas, como si yo fuera un cirujano provisto de más de un afilado escalpelo en medio del quirófano cotidiano.

La literatura,  no debemos olvidarlo, es el signo de los tiempos, un bello nido de víboras sociológico. Cuando leo, interrogo al texto: no ya  al estilo personal de su autor, sino a los recursos lingüísticos que utilizan los personajes, sin pasar por alto la elocuencia de los silencios ni sobreentendidos, que pueden producir más de un estremecimiento en el lector. ¿Qué aporta el autor y qué añaden los protagonistas y secundarios, maniquíes expuestos en vitrinas de la máquina social? Es lo que me preocupa.

El quid está en cómo leer, con qué lentes de aumento, esas novelas de Clarín, Galdós y Pardo Bazán, y compararlas con obras literarias del presente. Por ejemplo, en el tratamiento de “usted”: antes, si no se conocía suficiente a la otra persona, ya fuera mayor o menor, no se la tuteaba jamás y, solo, poco a poco, conforme avanzaba la relación, se iba desplazando su uso hasta llegar al “tú”. Yo tuteo a todo el mundo, yo he tuteado incluso a mis profesores; solo hago una excepción con los ancianos apostados en la parada del autobús. ¿Y qué decir del cariñoso “querida esposa”, “señorito” y otras lindezas del teatro benaventino? ¿Y qué decir de las interminables descripciones? En la ficción contemporánea, por influencia del cine y la fotografía y, más tardíamente, de Internet, ya no encontramos nada de eso: el prosista ya no tiene la necesidad ni la obligación de describir tan al detalle ni los lugares ni la apariencia de las personas. Traza unas breves pinceladas para situarnos en su lugar, y ya está.

Este ejercicio de analizar los libros puede y debería ser común tanto a la mayoría de escritores como de lectores. No es un ejercicio baladí, sino una forma mayúscula de introspección. Al leer y estudiar esas radiografías sociales, accedemos a terrenos privados, y acabamos, queramos o no, psicoanalizándonos. Reímos o lloramos ante lo que leemos; nos ponemos en la piel de esos personajillos desharrapados u opulentos, vistosos o discretos; o bien los repelemos, los odiamos. Es nuestra batalla diaria, la que nos informa de cómo somos y cómo nos gustaría ser, qué valores nos parapetan del mundo. Somos hijos de nuestra época, pero podemos soñar. Como un carnaval perpetuo, podemos disfrazarnos imaginariamente por unas horas, y volar con los ojos del espíritu hacia el pasado. Ahí queda el alma de los demás, como si fuera una huella digital. (Alma: eso es lo que todos necesitamos: leer o escribir libros con alma, más allá de la pericia técnica).

¿Son nuestras vidas mejores que las historias que se cuentan en el papel? ¿Qué nos une y qué nos diferencia? Esto de las influencias y de la cadena causal es muy difícil de determinar. Un poco de sociología para psicoanalizarnos siempre va bien: rescatar en sueños los fantasmas del yo más profundo. Ficciones que aspiran a evadirnos de tiempos convulsos que nadie sabe adónde conducirán. En la próxima sesión de cine del domingo por la tarde, me dejaré embriagar por el decorado o por el maquillaje y el vestuario de los actores sabiendo que los delatarán sus líneas de diálogo. Lo prometo.

INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!

EL CASETE DE MI ABUELA

El otro día, haciendo limpieza, rebuscando por casualidad entre mis muchos casetes, hoy prácticamente inservibles, que almaceno bajo el somier de mi cama, di con uno, especialmente valioso (aunque a primera vista pareciera que los CDs, más nuevos, apilados en las estanterías, le hicieran la competencia. Pero eso es igual ahora. Soy melancólico pero no me arrepiento de ello, a pesar de que, para algunos, peque de cursi, en un mundo, como el actual, poco dado a la tristeza.) Lo escuché en mi pequeña grabadora Sanyo, reliquia de otros tiempos, el único dispositivo de que dispongo para escuchar casetes. Los escasos diez minutos de la entrevista que grabé a mi abuela (cuando yo contaba trece años y ella, ochenta, antes de su terrible demencia, que la separó definitivamente de nosotros, de los demás), son una especie de testamento: se reavivan sus buenos modales, su labia, su simpatía. En resumen: su valiosa personalidad, su persona. Su ciudad: Zaragoza. En esta conversación (me hubiera gustado haber grabado mucho más, pero ¿quién podía prever su muerte, especialmente un niño que nada sabía de la vida, que creía que los miembros de su familia eran inmortales solo porque aún no habían muerto?) se recopila el encuentro con la pintura, el arte de sus mayores.

Dejemos que hablen sus mismas palabras que la hicieron remontarse, por momentos, al río de la infancia: Todos estos dibujos y pinturas son de cuando yo era muy pequeña; tendría nueve años, estábamos pasando el verano en la Torre. Eso mío que hay por aquí, en el cuarto de tu madre, ese cuadro me lo hizo el tío Benito en la Torre. Mi padre dibujaba y mi tío Benito dibujaba y pintaba mucho. Lo hacían como un pasatiempo. Mi padre y mi tío Benito. Mi tío Benito, el padre de los Benitines. Vio mi uniforme con la caperuza blanca, ese gorrito como holandés, que llevábamos en el colegio para salir al jardín, le hizo mucha gracia, y una mañana me lo hizo poner. Me dijo: “venga, Anita, estate ahí sentada que voy a hacerte un apunte”.  En otras ocasiones, mi padre me enseñaba a dibujar bien, pero yo lo hacía fatal; una vez estaba dibujando un racimo de uvas y me dijo: “¡estos granos de uva son melones…!” Y tantos otros óleos y dibujos: a mí me gustaría que vieras esas pinturas, ¡pero sabe Dios dónde estarán!

La ternura, a través de sus palabras. De hecho, esta conversación la había escuchado, después de su muerte, algunas otras veces; incluso en la carrera de Comunicación Audiovisual reproduje en un video de cuatro minutos la historia de un pintor y su modelo, al estilo de El retrato de Jennie (la famosa película de William Dieterle, protagonizada por Jennifer Jones y Joseph Cotten), con el cuadro de la caperuza holandesa ¡llevado hasta el estudio de grabación en taxi! Pero eso es arena de otro costal, que quizás, ¿por qué no?, algún día explique más en profundidad…

Intento trasladar al papel la cadencia de su voz, como si fuera una obra de teatro y yo un dramaturgo que caracterizara pacientemente a cada uno de los actores y actrices. Y pasa a ser un personaje más de mi vida, de mi ficción, de mis libros. Mi abuela y su pasado. Mi abuela, y mis bisabuelos, que nunca conocí. Fue testimonio de una vida dura, marcada por el temprano fallecimiento de su madre, de su padre y luego de su hermano y de su marido; atravesada por un siglo tan innoblemente sangriento y despiadado, con dos Guerras Mundiales y la Guerra del 36 en España. Mi abuela Ana María, a pesar de todo, nunca dejó de sonreír, a pesar de quedar viuda muy pronto, con seis hijos que cuidar, con mi madre como la benjamina de la familia. Eso sí, de vez en vez le venían lloreras como ella decía: le hubiera gustado volver a Zaragoza con el resto de su parentela, pero se quedó ya hasta su muerte en Barcelona.

Todo esto que yo creía enterrado en el fondo del saco de la memoria, que pensé que había muerto definitivamente con mi abuela en la cama del hospital, ente sus sábanas blancas desapacibles, revive ahora gracias a este casete y a su pequeñísimo discurso grabado, y vuelve el cariño y la estima que todos le profesábamos. Me digo que haré lo mismo con mi madre, que la grabaré para cuando ya no esté, presente en mí cuando vengan otros tiempos y sea necesario echar mano de las grabaciones, hasta mi final. Sé que, gracias a ello, ahora puedo recordar mejor a mi abuela; puedo reproducir fácilmente su voz en mi cerebro y  hacer que se expanda como en ondas por un riachuelo virgen; que permanezca en el aire de esta habitación. Y, entonces, es posible que otras palabras del pasado algo remoto, de otros momentos de mi vida con ella, reaparezcan dentro de mí.

Sus bromas, entre burlas y veras: ¿Me quieres ni que sea un poquito? ¡Qué arisco que eres, no te gustan mis besos! Por una vez en la vida, la melancolía ha servido para algo. Sí, normalmente es cosa de viejos ponerse a pensar en estos términos. Pero, ¿quién no desearía albergar para sí toda esta poesía? Más que en recitales, los rapsodas son los recuerdos de las abuelas de este mundo que, sin saberlo, fueron poetas por días, horas, minutos. Ese es el mejor regalo: saber que otros te recordarán y te inmortalizarán, como aquí, en esta columna. A lo mejor este recuerdo se extenderá por Internet y quién sabe si llegará a la otra punta del planeta, donde entiendan el español o lo quieran traducir en el Google Translator. Alguien más podrá saber someramente quién era mi abuela, y cuánto amor le debía a sus mayores y a su infancia en el colegio de monjas. Allí aprendió francés, sin sospechar que un día su nieto lo hablaría con la misma fluidez y la misma soltura que ella, que no se cansaba de repetir, sin embargo, que lo había olvidado casi por completo. Ningún otro de sus nietos pudo disfrutar tantísimo de su compañía ni compartir tantos buenos momentos juntos. Quede este casete como remedio a la pena y a la desmemoria.

OTRO INVIERNO EN MI ESCRITURA

El invierno, más allá del frío, es la metáfora del abandono, del dolor, del final de la vida. Hoy, en la estación del año más rigurosa, en el mes más gélido, me dispongo a llevar a cabo un exhaustivo examen de conciencia, y hacerme preguntas: ¿Es posible que el escritor retome su arte tras múltiples renuncias? ¿Cuánto debe escribir para contentarse, para que no se resienta su ego? En todo caso, ¿es realmente este un nuevo invierno en mi escritura?  Atravieso el páramo, los temores ante la página vacía, el no saber qué decir, la falta de constancia. Pero ahí sigo. Porque escribir no solo significa inventar, fantasear, crear mundos paralelos. Escribir es una actitud moral, vital.

¿Qué hace un escritor con sus bloqueos? ¿Cómo consigue un novelista acabar su volumen sin demasiadas injerencias del exterior? Confieso que soy un pequeño artista rodeado, subsumido por miedos e incertidumbres. A veces, me da por pensar que cuando escribo estoy perdiendo el tiempo y que más me valdría leer, escuchar música o irme a pasear por el parque  si hace sol y olvidar por un momento mi despacho, mis papeles y mis personajes; tarea completamente vana porque ya es imposible dar un paso sin su presencia.

Ha habido circunstancias que me han distanciado de las palabras, pero el deseo ha estado siempre ahí. Ha habido momentos de decaimiento, de pereza. A veces me abruma encender el ordenador, mirar fijamente la pantalla y, tras ello, trasladar unas cuantas líneas de texto desde mi cerebro a mis manos; tener el hábito de escribir todos y cada uno de los días del calendario. Reconozco que he pasado por la “flojera” de decir: no, soy ambicioso pero creo que el proyecto de una novela es superior a mis fuerzas. A menudo, he pensado en tirar la toalla. Pero entonces me digo: no, llevo desde los nueve años escribiendo; te has pasado media vida con la lícita y sabia intención de convertirte en narrador al servicio de la comunidad, para los que apuesten por ti.  Sé que esa afición me viene de lejos y que ahora no puedo echarme atrás. Debo continuar, me repito. Es necesario que haya escritores como tú, que aspiren a contribuir al establecimiento mínimo del orden público. Cuanto más tiempo ha pasado sin trazar letras en el cuaderno, más se ha acrecentado mi pasión.

En muchas épocas he leído más que escrito; aun así, he procurado tomar notas cuando viajaba, mientras cocinaba o veía la televisión. Leer, estudiar, meditar, para volcarlo luego en mis libros. Si solo leyera, no tendría donde trasladar lo aprendido; no podría “conocerme a mí mismo”. Cada palabra leída tiene un trasvase en mi estilo. De igual forma, si solo escribiera, me sentiría mucho más expuesto al escrutinio de los lectores: sería como lanzarme  a una piscina sin agua. El escritor, como el músico, como el bailarín, se lo juega todo en su arte. Se nota cuando el escritor es pobre en lecturas; cuando se ha precipitado con el final o en las páginas en que ha escrito con desgana. De todas formas, un narrador se salva, aunque haya leído poco y mal, aunque su estilo sea pobre, si en su obra se esconden verdades humanas. Eso es más importante que el estilo que pueda desarrollar. Lo mejor, con todo, es llegar a una cierta armonía.

No desearía desanimar al futuro escritor. No está de más repetir que sí, que se trata de un oficio fascinante, pero que es duro: requiere esfuerzo incontable, tesón; no se escribe solo del aire, o alimentado por los vientos de la fama y del dinero. Por eso es bueno meditar, de cuando en cuando, en tiempos difíciles, en el invierno que parece que no vaya a acabar nunca. Nosotros, los amanuenses recluidos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, dejamos de anotar, hacemos un alto en el camino y decimos: ya llegó otro invierno más; la sola estación del año, la más propicia para desbloquear la mente de falsas creencias: escribir es saludable.  Debemos advertir, también, nuestra responsabilidad. Escribir es un arte elevado. Con las palabras no se juega ni se regalan al mejor postor. No sé de los demás, pero yo sé que jamás venderé mis palabras a nadie por ningún plato de lentejas.

CULTIVANDO LA FLOR DE LA SOLEDAD

En su último libro publicado en España, Haruki Murakami afirma: Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. Así es: además de lápiz y papel, o portátil, el creador necesita toneladas de aislamiento. Aislarse, “irse a una isla”, para que nada se interponga entre él y su obra. No debería subestimarse tanto la soledad. No pertenece a un oficio subalterno, no es inferior en categoría al resto de emociones. Los escritores la provocamos, hasta nos recreamos en ella; llegamos a tener una relación obsesiva, casi enfermiza. Pero es que si, al final de nuestra vida, nos daremos de bruces con la muerte, metáfora de la soledad más grande, ¿qué mejor manera de ensayar nuestro encuentro con ella sino a través del arte y de las palabras?

A menudo, la soledad es el precio que pagamos los seres humanos por estar condenados a no entendernos, a la incomunicación. Hay personas que buscan continuamente la compañía de los demás, y que para ello las manipulan a su antojo. Otros buscan paliarla con el alcohol, con los recuerdos del pasado: todos ellos no se enfrentan a ella verdaderamente; es más, la rehúyen. En su inconsciente, detestan, tienen miedo a la soledad.

La “verdadera” soledad va por otros derroteros. Nuestra hermana soledad es ese amigo que crece en la sombra: la necesaria para la creación. Al artista no le queda más remedio (aunque luego la sarna ya no le pique, como suele decirse) que buscarse un lugar umbrío y, desde allí, dirigirse a un lector o espectador que sea, en la distancia, capaz de identificarse y de empatizar.

Ahora, esta soledad particular, “mi” soledad, es la banda sonora de mi vida. La busco y la lleno de palabras, pensamientos, poesía. Y deviene una flor natural, no artificial. No me hace falta el apoyo ni la conmiseración de nadie: soy un actor monologuista que recibe finalmente la ovación del público, pero cuya actuación es valiente porque sale al escenario sin nadie más. Solos él y el foco de luz; el resto de la sala queda en penumbra.

A mí, por así decirlo, la vida me ha otorgado muchos momentos de bonanza solitaria. Son esas pequeñas alegrías que, indefectiblemente, obtiene el creador cuando va avanzando por su obra, especialmente en su reescritura, superadas las primeras tentativas infructuosas; el camino a esa felicidad escurridiza que todos anhelamos alcanzar. Ya sea porque no tiene más remedio, el creador es uno de los seres solitarios más felices, un perfecto “lobo de mar”. Yo no deseo renunciar al placer que consigo cuando me quedo toda una tarde en casa solo y dejo desenchufado el teléfono. Mi casa, con mis libros y libretas, mis CDs y mi mini cadena, siempre me ha abierto los brazos. Ser hijo único consiste en eso, básicamente; los momentos de mayor confusión y ajetreo se dieron en mi infancia, en los recordados cumpleaños, con mis compañeros de colegio comiendo los sándwiches y bebiendo Coca-Cola en vasos de plástico transparente. O cuando mi abuela aún vivía y recibía con frecuencia al resto de la familia, y pasaban horas y horas charlando, y yo los veía, callado, en los ratos en que descansaba de estudiar y acudía al salón. No me lamento de mi suerte, puesto que, no tener hermanos, estar solo todo el tiempo, me acabó convirtiendo en escritor.

Me gustaría tener un diapasón que midiera las pulsaciones de mi soledad. Yo soy mi sombra y mi soledad, me confundo con ellas, y eso que gano cada vez que pergeño historias, artículos o novelas ante  el folio o la pantalla en blanco. Solo así, en ese refugio que tiene tanto de guarida o de cueva sagrada, puedo consagrarme a mi oficio con la devoción y la dedicación necesarias, la mayor entrega para que el futuro lector oiga mi voz y, así, establezca telepáticamente una conversación conmigo. Más allá del elogio de los críticos, atesoro esos momentos mágicos en mí que, nadie, nadie, jamás me arrebatará.

PARA CAPRICHOS, LOS MÍOS

Ayer tarde me pasé más de dos horas de reloj en la librería Jaimes. Acabé comprando la última novela de Modiano. Hasta aquí, todo parece normal.  Pero resulta que también había ido por la mañana, y también me regalé una obra de teatro de Modiano. Las dos veces, de mañana y de tarde, a la pregunta de si quería que me los envolvieran de regalo, dije que sí. Siempre me los regalo para mí, normalmente digo que no hace falta que me los envuelvan, pero en esta ocasión quise verlos con el papel de celofán y el lazo. Quise esperar: los dos paquetitos los pondré en el árbol de Navidad esta noche para el tradicional intercambio de regalos. Aunque solo sea para mí; mi madre ha dicho que este año no quiere celebrar ni el Papá Noel ni los Reyes. Me da igual: he acertado, igual que si me los hubiera traído una carroza del Círculo Polar.

Hace solo un par de días, fui al FNAC y me compré La de Bringas, de Galdós. Y también un día antes, en una librería de oportunidades, de la que soy fiel comprador, me hice con una novela de Lobo Antunes. Para muestra un botón: los libros ya forman parte de mí. Para caprichos, los míos. No me gasto el dinero ni en lotería, ni en tabaco, ni en alcohol. Puede parecer muy estrafalario que buena parte de mi sueldo sirva para engrosar mis estanterías de esas novelas, esos cuentos, esos ensayos tan necesarios para seguir viviendo. Fantaseo con la idea de seguir teniendo tiempo libre para devorarlos todos y cada uno de ellos, aunque sepa que no será posible. Es casi como la pila de folios en el maremágnum de la mesa de mi escritorio, o de los cajones, con notas, resúmenes y descripciones de personajes de novelas futuras, tantos que no podré escribir en el curso de esta vida mía.

Sé, como la canción de John Lennon, que I am not the only one. Sé que, con la utopía de los libros (que si todos los individuos de este planeta leyeran buenos libros), las guerras, las hambrunas, los conflictos armados terminarían, o si eso es exagerar, tal vez serían más cortos. Sé que hemos de seguir leyendo, como hemos de seguir escribiendo, componiendo o pintando para el bien de la Humanidad. Escribir un libro, créase o no, fomenta ese bien.

En mi interior, una llama se hace cada vez más grande; no es una ignición violenta. Alberga la esperanza ante el sinsentido, el despertar en medio de la nada. La literatura ocupa todo el espacio de mi corazón, y no es poco; es mi único amor, mi única Madame Bovary, Anna Karenina o Lolita. Es el juego de pellizcarse las manos, la pipirigaña de los libros; la varicela, el sarampión, la gripe juntos.

Digo todo esto porque estoy harto de escuchar que, en este país, o en el mundo entero, no se lee ni se escribe con calidad (excepto en lugares tan civilizados y hermosos como Islandia o Noruega, donde se becan a los escritores primerizos con una gran cuantía de dinero, y se lee al abrigo del hogar en el salón, junto al árbol navideño). Me parece que estas fechas tan señaladas gustan de mentes preclaras, de espíritus indulgentes y sensibles que entiendan las debilidades humanas. Empatía, diría yo; empatía y esperanza. Si queremos vivir, hemos de sentir. Lo único que debemos hacer es sentir y vivir.

 Mientras los demás están pendientes de los asuntos políticos, de los partidos de fútbol, de las series televisivas, yo leo; leo y escribo. Me gustaría que más de uno de mis lectores siguiera mi ejemplo, dejara la caja tonta por un rato y leyera. Solo así se prolongará la especie. Que no, que no son paparruchas. Senderear por los libros es como ir siguiendo al amante, que seguirá en nuestra biblioteca, o en la mochila o la cartera, en el punto donde lo dejamos. Que no, que el libro es tanto o más fiel que un animal doméstico, que el mejor de los amigos. Con estos podemos discutir, enfadarnos; con aquellos, si bien puede abrirse una brecha en nuestro cerebro ante una opinión o una idea contraria, en las antípodas de nuestro pensamiento, siempre podemos volver a él, ir hacia atrás y hacia adelante a nuestro antojo, comernos con los ojos las ilustraciones. Dialogo infinitamente con ellos; voy a beber en ellos y así sacio mi sed. Son mis caprichos de todo el año, mis caprichos de Navidad.

EL ARTE DE VIAJAR

Algunas personas, a diferencia del vino añejo, ni en la enfermedad ni aun previendo su propia muerte mejoran. A menudo, ni muy viajados ni poco o nada leídos, durante años y años se mantienen recluidos dentro de su fárfara y no admiten a discusión ninguna de sus ideas. No salen de su propia mediocridad. Son esos enemigos que uno tiene y que jamás buscó, pero que están ahí, y que solo se dinamitan huyendo  de su estúpida uniformidad. Como el lector avispado sabrá, una de las mejores maneras de expandirse, de huir de esas gentes y de su cerrazón, sea viajando.

Viajar, porque lo extranjerizante, quiérase o no, es precisamente lo que se lleva. Somos carne de televisión, de Internet, de redes sociales. Vivimos inmersos en el mercado de la globalización. A veces, todo esto se pervierte: saber inglés deja de ser una afición jocosa ante todo, un diletantismo agradable, para convertirse en una imposición. Ante eso, yo jamás me he peleado. Me gusta aprender inglés, igual que si se me ordenara jugar al parchís. Pero me pongo en la piel de aquellos que nunca disfrutaron de las becas Erasmus ni salieron más allá de las fronteras. Esto es impensable hoy en día.

Recuerdo lo extraño que me resultaba escuchar en italiano doblado a la actriz Angela Lansbury en televisión. O de hojear un diccionario para principiantes en alemán, a mis diez, doce años, antes de estudiarlo de verdad. Me he ido habituando y, ahora, estoy completamente familiarizado, no solo con sus palabras, también con la dicción de otros acentos, de otra gestualidad. Como el vino añejo, conocer otros idiomas me ha hecho madurar. No hace falta estar en guerra para salir de lo mediocre, de lo cursi y de lo banal. De las ideas preconcebidas y del cinismo más abyecto. Ahora, claro está, no escucho de igual manera Candle in the Wind, de Elton John, que cuando la escuché por primera vez hará ya veinticinco años, como tampoco hubiera podido entablar hace tiempo una conversación con una pareja francesa en el hotel que me pregunta sobre las bondades arquitectónicas de mi ciudad.

Los viajeros amamos lo desconocido, la aventura, ir más allá de nosotros mismos; amamos “mimetizarnos” con el entorno. Ahí es donde es útil el vademécum del vagabundo, para superar los aspavientos. Como el que tiene miedo a las arañas: sin duda, si no relativiza las cosas y se deshace de esta fobia cargante; si no trata de reírse de la sombra de este insecto en la pared como si de un chascarrillo se tratara, nunca podrá visitar países tropicales.

Dejemos de lado la mitología preconcebida y adentrémonos por la selva, por la tundra, por cualquier sendero lejano que antes fuera inalcanzable. Si se nos ha allanado el camino ha sido gracias al cine o a la televisión, que nos acercan a esos lugares y a su gente. La diplopía es ver lo propio y lo ajeno, lo gaucho, lo indio, lo oriental. Que en las comisuras de la boca se dibuje la sonrisa del que aprende siempre, del inquieto. Coexiste en nosotros, o al  menos así me lo parece, la máscara de lo cotidiano y también la máscara de la fiesta, del viaje, del descubrimiento. Si  no se nos ofrecen oportunidades por sí mismas, es bueno perseguirlas, crearlas, ir a su encuentro. Quizá, viajar sea, en definitiva, la otra cara de la moneda. Todo parece menos gris si se fomenta el arte de viajar, no extrañamente emparejado con el arte de conversar o de amar. Viajar, hacer amigos de otros países es una de las maneras de revocar todo intento de provincianismo. Reivindicar lo extranjero y hacerlo propio.

A LA SOMBRA DE LA PINTURA

En la noche de los tiempos, fui pintor diletante. Durante apenas dos años, al filo de la primera adolescencia, asistí a clases de pintura y mi sangre se llenó de colores. Bodegones, pero también marinas y paisajes, hasta un autorretrato. Con ellos pude desarrollar mi sensibilidad, sin caer en lo exacerbado. Eso sí, a través del estudio de la anatomía en el retrato, o de la perspectiva en el paisaje, se expandió mi visión, y a la vez me volví más dueño de cuanto me rodeaba: “aprehendí” las formas del mundo, o las atisbé siquiera. La sombra del árbol pictórico era hospitalaria, bonancible. Hoy no sé si sería capaz de volver, con el mismo arrebato, a cubrir de manchas enormes lienzos. ¿Óleo o acrílico? ¿Guache o acuarela? Quién sabe.

Boxeador (1982), Jean-Michel Basquiat

Las diversas creaciones artísticas son vasos comunicantes. El escritor que pinta (como el novelista danés Gjellerup, autor del magnífico El peregrino kamanita, que estudió pintura a su paso por Roma), cuando escribe sus novelas desarrolla un gusto por los detalles de manera aún más vívida; ve en su cabeza con más claridad una imagen, un paisaje. Por el contrario, el pintor que se ve transportado por la escritura (como Van Gogh con sus famosas Cartas a Theo), gana en hondura, en reflexión; le ayuda a conformar su filosofía vital. Pero comparten ambos algo en común: alcanzan a ver esa otra realidad; es más, se apoderan mágicamente de la realidad. Es fundamental conservar esta suerte de doma artística y polifacética en cualquier momento y circunstancia. No son destinos inamovibles. Pueden ser destinos distintos en cuanto a la forma, el soporte técnico o la ejecución, pero similares en cuanto a la meta, la ambición. Destinos elegidos.

La pintura me ayuda a establecer ese vínculo que todos necesitamos con los hechos de cada día: los que vemos en la televisión o la radio; los que se nos cuentan en la tertulia del bar; o los que presenciamos como testigos directos de un acontecimiento. “He de aprender a observar”, me digo a mí mismo todas las mañanas al despertar. “He de observar siempre”. Soy más diurno que nocturno, pero reconozco que la inspiración está en todo y para todo: los sueños turbios e imaginarios nos despiertan también la creatividad. No hay casualidades, como diría Freud, y lo que soñamos durante la noche puede emerger en la vigilia en forma de gigante; la piel se convierte en el muro sobre el cual inscribir esas formas desconcertantes.

Tan solo es cuestión de paciencia: encontrar un lugar común sobre el que fundar el templo, la ciudad de los sueños futuros, con y en mi creación. A la sombra de la pintura me gusta descubrir nuevas emociones, ser dueño de los restos de esos sueños, por pequeños que sean, aunque sea por momentos, tan solo. La gloria de ser humano y de compartir, susurros coloristas que, después, servirán para escribir y destilar en el papel las impresiones visuales, los juegos libres que ayudan a vivir, a hacer propios los detalles del mundo alrededor. A la sombra del pintor que todos llevamos dentro. A la sombra de la pintura.