CHOPIN O LA APOTEOSIS DEL DRAMA

Sí: muchas veces me escondo del mundo, apago la luz y escucho baladas de Chopin en la minicadena. Y conecto con eso tan fieramente humano: el nombre primigenio de las cosas, la esencia de la realidad. Dejo de olvidar que estoy vivo. Sin ir al otro lado de la ventana, me muevo por caminos azarosos y me identifico con el dolor ajeno. Basta con seguir el ritmo que la sangre me impone. Como la escritura, que tiene su propia respiración, que fabrica corazones más sensibles o más insensibles, cada vez.

piano
piano

Buscar el propio latido. Quizás, ya lo buscaba inconscientemente, cuando empecé a escribir a los nueve años: compraba libretas de espiral a cuadros y escribía de corrido. No conocía los tachones; eso aconteció más tarde. Escribir para conocer que el mundo es una invención personal; invitar a la duda, a la pregunta de quién soy, qué es lo que quiero, a quién amo, cómo proyecto mi futuro en el tiempo presente, para ahogar mi dolor en el dolor ajeno.

Entonces, cuando escribía, no lo pensaba, pero ahora creo firmemente que emborronar es igual que los intentos de muerte en el suicida: pequeñas escisiones, desarreglos, luchas interiores, saltos al vacío. Los suicidas desertan de su propio discurso, del mundo, porque no quieren seguir emborronando, porque se han cansado. La batalla del escritor es mantenerse vivo, a pesar de las tachaduras. Lo único verdaderamente importante es mantener los latidos de ese silencio, el silencio sonoro de la creación. Cuando ya no importe el silencio, entonces podré morir.

Esos latidos, esa apoteosis del drama que he ido a buscar en Chopin son, al final, como la herencia existencialista: el compromiso de los griegos con el hombre como preocupación primordial, como medida de todas las cosas. Como un niño salvaje, como la visión perpetua del niño que tropieza, aprendo a vivir desde cero, a fuerza de ser libre, de elegir mi error. Estoy en la luz de mi centro: la imagen de un sueño, de mi propia existencia, el vocabulario para nombrar el mundo, para no olvidarlo; la conquista de lo sencillo.

Chopin es aquello que quiero experimentar por mí mismo, vivir de nuevo en el arte. En sus muchas funciones y ficciones, mi propio aliento transforma el dolor de los demás. Son otros, soy yo mismo, siempre preferible al tedio. Mi sangre se debate al ritmo de las baladas que suenan en la minicadena y reconozco al escritor que vive en mí, mi centro, mi escisión, mi luz, mi oscuridad; el privilegio que me da la escritura, tantas veces emborronada, única, viva.

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