EL FANTASMA DE LA FAMA

A menudo me he representado yo solo, en flashes de imágenes, mi futuro como novelista y el salto que seguramente tendré que dar desde el anonimato hasta la popularidad. Este es el riesgo que entraña el querer ser reconocido, el riesgo especialmente si eres novelista y deseas llegar a un público amplio. ¿Debería, por ello, rechazar la publicidad con que me puedan acoger los medios y aislarme, sin que me hagan fotos ni entrevistas ni videos promocionales y adscribirme así a la categoría de ermitaño? ¿No es mejor el destino del poeta del que sabemos que solo llega a “la inmensa minoría”, sin que apenas un humilde recital o una sola presentación empañen su tranquila existencia?

Por supuesto, esto no debería plantearlo así: ser poeta o novelista  (o convivir con ambas dotes artísticas) es, por encima de todo, convicción. Es absurdo que una persona se levante un día y diga: quiero ser poeta. Tampoco, por otro lado, nadie elige una carrera por sus ventajas sino por méritos propios. Desde luego, quien elige solo por las ventajas que se le ofrecen está condenado a ser un pésimo artista. Al arte hay que tratarlo con mucho mimo. Las veleidades artísticas (que no la auténtica vocación) jamás han engendrado arte en mayúsculas.

Cela recogiendo el premio Nobel 1989
Cela  recogiendo el premio Nobel de Literatura 1989

Preguntándome todo esto, no consigo sino aumentar mis temores ante ese futuro incierto como escritor. ¿Perderé así ese resquicio de privacidad, cuando vaya a comprar el supermercado, o vaya por la calle y me haya dejado las gafas de sol en casa? ¿Estaré condenado a la hecatombe de la fama? Un cúmulo de sentimientos encontrados se agolpan en mí: desearía difundir mi voz para que los demás la acojan favorablemente y, al mismo tiempo, desearía no matar del todo la tranquilidad, sin la nostalgia de recordar tiempos mejores en que, recluido en mi piso, el silencio solo era enturbiado por el reloj de péndulo del comedor.

Da miedo y respeto. Supongo que el escritor tiene que encontrar la manera de lidiar con el problema; desde luego, no es tarea fácil. Si se concentra en el marketing, dedicará más horas a la promoción. Si, en cambio, se aísla “del mundanal ruido” para producir su obra, corre el peligro de perder a su público y de caer en el olvido. ¿Qué hacer, pues? Todo un reto: no perder del todo la privacidad. Un desafío difícil de afrontar. Aún no estoy capacitado para dar con la solución. Estad atentos por si veis a un escritor a la vuelta de la esquina o en el supermercado; si no se escabulle podrá daros la respuesta a tanta pregunta, ¿o no?

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