EL INSOMNIO, RESUELTO

Durante mucho tiempo, y a diferencia del protagonista de À la Recherche, no he estado acostándome temprano. Me quedaba ultimando esa columna apenas pergeñada durante la tarde y que se me resistía, o bien leyendo hasta altas horas de la madrugada, como quien apura un cigarrillo. Pero siempre acababa durmiéndome. El sueño acababa por conquistarme.

insomnioSin embargo, como un rito de paso, antes o después, había de ser víctima de esta enfermedad llamada insomnio. La he padecido últimamente por espacio de una semana. Eso sí: un desvelo soportable, pequeño, apreciación que servirá para ahorrar al lector cualquier resto de dramatismo. Despierto entre las sábanas, no tenía ganas ni de escribir ni de leer noveluchas, ni de ver programas de televisión infumables, ni de escuchar música clásica, que para curarse de este mal dicen que es mano de santo. Nada: una desazón me reconcomía; intentaba no pensar en nada, ni rememorar cómo había transcurrido el día, ni preguntarme qué haría mañana. Simplemente aspiraba a que mi mente se quedara en blanco, ya sin dolor. Pero en vano.

Hasta que di con la solución, un remedio por los siglos de los siglos: copiar fragmentos de libros hasta que mis dedos se entumezcan, hasta que llegue, por fin, el sueño. He recuperado la misma sensación de agotamiento que la que padecí en mi adolescencia cuando, en mitad de un examen, mi mano se me agarrotaba de tanto esfuerzo. ¡Tantos años con el ordenador, y había olvidado el placer que se siente al escribir con bolígrafo, a pesar de todo! Eso sí: me ha costado volver a hacer una letra decente, que se entienda; que al menos, la entienda yo, que soy quien necesita aclararse con sus papeles. En la universidad, descuidé la caligrafía a favor del teclado del portátil, y enseguida empeoró.

Elegí unas cuantas páginas y transcribí fragmentos de dos libros, palabra por palabra, como El Quijote de Pierre Menard, pero con el texto frente a mí, las novelas que tenía en la mesilla de noche: La última posada, de Imre Kertész, y Sueño profundo, de Banana Yoshimoto. ¿Me estaba volviendo loco? Insomnio e insania eran dos caras de una misma moneda: el frenesí por escribir. En medio del desvelo, existe la locura de la copia, del querer desnortarte escribiendo novelas por persona interpuesta, hasta alcanzar, paradójicamente, una suerte de lucidez. Locura de no dormir y recuperar, después, el sueño, la inspiración, ¿por qué no? entre el silencio de tu biblioteca. Querría haber sido yo el que hubiera escrito esas novelas, y quizás, al transcribirlas en el papel en blanco, esa ficción se encarnaba en mí; por momentos me creía su autor. Pero luego la realidad se imponía y advertía, no sin pena, que no era más que un mero transcriptor. Tal vez, me consuelo, en una próxima reencarnación sea Imre Kertész o Banana Yoshimoto,… ¡que todo podría ser! Es, por suerte o por desgracia, el consuelo de los tontos.

Así mientras me manchaba los dedos con tinta azul, he recuperado la memoria de mis doce años, cuando iba a séptimo de EGB. Lo recuerdo bien: me acostaba a las nueve de la noche, muy puntual, después de las clases de inglés, y me levantaba a las seis de la mañana. Cuando reinaba el silencio en la casa, sin el silbido del teléfono, me disponía a garabatear una novela que ahora me da risa de tan horrible y llena  de sinsentido, pero cuya escritura me ayudó, de alguna manera, a disciplinarme. Como cuando pintaba y dibujaba, copiando rostros, aquí y allá, de las revistas favoritas de mi madre. Manualidades que me encantaban porque me aislaban del mundo; me suspendían, por instantes, por encima del aire de mi habitación.  Escritor del pasado y transcriptor del presente: me he curado del insomnio. Jamás dudaré del remedio certero de la literatura.

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