ELOGIO DEL CINECLUB

Para dar sentido a mi vida, para enriquecerla y encauzarla hacia una posible dirección, escribo. Pero, además, miro con avidez, miro mucho cine y eso me divierte, también. Justamente esto (tener una cita semanal, una reunión) es lo que siempre deseé y que tan solo ahora se me ha presentado diáfano en bandeja, en mi bisoña madurez. Mis dos alegrías mayores del presente son mi gato y el cineclub. Mi cineclub, nuestro cineclub, es cifra del cinéfilo recalcitrante, la imposible conquista del infinito, encarado con temas y tramas atractivos que propician el debate; que enardecen los ánimos de desentrañar el misterio.

Absorber imágenes y, luego, disertar, ser unos charlatanes de tomo y lomo: esa es la principal ocupación de los martes de cinco a ocho de la tarde. Bendito cineclub: ponerse de acuerdo para discrepar en las reuniones; para establecer algún consenso, algo de lo que aprender y aplicar después, fuera de la sala. Los engranajes de los espíritus de la contradicción están ya listos antes de llegar al lugar de autos. Es como si un duende estuviera esperándonos en la entrada para susurrarnos al oído, muy quedo: “Sois afortunados y sabios, testigos de este milagro, el de las palabras y el de las imágenes compartidas”.

Es evidente que mis horas se colman viendo o “reviendo” películas. Yo elaboro una lista larga y se la paso al anfitrión del evento. Parte de la alegría inmensa viene de aplicar mis conocimientos cinematográficos, los aprendidos en la universidad y los ampliados más adelante (con libros sobre dirección actoral, sobre Bergman, sobre el expresionismo alemán, sobre fotografía, sobre la modernidad…), pues solo con los libros leídos en la carrera, mis aptitudes se verían considerablemente limitadas. He tenido que leer, y documentarme y, por encima de todo, ver películas, sobre todo eso: una, dos, tres, hasta diez veces, para captar los matices, para memorizar argumentos y nombres de actores y de personajes, y así ir conformando un estilo, una manera de estar, de “ver” el mundo; para poder ser un humilde tertuliano que no teme los asuntos mayúsculos, como el dolor y la muerte, la pasión o la soledad. Todo cabe en la reunión semanal, y así olvido por instantes la aburrida rutina del resto de la semana (para saberla sobrellevar, para iluminarla). Llegamos a verbalizar cosas que, de no ser por esta tesitura, la de encontramos en un cineclub, jamás saldrían a la superficie ni nos imaginaríamos capaces siquiera tener dentro del magín.

Nadie, supongo, aguanta estoico la tormenta de fotogramas: se supone que nadie hará el mal educado de marcharse de la sesión a la mitad. Que guste o no, más o menos, eso ya es otra cosa. Es bueno ir bailando las fechas y ofrecer una semana una cinta de, pongamos por caso, 1934 (Sucedió una noche), y la semana siguiente de 2008 (La duda), y darnos cuenta del enorme espectro que el cine engloba, y que suscita todo tipo de odios o adhesiones (pues el odio es fructífero, también).  Habrá unos días en que los actores hablarán poco y la fotografía sea preeminente; otras, en que la trama sea más importante y las imágenes estén supeditadas, al servicio de ese argumento.

Reconozcámoslo: el cine, aun a pesar de tener que lidiar con otras artes o invenciones del ser humano; pese a convivir en la era de las series con las plataformas digitales; pese a todo, que nos reunamos fielmente cada martes en fraterna liturgia y aportemos nuestros argumentos a favor o en contra del tema a tratar, que lo “reinterpretemos” con nuestra labia, significa que el cine sigue siendo una disciplina viva, muy viva, vivísima. A mí, desde luego, me interesa más esto que sentarme delante del televisor y asistir a un concurso o a un debate casposo en que unos se dedican a “despeinar” la cabeza de otros, como si fuera lo mejor, la única actividad que pudieran medianamente hacer. Y no: el cineclub es como el elogio de la locura; la celebración del debate sano, de la controversia sana, de la discusión sin prejuicios, sin el descaro que se da en otros pagos.

Tengo que felicitar al que inventó esto del cineclub (¿quién fue? ¿Se dio ya en el cine mudo? Seguro). Antes, hace un año, me habría parecido algo frívolo. Fue a finales de septiembre cuando lo descubrí. Y, ahora, espero al sábado o al domingo, paciente, que el “anfitrión”, el líder del grupo, anuncie la película. El sábado les escribo a mis compañeros por WhatsApp, proponiendo títulos. Luego pasan las horas, aguardando al martes, hasta que los contertulianos nos veamos las caras de nuevo. Que sea por muchos años: todas las épocas tienen sus glorias, sus pequeñas o grandes hazañas, sus buenos momentos. Por eso, aunque hayan cerrado cines, librerías, tertulias poéticas…, aunque todo eso se lo haya llevado el viento, nos queda aprovechar ahora del cineclub, mientras dure el prodigio y, claro, el cuerpo aguante.

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