ELOGIO DEL EXTRAÑO GLAMOUR

Bette Davis
Bette Davis

Aún recuerdo las lentas tardes de domingo, las sesiones de cine con mi abuela en casa, nuestras muchas conversaciones durante horas y horas de los actores y actrices que le habían dejado impronta. Le gustaba hablar conmigo, era su interlocutor favorito. El cine era capaz de modelarla, de convertirla en materia frágil del pasado. Me entregaba aquella sabiduría como la mejor herencia posible de ese tiempo de infancia breve e irrevocable.

Yo adivinaba bajo esa fragilidad la educación sentimental de mi abuela. Y, a la vez, todo aquel entusiasmo en el espíritu de una octogenaria se convertía en el pistoletazo de salida para que me instaurara en el mundo de los adultos. El pasado tan solo era recuperable en el espacio de la memoria. En su poema Caligrafía (imposible no acordarse de su ya famosa frase final: Qué triste es todo esto) el poeta y académico Pere Gimferrer glosa la muerte de algunos iconos del cine, entre ellos Monty, Valentino y Marilyn Monroe, reflejos del cine clásico que tanto entusiasmaba a mi abuela, que se había convertido en vida más auténtica que su vida real. Pero si me diera a reescribir el poema, añadiría a Bette Davis.

La cito como ejemplo de extraño glamour, el del blanco y negro del celuloide y de las fotografías antiguas, con su rostro serio, nada amable, incluso feo, en el que algo perdura: el sarcasmo en la mirada, los silencios tan elocuentes como violentos. Ella se hace viva entre nosotros y nos acompaña, aunque ese ir de la mano suponga incertidumbre, desconcierto. Da la medida de lo misterioso, también de lo macabro y oscuro. Me gustaría hacer una oda a la fealdad. Es una tarea ardua, casi inútil en nuestra época, cuando se nos impone el gusto por los múltiples, aunque efímeros, encantos de la juventud. Qué mejor monumento al paso del tiempo hay que lo que muere. Es mucho más valiente, atrevido, conmovedor ver el rostro de Bette Davis, reducido por las arrugas de la mucha edad, que ver a un joven Valentino recreándose en su sonrisa.

Hay imperfecciones de los demás que actúan como un espejo en que reflejarnos diez, veinte, treinta años después. Estos son los verdaderos milagros cotidianos. Nada nos enseña a envejecer más sabiamente que admirar el rostro de los actores y actrices de la gran pantalla. No me refiero a lo bello, pues no me identifico con los cuerpos bellos. Pienso en Bette Davis como la gran actriz que sobresalió desde el otro lado de la belleza, alejada de la sensualidad, de los besos más codiciados de Valentino.

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