EMPEZAR LA CASA POR EL TEJADO

Garabateé, hace mucho, una obra de teatro cuya protagonista, una mujer ya mayor, se refugiaba en un convento. Rompía así, sin llegar a divorciarse, con un matrimonio de largo aliento, lo cual, en la actualidad, sería inverosímil. Además de estar escrito en un estilo artificial, iba en contra del signo de los tiempos, del mío; no se mantenía fiel a la sociedad y a sus preocupaciones; estaba desligada del presente.

Podría disertar, largo y tendido, tomando esta obra dramática mía como ejemplo, sobre el papel de la religión en el campo del arte, de la economía, de la literatura; sobre la influencia ejercida en las costumbres sociales de otros siglos. Podría hablar sobre nuestra actual ceguera, nuestro remoloneo y falsa conformidad de mortales, cuando desoímos su llamado. Podría llegar a escribir todo un libro solo sobre este particular. Pero no lo haré: de todos es conocida la diferencia entre las esculturas de vírgenes góticas, de los nimbos de El Greco, por un lado, y Kandinsky o el dripping de Pollock, por el otro. Quizá hoy se realizan obras artísticas espirituales, no lo negaré; lo espiritual existe, pero es evidente que ya no se pintan temas bíblicos.

Composición Ocho, (!923), Wassily Kandinsky

Es cierto que no podemos creer, con la misma mentalidad, los mismos preceptos religiosos del pasado. Este mismo sentimiento religioso, tan ausente de nuestras vidas, si se da, suele aparece con más furia al final del camino, cuando envejecemos. ¿Cuántas veces no hemos admirado a viejecitos generosos y buenos que nos abren y nos ofrecen su alma desinteresada? Recuerdo cuando he ido al hospital a ver ancianos: ellos, agradecidos, me echaban unas monedas que yo no podía aceptar. Recuerdo,  también, las ocasiones en que he visto a los mayores proteger a los más pequeños con secretos y cuchufletas. Los mayores, que nos acarician el pelo y nos motivan a crear, confían en nosotros, porque nos quieren con locura. Es el don de la sabiduría.

Estos mismos mayores, cuando traspasaron el umbral de la madurez, buscaron, casi desesperadamente, el resplandor eterno, la religión, la honda espiritualidad, para que sus ojos no se deslumbrasen con la falsa, la aparentemente viva y generosa soflama de la hoguera; para no convivir con el siempre engañoso deseo disfrazado de amor. Deberíamos tomar nota y ser, pues, más generosos, sin tener que esperar a la vejez.

¿No es más importante encontrar la virtud, un mundo rico interior y profundo en el que refugiarse, desde el principio? Nuestra debacle consiste en buscar la belleza física, la vacuidad, lo mediocre, a costa de la desvergüenza, el descrédito, la deslealtad. A eso llamo yo empezar la casa por el tejado. Damos prioridad a lo insignificante; deberíamos andar por la vida sin romper con los valores morales sólidos que nos enseñaron en la escuela, en la catequesis, antes de empezar a descreer; avanzar, poco a poco, sí y, a la par, admirar la riqueza, la diversidad del mundo, su polimorfismo, tal como pregonaba Platón: observar cuerpos bellos con vistas, para llegar, finalmente, a la Idea de belleza. La estética puede ser necesaria, pero es igual de atractiva o incluso menos que la moral.

En estas páginas raboseadas en que ahora escribo, teñidas por la mucha tinta derramada, observo el momento pendular, el golpe del destino, pero también las propiedades bonancibles de lo religioso: no basado en la curia y en el orden canónico, sino en una suerte de revelación interior. No querría caer nunca más en la futilidad. No tengo miedo a obedecer a esa luz, a esa voz que me dice: busca la mirada de los poetas, no le tengas miedo; convierte el subterfugio cruel de las horas, sus migajas de amarga soledad, en campo bien abonado, resplandeciente, eterno. Solo así dejaré de admirar la imagen, la fotografía saturada de colores falsos, la belleza efímera.

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