GEORG BASELITZ O EL ARTE DE MIRAR AL REVÉS

Un amante del arte puede hallar sorpresas en el camino como, por ejemplo, el brillo pictórico en los cuerpos y animales del artista alemán Georg Baselitz. Lo había olvidado por completo y justo hace unos días desempolvé un viejo catálogo de su obra y al abrirlo por una página al azar volvió a desplegarse ante mí una visión muy alejada del canon de belleza diario cincelado por la costumbre. Una belleza del desgarro: como si al pintor le pisaran el pie y se retorciera de dolor cada vez que empastara la tela con el pincel. Sus trazos, rápidos y descuidados, aglutinan el latido vital, bajo la segura advocación (y no es demasiado aventurado compararlo) del pintor noruego Edvard Much en su ya célebre El grito: el individuo ante la ciega brutalidad de la existencia y la comprensión de lo real.

BaselitzNo podía quedarme indiferente ante esta mirada valiente, disconforme, desnuda: el atrevimiento de exponer los cuadros al “revés”, rompiendo con la convención naturalista; una de las mayores fracturas artísticas de todos los tiempos, enfrentando al espectador con una nueva representación del mundo, una nueva disposición del universo. ¿Quién nos dice que el cielo debe estar arriba y la tierra debajo? Modificando su estructura íntima, creando paisajes interiores, el espectador que lo observa puede penetrar en otra realidad, sentirla, interpelarla.

Esos colores violentos, ese estar “patas arriba” denota la arbitrariedad de una mirada singular, una porción del orden, del caos, del rechazo o de la asunción de su fealdad. No solo los pintores naturalistas son verdaderos artistas. No, también existen interiores sin domar: hombres comiendo naranjas o bebiendo de una botella, que nunca ríen, naturalezas muertas, corderos, águilas… los antihéroes cotidianos del presente.

Artistas como Baselitz jamás me aburren; por contra, espolean mis sentidos. Necesito la “descarga eléctrica” de él y de sus coetáneos. Velázquez nos conmueve, pero nos conduce a un mundo más entero, a una fracturación más leve de la realidad. Baselitz y su arte “del revés” ha evolucionado igual que hizo Goya, desde el naturalismo a las pinturas negras; un elogio a lo deforme.

“Nadie me podrá quitar el dolorido sentir”, decía Garcilaso. Pues eso: cualquier artista que sacie mi hambre pictórica, entregándome parte de su corazón, es bienvenido, ya sea más figurativo o abstracto. Eso da igual. Lo intrínsecamente humano es sentir el dolor, lejos del fulgor de la belleza convencional: un dolor callado, ensimismado, mezclado con la sangre del artista. Los augures que se avanzan a su tiempo y pronostican el futuro a través del grito de los pájaros: nosotros.

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