NOSTALGIA DE DIOS

No será este artículo un panfleto, que quede claro. Más bien me he propuesto conservar, en medio de la vorágine de la vida, un lugar dentro de mí con que mitigar el desencanto. No estoy hablando de dejar de escuchar la Quinta Sinfonía de Mahler o, simplemente, dejar de ver películas de índole catastrofista. Es algo mucho más profundo: estoy hablando de la nostalgia de Dios. Uno da con estos pensamientos cuando se encuentra en medio de una tormenta existencial. Aun sin ser creyente es inevitable la búsqueda.

Hace mucho que el latín y el griego pasaron al estatus de “lenguas muertas”. La literatura y la historia nos importan bien poco (cada vez menos); aún más, lo aprendido en la Universidad ya no sirve (como antiguamente) para ligar en la cafetería a la salida de clase. Estamos obsesionados con los móviles y con cualquier artilugio tecnológico que simulan (sublime ironía) acercarnos a los demás, cuando en realidad nos distancian de nosotros mismos, de nuestro centro.

Capilla SixtinaLa presencia abrumadora de Smartphones, Ipad y portátiles con Wifi en nuestro día a día, si se usan adecuadamente, no producirán monstruos como los sueños de la razón goyescos. Pero la tecnología no es la solución definitiva a todos nuestros problemas; quizá solo sea el refugio de mucha gente ignorante. Debemos ir más allá, no conformarnos con esos aparatos e internarnos en bosques impenetrables: rescatar del olvido nuestra película favorita de Ingmar Bergman, charlar con algún experto sobre filosofía zen, practicar yoga, leer a San Agustín o visitar a un amigo que nos necesita.

Todo el mundo, pero especialmente aquellos que estudien carreras de ciencias, como ingeniería o electrónica, y no tengan demasiado contacto con las humanidades, no deberían cegarse cursando másteres sin más; habrían de fomentar la sensibilidad. ¿No eran acaso intelectuales como Marañón los que hicieron famoso a comienzos del siglo pasado el término “médico humanista”, del científico, a la vez hombre de letras?

Conozco a mucha gente que no lee, cínica y estúpida; la vida no les ha ayudado a cultivar el espíritu. La conversación no es suficiente; se hace necesaria la lectura (las lenguas, la historia, la literatura) para entender, para interpretar el mundo. La verdadera nostalgia de Dios es la sed de conocimientos, se crea o se descrea, porque las humanidades nos ayudan a cruzar el peligroso barranco, ir más allá de la inocencia. No sentía nostalgia por la religión que dejé atrás; era por la nostalgia de lo humano.

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