Nueva Zelanda

Presentación

¿Cuántas veces hemos olvidado que la ilusión también forma parte intrínseca de nosotros mismos? Quizá no nos hayamos percatado pero, si observamos por un momento el milagro cotidiano de la existencia, distinguiremos en los pequeños detalles (en la gota de rocío que resbala en el alféizar) ese paraíso que se perdió, definitivamente, a una edad temprana, allá por los trece años. La infancia, cada vez más desdibujada y cada vez más lejana. Quizá necesitemos de los ojos transformadores de los poetas, de los idealistas, y quizá también escribir no sea más que prolongar ese sueño.

La poesía es el fiel reflejo de ese refugio, la inocencia recuperada, compañera de viaje incondicional; la poesía, la forma literaria más perfecta, más pura, más idiosincrática. Ya desde chicos se nos advierte de sus peligros, de los peligros de la inocencia poética, si no deseamos sucumbir a la corriente devastadora de la realidad, que impone otros modelos. Sin embargo, debemos regresar a ella, si aún creemos en las utopías. Poesía es, a un tiempo, amenaza y salvación.

Así, la aventura de escribir está ahí, en todos nuestros poemas, llevando al hombro la primera felicidad. Sumido en el caos o incluso en la desesperación, me obstino en tener motivos para la alegría. Me obstino en creer que el mundo lo construimos nosotros en ese primer gesto de lanzarnos por los caminos polvorientos del mundo. Un lugar compartido y que tiene también mucho de desasimiento, de introspección. Hay que encontrar la propia senda y no abandonarla ya nunca más, al margen de los otros; y solo la lírica nos conduce, nos dirige, en el mejor sentido del término. Las palabras nos retornan al lecho mullido del bosque.

No cabe ninguna duda de que están íntimamente ligadas la poesía, la inocencia, la infancia, la alegría; posiblemente la felicidad, también. Caras de una misma moneda, espejos en los que reflejarnos, asideros para dotar a la existencia de las armas inocuas que nos demuestran, una vez más, que este teatro absurdo de la vida es, al mismo tiempo, una oportunidad que nos dan los dioses para guiarnos por las palabras sabiamente escogidas en nuestra noche más oscura. La noche que esconde nuestros rostros, iluminados un instante por esa magia escondida, para abrirnos los ojos. Nos atrevemos, por fin, a mirar, cara a cara, a esa felicidad elusiva pero posible, con los ojos del alma del Pequeño Príncipe. Ficción posible dentro de una ficción mayor, podríamos así seguir viviendo el sueño de la infancia.