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LES MÀSCARES AL·LUCINADES

Us voldria parlar de la vida, un cop més. Vull que m’acompanyeu, tot passejant pel carrer barcelonès de l’Hospital, amb la mirada distreta, observant els passavolants com jo, amb els narius amarats de curry i de pastissos àrabs, amb les veus  dels carnissers que criden, amb els davantals blancs nuats al coll, tacats de sang dels anyells morts, a l’entrada de les botigues. Perquè us atureu, com jo em vaig aturar per uns instants, al davant de l’aparador d’una adrogueria, on hi havia tot un seguit de bustos de maniquins amb perruques, anunciant diverses tintures per al cabell. Com transmetre la seva artificiositat? També, per què no, el seu esperit kitsch? De ben segur que vosaltres també captaríeu, com jo vaig fer, l’amalgama de rostres, imatges, colors. Que tanmateix, a pesar de la seva vulgaritat, em feien reviure; ens fan reviure, tornar enrere.

Una escena del teatre Kabuki japonès
Una escena del teatre Kabuki japonès

A què treu cap això?, em preguntareu. Quina relació hi puc establir amb el títol de l’article? És que desvariejo? No ben bé. Deixeu que  m’expliqui: tot és qüestió de representar el cos, la màscara. Per raons de l’atzar, que només ara recomponc com si fos un trencaclosques de la memòria, torno cap enrere: La Irene, una bona amiga i companya de feina, que va viure un any en terres nipones, em va suggerir que escrivís una columna sobre el ritual del teatre Kabuki. A la biblioteca vaig admirar tot un munt de fotografies de llibres sobre la matèria: a escena, els actors japonesos es transformaven, al·lucinats, enmig de la música, la lluïssor esvanida dels quimonos o l’anar i venir per l’escenari. Fet i fet, vaig arribar a la conclusió que tot plegat formava part d’una visió “supranatural”, una coreografia allunyada dels occidentals, poc avesats a veure el misteri sensual amb les mateixes dosis de passió, amb un altre tempo, menys tranquil.

La meva memòria capriciosa ha pres el carrer Hospital i la meva amiga Irene com a desllorigadors, i m’ha fet recordar també les màscares de Papua i Nova Guinea que vaig visitar al Museu Etnogràfic quan anava al col·legi; i més endavant, les del  Museu Egipci, veritable monument  als sarcòfags i escultures dels faraons. Tots hi estan convocats. La relació és evident: com “pintar” i “escriure” en el rostre la civilització a la qual pertanyem. La nostra es fixa més en perruques, les cares són impersonals: es diria que són fredes, distants. En les d’altres èpoques, hi ha una “palpitació”, una ferocitat en la mirada, en viure la tragèdia o la comèdia més intensament, fins  a l’èxtasi. La pura i més verge representació del cos, comunió amb la natura. Qualsevol antropòleg ens ho asseguraria.

Tot i la lletjor, tot i la tragèdia, hi ha alguna cosa superior, sempre. Es tracta de ser “un altre”, de transcendir la carn feble i dolorosa, fins a esdevenir lletania de la bellesa. Com si les arts del passat ens parlessin i entonessin l’himne tribal: la típica “invocació als fantasmes”. Noves visions que ens obliguen a replantejar-nos el nostre model occidental, l’únic que coneixíem (abans que s’abaratissin els preus dels vols aeris), i entorn del qual girava el nostre món  arrogant i egocèntric. Si sabem que aquest és el nostre defecte, encara estem a temps de corregir-lo, contemplant l’exemple d’altres cultures. Tasca que ja fan els museus per tal d’apropar-nos-hi sense haver de moure’ns de la ciutat. Tan de bo hi hagués més persones encuriosides, persones que per una estona no valorin tant els diners i deixin de banda l’egoisme i la malvolença per admirar, gaudir, allà on es va aturar el temps: les ganyotes, rialles, de por, alegria o dolor, que han vist l’inefable: les màscares al·lucinades.

EL APRENDIZAJE DE LA ACEPTACIÓN

personalUna cuestión personal.  KENZABURO OÉ. (Editorial Anagrama). 189 páginas. Barcelona, 2015.

El mundo de Kenzaburo Oé (Ose, Japón, 1935) transita muchas veces entre la pesadilla y la realidad. Sus personajes sufren del tedium vitae cuando no ven más horizonte, mejor perspectiva, que el sucumbir a la locura. Pasionales o débiles, da igual, siempre acaban siendo humanos en sus decisiones y en sus incertidumbres. Oé es fiel a Japón y a su paisaje pero da un paso más y se occidentaliza; va más allá del retrato del Japón tradicional de Kawabata o Tanizaki. Trata de problemas que se desmarcan de las costumbres niponas para abrirse al mundo. Es japonés y ciudadano cosmopolita a un tiempo.

Una cuestión personal, la novela más importante del escritor japonés junto con El grito silencioso, retrata la bajada a los infiernos que no depara ni prevé el milagro; si acaso, un milagro demoníaco. Bird, un profesor de inglés, con una cabeza semejante a la de un pájaro, que deambula, henchido por la rutina y la apatía, por las calles del Tokio contemporáneo, tiene un sueño por cumplir: ir con su mujer al extranjero. La primera escena del libro se sitúa, pues, ante el escaparate de una tienda, cuando decide comprar una guía Michelín y así poder planificar con mayor acierto su futuro viaje a África. Sus planes pronto se vienen abajo cuando su mujer da a luz a un bebé “monstruoso” al que se le diagnostica una hernia cerebral. Los médicos le pronostican una muerte inminente, o, en el mejor de los casos, una vida de vegetal.

El escritor y Premio Nobel Kenzaburo Oé
El escritor y Premio Nobel Kenzaburo Oé

Bird se refugiará en el alcohol y en el sexo. Durante toda una semana, en una suerte de odisea urbana, le “asistirá” Himiko, una antigua compañera de estudios. Esta le propone recurrir a un médico abortista, deshacerse del bebé y así ver cumplido su sueño africano.  El bebé “monstruoso” es el escollo, la barrera que le impedirá vivir la aventura. Sin duda, se trata de un rito de paso sui generis. ¿Ir hacia adelante o hacia atrás? Se da cuenta de que si “mata” al bebé, se mata a sí mismo también, y deja atrás una parte de sí; la responsabilidad frente al absurdo debe redirigirse para enfrentarse a la culpa, que todos, de alguna manera, llevamos impresa en nuestra frente desde el nacimiento: le mal de vivre estilizado, domesticado.

En pocas palabras: llegamos aquí al aprendizaje de la aceptación. Como dice Himiko: intentarás justificarte y salvar tu matrimonio a expensas de distorsionar la realidad (…) Y acabarás destruyéndote (pág. 138). Uno ha de resurgir de entre las cenizas si quiere seguir viviendo: es la gran enseñanza del existencialismo francés que Oé recupera para sí, para Bird y, de paso, para nosotros, los lectores. He aquí una única certeza en un mundo absurdo e inabordable: podrás engañar a los demás, pero nunca a ti mismo.

Lo mejor de Oé está entre las páginas de este volumen: su estilo sobrio y depurado, la tensión narrativa de la frase corta, las constantes comparaciones de personajes con animales. Todo le sirve para el mismo fin: debatir extremos, situaciones algo remotas pero posibles. El lector ideal del libro sería el lector osado al que le guste filosofar, pronosticar, ponerse en la piel de los demás e improvisar soluciones, hasta decirse como el sabio Terencio: hombre soy y nada humano me es ajeno.

SANGRE AFRICANA

Hoy mismo, yendo por los pasillos del metro, como cada día, he detenido la marcha ante un mendigo de color, descalzo, “uno más”. No tocaba ningún instrumento ni vociferaba; estaba quieto, hecho un ovillo, con la mirada perdida, ebria, sonámbula, al suelo. Solo en el mundo, presuntamente, en una ciudad extranjera. No nos entendíamos: hablábamos lenguas extrañas. Nos hemos escuchado y con eso parecía suficiente.

En esa franja de tiempo entre el sueño y la vigilia de por la mañana, he recordado la exposición de Kerry James Marshall en la Fundació Tàpies que fui a ver la semana pasada. La muestra recoge fotografías, cómics y pinturas en el que la representación del cuerpo humano se basa en el tema de la “negritud”, el de las gentes de color: seres casi invisibles en nuestra sociedad occidental, pero que se empeñan en no perder, aun así, ni las tradiciones ni la lengua que dejaron allí, en sus tierras.

serengetiCon Marshall, he rebuscado en mi biblioteca y he vuelto a leer a Léopold Sédar Senghor, el mejor poeta negro en francés, junto a Aimé Césaire. Senghor participó activamente en la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi y fue, además, el primer presidente de Senegal, su país. Sus palabras describen un mundo de hechizos, de desiertos, cocodrilos, hipopótamos y leones, de sol y de mar. Aunque no solo eso.

Él dijo, en uno de sus poemas más alucinatorios, navegar entre “l’angoisse des ténèbres, cette passion de mort et de lumière”; así puede resumirse “su” vida en África, su lirismo; una geografía que no pierde el gusto por los colores. No he estado allí físicamente, pero puedo decir que “he estado” allí sentimentalmente, viendo como el barro de los ríos se enquista en la quilla de los barcos que surcan el Congo. Lo que sorprende, lo que es de alabar, tanto de él como de Kerry James Marshall, es el hecho de “completarnos”, de “dotarnos” de un espacio de reflexión antes inexistente.

¿Tienen los hijos del África poscolonial el trato que merecen o aún son tildados de pedigüeños? ¿Somos conscientes de su identidad o son “uno más” en nuestras vidas? El legado que nos dejan, ¿se comprende más allá de las fronteras africanas? Injustamente reconocidos fuera de sus límites geográficos, es hora de sonreírles, de confraternizar, de entender su aventura. Porque sí, detrás de estos artistas hay un mundo por descubrir. Como este mendigo, con la mirada sabia, perdida, ligada a los recuerdos de su querido río Congo; ligada a la selva, a la luz y al mar de sangre africana.