Archivo de la etiqueta: alma

EL NOVIO DEL BAILE

Fue en una velada de marzo de fin de siglo. No llovía en París; ya era momento del baile. Los amos del local encendieron los farolillos muy pronto, con la intención de emular a las estrellas, mientras las serpentinas y el confeti engalanaban el suelo de cemento.  Las parejas hacían movimientos dulces con los pies, con los brazos y, en una de esas, una mujer de negro con cofia, de la cual, diríase, que guardaba luto, dejó a su acompañante y se aproximó hasta una de las mesas con muchas botellas de vino y copas traslúcidas. Y una vez allí, la mujer le susurró al oído a su amiga, una chica ciega, de triste mirada ausente:

―¿Sabes a quién he visto delante de mí cuando bailaba con Richard?

―Pues no.

―Al fantasma. A mi primer novio.

―¿A quién?

―Al soldado que murió en acto de servicio; tú no llegaste a conocerlo.  Te lo he explicado millones de veces. El tiempo pasa pero su rostro es el mismo.

El baile del Moulin de la Galette, Pierre-Auguste Renoir (1876)

Los altavoces sonaban cada vez más, eran ensordecedores, y las piezas del repertorio, aburridísimas. Pero la gente quería divertirse, y no cejaban en el empeño de bailar, y la mujer del novio soldado, ya en su asiento, parloteaba con todo el grupo de la mesa, recordando, venciendo, por entre aquel teatro de las apariencias, el olvido:

―Prefiero vivir feliz en compañía de mi ángel, aunque sea un fantasma y nadie lo vea.  Mejor: así nadie me lo arrebatará. Es la ventaja de estar enamorada de un muerto, ¿no creéis?

Pero es así: nada es eterno, ni siquiera la felicidad. La mujer no celebró más veladas musicales, o no quiso, y eso nunca lo sabremos, porque murió aquel mismo verano, estrangulada por la memoria de su amante, por querer reunirse con él, o por causas que solo la naturaleza conoce. Familia y amigos quisieron que, igual que le había sucedido a esa mujer misteriosa, se les apareciera su fantasma, dirigiendo desde el cielo los bailes; sería la única manera de no conmemorar en vano su muerte, y serviría para despertarlos y urgirlos a vivir con más pasión…, de estar más cerca de Dios sin antes tener que morir.

¿Cuánto más hacía falta para despertar del sueño del novio soldado? Nadie lo vio, salvo la chica ciega; siguió presentándosele con asiduidad por una esquinita de su alma; se imaginaba su rostro de rasgos sencillos. Pese a que los demás solo supieran del novio soldado de oídas, ella confesaba sus visiones a diestro y siniestro. El alcalde de París, entre tanta habladuría, decidió erigir una escultura, al pie de la cual rezaba la leyenda: Los muertos necesitan a los vivos para sobrevivir, antes de ser aceptados en el cielo. Se conoce que dejó de aparecérsele a la chica cuando Dios lo aceptó, de una vez y para siempre, en el Paraíso.

INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!