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ENTRE BAMBALINAS

Hace unos días tuviste un sueño y te despertaste con la corazonada de que querías interpretar, a toda costa, los personajes que tú mismo habías creado. Ser actor, juez y parte de tus obras. Pensaste, quizás, que eras el que mejor iba a entender los motivos del protagonista. A ti te gustaría creer que eres el actor/hipnotizador, el que lee tu texto formidablemente, mejor que nadie, con el cual te identificas: la mejor voz y la mejor dicción para tu protagonista, si las cosas fueran más sencillas. Error de fondo y de forma: ¡qué ingenuidad! Los actores y actrices ensayan y ensayan después de estar tres o cuatro años trabajando y estudiando. No actúan por ciencia infusa ni su sabiduría ni su aprendizaje ni su tesón caen directamente del cielo. Son horas y horas de esfuerzo sostenido. Aun así, tú deseas el novio perfecto para esos sábados aburridos y pegajosos de lluvia, viento y nubes como sombrajos. No eres un amante común y corriente; no te conformas con cualquier cosa.

Los cuatro años que pasaste en una compañía amateur te hicieron ser como eres hoy. Es la vida entre bambalinas, en las tinieblas del tiempo. Lo poco que ahora sabes, que intuyes o conoces o te jactas de saber, proviene de aquellos ensayos generales, de la mucha preparación corporal y vocal, de los compañeros que siempre te miraban a los ojos y te decían con elocuencia: sigue así. Quizá era todo un punto irreal: la vida allá fuera no son todo halagos; más bien son otras lindezas. La profesionalidad es dura, y no siempre hay un parapeto para la desgracia. La quimera peligrosa es quererlo ver del revés, diferente. La vida es otra cosa.

El médico de su honra, de Calderón, interpretado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, fue tu primer contacto con la escena de los adultos. Tenías dieciséis años. Luego vendrían otras obras, otros mundos. Hasta el Tenorio. Ese amor latente por el teatro bascula entre el código del honor y el amor casquivano de don Juan. El honor de ese drama calderoniano, visto hace ya casi cinco lustros; héroe (o antihéroe) que se aferra al amor, que no lo destruye con sus acciones, sino que lo guarda en lo más hondo y es capaz de retarse por defenderlo; hombre de una sola mujer. Nada que ver con ese don Juan que no quiere comprometerse, que no se enamora más de lo necesario; que cambia de papeles con asiduidad, que acumula amoríos en el llavero de las puertas terrenas.

La esencia del teatro, tu amante, tu amor entre las tinieblas del tiempo son ellos dos: los duelistas y los donjuanes. ¿Cómo puede ser? Pues así es: al dramaturgo (o al actor) le interesa defender una obra trajeado con las mejores galas. Pero también quiere escribir (o interpretar) muchos personajes; ser, en definitiva, promiscuo en escena, incordiar al público con el mayor número de piruetas, y trifulcas y discusiones con sustancia. En resumen: un sopicaldo nutritivo y gustoso. Los comensales fueron a ver, a probar y a degustar el plato principal y más tarde se relamerán recordándolo.

Ese eres tú; la fuerza motriz que te impulsó ir a ver a Calderón, que luego se aficionaría a Goldoni y a Yasmina Reza, a Marivaux y a Arthur Miller, a Albee y a Tennessee Williams… y a un largo etcétera. Este es tu vademécum, tu evangelio, tu guía de viaje portátil. La sublimación de la vida está ahí, entre bambalinas, esperando. O resplandeciendo entre candilejas. Eres así: parte cuerpo y parte espíritu y, alimentado, no con caramelos revenidos, sino con las historias de la madre Celestina. El alma es prolija y precisa explicarse y entenderse a sí misma. Sí, entre las tinieblas del tiempo, con el teatro, con el que te has comprometido y celebrado tu boda. Esperas escribir aún muchas obras. Quieres ser dramaturgo y dirigirte a un público que desee conocer cosas nuevas. Tú eres el amante entregado, preñado de ilusión hasta la hora final. Quieres ser también el escultor, el que alcance con su arte la estrella más lejana, en las horas más tristes. Todo viene de aquella velada de casi cinco lustros atrás, de aquella primera representación. Quieres decorar el salón de las ninfas de buenos propósitos, y que el público resucite. Quieres izar la bandera de la alegría, el estandarte que se dirija a todos y todas. Cuando te sientas ofuscado, recurrirás al espacio vacío, ese lugar que se ensancha entre tinieblas, y solo entonces respirarás, aliviado.

TU PECHO CONTRA MI ESPALDA

Ayer te fuiste a dar un paseo, mientras yo seguía escribiendo un poema, un cuento, qué sé yo. Querías curiosear por entre las paradas de la Feria del Libro. Me dijiste, como si reflexionaras para ti mismo, en voz baja: “No tardaré”. Yo te contesté: “Yo hoy no salgo, voy a seguir escribiendo, tengo trabajo para rato”. No me preocupaba lo que ibas a hacer, me dije, porque sabía que luego volverías a mí.

Los amantes, de René Magritte
Los amantes, de René Magritte

Fue ayer el último día de la Feria del Libro de ocasión antiguo y moderno, un domingo sin sol, de cielos encapotados, como ya viene siendo habitual por estas fechas de principios de octubre. Y es que no recuerdo Feria del Libro en el Paseo de Gracia sin un solo día de lluvia. La gente hace frente como puede al mal tiempo, como tú lo hiciste, como me figuro, indiferente, con  una media sonrisa bajo el paraguas, mirando por aquí y por allá cubiertas de diferentes colores y tamaños, recubiertas por una capa de polvo, amarilleados, rugosos al tacto; o bien relucientes, casi nuevos. Diferentes diseños, fotografías y dibujos, tanto da, volúmenes encuadernados o ediciones de bolsillo. Tú, como buen aficionado a los libros, has aprendido a distinguir los buenos de los mediocres y de los francamente malos. Aun así, desoyes tu conciencia y sigues comprando best-sellers; siempre andas diciendo que necesitamos libros de lectura fluida, nunca demasiado sesuda, porque también estos hacen su función, porque también estos contienen grandes verdades humanas, a veces más incluso, y nos hablan directamente sin grandes dotes de erudición. No puedo estar más de acuerdo: solo necesito libros que me ayuden a vivir.

Te habías dejado las llaves en casa, así que tuve que abrirte. En cuanto traspusiste el umbral, te acercaste a mí, me rodeaste con tus brazos y me besaste; un beso largo y dulce, con sabor a gotas de lluvia. Sacaste un paquetito del bolsillo y me dijiste: “Toma: este libro es para ti”. Leí la portada: Pura vida, de José María Mendiluce. “Espero que te guste: dejó una huella en mí”. Dejó una huella en mí: no podía ser más cursi. Y entonces comprendí: sus palabras aún le queman, aún le atraviesan el alma. Historias de amor y solidaridad, como nosotros dos, como nuestro particular pacto de sangre, inaugurado hace ya unas cuantas lunas.

Acto seguido, retozamos en la cama: tu pecho contra mi espalda. Y entonces pensé: ¿qué más puedo pedir que alguien que te hace buenos regalos, pequeños detalles de vez en cuando, no solo en los cumpleaños, sino cuando más los necesitas? Si alguna vez soñé lo que es la existencia, fue así: ganas de conquistar un tiempo común, los dos juntos, deseos de compartir, sin barreras. Me gustaría tener una parada y vender libros en el Paseo de Gracia, solo por verte, o en su defecto, si no estuvieras tú, al menos tener una corte de admiradores que desafiasen como tú a la lluvia. Me gustaría que nadie me quitara estas noches de un amor que inventa, que hace emerger un sol de enormidad, un sol amigo que vuelve a salir después de haber llovido,  dándonos una tregua antes del frío que ha de venir.