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ALGUNAS CERTIDUMBRES

Las mil luces de los pisos de viviendas que se pueden contemplar en lontananza se encienden casi al unísono. Sentado en un banco del parque, veo anochecer. A primera hora de la tarde cuando llegué, la luz primaveral iluminaba los parterres de césped y los chorros espumosos del agua estancada brotaban como salidos del corazón de la tierra. En este momento, a excepción de un par de parejas jóvenes con sus perros, no hay nadie más. Antes, había un poco de animación, pero no mucha. El parque se parece más a un desierto que a un lugar de encuentros. ¡Ojalá mi vida se rigiera en todo momento y circunstancia por este mar de placidez!

El camino de vuelta deja de ser bonancible y se torna peligroso: es el turno de los borrachos; de los borrachos, de los tahúres y de los facinerosos. Las tabernas se van llenando de parroquianos que, tras una larga y penosa jornada laboral, desean olvidarse hasta de su sombra. Me doy prisa por salir de ahí. En el mismo anochecer, es como si habitase un macabro teatro de guiñol, con el fantasma de la guadaña y el payaso reidor que da más pena que risa. Paso por delante del garaje, ahora desmantelado, en el cual, durante más de veinte años, moraron el Renault 5 rojo, primero, y luego el Ford Fiesta blanco, conducidos en diferentes épocas por mi madre; el Renault de mi infancia y el Ford de mi adolescencia.

Una vez en casa, empieza el ejercicio: valorar lo que tengo y no lo que anhelaría, lo que me falta. Y encuentro algunas certidumbres a las que aferrarme: esta mesa, los cuadernos abiertos, la pantalla blanca del ordenador. Estos volúmenes, que me recuerdan a los colocados en las estanterías de mis amigos. La ingenuidad de saberme, ahora sí, a salvo de la noche. Hace tiempo escribí unos apuntes, lejos de casa, sin trasponer más que el umbral de la memoria, de cómo recordaba mi habitación; y, más tarde, comparé ese recuerdo con la realidad. Y observé cómo edulcoraba el espacio; cómo imaginé cosas inexistentes, tal vez aquello que deseaba tener: la estancia ideal. Los detalles de mi mundo, sobrevalorados.

¿Acaso estoy soñando todo lo que veo? ¿Acaso mi percepción de las cosas es diferente de las de los demás? ¿Acaso esto se parece al show de Truman? No es hora de hablar ni de la filosofía empirista de Hume ni de los imperativos categóricos de Kant. Aún no he cenado y necesito pequeñas certidumbres antes de ir a dormir. Me encierro en mi cuarto; nadie más me molesta. Me preparo la cena y, justo cuando oigo el chirrido de las persianas del bar de abajo, observo frente a mí, tras un traslúcido cortinaje, una figura que no logro distinguir bien. Enciende la televisión, su parpadeo me deslumbra; supongo que va y viene de la cocina hasta la sala de estar, que espera a su novio, y le sorprenderá con una ensalada de quinoa y bacalao al horno. Pequeñas certidumbres de los sentidos.

Sé que mi vida apenas me ofrece garantías; estoy en medio de la ciudad y a lo único a lo que puedo aspirar es a no soñar más de la cuenta y a pisar firme. Veré de nuevo Hannah y sus hermanas en el ordenador. Woody Allen, el maestro en describir matrimonios psicológicamente fracasados, despierta una tolvanera de emociones.  Imagino que yo soy el actor de esta película y que observo mi vida desde el otro lado. Y concluyo: no se está tan mal aquí, en mi piso, con mis trastos. Es la mejor, la más limpia y reconfortante certidumbre. Y no es poco.

EL MONUMENTO A LA AMISTAD

Llevo días soñando con dragones de cola larga que me persiguen con el fuego de sus entrañas. Tengo un remedio a mis espantos: me olvido inmediatamente de estas pesadillas, pensando en mi amiga Gloria y en los amigos que, como el vino añejo, están bien guardados en el odre. Dentro de mí, en la biografía secreta de la sangre, protejo estas viejas amistades, que me siguen provocando consuelo, refugio, salvación; nadie las previó, tan solo se cruzaron conmigo por azar.

amistadA Gloria, profesora de lengua y literatura hispánica durante los años que cursé en el instituto medio, tuve la suerte de reencontrarla más tarde, cuando acababa la universidad: fui hasta ella, pidiéndole consejo para unas poesías que había escrito; tenía la certeza de que me ayudaría. Y así fue. Desde entonces, muy a menudo, quedamos en un bar al lado de su casa y nos explicamos nuestras cosas, lejano el trato distante entre alumno y profesora. Le pregunto mis dudas, mis proyectos futuros, y ella me escucha, atenta, con una sonrisa en los labios.

La literatura fue la excusa perfecta para nuestros encuentros. La literatura, que inspira, acoge y relaciona a las personas, sin estridencias y sin el calor enfervorecido de los debates televisivos. Nada más perdurable que el arte, que la literatura. A través de ella, Gloria se ha convertido en mi mentora, la primera en leerme, en esta época ensimismada de Whatsapps efímeros, de puro frenesí en la ciudad.

En el silencio y en el murmullo de la conversación, me ofrece el impulso poético, la fuerza de la alegría, sin máscaras. Pocas personas me han ayudado tanto en mi corta andadura, con su mucha paciencia, con su mucho interés. Perdidos muchos paraísos en mi periplo vital, la amistad literaria de Gloria se mantiene como un mástil ante la marejada.

Ya lo digo siempre, aunque nadie me haga caso, lejanos, en otras batallas, más vanas, como el amor a los negocios y el amor al fútbol: habría que hacer un monumento en la ciudad a las provectas amistades, a los viejos amigos que nos sostienen en las horas difíciles, al otro lado del teléfono, en la distancia. El monumento a la amistad tendría que llamarse, el monumento a los que, como la fotografía o el celuloide, se imprimen en nuestra memoria, más incluso, dotándola de misterio y grandeza. Pido a todos que mi epitafio sea este: “Quien se entregó y fue gratamente recompensado por los amigos, el mejor de los regalos de la vida”. La amistad, más segura que la pasión o el deseo. Ojalá lo escriban en mi tumba.