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LAS ALAS DE UNA MOSCA

La noche pasada soñé que fundaba, junto a una amiga de la infancia, La escuela de Van Gogh, una revista artística y literaria en que cedíamos la voz a diferentes creadores y movimientos contemporáneos. Nos reuníamos y discutíamos los temas, las portadas, los artículos, los reportajes. Todo surgió, probablemente, a raíz de haber visto, antes de ir a dormir, el cuadro Los comedores de patatas, en donde el pintor holandés del mismo nombre nos hace partícipes de la comunión entre personas y nos hace reflexionar sobre la maravilla de pertenecer a una comunidad humilde.

Los comedores de patata
Los comedores de patata

En esta revista, mi amiga y yo reivindicábamos las estructuras rotas, inacabadas, póstumas, el gesto efímero del creador en la corriente arrolladora y casi eterna del arte. Reivindicábamos una suerte de radical espiritualidad: los restos de la Acrópolis ateniense, de la Victoria de Samotracia, el body art de Ana Mendieta, el espíritu ropavejero de Michelangelo Pistoletto o los últimos poemas fragmentarios de Ingeborg Bachmann.

Reivindicábamos las arrugas, las huellas que se marcan en nuestro cuerpo y en toda obra como nuestra expresión, nuestros reflejos más vivos; el triunfo apenas unos instantes, por así decirlo, sobre la muerte. Creíamos que en ese arte se reflejaba mejor la condición humana de los que no temen. Íbamos directos al corazón, sin escondernos.

Escribíamos también sobre el arte povera, el último gran movimiento vanguardista del siglo XX: el material primario, el objeto sin subterfugios. Lo rico contra lo pobre: lo industrial contra lo artesanal. Escribíamos sobre los materiales espirituales, deudores de San Francisco de Asís y del teatro de Grotowski; sobre el desposeimiento físico en la escena, la expresión del ser en su intento de eliminar de raíz lo superfluo, en las antípodas de la obra total wagneriana. Deseábamos, con una fuerza inusitada, la destrucción del mundo burgués. Deseábamos la riqueza en la pobreza, la utopía que sostuvo el alma revolucionaria de tantos artistas.

Después de este sueño convulso y místico no se me ha ocurrido otra cosa que firmar esta columna sobre el individuo que hace consciente, que atisba el final. Una oda a favor de la naturaleza en comunión perfecta: el instante del amor y el deseo de superar el miedo de la ausencia, tema tantas veces repetido y tan caro a toda representación. Me reafirmo así en la creencia de que vivir se parece al arte por su búsqueda continua, por su deambular en lo inexplorado, desde la simplicidad; mezclándose, contaminándose la voz y el gesto del autor con las voces y los gestos de su entorno. Podría decirse que es la superación del propio vacío, el verdadero camino transitable de la vida que, no debemos olvidar, es pequeña y quebradiza como las alas de una mosca.