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OTRO INVIERNO EN MI ESCRITURA

El invierno, más allá del frío, es la metáfora del abandono, del dolor, del final de la vida. Hoy, en la estación del año más rigurosa, en el mes más gélido, me dispongo a llevar a cabo un exhaustivo examen de conciencia, y hacerme preguntas: ¿Es posible que el escritor retome su arte tras múltiples renuncias? ¿Cuánto debe escribir para contentarse, para que no se resienta su ego? En todo caso, ¿es realmente este un nuevo invierno en mi escritura?  Atravieso el páramo, los temores ante la página vacía, el no saber qué decir, la falta de constancia. Pero ahí sigo. Porque escribir no solo significa inventar, fantasear, crear mundos paralelos. Escribir es una actitud moral, vital.

¿Qué hace un escritor con sus bloqueos? ¿Cómo consigue un novelista acabar su volumen sin demasiadas injerencias del exterior? Confieso que soy un pequeño artista rodeado, subsumido por miedos e incertidumbres. A veces, me da por pensar que cuando escribo estoy perdiendo el tiempo y que más me valdría leer, escuchar música o irme a pasear por el parque  si hace sol y olvidar por un momento mi despacho, mis papeles y mis personajes; tarea completamente vana porque ya es imposible dar un paso sin su presencia.

Ha habido circunstancias que me han distanciado de las palabras, pero el deseo ha estado siempre ahí. Ha habido momentos de decaimiento, de pereza. A veces me abruma encender el ordenador, mirar fijamente la pantalla y, tras ello, trasladar unas cuantas líneas de texto desde mi cerebro a mis manos; tener el hábito de escribir todos y cada uno de los días del calendario. Reconozco que he pasado por la “flojera” de decir: no, soy ambicioso pero creo que el proyecto de una novela es superior a mis fuerzas. A menudo, he pensado en tirar la toalla. Pero entonces me digo: no, llevo desde los nueve años escribiendo; te has pasado media vida con la lícita y sabia intención de convertirte en narrador al servicio de la comunidad, para los que apuesten por ti.  Sé que esa afición me viene de lejos y que ahora no puedo echarme atrás. Debo continuar, me repito. Es necesario que haya escritores como tú, que aspiren a contribuir al establecimiento mínimo del orden público. Cuanto más tiempo ha pasado sin trazar letras en el cuaderno, más se ha acrecentado mi pasión.

En muchas épocas he leído más que escrito; aun así, he procurado tomar notas cuando viajaba, mientras cocinaba o veía la televisión. Leer, estudiar, meditar, para volcarlo luego en mis libros. Si solo leyera, no tendría donde trasladar lo aprendido; no podría “conocerme a mí mismo”. Cada palabra leída tiene un trasvase en mi estilo. De igual forma, si solo escribiera, me sentiría mucho más expuesto al escrutinio de los lectores: sería como lanzarme  a una piscina sin agua. El escritor, como el músico, como el bailarín, se lo juega todo en su arte. Se nota cuando el escritor es pobre en lecturas; cuando se ha precipitado con el final o en las páginas en que ha escrito con desgana. De todas formas, un narrador se salva, aunque haya leído poco y mal, aunque su estilo sea pobre, si en su obra se esconden verdades humanas. Eso es más importante que el estilo que pueda desarrollar. Lo mejor, con todo, es llegar a una cierta armonía.

No desearía desanimar al futuro escritor. No está de más repetir que sí, que se trata de un oficio fascinante, pero que es duro: requiere esfuerzo incontable, tesón; no se escribe solo del aire, o alimentado por los vientos de la fama y del dinero. Por eso es bueno meditar, de cuando en cuando, en tiempos difíciles, en el invierno que parece que no vaya a acabar nunca. Nosotros, los amanuenses recluidos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, dejamos de anotar, hacemos un alto en el camino y decimos: ya llegó otro invierno más; la sola estación del año, la más propicia para desbloquear la mente de falsas creencias: escribir es saludable.  Debemos advertir, también, nuestra responsabilidad. Escribir es un arte elevado. Con las palabras no se juega ni se regalan al mejor postor. No sé de los demás, pero yo sé que jamás venderé mis palabras a nadie por ningún plato de lentejas.

EL DESEO SUBJUNTIVO

Todos sabemos (o deberíamos saber) que el subjuntivo verbal es el tiempo gramatical del deseo, de los miedos y de la duda. Por desgracia, tal y como está constituida nuestra sociedad, hecha de extrañas servidumbres, de falsa seguridad, de hechos solo verificables, se hace prácticamente imposible recordarlo o tenerlo en cuenta. En el intento de borrar toda incertidumbre, los hombres y mujeres echamos más mano del indicativo: soy, era, seré, sea, habré sido. Es, sin duda, lo peor que nos podría haber ocurrido, porque necesitamos medir nuestros sueños, porque son nuestras ansias, nuestros anhelos, los que nos configuran como personas.

La persistencia de la memoria (1931), óleo de Salvador Dalí

Pocos como los surrealistas, y aun los dadaístas como predecesores, sabían del amor en subjuntivo y, de cruzar, de romper, las fronteras del lenguaje en busca de libertad. Sí, fueron Breton, Éluard, Dalí o Tristan Tzara quienes democratizaron o intentaron democratizar las palabras, y “desaburguesarlas”, así, de forma radical. Los surrealistas hicieron  del mundo onírico su elemento; su prisión, pero también su catedral. Convencidos de la existencia de otra realidad, posibilitaron que el surrealismo fuera el arte vanguardista, el ismo más influyente, duradero y poderoso del siglo XX.

Requirieron, para ello, de una ética, de una moral, de la que carecieron a la sazón los dadaístas. Presentaron el vivir, nuestro vivir, como un contínuum lleno de fantasías; permitieron que el chiquillo, que sopla todas y cada una de las velas de su cumpleaños, o que el ciudadano de a pie, que come sin rechistar las doce uvas en Año Nuevo, vieran por fin cumplidas sus peticiones. Fueron capaces de llevar a la acción nuestros deseos, porque tenían fe, llegando al límite de las fuerzas y acaparando la máxima felicidad posible. Vivieron en el fuego del amor, entronizaron a la amada: un cuerpo soldado a otro cuerpo.  Todos habríamos de considerar su legado, dedicar siquiera un instante a recorrer ese refugio interior, íntimo, antes de que la realidad exterior nos aniquile; considerar la pasión, el principio motor y rector de nuestros actos. Borrar los límites entre la vigilia y el suelo, entre el espíritu y la materia.

Si leemos atentamente los poemas de Paul Éluard lo veremos: el poder de la escritura desatada, automática; el tema de la amada como el puntal de sus versos; el goce último del poeta sin principio ni final, parte infinita de cuanto ve y siente, de cuanto observa. Amo los poemas de Éluard por su rotundidad: su libre asociación de ideas me lleva a olvidar cuanto creemos sensato, obvio; a viajar por un presente indefinido y sumirme en el agua oscura de un lago espeso y profundo. Es entonces cuando puedo, cuando podríamos adquirir conciencia de que formamos parte de nuestro alrededor, de que no hay confines inescrutables y alcanzar, así, una verdadera experiencia terrena y sobrenatural.

En la misma estela de Éluard, encontramos a Dalí y a Gala, su mujer, como la diosa de sí mismo. El pintor ampurdanés la convirtió en virgen o en ser mitológico en sus lienzos. Al hacerlo, consiguió que el  mundo afluyera de sus límites, que se angostara primero y luego estallara en mil delicados relojes, luces, sombras, joyas, espejos y mares. Dalí llegó a reinar en su entorno sin complejos, allá por donde fuera, creyéndose un superhombre pero, al mismo tiempo, hizo algo que a menudo olvidamos hacer nosotros: hacer partícipes a los demás de sus dudas, de sus deseos; interpelarlos como interlocutores vivos, válidos. Gracias a la magia de su arte, estos se tornaron experiencia pura, auténtica, vivida. Deberíamos contemplar más a menudo estos poemas, estos cuadros, “vivirlos por dentro” y sumergirnos así de lleno en sus palabras, en sus pinceladas; disfrutar del festín de la existencia. Ser, en definitiva, “surrealistas”, siquiera por un día, siquiera por instantes, decantar  nuestras copas en el paladar y beber más intensamente el vino de la vida.

ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.

EL MONUMENTO A LA AMISTAD

Llevo días soñando con dragones de cola larga que me persiguen con el fuego de sus entrañas. Tengo un remedio a mis espantos: me olvido inmediatamente de estas pesadillas, pensando en mi amiga Gloria y en los amigos que, como el vino añejo, están bien guardados en el odre. Dentro de mí, en la biografía secreta de la sangre, protejo estas viejas amistades, que me siguen provocando consuelo, refugio, salvación; nadie las previó, tan solo se cruzaron conmigo por azar.

amistadA Gloria, profesora de lengua y literatura hispánica durante los años que cursé en el instituto medio, tuve la suerte de reencontrarla más tarde, cuando acababa la universidad: fui hasta ella, pidiéndole consejo para unas poesías que había escrito; tenía la certeza de que me ayudaría. Y así fue. Desde entonces, muy a menudo, quedamos en un bar al lado de su casa y nos explicamos nuestras cosas, lejano el trato distante entre alumno y profesora. Le pregunto mis dudas, mis proyectos futuros, y ella me escucha, atenta, con una sonrisa en los labios.

La literatura fue la excusa perfecta para nuestros encuentros. La literatura, que inspira, acoge y relaciona a las personas, sin estridencias y sin el calor enfervorecido de los debates televisivos. Nada más perdurable que el arte, que la literatura. A través de ella, Gloria se ha convertido en mi mentora, la primera en leerme, en esta época ensimismada de Whatsapps efímeros, de puro frenesí en la ciudad.

En el silencio y en el murmullo de la conversación, me ofrece el impulso poético, la fuerza de la alegría, sin máscaras. Pocas personas me han ayudado tanto en mi corta andadura, con su mucha paciencia, con su mucho interés. Perdidos muchos paraísos en mi periplo vital, la amistad literaria de Gloria se mantiene como un mástil ante la marejada.

Ya lo digo siempre, aunque nadie me haga caso, lejanos, en otras batallas, más vanas, como el amor a los negocios y el amor al fútbol: habría que hacer un monumento en la ciudad a las provectas amistades, a los viejos amigos que nos sostienen en las horas difíciles, al otro lado del teléfono, en la distancia. El monumento a la amistad tendría que llamarse, el monumento a los que, como la fotografía o el celuloide, se imprimen en nuestra memoria, más incluso, dotándola de misterio y grandeza. Pido a todos que mi epitafio sea este: “Quien se entregó y fue gratamente recompensado por los amigos, el mejor de los regalos de la vida”. La amistad, más segura que la pasión o el deseo. Ojalá lo escriban en mi tumba.