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VIRTUDES INSÓLITAS

La filantropía es un arte nada contemplativo. Exige del que lo practica una entrega total. Ser paciente, comprensivo; deponer todas las espadas, todo litigio. ¿A quién le importa hoy ser filantrópico? ¿Quién merece el título de “ayudante del prójimo” de cuantos nos rodean? En el universo de egoísmo imperante, necesito volver, en estos días de estío, a esas personas que hicieron que fueran mejor mis horas, aquellos lejanos agostos de Sitges.

Aún pienso en gente como Doña Petra. De eso hace más de treinta años. Hace mucho que ella ha pasado a engrosar el paraíso de los artistas, lejos de todos nosotros. Era, en su diminuta, delgada y frágil estatura, en su aparente insignificancia, grande. Grandiosidad en su pequeñez. Ya habría cumplido los setenta y cinco o tal vez ya rondaba los ochenta. Vivía en un sobreático, con sus dos perros y cinco gatos, y hacía esculturas de terracota que luego vendía o regalaba. Su rostro estaba cuarteado por las mil y una exposiciones al sol, tal vez como una escultura más. Llevaba siempre una pamela, y su pareo y su falda floreada, por encima del bañador; mientras pasaba por la playa, por los jardines de la urbanización o por la piscina, dejaba a su paso una estela de perfume caro. Nos llevaba en su Citröen al pueblo y allí compraba todo lo necesario para alimentar a sus mascotas o para freír pescadito fresco. Se hablaba de ella en cualquier corrillo, su nombre siempre venía a las mientes. Doña Petra por aquí, doña Petra por allá.

Doña Petra, la tía Petra, la abuela Petra, fue la mujer más filantrópica de Sitges que yo haya conocido. La que se rumoreaba que era pariente lejana de Picasso, (¿o era de Rusiñol?), dejaba su impronta en la grava de los caminos, ante cuantos estábamos allí, fieles testigos de su presencia.  Que fuera descendiente de artistas nunca se probó, pero daba buena cuenta de su recia cuna y de su impecable educación artística. Tanto en la manera en que cogía una cuchara o un bolígrafo o una cámara de fotos (siempre estaba haciendo fotos), su delicadeza y su magia se transmitían a sus manos, al contacto con los demás.  A ella acudían hordas de niños; su hamaca en la playa pronto se rodeaba de ojos y bocas y gritos y risas. La tía Petra fue soltera toda su vida, por lo que seguramente tenía necesidad de un público joven al que dedicarle sus cuidados. A esos muchachitos imberbes les compraba helados y los invitaba a comer a su casa. Yo era muy tímido y muy chico entonces y apenas si crucé algunas palabras con ella, pero ella me regaló sonrisas y helados como al que más.

Las horas de calor son menos con estas rememoraciones. ¡Aquella colección de cromos de marcas famosas! ¡O la de caricaturas! Nos reuníamos en la sombra, junto al ruido de los aspersores de agua, mientras allá, a lo lejos, sonaban las campanas de la iglesia. Tal vez, había un cromo muy difícil de conseguir, y lo cambiábamos por un par o tres más corrientes. Pero siempre, siempre, la comidilla de esos corros era la tía Petra. ¿Dónde estará? ¿Ya te ha regalado algo, tal vez algún cromo? Ella estaba ausente y presente, a un tiempo. Nunca vi que tuviera enemigos.

Hete aquí el misterio del pasado. Dicen que lo edulcoramos, que envolvemos los recuerdos con una capa protectora. Sí, ¿y qué hay de malo en ello? El pasado está hecho a la medida de nostálgicos como nosotros. Puede ser más filantrópico, mágico y soleado que el presente, ¿por qué no? En la solana de los veranos, la terraza enjalbegada, el césped recién cortado, el olor de las piñas de los árboles, de las palmeras intentando alcanzar el cielo, todo tiene un color, ¿cómo decirlo?, dulzón, que a la vez consuela. Enajenados por la canción del momento, recurrimos a ese abismo de felicidad y completud. Definitorio de nuestro carácter, personajes como doña Petra, nos ayudan a vernos en ese pasado, a conocernos mejor a nosotros mismos, quiénes fuimos y por qué valió la pena vivir.

No me gustan los panegíricos de ninguna clase, de nada ni de nadie; me “encienden” las grandilocuencias y las expresiones vacías, falsas. Por eso vuelvo a doña Petra, vuelvo a esos veranos en los que la indolencia nos protegía de la realidad de allí fuera a los chicos y chicas de la urbanización. Los recuerdos nos retan; nunca desafinan del todo, porque los adornamos, les quitamos la pátina que la distancia de los años ha depositado en sus fotografías. Merecemos tener solo buenos recuerdos, claro. Pero es que los malos se entrometen, y hemos de huir y volver a escuchar el timbre de voz de esas personas que nos alegraron la infancia. Ya no sé si es que hoy estaba muy inspirado y todo esto del pasado es irreal. Ya no sé si nada de todo esto es inventado o casi inventado. Al fin y al cabo, la memoria nos juega, en ocasiones, malas pasadas. Sin embargo, espero que aún existan doñas Petras en el mundo, porque la filantropía es, a día de hoy, poco menos que un conjunto de virtudes insólitas.

CULTIVANDO LA FLOR DE LA SOLEDAD

En su último libro publicado en España, Haruki Murakami afirma: Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. Así es: además de lápiz y papel, o portátil, el creador necesita toneladas de aislamiento. Aislarse, “irse a una isla”, para que nada se interponga entre él y su obra. No debería subestimarse tanto la soledad. No pertenece a un oficio subalterno, no es inferior en categoría al resto de emociones. Los escritores la provocamos, hasta nos recreamos en ella; llegamos a tener una relación obsesiva, casi enfermiza. Pero es que si, al final de nuestra vida, nos daremos de bruces con la muerte, metáfora de la soledad más grande, ¿qué mejor manera de ensayar nuestro encuentro con ella sino a través del arte y de las palabras?

A menudo, la soledad es el precio que pagamos los seres humanos por estar condenados a no entendernos, a la incomunicación. Hay personas que buscan continuamente la compañía de los demás, y que para ello las manipulan a su antojo. Otros buscan paliarla con el alcohol, con los recuerdos del pasado: todos ellos no se enfrentan a ella verdaderamente; es más, la rehúyen. En su inconsciente, detestan, tienen miedo a la soledad.

La “verdadera” soledad va por otros derroteros. Nuestra hermana soledad es ese amigo que crece en la sombra: la necesaria para la creación. Al artista no le queda más remedio (aunque luego la sarna ya no le pique, como suele decirse) que buscarse un lugar umbrío y, desde allí, dirigirse a un lector o espectador que sea, en la distancia, capaz de identificarse y de empatizar.

Ahora, esta soledad particular, “mi” soledad, es la banda sonora de mi vida. La busco y la lleno de palabras, pensamientos, poesía. Y deviene una flor natural, no artificial. No me hace falta el apoyo ni la conmiseración de nadie: soy un actor monologuista que recibe finalmente la ovación del público, pero cuya actuación es valiente porque sale al escenario sin nadie más. Solos él y el foco de luz; el resto de la sala queda en penumbra.

A mí, por así decirlo, la vida me ha otorgado muchos momentos de bonanza solitaria. Son esas pequeñas alegrías que, indefectiblemente, obtiene el creador cuando va avanzando por su obra, especialmente en su reescritura, superadas las primeras tentativas infructuosas; el camino a esa felicidad escurridiza que todos anhelamos alcanzar. Ya sea porque no tiene más remedio, el creador es uno de los seres solitarios más felices, un perfecto “lobo de mar”. Yo no deseo renunciar al placer que consigo cuando me quedo toda una tarde en casa solo y dejo desenchufado el teléfono. Mi casa, con mis libros y libretas, mis CDs y mi mini cadena, siempre me ha abierto los brazos. Ser hijo único consiste en eso, básicamente; los momentos de mayor confusión y ajetreo se dieron en mi infancia, en los recordados cumpleaños, con mis compañeros de colegio comiendo los sándwiches y bebiendo Coca-Cola en vasos de plástico transparente. O cuando mi abuela aún vivía y recibía con frecuencia al resto de la familia, y pasaban horas y horas charlando, y yo los veía, callado, en los ratos en que descansaba de estudiar y acudía al salón. No me lamento de mi suerte, puesto que, no tener hermanos, estar solo todo el tiempo, me acabó convirtiendo en escritor.

Me gustaría tener un diapasón que midiera las pulsaciones de mi soledad. Yo soy mi sombra y mi soledad, me confundo con ellas, y eso que gano cada vez que pergeño historias, artículos o novelas ante  el folio o la pantalla en blanco. Solo así, en ese refugio que tiene tanto de guarida o de cueva sagrada, puedo consagrarme a mi oficio con la devoción y la dedicación necesarias, la mayor entrega para que el futuro lector oiga mi voz y, así, establezca telepáticamente una conversación conmigo. Más allá del elogio de los críticos, atesoro esos momentos mágicos en mí que, nadie, nadie, jamás me arrebatará.

ROSES I ESPINES

A les primeries del segle XX, la Història de l’Art va viure el revifament de l’autoretrat de l’estirp de Rembrandt, el preludi de l’expressionisme, el recer on abocar la forta personalitat dels creadors. Com l’obsessió per retratar-se del pintor vienès Egon Schiele. A cavall entre dos segles, Schiele va arribar a una plena maduresa pictòrica, estroncada amb la mort als vint-i-vuit anys a conseqüència de la grip espanyola de 1918. Schiele creia, pensava, o se sabia, dotat d’una profunda “missió artística”. La seva obra respira i es debat entre els somnis, el maremàgnum dels cossos i les contorsions de l’ànima. Missatges tèrbols dins de les nines dels ulls, en les mans convulses, en els colors llampants dels vestits: són aquestes, i no unes altres, les seves empremtes digitals.

El seu isolament, d’altra banda un mal necessari per a tot bon artista, era màxim. Quan la seva mare va convertir-se, de la nit al dia, en cap de família arran de la mort del marit, Schiele va patir la seva enorme crueltat. Com un fantasma, el perseguia. Li va destarotar la seva plàcida existència, i això els va distanciar força. A més, les desavinences amb algunes dones, amb les quals s’hi va casar o hi va viure, el van acabar d’ensulsir. Els seus quadres traspuen veritat humana, toquen de peus a terra; són les espines que li punxaven els dits, fets poesia, roses per a la contemplació.

          Per parlar del desvari, del desarrelament, de la ment alhora problemàtica i prolífica, hom podria haver triat Van Gogh, Munch, Emil Nolde o qualsevol pintor expressionista del període d’entreguerres, a la mort de Schiele. Però precisament Schiele s’avé a la fragilitat, el turment i alhora la recerca de l’alegria, si més no artística i estètica, que envolten els artistes i els pintors per antonomàsia. El seu vessant autobiogràfic ens desvetlla la seva genialitat fins a esdevenir ell mateix un altre Narcís. Les petjades arriben a reflectir-se en un mirall, el nostre mirall a la fi, quan ens l’apropiem amb la mirada, quan l’interioritzem, quan veiem les seves litografies en un llibre o en el museu. És la cal·ligrafia dels seus quadres: com si dialogués amb nosaltres i, alhora, conversés amb si mateix. El jo del present i el jo del passat, posats a prova.

Això em recorda a l’ evolució de la meva pròpia grafia, des que no feia servir l’ordinador i escrivia a mà per trobar els trets propis fins ara. Els quaderns que encara conservo de l’etapa escolar i adulta fan palesa aquesta evolució: primer, una lletra ben rodona; després, més allargassada. Només ara en sóc conscient. Per què ha canviat?, em pregunto ara constantment. I em contesto que, potser, és una evolució natural que tothom o quasi tothom experimenta al llarg de la vida. Ara sóc un altre, vet aquí. Els artistes innoven; no es queden congelats en la rialla, la tristor o l’èxtasi que respiren les paraules i les pinzellades. Aquests quaderns polsosos són la matèria primera que ara mateix deixa entreveure la infantesa perduda, o la muntanya dels desitjos no acomplerts, o el brogit de la vida universitària. Quantes coses s’hi desvetllen per mitjà de la cal·ligrafia! Igualment passa amb la pintura. La forta personalitat turmentada de Schiele es veu reflectida, primer, en els retrats verticals de mans ossudes, tensades i fràgils fins al límit, dels retrats de nus; i després, de forma força diferent, en retrats més benèvols, menys melancòlics: com la parella abraçada entre llençols rebregats o la dona asseguda amb la brusa verda sense mànigues.

Egon Schiele va crear un món sense mai edulcorar-lo, una “cal·ligrafia” menys o més harmònica. Mira de no punxar-te amb les espines quan compris les roses que ara t’encarrego! Mira, marrec, de gaudir de l’olor a camp segat dels seus pètals! Mira de viure consolat per la seva bellesa! Això és el que ens diuen els retrats d’Schiele; ens interpel·len per salvar la inabordable amargor de la vida. Com hagués estat la seva obra posterior? No ho sabrem mai. No importa tampoc: queda la seva obra acabada per alegrar els nostres ulls, reflex del seu interior, més convuls o més tranquil, que només ell podia pintar  i que només nosaltres, un segle després, podem i hem d’ admirar amb tota la seva fecunda força.

ALMODÓVAR, ESE DIOS PAGANO

Hoy le toca el turno al cine, el río más caudaloso de nuestro siglo pasado; el arte que, quizás, más haya dado de qué hablar y acaso de comer. El corro de la patata de los mediocres queda, lógicamente, muy lejos del director que hoy nos ocupa.  Afinando: gran parte de cuanto sucede hoy en este mundillo, al menos en el panorama español, se lo debemos a Pedro Almodóvar. Vadeando el río, alcanzando casi todas las otras orillas, las de terrenos aún no inventados ni frecuentados, mezclados con sabiduría: lo kitsch de Fassbinder y lo sublime-grotesco de Fellini; el elogio de la palabrota y de la hibris, ya en los inicios de nuestra joven democracia. Así, floreció y sobresalió, de entre sus coetáneos, el genio de la “movida madrileña”.

Cartel de la película Hable con ella (2002)
Cartel de la película Hable con ella (2002)

Su ya extensa filmografía (veinte películas hasta la fecha), podría dividirse en tres etapas, del todo aleatorias, alguien podría discutir; sin embargo, son necesarias si queremos ahondar en sus justos términos. Empezaría por la de los años primerizos, desde Pepi, Luci… hasta Átame, sin mucha pena ni gloria: tugurios, un lagarto, un capote, una sala de doblaje y unas cuerdas atadas al cuerpo; el tablao primitivo. en definitiva, de una matinée algo caótica. Artista o bailaor, su obra está aún en ciernes, ni vocea ni baila bien del todo.

Una segunda etapa quedaría reservada a películas que van curtiendo al director para llegar a alcanzar la cima de su estilo: Tacones lejanos, Kika, La flor de mi secreto y Carne trémula. Son el ensayo, la mesa de disección de cadáveres, el castillo de artificios posterior, el de la plena madurez.

La última etapa, la que considero más acabada, más perfecta, se compone de cuatro obras maestras, los cuatro caballos de batalla del auriga (el mismo Almodóvar) que suben hasta el cielo y se confunden, finalmente, con la Osa Mayor: Todo sobre mi madre, Hable con ella, Volver y Los abrazos rotos. El cineasta manchego decide, a partir de un cierto día, iluminado o bien aconsejado, ir a buscar la miel de las abejas obreras que liban la flor: la exquisitez. En estas cuatro películas, consigue la perfección, que los diversos elementos de su estética (esto es, a parte de la interpretación: la música, el decorado, el vestuario, el maquillaje, la fotografía…) conjuntaran como un pijama multicolor para el ritual nocturno de los sueños (era inevitable que la palabra “sueño” volviera a aparecer).

Quizás, alguien le daría un consejo de amigo: le daría una palmada en la espalda, animándolo, convenciéndolo de que sus películas debían ir más allá del mero oficio, más allá de lo popular, para convertirse en el retrato más o menos fiel, más o menos libre, de la gente, de las mujeres, sobre todo; de nuestra sociedad, ¿por qué no? Todo para que llegara a captar, dentro de lo local, lo más universal y fuera del tiempo: el regusto amargo del vivir. ¿Qué seriamos nosotros sin el espejo fidedigno, reflejo directo de nuestros kilos de más, de nuestra flaccidez? Entenderlo es entendernos.

No quisiera abandonar esta columna sin dejar de decidirme por una de sus obras, la que justamente le dio su primer Oscar: Todo sobre mi madre. La he visto en DVD una infinidad de veces, y no creo que me canse jamás. Los dioses paganos descienden entonces a la Tierra (quizá alguien se exclame: ¡qué exagerado!, pero es cierto), o, a lo mejor, este buen director es un dios pagano, es Cupido, y va asestando saetas (o bofetadas, da igual) a diestro y siniestro; y así da en reflejar los aspavientos y la sinrazón de la vida amorosa, y la evitable o inevitable búsqueda de la felicidad. Vaya aquí mi pequeña contribución a uno de los mejores rejoneadores de nuestra cultura.

 

LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.

UNA MAÑANA CON JOAN MIRÓ

Llego a esta biblioteca con afán de conquista; tengo un apetito insaciable. Me dispongo a hacer primero una visita de reconocimiento. Me paseo por sus distintos pasillos: arte contemporáneo, fotografía, cine. Respiro hondo como si me insuflase de aires nuevos, como si estuviera en las montañas y quisiera llegar hasta la cima nevada. La luz del exterior se filtra y, a través de la ventana, ilumina mis pensamientos. Vengo aquí con mi ordenador portátil, mi libreta, un bolígrafo para trabajar a mis anchas; se conoce que las estanterías de caoba me inspiran. Me coge desprevenido: no llevo la máscara puesta que me protegería de los espíritus librescos.

¿Por qué he ido a parar a este estante y no a otro? ¿Por qué la vista se ha detenido en este volumen? El arte llama al arte. Pasillos y pasillos de sobrehumana fuerza, bosques frondosos de palabras no me impiden llegar hasta un libro de lomo grueso de ilustraciones a todo color y tipografía esmerada. Tal vez no pueda dar respuesta a mis interrogantes sino con la sorpresa, el misterio. Tal vez estaba destinado a curiosear un monográfico de Joan Miró puesto que en mi infancia acudí a una exposición antológica de su obra.

miroSoy el buscador de constelaciones. A Miró le preguntaron en una ocasión: “¿Qué camino piensa que debe tomar la pintura?”, a lo que el maestro contestó: “Volver a descubrir la fuente del sentimiento humano”. Ese es mi universo, el paisaje onírico de mujeres y pájaros, cosmogonía que tanto amé, sin comprender del todo, en mis primeros años; es el juguete de la luz, las ilusiones de la infancia, mezcladas. Con Miró accedemos a esa fusión con lo maravilloso. El artista puede llegar a ser un filósofo pero nunca es un mero sanador sino el testigo envidiable de un rompecabezas, más allá de la vida, que se ve reflejado en formas panteístas. El artista debe y puede ser uno de los más avispados mediadores entre el ciudadano y el mundo.

La realidad se reproduce a través de otro cristal en esta biblioteca; la tamiza, dejando tras de sí una estela poética en este día. Los maestros me llaman; los bibliófagos debemos acudir a esa llamada que tan a menudo desconocemos adónde nos llevará. Miró era un artista que supo reflejar en su obra como nadie el deseo telúrico con su visión cósmica, original, única. Su estilo es un lenguaje vivo, fresco, universal, además de un compendio de saberes vitales. Tengo la nariz impregnada de los colores de sus cuadros. Espero que me acompañen largo tiempo, que sean parte indisociable de mí en mis paseos espirituales.