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VIEJOS MENSAJES

De base cuadrada, con los auriculares grandes y pesados, aún se yergue majestuoso entre un sinfín de cajas de cartón, entre muñecas de porcelana, licuadoras, máquinas de coser y alfombras con olor a naftalina. Cubierto bajo una capa blanca y fina de polvo, está ahí, en el trastero, inerte, sin que suene.

¡Qué compañía más deliciosa en las tardes solitarias! Hace cosa de veinte años rugía y rugía, mientras mi madre o mi abuela se apresuraban por el pasillo, sin apenas aliento, para contestar, y ante el cual yo me cohibía, un niño tímido y vergonzoso. El viejo teléfono negro, con la noria de plástico transparente sobre la esfera nacarada, por la que deslizar el índice derecho para marcar un número y obtener línea.

teléfonoAhora, apenas en casa nos comunicamos con el fijo, arriba y abajo con los móviles. Aquel mundo forma parte de mi historia lejana, y aun de mi prehistoria: ¿cuántos se habrán admirado de su solícita presencia a lo largo de los años? ¿Acaso lo compró mi abuela a precio de saldo? ¿O tal vez fue un regalo hecho por mi abuelo para deslumbrar a su mujer? No sé si ya existía en tiempos de mi abuelo Julio, antes de que la muerte, un día frío de diciembre, se lo llevara a la tumba. Tal vez sea más joven este teléfono (y nótese que le añado características humanas porque se convirtió por derecho propio en un miembro más de la familia). A uno le gusta imaginar que es mago y posee una varita mágica que transforma el mundo actual por uno más antiguo, que algunos creen erróneamente caduco y que no puede aportar ya sustancia a la cotidianidad, que pertenece a los antepasados y nada más. Un viaje al pasado que conlleva “consecuencias” para el alma del artista.

Recuerdo las voces, todas y cada una de ellas, las de mi casa y las que sonaban desde el otro lado. Cuando mi madre llamaba a sus hermanas. Cuando algún compañero de clase me llamaba para preguntarme algo acerca de los deberes. Nuestras vidas tenían un centro, giraban alrededor del teléfono. A falta de móviles, ordenadores, minicadenas o lectores de dvd, nuestra ilusión era escuchar su timbre en medio de la tarde o a primera hora de la noche, casi nunca por la mañana, y probar a adivinar quién era. Y yo me pregunto: abrumados por la hipertrofia de mensajes desde todas partes del planeta, ¿no hemos perdido la dirección de quién somos y qué queremos? Una vieja nostalgia a mis espaldas dirige mis pasos hacia el desván, me conmina a descolgarlo e improvisar un ¿diga? para hablar con alguien desconocido, mi propia sombra en la pared, tratando de volver a mí, a mis deseos, esperanzas y miedos; viejos mensajes, viejas voces que me llaman, aquí.