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TRAICIÓN AL DESCONOCIDO

Desconozco su nombre, pero es igual: para escribir esta columna no hará falta saberlo.  Incluso saldré ganando, porque podré usar mi imaginación con más libertad que si pergeñara una crónica periodística. Para empezar mi relato, diré que casi cada mañana me lo encuentro en este bar, adonde acude, a la misma hora que yo, para hacer su descanso de las once. Se sienta en la mesa del fondo, la más apartada del mostrador, y se toma un cruasán y un café muy cargado y humeante (que intuyo que es ya el segundo del día) abstraído por las imágenes de la telenovela venezolana de la pantalla de televisión, encendida, casi perpetuamente, desde que el local abre hasta que cierra.  Allí, aislado de los demás, ni siquiera se percata de que lo observo. Yo no llamo jamás la atención, apoltronado, leyendo el periódico, como quien no quiere la cosa, en el rincón opuesto a él.

Trabaja como recepcionista en el hotel de la calle próxima al bar, a dos minutos de Las Ramblas, en pleno corazón de la ciudad. Lo he visto dirigirse a él, sin prisas, de vuelta de su descanso, en infinidad de ocasiones; lo he visto de pie, en la recepción, hablando con los nuevos clientes, las veces que paso por esa calle camino del metro, si tengo que hacer algún recado por el barrio. Intuyo que se gana bien sus honorarios. Quizá me esté precipitando: el que vaya bien mudado no signifique más que la obligación que le imponen sus superiores.

cafeLe noto un aire relajado en la mirada; parece sereno, feliz, mientras contempla la caja tonta. ¿Acaso se ha enamorado de la infeliz protagonista? Tiene un algo reservado, por debajo de su afabilidad, su sonrisa. Me hago infinidad de preguntas; tal es el defecto de que adolezco por ser periodista: ¿Vive cerca del hotel? ¿Está casado o está soltero? ¿Tiene un perro o un gato que lo espera, paciente, en su casa? ¿Viaja mucho? ¿Sale de fiesta por las noches y se llega hasta el Jamboree? A lo mejor esa sonrisa amable que muestra esconda más de un secreto que se irá con él a la tumba. No conozco apenas nada de su vida, más que lo que aparenta. No poseo ninguna certeza de cómo es su interior: por ello, invento, queriendo saciar mi  apetito y el del curioso que leyere.

Justo esta mañana, cuando se ha levantado, puntual, para pagar en la barra, no he podido contenerme. Me he acercado a él, como si fuera mi entrevistado, y le he dicho, con aplomo, con sutil fingimiento: “Sé quién es usted; lo conozco”. Él ni se ha inmutado y ha contestado: “Sí, lo sé”. Me he quedado sorprendido por la respuesta, altanera, soberbia. ¿Percibía él que lo observaba? ¿Intuye cuál es mi profesión?

Conjeturando, he llegado al meollo del tema: ¿y si todo esto no fuera más que un subterfugio para hablar de mí? Yo me comportaría, reaccionaría, como él, si trabajara de recepcionista en un tres estrellas. No deja de recordarme a mí: primero ligeramente, mientras asoma un rictus apacible en la cara, mientras sus ojos vidriosos se regocijan con la telenovela; luego, más profundamente, pronosticando, desprendiéndolo de las múltiples y deleznables capas de cebolla, y descubriendo, quizás, una ligera, imposible verdad. Ese egocentrismo es el mío, al fin y al cabo: el que observándolo, me esté hablando a mí. La única certeza de que dispongo es que soy incapaz de dejar de lado mi yo, incluso cuando observo al Otro.

Nunca acabaré de conocerme, ni acabaré  tampoco de conocerlo. No sabré de él ni de mí, porque todo esto, este tinglado llamado vida, en el fondo, es un verdadero misterio.  Y, a pesar de todo, lo reconozco: esto que hago puede tomarse por una traición a la verdad, o aun tener todos los visos de una venganza. ¿Contra quién? Una traición al desconocido. Lo traiciono cuando lo juzgo: me vengo de él, mientras invento. ¿Acaso tengo derecho a juzgarlo, a recomponer su figura mediante las piezas que vuelan por el aire? ¿Quién es él, en realidad? Le fabrico un mundo a mi medida (quizá no a la suya) que bien seguro  no le pertenece, porque me conviene, porque así descargo mis debilidades, mis miedos, mis inseguridades, observando al mismo tiempo los suyos, esos de que se compone pero que tanto esconde. Me identifico con él para no medir mi insignificancia, para ocultar por instantes mi pequeñez; como si, cuando me viera reflejado en él, mi desdicha, la tristeza de esta mañana gris y otoñal, fuera menor; como si, por instantes, dejara de sufrir. Todo lo proyecto en ese cuerpo ajeno a mí, que se vuelve más cercano, incluso, que la propia sombra. Él es mi espejo: soy él, al tiempo que soy yo. Lo traiciono o me vengo de él, una acción recíproca, finalmente.