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DE NUEVO, ENTRE FOTOGRAFÍAS

En uno de los cajones de mi escritorio guardo celosamente álbumes, mapas, prospectos de exposiciones, programas de obras de teatro, como si fuera un archivero de la Biblioteca Nacional al que le hubieran encomendado el inventario y almacenaje de los papeles de su estudio. Esta tarde, mientras buscaba y rebuscaba en ellos, di con un tríptico, el del artista estadounidense Sol Lewitt en la Fundació Tàpies de Barcelona en el verano de 1994. Y he rememorado, a pesar de cuanto ha llovido, he reproducido en mi cuerpo el ritmo de mis pasos mientras deambulaba por las distintas salas, la distancia que mantenía frente a los cuadros, la contemplación de aquellas obras minimalistas en contraste con el blanco impoluto de las paredes; la fascinación por recorrer un territorio virgen, la primera muestra de la Fundació Tàpies a la que acudía.

fotosAsí, he vuelto a vislumbrar entre las fotografías del cajón, como de refilón, como para no sucumbir, como para no comprometer mis sentidos, en este verano que ya termina, el de las Olimpiadas de Río, las otras, las mías, las de la Barcelona de 1992. Y he salido algo tocado: he reconocido a nuestros medallistas, con la constatación de que ni ellos ni yo somos los jóvenes de entonces. Me ha entristecido  sobremanera, como observador y protagonista de aquellos días, contemplar de nuevo la foto en el podio del mediofondista  Fermín Cacho en los 1500 m, o la del nadador Martín López-Zubero en 200 m espalda. Qué afortunados que fuimos al vivir aquello. Ahora, a quien más y a quien menos, nos asoman las arrugas, acusamos sin remedio el paso de los años. Ahora es inevitable pagar el precio por vivir una segunda juventud, el largo preludio del fin de nuestras humanas fuerzas. Ni ellos pueden emular su victoria, ni yo puedo volver a ser el muchacho ingenuo de trece años que observaba atónito a su alrededor, sin entender apenas lo que la vida tenía a bien ofrecerle. Aquel verano idílico del pasado es capítulo acabado. Debo afanarme en buscar otros “paraísos”, si esto es posible, pues a veces da la sensación de que solo aquel fue glorioso y verdadero.

Pienso en todo esto mientras camino por el parque, rumbo a la biblioteca, mientras observo a los demás, extraños que, en ocasiones, se tornan seres cercanos, vivos. Me gusta “mezclarme” con el mundo, tanto con los seres de carne y hueso (los que pasean a su Beegle, los enamorados frente al surtidor de la fuente, los jugadores de voleibol en esta tarde de septiembre), como con los etéreos, los de las fotografías que he contemplado antes de salir a la calle. No hago más que atrapar espejismos de realidad. Ellos o los fantasmas del pasado: al final, resultan formar parte de un álbum de la mente, del espíritu y, el revelado, un tiempo de exposición lento, largo, demorado. Se imprimen en mí como la rosa tatuada en la espalda de la chica que espera paciente cada mañana delante de mí, en la cola de la panadería. Aquello que parece que fue ayer, mis recuerdos, sin duda el viento de la desmemoria lucha por borrarlos. No debo ceder: si espero conservar mis caprichos, mis ilusiones en la pila del revelado, tengo que partir del fondo oscuro y pesado de la memoria. Son míos, hasta el final. Un pozo lleno de piedras, espíritus aparecidos gracias a un santero o muñecos de ventrílocuos que de pronto me hablan sin ni siquiera haberles concedido la palabra.

 

 

ALMODÓVAR, ESE DIOS PAGANO

Hoy le toca el turno al cine, el río más caudaloso de nuestro siglo pasado; el arte que, quizás, más haya dado de qué hablar y acaso de comer. El corro de la patata de los mediocres queda, lógicamente, muy lejos del director que hoy nos ocupa.  Afinando: gran parte de cuanto sucede hoy en este mundillo, al menos en el panorama español, se lo debemos a Pedro Almodóvar. Vadeando el río, alcanzando casi todas las otras orillas, las de terrenos aún no inventados ni frecuentados, mezclados con sabiduría: lo kitsch de Fassbinder y lo sublime-grotesco de Fellini; el elogio de la palabrota y de la hibris, ya en los inicios de nuestra joven democracia. Así, floreció y sobresalió, de entre sus coetáneos, el genio de la “movida madrileña”.

Cartel de la película Hable con ella (2002)
Cartel de la película Hable con ella (2002)

Su ya extensa filmografía (veinte películas hasta la fecha), podría dividirse en tres etapas, del todo aleatorias, alguien podría discutir; sin embargo, son necesarias si queremos ahondar en sus justos términos. Empezaría por la de los años primerizos, desde Pepi, Luci… hasta Átame, sin mucha pena ni gloria: tugurios, un lagarto, un capote, una sala de doblaje y unas cuerdas atadas al cuerpo; el tablao primitivo. en definitiva, de una matinée algo caótica. Artista o bailaor, su obra está aún en ciernes, ni vocea ni baila bien del todo.

Una segunda etapa quedaría reservada a películas que van curtiendo al director para llegar a alcanzar la cima de su estilo: Tacones lejanos, Kika, La flor de mi secreto y Carne trémula. Son el ensayo, la mesa de disección de cadáveres, el castillo de artificios posterior, el de la plena madurez.

La última etapa, la que considero más acabada, más perfecta, se compone de cuatro obras maestras, los cuatro caballos de batalla del auriga (el mismo Almodóvar) que suben hasta el cielo y se confunden, finalmente, con la Osa Mayor: Todo sobre mi madre, Hable con ella, Volver y Los abrazos rotos. El cineasta manchego decide, a partir de un cierto día, iluminado o bien aconsejado, ir a buscar la miel de las abejas obreras que liban la flor: la exquisitez. En estas cuatro películas, consigue la perfección, que los diversos elementos de su estética (esto es, a parte de la interpretación: la música, el decorado, el vestuario, el maquillaje, la fotografía…) conjuntaran como un pijama multicolor para el ritual nocturno de los sueños (era inevitable que la palabra “sueño” volviera a aparecer).

Quizás, alguien le daría un consejo de amigo: le daría una palmada en la espalda, animándolo, convenciéndolo de que sus películas debían ir más allá del mero oficio, más allá de lo popular, para convertirse en el retrato más o menos fiel, más o menos libre, de la gente, de las mujeres, sobre todo; de nuestra sociedad, ¿por qué no? Todo para que llegara a captar, dentro de lo local, lo más universal y fuera del tiempo: el regusto amargo del vivir. ¿Qué seriamos nosotros sin el espejo fidedigno, reflejo directo de nuestros kilos de más, de nuestra flaccidez? Entenderlo es entendernos.

No quisiera abandonar esta columna sin dejar de decidirme por una de sus obras, la que justamente le dio su primer Oscar: Todo sobre mi madre. La he visto en DVD una infinidad de veces, y no creo que me canse jamás. Los dioses paganos descienden entonces a la Tierra (quizá alguien se exclame: ¡qué exagerado!, pero es cierto), o, a lo mejor, este buen director es un dios pagano, es Cupido, y va asestando saetas (o bofetadas, da igual) a diestro y siniestro; y así da en reflejar los aspavientos y la sinrazón de la vida amorosa, y la evitable o inevitable búsqueda de la felicidad. Vaya aquí mi pequeña contribución a uno de los mejores rejoneadores de nuestra cultura.

 

MR. RODOREDA O TRADUÏT A L’ANGLÈS

Enguany, no; aquests últims dies de l’any, ell no ha vingut a Barcelona i jo no pensava que me l’enyoraria tant; tant de bo que hi fos, perquè m’hagués estimat conversar amb ell. Sense saber com ni per què, les nostres ànimes, amb el temps, s’havien fet amigues; còmplices, si més no. Ell, un home jubilat, d’una edat incerta, anglès de Londres, llargarut i prim com un filaberquí, amb els cabells blancs i esbulladissos. Venia, a l’hotel on treballo de recepcionista, cada Nadal, per Sant Esteve. Ell seria un passavolant més, un altre visitant de la nostra ciutat, si no fos perquè compartia amb mi la fal·lera de llegir.

RodoredaEll deia que era massa gran per aprendre català, que ja era massa tard. Tot i així, demostrava un interès extraordinari per la nostra cultura: sempre, cada dia de les seves vacances, baixava al menjador a les nou del matí, indefectiblement, amb un parell de llibres sota el braç. Qui ho hauria dit: traduccions al anglès de la Rodoreda, de Montserrat Roig i de Jaume Cabré. Per mi, s’havia convertit en Mr. Rodoreda, ja per sempre. El vaig batejar així, afectuosament, sense que ell mai no ho sabés. La resta de companys de l’hotel sí, no me’n amagava, de preguntant-los: que vindrà enguany Mr. Rodoreda?

Mr. Rodoreda no ha vingut, i els meus companys no entenen la meva tristor i arrufen el nas. No amago el meu deler de reveure’l: els seus ulls blau cel entendridors encara els albiro des de la distància, els mateixos que planaven pels llibres oberts mentre esmorzava. Els mateixos que establien comunió directa amb uns noms comuns, vet aquí: Gràcia, Plaça del Diamant, Eixample… La Barcelona que traspuava, certament, de les lectures atentes, nostàlgiques o felices, dels autors que Mr. Rodoreda llegia a l’hotel. Qui sap si feia seves les obsessions d’aquests escriptors barcelonins, el paisatge urbà que la gent forana només és capaç de copsar a partir de les traduccions.

Jo em pregunto: hauran traduït bé a la Rodoreda, a la Roig, a en Jaume Cabré? Bategarà l’alè de la quadrícula de l’Eixample, la vista de la ciutat des del Parc Güell? Espero que sí: en qualsevol cas, el senyor que podria ser el meu avi, l’entranyable ombra que vagarejava per l’hotel els dies de vacances nadalenques, no l’he tornat a veure. Que és mort? Potser no, potser aquest Nadal s’haurà quedat al Londres fred i rúfol, i encara hi ha l’esperança que torni l’any que ve. Mr. Rodoreda, sense família, sense poder celebrar el Nadal com cal. Per això venia a l’hotel amb tants llibres, els seus companys en l’últim tram del viatge. A fe que sí.

VIAJES Y AZAR

Nunca le ha gustado demasiado viajar pero, para cambiar de aires, a un hombre de mediana edad se le ocurre comprar un billete de autocar para ir de Barcelona a Madrid. Nada más subir, muy animado, encuentra sitio junto a la ventanilla. Es de noche y el único paisaje observable es la oscuridad, con las luces deslumbrantes de los coches en dirección contraria. Para no aburrirse, empieza a hablar con su compañera de asiento, una chica joven con mochila. Están así, charlando sobre el tiempo, sobre el devenir del mundo, sobre el mismo viaje. Pasan Lleida y el conductor para el vehículo. Todos los viajeros se sorprenden; no se encuentran en un área de servicio, sino parados en una cuneta. ¿Qué ha sucedido?, se preguntan con cierta inquietud.

Son las tres de la madrugada y apenas han llegado a Zaragoza. El conductor dice que una de las ruedas delanteras se ha pinchado; nadie de la compañía lo había previsto. El conductor anuncia que han de esperar a que vengan los de emergencias; él, por lo visto, no sabe poner la rueda de recambio. El hombre que subió dos horas antes al autocar desearía huir de allí, del malhumor de algunos viajeros quejicas e impacientes que insultan al conductor. Y recuerda algo que leyó en no sé qué periódico acerca de un tal Douglas Corrigan, un piloto de avión que, aparentemente por error, recorrió el Atlántico, de Nueva York a Dublín, cuando se le esperaba en California, achacándolo todo a la niebla. Un desafío, semejante al de Cristóbal Colón, que acabó, sin proponérselo, en un lugar opuesto al previsto.

Viaje en autocarHarto de la espera, el hombre que dos horas antes subió al autocar se despide de la amable compañera de asiento, pide al conductor que abra el compartimento de equipajes y se va de allí, algo desilusionado, con su maleta de ruedas. Se dirige al motel más cercano y alquila una habitación para el resto de la noche. Al día siguiente, se acerca a la capital aragonesa. Se queda un día más, otra noche más, y se olvida de Madrid. Quién sabe, si no, si hubiera podido nunca admirar de cerca El Pilar, ni las casas al borde del Ebro, ni haber disfrutado de la amabilidad de la recepcionista. Si no se hubiera pinchado la rueda del autobús, él no habría visto nada de todo esto, igual que Douglas Corrigan no habría conocido Dublín. Afortunadamente, no lo tomarán por loco ni preguntarán por lo inexplicable. Porque el azar, lo misterioso, es decisivo: se entra y sale del mundo hasta dar con el milagro fortuito. Porque los viajes fascinan por su azar.

BUSCANDO LOS DIAMANTES

Woody Allen
Woody Allen

¿Quién dijo que Woody Allen está caduco? Acudo a un multicines de mi ciudad para ver Aprendiz de gigoló. Voy solo y eso quiere decir que no tengo con quien compartir las palomitas. Aun así, yo disfruto. Esta película, por lo demás prescindible, se construye a partir de Allen; él es su alma mater. Sin él, los casi diez euros que pagué en taquilla habrían sido un despilfarro más. Uno se siente recompensado cuando, a pesar del postulado soso de la cinta, se siente revitalizado con el refrescante humor idiosincrático de este cómico neoyorquino; para eso no hace falta correr en la cinta del gimnasio.

Siempre me atrapa el personaje en el espacio. Hoy Woody Allen me dota de una mirada, de una voz, de un estilo, de una forma de entender la vida. Me pregunto qué otros maestros he tenido. Mi imaginario físico (al margen de haber estado en Manhattan) se nutre de Paul Auster, de John Cheever, del Capote de Desayuno con diamantes (con la inolvidable Audrey Hepburn cogiendo un taxi y desayunando cada mañana ante el escaparate de Tiffany’s). Gracias a ellos, me he trasladado hasta allí sin moverme siquiera del asiento; respirando, observando y palpando su atmósfera única. Sea bienvenido.

No solo los lugares; los personajes también. No puedo separarlos unos de otros, aunque quiera. Tantos y tan inolvidables individuos nihilistas y neurasténicos, siempre interpretados por Allen. Annie Hall, Manhattan, Hannah y sus hermanas… toda su filmografía refleja una personalidad irrepetible en medio de ese mundo vibrante, sensible, único. El espacio es un personaje más, y en la piel, en la indumentaria, en los gestos de estos individuos se refleja el mismo pálpito cotidiano de la ciudad. Porque Manhattan es Allen y Allen es Manhattan.

Ahora voy a lo que en realidad más me interesa y llevo tiempo preguntándome: ¿hay una Barcelona (mi ciudad) vivida y respirada en los libros o en la pantalla? Creo que sí: lo demuestran las novelas de Narcís Oller, de la Rodoreda, de Mendoza y Marsé, incluso la Mariona Rebull de Ignacio Agustí. En películas, Bigas Luna, Ventura Pons y Cesc Gay. Son los cabeza de lanza y los Capote o los Woody Allen a la catalana. Pero aún queda mucha Barcelona por retratar; es cuestión de ir en su busca. Qué mejor que nosotros como embajadores de un mundo cuya fisonomía haga vibrar a un ciudadano de las Antípodas, que al ver la obra de arte, escrita o filmada, salte de la butaca y lleve consigo para el resto de su vida la experiencia, la vida interna de una ciudad.