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LA POESÍA ES NECESARIA

¿Cuántas veces habré oído que la poesía no vende y que no sirve para nada? “Estás perdiendo el tiempo, chaval: mejor dedícate a la novela o al cuento”, me han dicho más de una vez. Muy cierto es que la poesía es un género minoritario, pero nosotros sabemos también, porque somos muy listos, que no debemos juzgar el valor de un género literario por el número de lectores. La poesía se salva de la quema, precisamente, por su sabiduría, por el encanto de trenzar palabra y metáfora en la urdimbre del papel. A través de una mirada o de un gesto consigue que el lector palpite y se sume a la rueda inmensa de las emociones.

Nunca me han interesado del todo los bestsellers, debo reconocerlo: los libros superventas, salvo muy contadas excepciones, me son lejanos. Sería ingenuo pretender que no quiera ser leído, es verdad, pero también caer en la trampa de gustar a todo el mundo. No me basta pensar que un libro haya gustado a muchas personas antes que a mí. Me siento mucho más cerca de un poema desconocido para el público, pero escrito con los ojos llorosos, en el que el poeta, ciego por la niebla de la melancolía y el llanto, se recupera de un desengaño amoroso y de la fugacidad de un amor; puede ser el espejo de mis miedos y esperanzas, donde me reconozco y busco el consuelo que la vida no me proporciona.

poesía
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La poesía es necesaria, y más si cabe en estos tiempos vacíos, espurios, materialistas. Es la fuente donde beben incluso aquellos escritores que no han escrito jamás ni un solo poema. Da igual si el autor es anónimo: la verdadera poesía arraiga en nosotros y nos dirige con mano diestra, sin permitir, ni un solo momento, con sus palabras sabias, que nos perdamos por el laberinto cotidiano. Safo, Baudelaire, Éluard, Machado, Dickinson, Juan Ramón, Cernuda, Salinas…, la deuda que tengo con ellos es inmensa. Imposible describir el enorme maremágnum que un día desataron dentro de mí.

La fiebre poética es la única que no duele, que no mata; si acaso, resucita. Podría prescindir de la televisión, del ordenador, del Smartphone, de muchas cosas…, pero nunca de un libro de poemas. “¿Qué encierran estos versos que tanto me gustan y seducen?”, me he preguntado en tantas ocasiones. He llegado a la conclusión de que la poesía no se resigna a estar en un rincón, sino que me llama y me invoca, me abre los brazos como un invitado más a su fiesta, que no termina ni terminará nunca mientras exista un solo lector fervoroso y ahíto de poesía, de fina contemplación y de ardor en la sangre.