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LA ELEGÍA DE LAS GOLONDRINAS

En mis horas libres, cuando estudiaba en el instituto y me preparaba para la universidad, cogía muchas veces el autobús e iba a pasear por el centro. Pasaba largas tardes escuchando CDs y revolviendo libros aquí y allá en la Virgin megastore del Paseo de Gracia o en las también desaparecidas Crisol y Catalònia. Vuelven a mí las revistas de pop británico que leí con fruición y las canciones que allí compré y que ahora suenan en mi mini-cadena: Lemon Tree de Fool’s Garden, Forgiven not Forgotten de The Corrs, Wonderwall de Oasis y Besaré el suelo de Luz Casal. Mi memoria nada en el río de Heráclito, siempre diferente, siempre habitado por otras aguas, por otros peces.

Alguien dirá que mueren unas pero también nacen otras tiendas, como la FNAC, que se disponen a ocupar el vacío de sus precedentes. Esto no me consuela lo más mínimo porque arden las pérdidas: ¿O es que se puede reemplazar a un amigo por otro tras su muerte? No quiero frivolizar: una vida humana siempre será infinitamente más importante, siempre tendrá más valor que un libro. Pero un buen libro también me sostiene, soporta mi peso como persona. No dejan de dolerme las desapariciones, materiales y, al fin, inmateriales (por su transformación en savia íntima), que todavía constituyen mi yo más profundo, y cuyas astillas se clavan en el costado hasta herirme y hacerme sangrar.

Todo esto se hundió, como el Titanic, en el mar brumoso del pasado, aunque ahora todavía flote: ya no seré nunca más el chico de diecisiete años, aquel muchacho tímido y vergonzoso cuya única compañía, por no disponer de otras (no por negarse a ellas), era la letra escrita o la música escuchada. Han quedado atrás los tiempos en que no conocía el ordenador y escribía todos mis textos con la máquina eléctrica que mi madre me regaló unas Navidades; el fragor de las teclas en el silencio de la casa me devuelve la pasión por escribir.

golondrinas¿Por qué ya no puede volver lo que amé un día? ¿Por qué tengo que acatar con benevolencia las leyes del paso del tiempo? Como siempre, el escritor se hace muchas preguntas sin que apenas pueda responderlas; sus quejas, sus cuidados son gotas de rocío que caen en tierra abonada y desaparecen, o se evaporan en el aire, sin contestación posible. Amargos son todos y cada uno de los granos que se decantan en el reloj de arena. Devastado y triste, solo puedo, (solo me queda) invocar los versos finales de Bécquer: aquellas golondrinas que aprendieron nuestros nombres, ¡esas no volverán!