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INOCENCIA E IDENTIDAD

Llamémoslo maldición o juego del saber, según se quiera: la memoria bascula entre la consciencia y la inconsciencia de los años de colegio. Se cuela como si fuera un fantasma entrometido dentro de uno y ya no escapa jamás. A pesar de su cruel embate, me dispongo a medir, en medio de toda esa fragilidad, cuánto queda todavía de aquellas clases de matemáticas (los quebrados), de ciencias naturales (la circulación mayor y menor de la sangre), de castellano (las jarchas) o de catalán (Ramon Llull). Las palabras de mis maestros eran y son suficientes: no necesitaba ni necesito manuales de autoayuda. Constato al fin, sentado ante la pantalla del portátil, dándole vueltas a mis pensamientos, que me ayudaron a vivir.

Esta columna podría haberse titulado perfectamente ¿Quiénes somos?,¿ qué soy? El mundo de ayer informando al ser que respira hoy. El epicentro del patio de juegos, la alarma para volver a clase, las excursiones al zoo (y los dibujos de los monos)… O bien: ¿alguien de vosotros, compañeros y compañeras de fatigas, no recuerda las visitas a la biblioteca? La maestra empezaba a cantar los nombres de los libros que habíamos estado leyendo las últimas dos semanas para recolocar las fichas: Jim Botón y Lucas maquinista; Érase dos vueltas el barón Lamberto; Kim de la India; o, bien, De profesión, fantasma… Más de uno, cuando oía nombrar El zorrillo sin madre se lamentaba: “¡Ay, pobre!”. Mis vísceras no mentían ni aun ahora mienten: infancia, inocencia, despertar.

Retomo esos pasos sin melancolía edulcorada, con la elegancia (buscada o inadvertida) del paso de los años; y  escucho, en medio del silencio, los compases de otra época. Cada día, puntualmente, antes de ir a trabajar, mi madre se hacía con un ejemplar de La Vanguardia, o en su defecto iba yo, para que mi abuela pudiera leerla. En aquella ocasión, un niño de diez años (yo) comentaba la jugada con su abuela, mientras la hojeaba en la mesa  del comedor: en enero de 1989 murió Salvador Dalí. Salió en titulares, en portada. ¡Qué horror! Fue una de las primeras ocasiones en que constaté que la carne era mortal. Ahora eso ya no existe: el periódico ya no es lo que era, nosotros (mi madre y yo), ante el advenimiento de las redes sociales y de Internet, hemos dejado de comprarla. Hoy, en todo caso, antes de ir al hotel, me paso por la cafetería y echo un vistazo a sus páginas. La  muerte de Salvador Dalí, y mi abuela fisgoneando entre los titulares con las gafas de leer (aún veo la cadenita de metal sobre el pecho), sentada en el viejo sillón del amplio salón: eso ya no volverá.

A veces me digo, reconciliándome con los anillos de la memoria del caduco ciprés del colegio (ese ciprés del enorme patio, que tuvieron que talar por vetusto, para que no nos cayera encima): ya está bien, me digo, que no vuelva. Si no tuviera un ápice de esa melancolía, no podría recordar, ni mis recuerdos serían tan preciados (al menos para mí, aunque no sepa si pueden competir con los recuerdos de los demás),  ni  se me despertaría jamás (ahora caigo en la cuenta)  mi manera de ser y de estar en el mundo. Todo se lo debo al despertar y declive de la inocencia, de mi propia inocencia,  que imprime un carácter duradero, ahora y siempre, determinado por lo que fui un día y que entonces no era consciente que me cambiaría, que me señalaría el camino, trazado en el mapa de la memoria. Tal vez nadie recuerde de la misma forma que yo; tal vez, yo sea el único náufrago que se apresta a recordar. ¡Quién sabe! Solo desearía reunirme, organizar una cena con mis antiguos compañeros y adivinar cuánto de todo aquello todavía está presente en lo cotidiano, en las conversaciones de hoy que echan palabras al fuego del ayer.

UNA MAÑANA CON JOAN MIRÓ

Llego a esta biblioteca con afán de conquista; tengo un apetito insaciable. Me dispongo a hacer primero una visita de reconocimiento. Me paseo por sus distintos pasillos: arte contemporáneo, fotografía, cine. Respiro hondo como si me insuflase de aires nuevos, como si estuviera en las montañas y quisiera llegar hasta la cima nevada. La luz del exterior se filtra y, a través de la ventana, ilumina mis pensamientos. Vengo aquí con mi ordenador portátil, mi libreta, un bolígrafo para trabajar a mis anchas; se conoce que las estanterías de caoba me inspiran. Me coge desprevenido: no llevo la máscara puesta que me protegería de los espíritus librescos.

¿Por qué he ido a parar a este estante y no a otro? ¿Por qué la vista se ha detenido en este volumen? El arte llama al arte. Pasillos y pasillos de sobrehumana fuerza, bosques frondosos de palabras no me impiden llegar hasta un libro de lomo grueso de ilustraciones a todo color y tipografía esmerada. Tal vez no pueda dar respuesta a mis interrogantes sino con la sorpresa, el misterio. Tal vez estaba destinado a curiosear un monográfico de Joan Miró puesto que en mi infancia acudí a una exposición antológica de su obra.

miroSoy el buscador de constelaciones. A Miró le preguntaron en una ocasión: “¿Qué camino piensa que debe tomar la pintura?”, a lo que el maestro contestó: “Volver a descubrir la fuente del sentimiento humano”. Ese es mi universo, el paisaje onírico de mujeres y pájaros, cosmogonía que tanto amé, sin comprender del todo, en mis primeros años; es el juguete de la luz, las ilusiones de la infancia, mezcladas. Con Miró accedemos a esa fusión con lo maravilloso. El artista puede llegar a ser un filósofo pero nunca es un mero sanador sino el testigo envidiable de un rompecabezas, más allá de la vida, que se ve reflejado en formas panteístas. El artista debe y puede ser uno de los más avispados mediadores entre el ciudadano y el mundo.

La realidad se reproduce a través de otro cristal en esta biblioteca; la tamiza, dejando tras de sí una estela poética en este día. Los maestros me llaman; los bibliófagos debemos acudir a esa llamada que tan a menudo desconocemos adónde nos llevará. Miró era un artista que supo reflejar en su obra como nadie el deseo telúrico con su visión cósmica, original, única. Su estilo es un lenguaje vivo, fresco, universal, además de un compendio de saberes vitales. Tengo la nariz impregnada de los colores de sus cuadros. Espero que me acompañen largo tiempo, que sean parte indisociable de mí en mis paseos espirituales.