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LA REVUELTA DEL DESEO

En una entrevista acerca de Las edades de Lulú, Almudena Grandes explicaba que, más que erotismo exacerbado, había intentado transmitir en su novela el “deseo” de una quinceañera, la adolescente que evoluciona hasta convertirse en una persona adulta. Afirmaba también que toda historia literaria o artística es, en el fondo, el rastreo de un deseo. Yo añadiría que está tan integrado en nosotros, tan vívido, que nos hace pensar, por instantes, que le hemos ganado la partida a la existencia, cuando a menudo, si no siempre, sucede todo lo contrario.

Almudena Grandes
Almudena Grandes

La representación del deseo ha evolucionado, desde Homero hasta la actualidad, hasta un punto de aparente “no retorno” en que el espectador está saturado ante tanta “pornografía” de imágenes, ante el consumismo barato que lo conduce al paroxismo y al aburrimiento. Por eso, el espectador ya no se excita tanto (ya no “cree” emocionarse tanto) como en tiempos de su efervescencia adolescente, a no ser que, como cumplido devoto, en ese juego, acepte y respete cada una de las reglas de la ceremonia monacal y se instale en la “apoteosis”, en la “pasión”, venciendo la a veces tan inane búsqueda de la originalidad. Al menos yo, cuando leo literatura erótica, no quiero excitarme; aunque quisiera, me sería muy difícil: ya no soy un espectador inocente. Pero no por ello estas novelas resultan fallidas. Al contrario. Creo que a muchos de nosotros nos gusta, más bien, recorrer el deseo de los protagonistas de romper barreras: como la aventura de dar con el tesoro en medio de la jungla o de dar finalmente con el asesino.

El artista contemporáneo sabe que ya no puede engañar tan fácilmente al lector/espectador. Hemos avanzado en la narración, aplicando nuevas técnicas; hemos afrontado la madurez artística, un “estatus” de sabiduría. Escondidos tras estos “disfraces”, más o menos complejos, el lector/espectador puede ver más allá, si no ha caído en la red de la imbecilidad, porque está cada vez más expuesto a fotografías, a películas, a los diferentes discursos artísticos. El creador, a su modo, también ha madurado, porque su cometido es hallar nuevos formatos, nuevos lenguajes: debe investigar.

Brassaï, el “ojo de París”, el poeta de la cámara que supo retratar como nadie la fantasmagoría de la cité, vivió el deseo a su manera, a partir de la luz de las farolas y de los escaparates nocturnos de las tiendas, a partir de las prostitutas, de los artistas y de los borrachos. Para él, no eran los cuerpos bellos, sino los cuerpos vulgares, en los límites de la sociedad, los que lo conducían (los que nos conducen al contemplarlos) a la consecución del deseo: las almas infelices en su más allá fotográfico, las más anodinas. Lo más vulgar nos lleva, de esta forma, a alcanzar la “idea” de Belleza. La psiquis de la fotografía (y del arte) se basa en captar ese deseo, ese erotismo, que son los verdaderos claroscuros dramáticos. El fotógrafo, aquí, no se conformaba con retratar la armonía: le gustaba que sus retratos fueran incómodos, sin perder jamás el vitalismo. Brassaï alcanzó el mismo estadio en fotografía que en literatura consiguieron los surrealistas o incluso Kafka en La metamorfosis. Flirteando con el erotismo, llegó al deseo, escala final del ser y verdadera revuelta del arte.

DEL INSTANTE Y DEL SUEÑO

La fotografía, aún más si cabe que el cine, es el auténtico Carpe diem: vivimos con intensidad aquello que observamos. El espectador “capta”, “atrapa” el presente; almacena en la retina imágenes fijas y las dota de un sentido, de un momento emocional. La fotografía absorbe el instante con mayor precisión que la literatura, incluso que la poesía, considerada palabra en el tiempo.

Un ejemplo: en el retrato de la prostituta Bijou de Brassaï nos adentramos en la atmósfera de los bajos fondos parisinos. Nos instalamos en el relato presente, como si fuera contemporánea a nosotros, nunca antes ni después. Podemos fantasear la historia del antes y del después, pero estas son visiones externas, complementarias, no primordiales para entender la fotografía. Se insinúa, se “adivina” su trasfondo y su contexto, pero nada más. Lo que importa es la prostituta y el momento preciso en que ha sido inmortalizada.

El fotógrafo, también, puede cambiar de ubicación, puede jugar con las sombras o el punto de vista… pero no puede deshacer ni desvirtuar totalmente el objeto representado. La literatura y la pintura, en cambio, desmontan, reestructuran las formas de la naturaleza. El novelista o el pintor intervienen en el objeto artístico, en todas y cada una de sus partes. Igualmente sucede con nosotros, lectores/espectadores: hay un movimiento centrífugo de la obra que nos conmina a actuar, a tomar partido, a reconstruirla. El artista nos exige una mayor implicación, un mayor esfuerzo para descodificarla, para entrar en el juego. Se magnificó, sobre todo, con las vanguardias. Pienso en el cubismo, en el surrealismo y, más concretamente, en Wifredo Lam, el pintor cubano.

La jungla, de Wifredo Lam
La jungla, de Wifredo Lam

Lam soñaba despierto y, en su mundo exótico caribeño, anticipó de alguna forma el realismo maravilloso de García Márquez. La visión personal de Wifredo Lam se “arma” de hombres y mujeres, perros, peces y pájaros, para configurar “su” sueño, el sueño diurno sobre las cosas, aparentemente hierático y frío. Como dijo Paul Éluard: quan je ne dors pas, je rêve. Lo que lo condicionaba como artista no era precisamente el “instante”, sino su subjetividad, su “sueño” o divagación.

Lam rivalizaba, luchaba, como la mayoría de pintores, con cuerpos putrefactos; cuando cogía el pincel, agonizaban, y antes de dar con la pincelada definitiva, ya habían muerto: era una muerte premonitoria. No daba tiempo a vivir el instante, porque este  ya había pasado. También nosotros cuando comprendemos la totalidad del cuadro, ya es demasiado tarde para resucitarlos, pero hemos accedido a una parcela de conocimiento: la asunción de la muerte, quizás. Hemos retrasado nuestra comprensión de los cuadros y esto nos ha obligado a interpretarlos. Nos hemos atrevido a mirar y hemos obtenido, como Lam, nuestra recompensa. Sin duda, el exorcismo onírico de Wifredo Lam nos ayuda a vivir mejor.

UN AMATEUR DE LA VIDA

La meva veneració per la fotografia ve de lluny, dels anys universitaris, quan encara existien les cambres fosques, els carrets i els revelats en blanc i negre i les ampliadores. Encara recordo el meu projecte del primer any: retratar un cosí meu aficionat a la cursa, corrent amunt i avall a la Diagonal, per il·lustrar la meva visió particular de “la solitud del corredor de fons”. Tot plegat, potser, em va servir per canviar el focus de la meva mirada, per educar-la i arribar a sorprendre’m i a entusiasmar-me amb aquells trossos de realitat. De tot un contínuum que és la vida, n’ escollia un pedaç que fos prou representatiu de la meva remor interior; el meu testimoni del món.

L'amor del mariner, de Brassaï
L’ amor del mariner, de Brassaï

Però no és ben bé això el que volia explicar. Tinc a casa una petita joia, un llibre amb els fotògrafs més importants del segle passat. Hi ha un retrat en especial que no deixo de mirar una vegada i una altra. Es diu L’amor del mariner i és de Brassaï. Com ha canviat la societat d’ençà del 1932, i tot i així aquesta fotografia és més viva que mai. Pertany a la sèrie de retrats del París nocturn de prostitutes, vagabunds, amants somnàmbuls i ballarines. Pertany a l’imaginari del subconscient dels bars i dels carrers. Brassaï, que combregava amb el surrealisme, va abocar segurament tots els seus dimonis particulars en aquestes escenes obscures, decadents, entre la poesia i el fotoperiodisme. Què pensa el mariner de l’esquerra quan mira la noia amb els rínxols recargolats sobre el front, abraçada a un altre mariner? De què riu el mariner de la dreta? S’ho estan passant bé o fingeixen? La dona jove és l’amant d’un d’ells o bé de tots dos? Tot és un mar de suposicions que no arriben enlloc.

Sóc un amateur a la vida, tot i que n’he après, de mirar. Com a qualsevol altre de la meva època, m’han ajudat el cinema i la televisió; la meva mirada no és la mateixa que la de quan era un nen. Quantes hores passo cada dia davant de l’ordinador? I tot i així, el món sempre em sorprendrà i mai no en sabré prou. Sempre amb presses, sense poder aturar-me a contemplar, tranquil·lament, fotografies artístiques.

Em fascinen els gots a mig beure o el cendrer de Martini amb les restes de cigarretes. Amb Brassaï he descobert els amagatalls de la vida, els refugis davant la foscor. Potser l’art és trist i melangiós, quan intenta atrapar la felicitat. Però, en definitiva, què és la felicitat, al capdavall, si no un instant, un fragment capturat per la càmera?