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¿LETARGO O RENACER INTELECTUAL?

Fueron las clases de filosofía y, más concretamente, las de Nietzsche, las que me abrieron los ojos. Al menos, no sé de ninguna otra materia de estudio que me sacudiera con tanta inusitada fuerza en mi primera juventud. Apenas tengo dudas sobre ello: durante aquel curso preuniversitario, como consecuencia de semejante desasosiego y confusión, dejé de creer en Dios. Así, literalmente, como suena. No sentía ganas de estudiar, y los dedos me pesaban, entumecidos, al intentar sostener el bolígrafo mientras el profesor dictaba en clase. Me había quedado a la intemperie, y ahora sé que lo que yo había creído durante tantos años, que la fe, la confianza en un ser superior, se debilitaba para ir desapareciendo, poco a poco. Ya nada sería igual. Entonces aún no entendía qué significaba una vida seglar sin creencias espirituales; ni me lo planteaba siquiera. Fue un poco más adelante que me di cuenta de ya no soportaba la idea de vivir sin el asidero de la religión. La terrible carcoma del principiante descreído, sin yo advertirlo, me iba royendo por dentro: ya todo estaba perdiendo su cariz de descubrimiento, de frescura y de gracia. Ello me condujo, inevitablemente, a plantearme también si tendría que escribir, no ya para Dios sino, como única alternativa, para la sociedad. No tener miedo a alzar la voz, si hacía falta.

Un niño, posible futuro intelectual
Un niño, posible futuro intelectual

Tal vez pueda parecer algo ingenuo aquel planteamiento ─¿no es quizá impensable el cambio para algunas mentes de nuestro país o aun del mundo?─ pero era así cómo resultó ser a la larga: al final, me di cuenta de que el escritor ha de dirigirse a alguien, aunque solo sea a sí mismo, a su conciencia. Y es ahí, con ese pensamiento puesto en el cambio, cómo hace un alto en el camino, cómo se resitúa para encontrar un lugar donde vivir.

Creo necesario manifestarme ahora, con sinceridad, aun a riesgo de parecer intempestivo, para no ser cómplice del silencio. Y aunar dos opuestos, dos preocupaciones: el compromiso del intelectual para los demás, y sus propios intereses, intransferibles. No sabía ni aun hoy sé ─y este es mi dilema─ si la alta literatura se construye solo a partir del instinto de supervivencia en sociedad, con las posibles o imposibles bondades del ángel y los malos instintos del demonio, o en la segura, espiritual y acendrada torre de marfil, protegida de todo y de todos. Quizás lo sensato sería una sabia mezcla, el término medio aristotélico.

¿La literatura ha de combatir al poder político cuando se equivoca ─y la estructura de la sociedad en general─ o ha de permanecer al margen y no inmiscuirse, dejarlo todo igual de desordenado y caótico? ¿Debe disociarse del poder para combatirlo? ¿O construirse, no por la acción, sino por la contemplación? Estas preguntas parecen remitir a otra época, a los actores barojianos y a los espectadores azorinianos, y puede que nos resulten hoy hasta ridículas. Pero son inevitables.

Ciertos escritores del pasado se inclinaban ─¡qué pocos, muchos menos, que asoman ahora, instalados en la comodidad!─ hacia el mencionado compromiso. Quien más quien menos conoce el Manifiesto comunista, la postura antibeligerante de Camus frente a la guerra de Argelia, el teatro social brechtiano, la algazara estudiantil de Mayo del 68 o incluso las huelgas obreras capitaneadas por Sartre. Estos se acercaban a los universos utópicos, en fin, que han obnubilado y nos obnubilan, tomando como base la Utopía de Tomás Moro.

Otros consideraban y consideran que la literatura ha de verse libre de mensajes propagandísticos y de críticas al poder ─sea este político, eclesiástico, económico o social─; incluso, estirando más el chicle, ha de venir condicionada solo, por encima de cualquier otra consideración, por la belleza del texto y por el yo que escribe. El mejor ejemplo sería, sin duda, D’Annunzio, pasando por la Obra juanramoniana y por mucha de la poesía pura, desligada de la mera contingencia. Esta literatura, que puedo valorar aun así muy encarecidamente ─pero que hoy me parece muy por debajo en méritos de la que propugna los debidos cambios en la sociedad─, le tenía sorbido el seso a los autores esteticistas que, lejos de participar y bregar en la arena, se parapetaban huyendo de lo real.

Una parte de mí todavía conserva el regusto amargo de que si solo se escribe para producir belleza ─sin olvidar también el humor por el humor, la intriga y el clímax o, un poco más allá, la locura del absurdo─, la literatura no es más que un farragoso armatoste sin apenas sentido; para que sea perdurable ha de contener, además, alegatos en favor o en contra, “acciones” visibles por parte de quien la escribe. Sé bien que así puedo parecer antediluviano, poco más, arguyendo que eso de engagé es un tostón, que para algunos está pasado de moda. Que ahora, con el imperio de la televisión y los medios de masas, incluso de las recientes redes sociales, existen otros patrones que inhabilitan o desacreditan la función que otrora tenían los intelectuales. Las malas lenguas crecen por todas partes y no hay que darles pábulo ni hacerles el más mínimo caso. Yo sigo creyendo en el cambio, y sé que mucha otra gente, como yo, también.

Algunos intelectuales, Sartre y Camus entre ellos, deseaban cambiar la humanidad y aprovechaban cualquier oportunidad para manifestarse públicamente. Llenaban plazas y también titulares y páginas del periódico: se “mojaban”, como se dice hoy vulgarmente. Estaban convencidos, alejándose del engranaje de la rutina, de que las cosas podían evolucionar; de que la humanidad, dentro de sus ciclos naturales de vida y muerte, no era ni es ni será nunca una piedra inamovible en la entrada de una cueva que obstruye el paso de la luz.

Que cada uno decida y juzgue por sí mismo. Espero que los que pensamos así seamos mayoría, que la nueva generación a la que pertenecemos sea más valiente, entregada y sabia: la literatura que solo es papel mojado, que solo es espiritual, apenas sirve. Nuestra generación y las venideras sabrán aprender de los errores del pasado ─de quienes vivieron en carne viva la guerra, la dictadura y la primera democracia─, y que sepan recoger los frutos de esa lucha, a veces callada, a veces invisible, aunque sentida. Que sepamos modelar con la arcilla, primero, los personajillos que son lo mejor de nosotros mismos; y vender al mejor postor, después, nuestra pieza de artesanía, la creación que supere el letargo intelectual, y que haga renacer con fuerza el compromiso con los demás. No podemos detener la marcha de la historia, pero sí podemos reflejar la infinitud de intrahistorias que se agazapan en el interior de tantos, sin más gloria que el cotidiano subsistir. Como decía Freddie Mercury en una canción de Queen: The show must go on.

CULPA Y LIBERTAD

la caidaLa caída. ALBERT CAMUS. (Alianza Editorial). 127 páginas. Madrid, 2003. Traducción de Manuel de Lope.

Durante mucho tiempo Albert Camus (1913-1960) fue considerado el emblema ético e intelectual en una Europa casi apocalíptica, la tabla de salvación frente a tanta ruina moral. El “no” final del viejo criado de El malentendido, triste, condenatorio, absurdo, es la transposición, el símbolo, en lenguaje verbal, casi onomatopéyico, del nihilismo que floreció entonces, que deseaba negar la realidad posbélica al tiempo que intentaba rehacerse de las heridas. Territorio este fácilmente extrapolable al momento incierto que vivimos ahora, cuando de nuevo la derrota de las ideologías en plena crisis económica nos hace plantearnos los modelos, buscar desesperadamente los caminos seguros con que transitar en medio de la incertidumbre.

La caída, publicada en 1956, es la tercera novela de Camus que tengo el honor de leer. En ella, un personaje llamado Jean-Baptiste Clamence va hilando ante nosotros, los lectores, la historia de una vida ya mediada, analizando de paso, con detalle, buena parte del comportamiento humano. Recorre los canales, las islas y los bares de Amsterdam acompañado por un hombre anónimo al que se dirige durante toda la narración, interpelándolo, interpelándonos. Trasunto del hombre mediocre, vencido por el cauce desbordante de la realidad, sometido a la opinión y el juicio de los demás, Clamence está ensuciado por la vida y no puede evitarlo; le corroe, le rodea, le oprime, igual que la neblina holandesa que cubre los rostros de los transeúntes que pasan junto a él.

La caída, alegato contra la pasividad, testimonio que mueve rápidamente a la acción para superar ese clima de amoralidad, de mediocridad, contiene imágenes y pensamientos de mucho aliento. Somos culpables de nuestros actos ya desde el nacimiento (no hay inocentes, pues cuando no actuamos también somos corresponsables de lo que sucede) y toda nuestra actividad se centra, consiste precisamente en demostrar nuestra inocencia, en ser inocentes ante los demás, en que nos perdonen, para lo cual el fin justifica los medios y conservar las apariencias es el juego favorito. Como dice el narrador “cuando todos seamos culpables, entonces viviremos en democracia” (pág. 118).

albert camusHemos de asumir nuestra libertad. Estamos destinados, condenados a ser libres. El tono existencialista recuerda a los mejores textos de Sartre. Aparecen pequeñas gemas, pequeñas perlas filosóficas. Clamence afirma que, frente a esa terrible o fantástica libertad de acción o pensamiento (todo depende de cómo se mire) nos supeditamos al juicio y a la aprobación de nosotros mismos y de los demás: “La sentencia que uno aplica a los demás termina por volverse contra uno (…) No podemos condenar a los demás sin juzgarnos” (pág. 119). Para salvaguardarnos, no dudamos en usar la mentira y nos enfrentamos a las pequeñas hazañas cotidianas sin demasiado cinismo aunque sin demasiada virtud. El abismo es profundo: aparentemente todo vale en un mundo desprovisto de dioses benefactores. El protagonista es, por ello, un hombre vil y un hombre lúcido al tiempo, como muchos de nosotros, que reflexiona compasivamente sobre su propia derrota y la de los demás, pormenoriza su vida y la disecciona sin clemencia.

Rescatar, desempolvar un libro como este me ha permitido bucear, profundizar en la obra de Camus y en su ideario, que nos sigue interrogando desde algún lugar del pasado hasta este presente. El título remite al destierro del Paraíso de Adán y Eva; apartados de esa existencia plácida, se enfrentan, son arrojados a la vida, a la atmósfera ruinosa, al infierno vital, dibujada sobre el telón de fondo de ese Amsterdam de canales, puentes y barcos. El absurdo nos acucia: somos, sin distinción, perdedores y ganadores a la vez, no hay buenos ni malos. Precisamente ese “no juzgar” del protagonista-narrador y del propio Camus contribuye a que no sea un panfleto facilón de azucarados tonos pastel, sino una profundísima autocrítica moral e intelectual de aquella posguerra, cuando las heridas y la sangre eran todavía muy recientes y donde la humanidad debía recomenzar, tomar aire y seguir adelante.