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JOHN CAGE O EL SILENCIO IMPOSIBLE

Aún recuerdo la exposición antológica, hace ya algunos años en el MACBA, sobre la obra de John Cage, especialmente 4´33´´, una pieza muda de piano que respiraba con las cuerdas del aire. El artista, con ella, fracasó en el intento de aprehender el silencio, tan escurridizo. Investigó el espacio de la no-música, el no-ruido y se alejó y rompió con las convenciones musicales. El ruido al desnudo y su imperfección, su imposibilidad. El ruido, también como lenguaje, creando más allá de los límites.

La humanidad, así, está desnuda: nada la protege ni la ampara. Allá donde vaya: al bosque más solitario, bajo la sombra de un roble, a un museo perdido a una hora intempestiva, o a una biblioteca vacía donde solo se escucha el tic desnudo del reloj. Da igual, el ruido le sigue siempre. Su imposibilidad puede resultar del todo traumática, aunque al final el oído se acostumbre a ese gorjeo interminable de cláxones, coches en movimiento y tubos de escape, de aviones surcando el cielo o de trino de molestas cotorras.

John Cage
John Cage

Cada vez que leo el cartel “respetad el silencio de los demás”, esa mujer que adelanta un dedo y lo cruza en la boca para avisarnos, me río por dentro; inmediatamente pienso que es una situación ideal, utópica y que, quienes creyeron en ella, eran ingenuos. Hasta un caracol cuando se mueve por el suelo produce ruido, o una planta buscando la luz, en su fotosíntesis. Qué decir de los perros, que oyen los sonidos más allá del alcance humano. Incluso aquellos que deben recurrir a un lenguaje de signos tienen su propia gramática en el cerebro. Dentro, más profundo, más allá del silencio, se escucha el sonido de las cosas, ya desde el principio de los tiempos, desde los albores de la civilización. Parece mentira que un descubrimiento tan evidente tardara tanto tiempo en ser desentrañado.

Me digo todo esto pero sin renunciar a él. Soy hijo del caos original; el resto es convención. Ser consciente de ello me violenta, me remueve, sin remedio. El silencio solo existe como símbolo, con su propio universo sonoro. Sin embargo, aun en mi escepticismo, necesito creer en él; necesito habilitar un espacio imposible para defenderlo, permeable solo a mis pensamientos, centro de quietud, centro de inspiración. Un diálogo con los otros seres, sin desesperar. Querría tener un espacio para la contemplación del universo con los ojos cerrados, con el silencio como cetro. A pesar de todo, sé que solo la muerte es el silencio último. La muerte: la no-música eterna, el no-ruido final.