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NADO, LUEGO EXISTO

Aquejada de una terrible esquizofrenia, oyendo voces interiores que le hablaban como si fueran personajes de sus novelas, Virginia Woolf salió de su casa un día, se llenó de piedras los bolsillos y acabó ahogándose en el río Ouse. De todos es conocido el suceso, popularizado gracias a la película Las horas, con una Nicole Kidman irreconocible. Yo no sé si Virginia tenía miedo al agua, pero su muerte al menos sirvió para contrarrestarlo. Sin ser la cosa tan trágica, recuerdo como vencí el pánico al agua, primero en mi propia casa, en la bañera, entre barcos de vapor y muñecos Mickey Mouse; más tarde, en las colonias infantiles de verano, junto a otros niños y niñas. Sí: vencí el miedo. Puede parecer una tontería, pero no lo es: conozco muchos adultos a los que nunca verás nadar, ni siquiera flotar en el mar o en la piscina. No han superado este rito de paso. Yo no seré menos y también diré que padezco alucinaciones, “salidas de tono” que se moderan con la natación. Yo sí me defiendo en el mar o en la piscina. La natación me permite relajar todos los músculos y encontrar el momento para meditar, en paz conmigo mismo. Mi mente está tranquila cuando trabajo, cuando paseo, cuando duermo. De esta manera se reduce el tedio vital,  mi dolor.

nadadorHablando de dolor: César Vallejo era del todo clarividente. Quizá no necesitase nadar para encontrar la inspiración. He aquí un ejemplo: Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde/ yo nunca dije que me trajeran./ De codos/todo bañado en llanto, repito cabizbajo/ y vencido: hasta cuándo la cena durará. Ahora, recuperados, como un torrente, estos versos han afluido hace media hora, mientras nadaba en el polideportivo cercano a mi casa. Estos versos y dos sueños, pesadillas más bien, relacionadas entre sí: en una de ellas, me falta una asignatura para acabar la carrera, y una y otra vez suspendo el examen sin saber analizar La cena miserable de César Vallejo, y no puedo dejar la universidad. El otro sueño es aún más desasosegante: viajo en avión, leo una antología de César Vallejo y, cuando despego la vista del libro, descubro que los demás viajeros han desaparecido.

Me pregunto, como se preguntó el poeta: ¿Hasta cuándo durará la cena? No tengo miedo a vivir, no me quiero suicidar como Virginia; quiero seguir nadando. Mientras nade, podré ejercitar la voz literaria, conseguida a fuerza de escribir, y olvidar por momentos la “cena miserable” de la existencia, la que lleva a la autoaniquilación. El flujo literario, el hilo conductor de mi escritura se forma mientras doy unas cuantas brazadas, mientras me hago unos largos. Esa voz que fluye en el papel escrito, o eso espero. Esa voz que se ha hecho personal, parte de mí, a base de esfuerzo, a base de nadar. Cuando nado, escribo. Cuando escribo, nado. Nado, luego existo.